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lunes, 3 de septiembre de 2018

Besos en el Danubio


Tras dos años sin saber de Gabi, nos volvimos a encontrar este verano en la calle Mayor de nuestra ciudad. Gabi y yo nos conocimos en parvulario y fuimos amigos inseparables hasta el instituto. Mientras nos poníamos al día me di cuenta de que pese al tiempo transcurrido seguía existiendo entre nosotros la complicidad de antaño y un fuerte vínculo emocional. Yo me acababa de licenciar en biología y él tenía que recuperar en septiembre Estadística para acabar la carrera de Psicología. Ese contratiempo, no obstante, no había mermado el optimismo de mi viejo amigo y sus ganas de disfrutar a tope del verano. Como ambos llevábamos algo de prisa, Gabi me propuso quedar para el sábado siguiente en un local nocturno de copas, El Danubio, que se había inaugurado hacía pocas semanas en un polígono.  Aún lo ignoraba, pero mi vida estaba a punto de dar un vuelco.

El sábado por la tarde/noche, tras callejear por la ciudad y cenar un frankfurt en la terraza de un bareto, nos dirigimos a El Danubio. Nada más entrar me quedé boquiabierta. Lo primero que vi era una especie de muelle o embarcadero. Para llegar a la barra del bar y la zona de mesas había que franquear un puente de maderos entrelazados con cuerdas. Como era complicado mantener el equilibrio con tanta oscilación y no caer en el foso de agua iluminada y teñida de azul por cientos de bombillas, me agarré rápidamente a los dos pasamanos de cuerda que había a un lado y a otro de la pasarela.

La barra, que era un viejo barco reciclado, se iba balanceando ligeramente en el agua. La tarima de tablones de madera que había frente a la barra para pedir las consumiciones estaba bien fijada al suelo, por suerte. Desde allí avisté al fondo un coqueto embarcadero y las primeras parejas que ocupaban las barcas amarradas. Pero Gabi me condujo a otro lugar sin darme explicaciones. Y yo lo seguí como una corderita perdida por el interior de la nave.
Lo que no me esperaba en absoluto que para llegar a las mesas hubiera de descalzarme, lavarme los pies en una ducha baja y ponerme una especie de calzón impermeable y desechable como mínimo dos tallas por encima de la mía.  Todo por ser una estudiante pobre y no poder pagar el acceso al embarcadero y disfrutar de la velada subida a una barca. Y sin mojarme ni arrugarme como una pasa. Al salir del vestuario, miré con cierto horror y reproche a Gabi porque me había obviado aquellos detalles y decirme que me trajera mi propio biquini. Descendí la escalinata cabizbaja y pudorosa. De inmediato sentí cómo el agua fría iba subiendo de los pies a los tobillos, a las pantorrillas... No pude reprimir un súbito estremecimiento al rozarme los muslos.
De pronto Gabi me pidió disculpas y se fue a saludar a un grupo de chicos que había sentados a una mesa cercana a la escalera. La incomodidad de sentirme húmeda y ridícula con aquellos calzones hizo que tardara un rato antes de reparar en uno de los jóvenes. Verlo me provocó un instantáneo temblor de piernas y de la mano con la que sujetaba la sangría. No podía ser. Era Joan, ese compañero tan guapo, homosexual y de exquisitos modales del instituto. Mi amor platónico. Ese amor imposible que siempre deseé en secreto y que me generó en la adolescencia tanta vergüenza y culpabilidad hasta el punto de no atreverme a confesárselo a nadie o admitirlo abiertamente, ni siquiera a Gabi, estaba ahora aquí en El Danubio. De repente a la incomodidad que experimentaba se añadieron unas ganas imperiosas de salir huyendo y desaparecer ipso facto del campo óptico de Joan, aun a riesgo de hacer el ridículo luciéndome por las calles con aquellas pintas danubianas.
Traté de disimular lo mejor que supe en aquellos instantes para intentar no llamar demasiado la atención. Me senté con premura en el primer poyete que me encontré. Y al hacerlo algo helado seguido de una quemazón en la piel me sobresaltaron. Me había caído un cubito de hielo sobre el muslo derecho. No me lo creía, cómo podía ser tan torpe.
Me entretuve un rato tratando de rescatar al díscolo cubito del agua donde flotaba corriente abajo (llevaba tres infructuosos intentos y mi impaciencia por atraparlo iba en aumento) mientras dilucidaba qué demonios haría después con el hielo, si devolverlo al vaso o aguantarlo en la mano hasta derretirse o ya no soportara más tanto frío que lo tuviera que dejar caer de nuevo con disimulo en aquel río de mentirijillas. Pero al oír de pronto la voz de Gabi dirigirse a mí,  me incorporé de inmediato y mis ojos se tropezaron inesperadamente con los de Joan. Apenas entendía lo que trataba de decirme mi amigo. Creo que me quería explicar algo así como: “ Mira a quién me he encontrado, a Joan. ¿Te acuerdas de él de cuando íbamos al insti?”. No me dio tiempo a pronunciar ninguna respuesta. Ni buena ni mala. Porque el tiempo de reacción de mi mente de pronto era lentísimo, incluso inexistente o se había paralizado al igual que la expresión de mi cara, congelada, inanimada.
Joan me miró fijamente y acercándose comentó: “Siempre supe que acabaríais juntos porque en el insti erais almas gemelas, inseparables”. Gabi se sonrió y contestó que nos queríamos como hermanos y que nunca podríamos ser pareja porque sería algo así como traspasar la frontera del incesto. Una posibilidad inconcebible, vamos. Dicho lo cual, Joan se inclinó hacia a mí para estamparme dos besos y yo le ofrecí una mejilla. Y al ir a girar la otra mejilla, mi boca  entreabierta se tropezó inesperadamente con sus labios húmedos, suaves pero decididos. Luego su fina piel se separó por un momento de la mía apenas un milímetro. Sus ojos verdes entornados me miraban ahora con un inusitado brillo e intensidad y nuestros labios se atrajeron de nuevo pero esta vez como dos fuerzas magnéticas irresistibles y se besaron trémulos, delicados y anhelantes una, dos y tres veces. Por unos segundos, me asaltaron las dudas. Tal vez Joan había bebido. Sin embargo, su aliento no lo delataba. Sus ojos tampoco mentían al igual que la vehemencia de sus besos. Eran puro fuego.  Deseo. Pasión.  La ternura en mayúsculas. Y me sonreí con cierto regusto a  autoreproche por haber estado tan errada todo este tiempo.


jueves, 11 de agosto de 2016

Penélope o Desirée




Por ti, amor, habría sido Desirée antes que Penélope. Hubiera cerrado los ojos y me habría abandonado a los caprichos del deseo. Así no tendría ahora que alimentarme de las migajas secas del recuerdo de tu amor marchito.
Me habría dejado alcanzar por el rayo fulminante de tu mirada, ensordecerme por el trueno de tu voz y promesas varoniles, doblegarme a tu gemido arrollador. Me habría rendido a la tormenta de la pasión, mi boca se habría fundido con tus besos de fuego y agua. Mi piel desnuda se habría embebido de tu lluvia impetuosa. Habría caído de rodillas y me hubiera hundido en el fango del deseo hasta desaparecer en sus arenas movedizas. Habría ardido contigo para siempre en los vastos confines del placer. Desirée habría devorado al fin a Penélope para poder amarte así, sin límites, condiciones ni recelos. Habría volado libre hacia ti una y mil veces más, dando rienda suelta a mis más profundas y oscuras pulsiones. Cualquier cosa con tal de no renunciar a ti y a todo eso que nos dábamos que tú llamabas amor y yo, sexo.
Y es que te añoro a veces. Sólo a veces. Siento nostalgia de aquella noche de verano algo fría en que nos amamos a la luz de la luna tras días de flirteo. Añoranza de aquella historia de amor que pudo ser y no fue. A veces sin querer busco en el cielo la constelación de estrellas que titilaba en lo alto mientras el deseo estrechaba y templaba nuestros cuerpos ateridos. Pero ni una sola vez me he vuelto a cruzar con esos astros estáticos y expectantes. Como tampoco jamás he vuelto a ver en otro rostro amado la misma llama que ardía aquella noche en tus ojos de plata.
Yo cedí a la pasión en busca de amor cuando tú sólo buscabas una ventura más. Una historia de amor que no pudo ser y no fue y que, sin embargo, cuántas veces añoro. Como a veces, cuando te sueño y me despierto huérfana de tus besos. Como a veces, en las noches de agosto en que tirito de frío y bajo la persiana para no mirar al cielo y no tener que encontrarme con las lágrimas de San Lorenzo cayendo. Y para espantar el recuerdo de aquel fragmento del poeta Mario Benedetti que me escribiste al día siguiente que, como un funesto oráculo, predecía el fin de tus besos:
Te espero cuando miremos al cielo de noche:
Tú allí,
Yo aquí,
Añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
quizás por el resto de nuestras vidas.

Y me pregunto tantas veces en qué fallamos y qué podríamos haber cambiado. Cómo habrías dejado tú de ser el disoluto casanova y yo la fiel Penélope. Pero decidimos separarnos y permanecer leales a nuestros ideales.
Me doy cuenta ahora que más que Penélope fui y sigo siendo como Ulises, navegando y naufragando una y otra vez por mares convulsos, sorteando monstruos y peligros, enfrentando tentaciones y falsas promesas. Una persona que ha vivido en carne propia la odisea de haber zozobrado y luchado contra tempestades, cíclopes, escilas, Caribdis, sirenas, ninfas y circes. Y que no se rindió pese a todo porque siguió surcando los mares embravecidos de Poseidón en busca de la isla de Ítaca, su querida patria. Fiel a sí misma, fiel a su amor, fiel a su reino. Con la diferencia que a mí no me espera nadie en Ítaca cada vez que miro al cielo.

También me pregunto ahora si no fuiste más que un canto de sirena en mi travesía y que, gracias a la voluntad de Odiseo y Penélope, evité encallar en el turbio y antojadizo destino de una amistad peligrosa. Y es, sin duda, cuando mi mente teje estas elucubraciones cuando dejo al fin de añorarte. A ti y a Desirée.  

jueves, 25 de junio de 2015

Y el deseo se hizo carne

Yo era de esa clase de niñas soñadoras que recolectaban conchas en verano y bailaban a escondidas en el patio de casa. De aquellas niñas que en la alborada de su adolescencia emulaban a las Mamachicho. De esas chicas que descubren un día que su vecino la espía. Que me espía no sólo cuando bailo en el patio de mi casa de verano. Si no también mientras camino por el paseo marítimo, me siento a tomar un refresco en algún chiringuito, me bronceo y baño en la playa o me pierdo de noche por algún pueblo cercano que celebra sus fiestas patronales. Pero lejos de violentarme el control remoto que Marcelo parecía ejercer sobre mí yo me mostraba segura y extrañamente coqueta.
Ahora soy de esas mujeres entrada en los cuarenta, divorciada, con dos hijos, que conserva en naftalina un puñado de sueños y algunas conchas viejas en la casa familiar de la costa andaluza que atestiguan un tiempo pasado feliz. Es agosto y nuestro taxi se detiene en ese punto exacto de mi memoria infantil. Al salir me faltan manos. Portar un par de maletas y bregar al mismo tiempo con Isma y Marta, de 7 y 5 años, bajo un sol de justicia supera el límite de mi aguante. Me detengo unos segundos a mitad de camino para coger aire cuando de pronto cae sobre mí el peso acuciante, protector de unos ojos conocidos. Me resisto a levantar la mirada. Tal vez la imaginación, el recuerdo o quién sabe el cansancio, el hartazgo del presente han vuelto a activar el reflejo automático aprendido hace tantos años.
Supe que se trataba de Marcelo un par de días más tarde cuando coincidimos en las fiestas del pueblo vecino. Surgió de súbito entre el gentío, las casetas de pinchos morunos, la neblina y el estruendo de las tracas de pólvora. Lo miré muy sorprendida y algo sofocada. Nos saludamos e intercambiamos a gritos unas palabras. Logro entender que se ha separado y que sus hijos viven con su ex mujer. Han pasado veintiocho años desde el último verano que nos vimos. A los catorce años se enroló en sucesivas campañas estivales de excavaciones arqueológicas, al principio terrestres y luego submarinas.
Hablamos tan cerca que puedo sentir el hálito caliente de sus palabras, su olor a cerveza, el cosquilleo de sus vibraciones en mi oído. Su proximidad empieza a resultarme excitante y peligrosa. Por un momento el leve contacto de su vello con mi brazo hace que salten chispas de mi piel. Aparto el brazo rápidamente abrumada por el deseo contradictorio de dejarme seducir y de escapar al mismo tiempo. Doy un paso atrás y me cruzo con sus ojos. Unos ojos negros aún más profundos bajo la luz de la luna y la humareda de la pólvora. Una mirada que me llama a voces, que me tienta, me cautiva. No puede ser, me digo, me repito a mí misma y me despido torpe, abruptamente. Tropiezo con la gente mientras busco con ansiedad a mi prima para que me lleve de vuelta a casa.
La mañana del martes salgo a correr por la playa. De regreso por la avenida principal Los Pinos su mirada gitana se desploma sobre mí desde lo alto como el rayo más luminoso y fulminante de la mañana. Miro con disimulo y lo localizo reclinado sobre la barandilla azul de la casa de sus padres en la misma postura que lo recordaba cuando me espiaba bailando. Sabe que le observo porque de pronto se inclina un poco más acodándose en la baranda y silba mientras enfilo cansada la calle Cruces, abro y cierro el pestillo de la verja de casa.
Nuestros caminos confluyen la mañana siguiente por la pineda que conduce al paseo marítimo. Corremos un rato en paralelo, acompasados sin decirnos nada. Mi respiración se acelera y siento flato pero continúo corriendo. Al llegar a la playa me refresco la cara en una ducha y me seco con el borde sudado de la camiseta. Me suelto la coleta. Balanceo el pelo de un lado a otro, aliviada, liberada. Los ojos de Marcelo se clavan en mi camiseta empapada y luego se cuelan por el escote. Me cruzo de brazos un tanto ruborizada mientras nuestros pasos horadan la arena. A estas horas la playa está prácticamente desierta de bañistas.
Al llegar a la orilla nos descalzamos y seguimos caminando dejándonos sorprender por el frío batir de las olas. Esquivamos poco después entre risas los hilos transparentes de un par de cañas de pescar separadas apenas un metro y medio la una de la otra. Habríamos recorrido un quilómetro cuando arribamos al final de la playa, donde el agua se recoge en el recodo íntimo de una cala. Marcelo corre de pronto jovial y espontáneo como el niño que un día conocí. Se detiene frente a la roca grande amurallada de la caleta, se agacha y palpa la piedra por debajo del agua buscando probablemente mejillones entre sus oquedades. Sin levantarse, me dice alegre y lacónico:
-¿Te acuerdas?
Por unos instantes nuestros ojos destellan al recobrar la ilusión de cuando éramos niños y adolescentes y veníamos a coger mejillones y cuantos tesoros enterrara la arena, arrastrara el mar a la orilla o anidara en la roca. Claro que me acordaba Eran pedazos de mí que aún vivían en la memoria. De aquellas expediciones marinas conservaba además tres conchas y un guijarro blanco perforado que me había regalado Marcelo el último verano. Una piedra que se deshacía como el polvo por las hendiduras del tiempo. Por la larga espera.
Arrastrada por su entusiasmo y la evocación de aquellos lejanos días compartidos me acerqué y me uní a él en la tarea de hallar moluscos. Apenas había y los que encontramos eran minúsculos, benjamines. El turismo masivo y la pesca furtiva de las últimas décadas provocaban esos efectos dañinos sobre el ecosistema. Exhalé un suspiro de desilusión y añoranza. Viendo Marcelo que la tristeza nublaba por un momento la expresión de mi cara, añadió:
-El mundo cambia. La vida es devenir. El tiempo fluye pero siempre queda algo de su paso, su huella indeleble. Queda el cauce de nuestra memoria que vuelve a llenar el río de agua, guijarros y truchas, de juncos su orilla y de ninfas y seres imaginarios su fondo.
Aparté la mirada por temor a que vislumbrara en ella la tonta fantasía, la ridícula nostalgia que abrigaba desde la adolescencia de llegar a querernos algún día. Porque Marcelo estaba en lo cierto: hay parte del pasado y de los sueños que no mueren jamás. Que incluso pueden ser tan poderosos y reales o más que el presente. Yo, coleccionista de caracolas, me reconocí enseguida en esa bella y turbadora imagen de buceadora de tiempos y sueños.
Mi incomodidad porque pudiera descubrir mi secreto me apremió de pronto a dar media vuelta y desandar el camino recorrido. No habría dado más de un par de pasos cuando me incliné a recoger de la arena una concha moteada. Y me detuve a inspeccionarla con aire admirativo de espaldas a Marcelo. De súbito todo mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de sus manos frías y húmedas sobre mis hombros desnudos y ardientes. Los acarició durante unos segundos sin prisas, con suavidad. Yo me quedé inexplicablemente petrificada como si la amalgama de arena, agua y salitre hubiera fundido mis pies en una peana invisible. El aliento cálido y subyugante de Marcelo erizaba la piel de mi nuca, cuello, espalda al mismo tiempo que la brisa marina revolvía mi cabello y lo salpicaba de gotas de agua.
No sé cómo de repente me giró igual que una peonza y, cediendo al peso del deseo, caímos en la arena, abrazados, uno encima del otro. Nuestros labios se encontraron y besaron sensuales, perezosos, sin urgencia. Sentía su pecho palpitar sobre mí, el frenesí de la pasión anunciándose, el hormigueo rugoso de la arena crujiendo en mi espalda. Sin dejar de explorar mi boca, Marcelo me acarició el brazo y luego quiso entrelazar su mano a la mía. Pero yo seguía inexpugnable con el puño cerrado aferrando la concha que había encontrado, protegiendo mi tesoro. Con amorosa y paciente constancia logró que abriera cada uno de mis cinco dedos. Y arrebatándome el caparazón del bivalvo lo arrojó de pronto al mar.
Contrariada desvié la mirada por unos segundos hacia el horizonte azul esquivando la boca ávida de Marcelo. Pero él deslizó su lengua suave y húmeda por mi cuello venciendo mi resistencia una vez más. Ahora quería fundirme en sus labios, sus brazos, su cintura con la vehemencia, la furia de un caballo salvaje liberado tras un largo cautiverio. Mis labios se deleitaron en su frente, sus mejillas, sus párpados entrecerrados. Y luego recorrieron su mentón recién rasurado, su vigoroso y ancho cuello con sabor a mar. Me perdí durante un rato en el nacimiento de su pecho terso, sin apenas vello y más bien corpulento. Mi boca, mis ojos, mis manos ansían continuar explorando, sentir cada milímetro del cauce de su cuerpo. Adentrarse por primera vez en su selva virgen, el jardín prohibido de Marcelo como si el paraíso, la única felicidad posible en ese instante, se concentrara en su cuerpo. Beber de su boca, mordisquear el lóbulo de su oreja, tierno y sensible, dibujar con la lengua el delicado redondel de su ombligo. Descubrir un lunar justo encima constituye para mí en esos instantes una fuente inagotable de placeres insospechados, de dulzura y sensualidad innombrables. Sus brazos de pronto me acogen firmes y amorosos y me dejo acurrucar en el regazo de su pecho. Mi piel respira su aliento cálido y ubicuo como la brisa marina. Mis manos se deslizan por el hueco de su cintura y se hunden en la profundidad de sus nalgas que semejan rocas cubiertas de algas suaves sumergidas en el fondo del mar.
A la curiosidad y necesidad de conocer a Marcelo, le siguió el imperioso deseo de unirme a él en carne y en espíritu. Me apreté contra él. Quería sentirlo tan cerca como mi propia piel. Romper las últimas fronteras que separaban nuestros cuerpos. La frontera de nuestra epidermis para que su piel fuera mi piel. Que su hálito se confundiera con mi hálito, que mi boca exhalara sus gemidos. Pero antes de que el deseo extinguiera la última pavesa que alumbraba mi razón y dejarme arrastrar hacia la más absoluta de las locuras, mi mente garabateó una rápida composición de lugar y situación. Estábamos en la playa a la vista de los primeros bañistas del día, muchos de ellos acompañados de menores. Marcelo captando al momento mi repentina conciencia de vergüenza me alzó inesperadamente en brazos. Yo hundí mi rostro en su torso sabiendo de antemano adónde me llevaba. Su respirar ya de por sí agitado resollaba en mi oído mientras se alejaba de la playa y su hipnótico murmullo. Empecé a cubrirle de besos cuando ascendía, como yo había anticipado, por el cerro. Besos por la piel delicada de su cuello, besos en su hombro, su tórax pétreo y erizado por el sobreesfuerzo y la excitación. Besos, un océano de besos en su boca exhausta pero insaciable y jugosa.
Una vez en lo alto del cerro, recorrió con dificultad los últimos cincuenta metros. Después agachándose se dispuso a entrar conmigo en brazos en la cueva que de niños nos servía de refugio y lugar de juego. Por mucho cuidado y atención que puso en el empeño, mi pie izquierdo rozó la pared rasposa de la roca. Me quejé riendo y él tambaleante e hilarante estuvo a punto de dejarme caer de bruces.
Me recuesta sobre la tierra batida y me besa mirándome a los ojos bajo la tenue e íntima luz que se cuela por la recoleta gruta. Sus besos son tranquilos, sensuales, exploradores, intensos. Yo me impregno poco a poco de sus labios, de la textura suave y húmeda de su piel, su sabor, su olor a sudor y mar salada. Me recreo en su labio inferior, viajo de una comisura a otra, sintiendo el calor, el fuego de toda la superficie de su piel entregada, inflamada por el deseo y el amor. Las yemas de mis dedos delinean el contorno de su boca exuberante, recorren tranquilas cada una de las líneas verticales que la franquean, rastrean con deleite todos los caminos que confluyen en su boca, esa fuente y sumidero inagotable de placer y regocijo. Y luego lo beso con extrema dulzura asiéndolo por el mentón, acercándolo un poco más hacia mí. Acoto y sello el perfil de su boca, sus labios, los caminos trazados, recién aprendidos por mis dedos. Rozo su perilla y un estremecimiento me incita, me apremia a besarlo con más ímpetu, imperativamente.
Lo miro durante un instante sobrexcitada, enfebrecida por su contacto tan próximo, por mi sed desbocada, por el deseo quemando en sus ojos. Y él sin dejar de mirarme, se desprende de su camiseta, la dobla y solícito y amoroso me la coloca como almohada. Se reclina y siento su olor sobre mí, su torso resplandeciente, sudoroso y bello mientras se acomoda en mi cadera, en la cavidad de mi vientre. Lo abrazo y le acaricio la espalda, el hueco bien definido y firme de su cintura. Mis manos después se dirigen decididas hacia las suaves y sólidas mesetas de sus nalgas y masajean su redondez. Noto cómo su deseo va creciendo bajo mi abdomen. Me muestro confiada, libre para amarle sin ataduras, sin tapujos. Porque este encuentro y los tres sucesivos que tendríamos para mí son mucho más que meros escarceos. Marcelo transciende lo meramente físico. Es carne y espíritu.
Marcelo residía en Alicante y viajaba mucho por España y el extranjero impartiendo conferencias sobre arqueología submarina. Precisamente el sábado siguiente partía para Gijón. Una lástima porque aparte del placer que compartimos, sabía que de un modo u otro había amado a ese hombre desde el día, ya lejano, que lo sorprendí espiándome. Desde aquella tarde que nos despedimos me acompañaría la sospecha de que los sueños, en caso de materializarse, sólo se cumplen una vez. Que el deseo se hace carne y espíritu una vez en la vida. Porque en medio de las promesas románticas que declaramos al viento y al oleaje, tuve el pálpito de que tardaríamos muchos años en volvernos a ver de nuevo. Pero supe que nunca olvidaría lo que vivimos juntos aquel verano, que la voluntad de mi memoria se rebelaría contra las leyes inexorables del tiempo, ese tiempo que al devenir pasado se proclama olvidadizo, se rebela siempre fugitivo, huero como el interior de mis conchas y esas piedras que se empeñan en deshacerse y desaparecer un día definitivamente.

lunes, 16 de marzo de 2015

Por el amor de un músico



Mientras espero en la cola de una de las máquinas expendedoras de billetes de la estación de Sants, en Barcelona, recibo la inesperada llamada de mi amiga Rebeca. Al colgar el móvil, hurgo con impaciencia en el bolso hasta que tanteo y extraigo el monedero.  Ya llega mi turno y no quiero perder el último tren. Cuento las monedas cuando alguien llama mi atención. Un chico me pide esbozando una sonrisa amplia y radiante cincuenta céntimos. La calderilla que lleva no alcanza para comprar un billete sencillo y la máquina le ha rechazado dos veces la tarjeta de crédito. No puedo dejar de mirarlo. Es alto, delgado y fibrado y, aun no siendo agraciado, su sonrisa por genuina y envolvente ejerce en mí un extraño magnetismo. El traje negro le cuadra perfectamente en la cruz de los hombros, el talle y estatura. Su aspecto es impecable y distinguido. En el suelo, tocando ligeramente su pierna izquierda, hay una maleta de ruedas también oscura. Y lleva colgada en bandolera lo que parece una guitarra enfundada.
Rebusco en mi monedero. Y al fin, le entrego triunfante los cincuenta céntimos. Sonriéndome de nuevo, promete devolvérmelos en cuanto pueda. Insisto que no es necesario. Mientras hablo me observa callado, circunspecto durante un rato. Y luego asegura con expresión admirativa que el timbre de mi voz es muy musical y hermoso. Le agradezco el halago con modestia. Introduzco el dinero en la ranura, recojo mi título de transporte y me encamino a la vía número trece. Él se ofrece a acompañarme. Acelero el paso. Llevo tanta prisa que valido el billete sin haberme despedido. Desde el otro lado de la barrera, Daniel me pide mi número de teléfono abriendo la funda de su móvil. Se lo dicto precipitadamente en la distancia mientras anuncian por megafonía la arribada de mi convoy. 
Dos días después vuelvo a tener noticias de él. “Por fin he reunido los cincuenta céntimos. He tenido que pedir un préstamo a mi madre. Perdona la demora. Espero que no me cobres intereses”, se excusa medio en broma desde el otro lado del teléfono. Me río de su ocurrencia y añado un comentario pretendidamente gracioso. “Oye, ¿sabes que tu voz suena más increíble por teléfono?”, me dice de pronto. Trabajo en un comedor escolar  a tiempo parcial en Barcelona, estudio interpretación desde hace un par de años y, siempre que me dejan, participo sin demasiada fortuna en castings de anuncios y películas. Por tanto, entrenar y cuidar las cuerdas vocales es uno de mis objetivos prioritarios.
Quedamos en Barcelona, a la puerta de McDonald’s de Plaza Cataluña, junto al Fnac, a las once de la noche. Una hora intempestiva pero a Daniel le es imposible llegar más pronto. Se retrasa media hora y acepto sus disculpas. Durante el encuentro ríe con frecuencia y yo también. Su risa es peligrosamente contagiosa, además de cautivadora. Y mientras fluye el humor entre los dos, él busca mis ojos. Yo trato de esquivarlos. Tengo miedo de enamorarme. Hace seis meses que rompí con mi ex.
Mis esfuerzos resultan inútiles. Mis hormonas están a flor de piel. Con los labios untados con el sabor frío y aromático de los frutos del bosque del helado que he tomado como postre, acerco mi cara a la suya para besarlo. Cierro los párpados suave y sensualmente, deseándolo, esperando recibir su boca. Y ante mi gesto de decepción y sorpresa, Daniel me responde con una nueva sonrisa tranquilizadora. Como siempre, fascinante, irresistible.
Al subir al bus nocturno, me roza la mano y vuelve a sustituir el beso de despedida por la consabida inclinación oblicua de la comisura de sus labios. Una expresión de felicidad que brilla en su rostro, sus ojos, su tez. Antes de tomar asiento noto un vacío que identifico con añoranza. Tengo ganas de verlo y besarlo.
Sueño con él esa noche, o más bien por la mañana. Me despierto con un sudor frío recorriéndome el cuerpo y con su vago recuerdo alejándose de mi mente.
Nos citamos la segunda vez en Arco de Triunfo también a las once de la noche. Desconozco por qué ha elegido precisamente esa zona. Pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. El lugar me resultaba indiferente. Sólo quiero estar con él.
Un hombre tal vez beodo me dirige, tambaleante y con la lengua trabándosele, un improperio ininteligible que me resulta muy desagradable. Siento miedo aguardando sola sentada a aquellas horas en uno de los bancos de piedra más próximo al monumento romano. Es otoño, un martes no festivo, sin luna aunque la mayoría de farolas que bordean a uno y a otro lado el paseo permanecen iluminadas. Me parece una noche embrujada. Apenas pasa gente y, aún menos especímenes con apariencia normal. Daniel comparece diez minutos tarde. Suspiro aliviada al verlo llegar con su porte noble y elegante indumentaria.
Me coge la mano y la besa tan levemente que apenas la roza con sus labios carnosos. Y anunciándome alegre que su madre se encuentra en un viaje organizado por el Imserso, me propone una velada romántica con música y baile en su casa. Invitación que acepto al momento. Entonces comprendo por qué hemos quedado en Arco de Triunfo.
Tras caminar un cuarto de hora, nos detenemos en una vieja portería pero bien conservada salvo por el ascensor que no funciona. Subimos a pie hasta la tercera planta, pasando por el entresuelo. Es un piso de techos altos con moldura totalmente reformado. Salón con suelo de parqué color miel. Un lugar muy acogedor y cálido. Sin embargo, estoy nerviosa. Siento que quizás me he precipitado adentrándome en su territorio en este segundo encuentro.
Me ofrece una cerveza fría. Manipula la mini cadena y la música de Bryan Adams hace de pronto más íntima la sala. Identifico la banda sonora del largometraje Robin Hood. A mi madre le encanta. Me sorprenden los gustos musicales de Daniel siendo tan joven. Pero me agrada lo que oigo. Muchísimo en realidad. Estoy excitada, entonada, diría que un punto o dos desinhibida, ignoro si por el efecto del alcohol, la música, por Daniel o por todo junto. Me da por reír de repente. Me cuesta controlarme. Cambio las carcajadas por una sonrisa fija, imperturbable, mostrando los dientes manchados de carmín rosa cuando, agarrándome por la cintura a media luz, me conduce al centro del salón, que se convierte en una improvisada pista de baile.
La tarima cruje mientras nuestro instinto y cuerpos danzan tan pegados que parecen querer fundirse, hacerse uno. Sus manos bajan y trepan de mis caderas a la cintura alternativamente. Mi piel arde, se derrite dentro de la estrechez elástica de mi vestido negro. También percibo el calor de su piel, de su aliento quemándome el cuello. Parece que interpreta correctamente las señales que emite mi temperatura corporal porque deja de abrazarme y sus dedos gatean por encima de mi cintura y se detienen a acariciar mis senos. La ropa me ahoga. Necesito liberar el fuego que aprisiona mi pecho. Y entonces, Daniel empieza a descorrer poco a poco la cremallera frontal del vestido. Cómo ansío sus besos, sus caricias, el contacto sedoso de su piel ardiente.
Sus manos diestras encienden en mí una pasión irrefrenable, incontenible. Quiero, necesito más. Giro y levanto el cuello buscando su boca con ansiedad.  No resisto más. Me urge probar, comerme su boca, fundirme dentro de ella. Pero él girándose a su vez, rechaza mis labios, mi lengua. Experimento confusión, desasosiego. No acierto a entender nada. No salgo de mi estupor. Durante unos segundos lo observo enmudecida, atónita, sin atreverme a pedirle explicaciones.
Estampándome un súbito y sonoro beso en la otra mejilla, desaparece tras la puerta de color cerezo de una habitación. Regresa con una guitarra, probablemente la misma que le vi el día de la estación. Apaga el aparato de música. Se sienta en una silla blanca de piel e interpreta la melodía de una canción de Sting. Yo permanezco en pie, rodeándole el hombro. Su manejo del instrumento es proverbial. Las notas cobran vida. Vibran de sentimiento y vida. Lo contemplo embelesada, rendida. Sigo deseándolo. Creo que me he enamorado sin remisión. Siento la tentación de volver a besarlo. De intentarlo de nuevo. Refreno mi impulso a tiempo. No quiero que me responda con otro desaire.
Al acabar la pieza aplaudo exaltada. Por mis ojos asoman lágrimas. Le confieso con sincero entusiasmo que nunca antes he oído acordes tan cristalinos y bellos, tan semejantes a la voz humana. Al timbre femenino, en realidad. Sonriendo Daniel tensa una cuerda y la suelta dejándola vibrar con sus tonos agudos. Mis dedos corren a tocar las cuerdas blancas perladas de la guitarra. Su tacto es muy suave y recuerda a la membrana  o a la piel de un animal. Él molesto retira mi mano inesperadamente. “Suena tan bien porque sus cuerdas están vivas”, asegura circunspecto. Abro mucho los ojos y, nuevamente, no atino a decir nada.
Luego adoptando una expresión más relajada y fascinante, sonrisa incluida, me propone que le cante una canción. Que desea deleitarse con mi bonita voz. Yo, estando acostumbrada a la improvisación y flexibilidad que me exige mi carrera de actriz en ciernes, no me extraña demasiado su petición y accedo encantada a cumplir su deseo. Elijo para la ocasión el tema Stop, de la cantante de los años ochenta, Sam Brown, intuyendo que siente especial debilidad por la música de aquella época que no corresponde con nuestra generación. Voy a arrancar a cantar, cuando con un gesto, me indica que espere un momento. Baja la cabeza y pulsa las cuerdas de su guitarra muy concentrado y de veras encantador. Los acordes corresponden a la melodía de Stop.  Entonces ya sí me dispongo a entonar una versión muy personal de la canción.
Daniel alza la vista de tanto en tanto sin perder la concentración ni el ritmo en ningún momento. Me estudia unos segundos complacido con lo que oye y luego vuelve a bajar los ojos. En tres ocasiones veo que los cierra y se estremece de emoción. Qué sensibilidad  y don tiene para la música. Yo, por mi parte, no recuerdo haber interpretado con tanto sentimiento y entrega como canté Stop aquella madrugada. Al terminar, yo continúo pegada a su lado acariciándole el hombro amorosa y solícitamente. No recibo aplausos ni sonoras ovaciones. Sólo sé que entonces, y sólo entonces, pegó  su nariz a la mía y, por fin, ladeando la cabeza ligeramente, me besó, derramando su humedad y carnosidad sobre mis labios anhelantes. Quiero repetir pero él, dirigiendo su boca a mi oído, me susurra excitado “cómo me gusta tu voz, me la comería ahora mismo”. Yo sonrío dichosa paseando voluptuosa mi cara por la suya hasta alcanzar de nuevo su concavidad bucal entreabierta. El segundo beso es mucho más largo. La lengua  brota de su garganta y se prolonga hacia mi boca y después al paladar. Un apéndice flexible, extenso y ancho, ávido de deseo. Al tocar la campanilla con la punta de su lengua, siento que me asfixio, que no puedo respirar. Intento protestar pero de pronto de un mordisco me arranca la lengua. Aprovechando que me quejo y revuelvo de dolor, me lleva en brazos a su habitación. Me ata a la cama y, obligándome a abrir la boca, me extirpa las dos cuerdas vocales inferiores (los pliegues o músculos elásticos responsables de la producción de sonidos al efectuar la vibración) valiéndose de una especie de tenazas de acero. Quiero gritar y de mi boca salen borbotones de sangre y pena. Mucha pena y dolor.
 
 
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las caras del amor






Querido Amor (sí, querido más que odiado).
Me decido hoy a escribirte para decirte, para repetirme a mí misma en realidad, que en los asuntos del corazón nada es tan difícil pero tampoco tan sencillo como parece o queremos creer. Durante años te he reprochado que te rendiste muy pronto, que fuiste un cobarde abandonando el barco mientras yo me dejaba la piel remando con ciego denuedo, sin rumbo certero ni fuerzas ya, conduciéndome sola sin saberlo hacia un naufragio inminente. Pero ahora sé que lo poco o mucho que hiciste fue todo lo que pudiste hacer. Que el amor es la víctima propiciatoria de los males y locura que aqueja a nuestro mundo cotidiano, el chivo expiatorio de cuanto nos rodea y sucede.
No, no pretendo censurarte de nuevo. Sabes que eres grande y poderoso. Lo eres todo pero también muy vulnerable. Estás indefenso, sientes pavor, lo sé. El miedo no te deja crecer. Tus complejos te atenazan en tu crisálida. Esperamos lo mejor de ti, que nunca nos falles pero cuando la ilusión de felicidad se desvanece y se instala en nuestra alcoba la insatisfacción y la sinrazón, renegamos pronto de tus bondades.
He meditado largamente buscando el verdadero sentido del Amor, en mayúsculas, su entidad y las formas que adopta. Y he reflexionado sobre todo en la capacidad, interés y recursos personales (emocionales, racionales y hasta materiales) que ponen el hombre y la mujer al servicio del (buen) Amor a lo largo de una relación. Finalmente he llegado a la conclusión que, salvo casos excepcionales, el Amor se asocia al amor físico vehiculado a través básicamente de los archilaureados conceptos de pasión y enamoramiento. Lo que yo llamo tu cara visible.  Amar es, en gran medida, una corazonada, un arrebato, el secuestro, la sublimación de los sentidos, buscada o no pero casi siempre deseada. El Amor se opone, así, a la razón y al ejercicio de la voluntad, la disciplina y el esfuerzo. Quizás se deba a este motivo que cuando nuestra mente racional disecciona fríamente a nuestro amante, antaño casi perfecto, sus innumerables pequeños defectos nos resulten insufribles. Su retraimiento frente a la locuacidad de los primeros encuentros. La previsible monotonía conyugal frente al desenfreno del principio. Llegados a este punto de no retorno es comprensible que lo interpretemos como señal de que el amor está muerto y optemos por liberarnos de su yugo. O por ignorarlo. A golpe de enfados, reproches, malentendidos, silencios, distanciamiento, incubamos insatisfacción, desconfianza e indiferencia. Borramos la huella de viejas declaraciones de amor, apisonamos las últimas flores del Edén. Firmamos nuestra renuncia.
Mucho se discute si es el corazón o la mente quien gobierna o debería llevar las riendas de nuestra vida como si pudiéramos cercenarnos a voluntad y retozar decapitados o sin corazón por el mundo o la alcoba. Cada emoción, ya sea de alegría o tristeza, desencadena en nosotros una reacción. De nuestra capacidad de discernimiento y aprendizaje dependerá de cómo nos conduzcamos y lleguemos a un buen o mal puerto después.
Cuando antes me refería a los recursos económicos que estaríamos dispuestos a invertir en ti, no aludía tanto a los regalos con que se agasajan los amantes durante las mieles del enamoramiento como al dispendio destinado a organizar encuentros imaginativos y participar en terapias individuales y de pareja con el fin de sanar y alimentar a ese niño tan desconocido, asustadizo y susceptible que es el amor.  ¿Por qué nos sacrificamos en el ámbito profesional con el propósito de conseguir un empleo o un ascenso y no en desentrañar y mejorar nuestro acervo sentimental? ¿Por qué esa dicotomía entre lo íntimo y lo social, el ser y el trabajar?
Queremos seguir siendo los amos y señores de nuestra vida pero soltamos rápidamente el timón cuando nos enamoramos. ¡Qué mejor capitán que tú, Amor,  para conducirnos hacia el puerto de la felicidad y estabilidad conyugales a través de un mar imprevisible de emociones! Una abigarrada miríada de emociones que tantas veces se han cruzado en nuestro camino y que aún hoy nos cuesta distinguir y nombrar con certeza, sin pudor. En el momento que tus flechas atraviesan nuestra voluntad se inicia el disparatado periplo del amor que, sin embargo, parece empeñado en discurrir cíclicamente como las estaciones del año. O como un enfermo bipolar crónico. La pasión se libera y arrastra a los amantes hacia una tórrida playa caribeña para más tarde, meses, años, encallar en el hielo de la desilusión, los reproches, el retraimiento. Un mundo inhóspito rodeado de profundos icebergs que no es más que el espejo de sinsabores de dos almas desconectadas, heridas que no han aprendido a comunicarse y unir sus fuerzas, su corazón, su mente para dirigir su relación.  
Mucho se habla que la propia naturaleza promiscua del hombre y la mujer es la responsable de tantas separaciones y divorcios. Que la iglesia y la moral nos ha abocado a vivir durante siglos en una monogamia impuesta. Nuestra sociedad prescribe  que cada cual debe actuar según los dictados de su corazón y deseos advirtiendo (o tranquilizándonos) al mismo tiempo que el amor es un viaje de ida y vuelta. Un pájaro libre al que la rutina derriba y la ilusión levanta en cualquier momento. Nuevos amores nos brindarán mil y una oportunidades de renacer, como el ave fénix, de nuestras cenizas. O del hielo. Una vez más nos convertiremos en esos seres irresistibles, encantadores, dotados con los atributos de Adonis o Afrodita. Y entonces todo volverá a ser posible. Te pediremos de nuevo la Luna y un poco más para tratar de resarcirnos de la suma de agravios y tormentos padecidos en tu nombre. Creeremos haber hallado al hombre perfecto, el padre ideal que buscábamos. A esa mujer fiel, a esa futura madre amantísima mientras nos arda el pecho y el amor nos ilumine con su original fulgor. Aplacarás, Amor, el dolor de antiguas desilusiones, te domesticarás, te enmascararás tras ese nuevo rostro, ese cuerpo al que prodigamos las caricias que negamos un día, no hace mucho, a otros, a otras. El amor como un intercambio de mercaderías de ilusiones de usar y tirar. Una noria, una ruleta que gira sin fin. El amor como cama donde se curan casi todos los males hasta que éste enferma y cae en brazos de otro santo o santa. Del santo amor. En demasiadas plazas toreamos a diario como para tener también que salir a lidiar contigo, Amor, con nuestras relaciones, nuestra desidia. Tamaño disparate. Te desprenderías de tu irresistible halo de misterio. Dejarías de constituir el motor interior que impulsa a millones de personas a volver a empezar de nuevo. Se extinguiría uno de los raros misterios que nos regala aún la vida. Un presente del que, afortunadamente, disfrutamos cada vez con más frecuencia. ¡Menudo currículum vítae lograríamos atesorar si viviéramos cien años! Devendríamos expertos en amarnos y desamarnos. Y seguiríamos dando lustre a la cara visible de Eros,  mientras, su lado oscuro permanecería eclipsado, sepultado en un inframundo creciente de icebergs.   
 

sábado, 21 de febrero de 2015

Te quiero más que a unos zapatos viejos



 

Tras reconsiderarlo durante meses, Ricardo y yo decimos en febrero matricularnos en el polideportivo de nuestra ciudad. Desde el verano pasado me acomplejaban mis brazos de murciélago. Y Ricardo juraba y perjuraba que él, acérrimo amante del sofing, la videoconsola, el fútbol y la Fórmula 1 televisados, sólo necesitaba mantener el tono muscular.
A parte de las consabidas agujetas y flatulencia de las primeras sesiones de entrenamiento  con toda clase de aparatos de musculación, la cinta de correr y la bicicleta, me sentía animada y llena de vitalidad. Sin embargo, Ricardo rayaba la euforia y, bajo mi punto de vista, la enfermedad de la vigorexia. Porque a las dos semanas de inscribirnos, pasaba más tiempo en el gimnasio  que en casa.
Aquella repentina fiebre de Ricardo por el deporte empezaba a preocuparme cuando una tarde del mes de marzo lo sorprendí mirando embobado a Eva. Él estaba sentado en el simulador de remo detrás de ella, que ejercitaba los glúteos. Eva, una atractiva treintañera, iba ataviada con unas mallas cortas muy ajustadas y un top deportivo de un llamativo color fucsia. Con el paso de los días me convencí de que eran figuraciones mías. Así que me olvidé del tema concentrando toda mi energía en lograr el objetivo de modelar y fortalecer mi cuerpo para lucirlo sin complejos el próximo verano.
Un sábado por la mañana de principios de abril saliendo del supermercado del barrio nos topamos con Eva. Ricardo palideció y se quedó mudo. Por un momento sus ojos se cruzaron, inquietos y evasivos. Yo la saludé con desdén y frialdad. Ella respondió sofocada extraviando la mirada en las bolsas blancas con el logotipo colorido del supermercado que yo llevaba.
Regresamos a casa en silencio. Vaciamos las bolsas y colocamos la compra sin mirarnos  ni dirigirnos una sola palabra, con el miedo agarrado a las pupilas.
A la tarde Ricardo quiso que saliéramos a dar un paseo. Cogimos el coche, dejamos atrás Corbera de Llobregat y nos detuvimos  en l’Amunt a pocos pasos del monasterio de Sant Ponç. Un par de perros vociferaban desde el interior del edificio en ruinas que hay enfrente del aparcamiento sin asfaltar.
–Perdóname –dijo al fin con voz trémula al llegar junto al decrépito almez relleno de mortero que custodia la entrada de la vieja iglesia desde hace siglos.
No respondí. Un hondo sentimiento de tristeza y resquemor me asfixiaba. Y sentí la urgencia de evadirme, de esconderme, hacerme invisible. Y me puse a observar y palpar con extrema delicadeza el grueso tronco remendado del almez como si fuese una herida que aún sangrara.
–No me creerás si te digo que nos hemos visto una sola vez –añadió con más aplomo. Llevábamos un rato sentados sobre un par de piedras del recoleto pinar que se alza frente a la explanada que hay detrás de la ermita. Yo permanecí callada con la barbilla apoyada en las rodillas y abrazada a las piernas balanceando levemente el cuerpo  hacia delante y hacia atrás. Mis ojos paseaban absortos por la pequeña alfombra de pinaza.
–Supongo que tampoco servirá de nada si te confieso que estoy profundamente arrepentido. Y…y… que te quiero mucho.
Hizo una pausa. Lo miré de soslayo. Se tocaba cabizbajo la frente. Después echó hacia atrás su escaso cabello sin dejar de mirar al suelo. Su mano se detuvo por un momento en la coronilla. Y se rascó. Al realizar este gesto me sorprendió descubrir el extraordinario volumen que habían adquirido sus bíceps.
–Porque te quiero más que a mis zapatos viejos –declaró mientras arqueaba las cejas y prestaba atención a sus náuticos de hacía no sé cuántas temporadas. Por su expresión parecía que acabara de llegar a una evidencia científica irrefutable.
Levanté la vista de inmediato hacia la bóveda de pinos componiendo una mueca de disgusto. La alusión a sus zapatos viejos chirriaba en mis oídos igual que una repentina interferencia en el dial de la radio. Y Pepe Da Rosa, sus chistes y canciones de la década de los setenta y ochenta golpearon mi memoria. Especialmente el monólogo dedicado a la veneración que sentía por sus viejos zapatos tras comprarse y sufrir la tortura de unos zapatos nuevos.          
–Eres la horma de…–trató de proseguir Ricardo.
–Por Dios, no me vengas ahora con que soy la horma de tus zapatos –estallé sarcástica sin poder contener por más tiempo la humillación de verme relegada al papel nada atractivo de un calzado de segunda mano.
–Me refería a la horma de mi vida, la horma de mi pasado, de mi presente y, si tú quieres, del futuro –aventuró Ricardo con la voz rota y los ojos enrojecidos–. Yo te quiero y te seguiré queriendo. Ella sólo ha sido un antojo, uno de esos objetos de deseo que a veces compramos compulsivamente en un centro comercial. Productos inútiles a los que en dos días dejas de hacer caso y acabas almacenando en el trastero de casa para tirarlos a la basura o regalarlos más tarde.                                    
Esa era la forma habitual de expresarse Ricardo, prosaica y práctica.
Nos levantamos y de vuelta a la ermita, me detuve en la explanada a contemplar la montaña. Una imponente cadena de triángulos verdes casi en penumbra me abrazaba desde lejos como las mudas murallas de una vieja ciudad. Y sentí que me vaciaba por dentro. Que un viento suave calmaba la llama de mi furia, la calentura de celos, la sed de venganza. Que la tristeza infinita y el orgullo herido se acallaban. Entonces pude verme a mí misma como una mujer vulnerable con miedo a perder  a la persona que más quería en la vida. Una mujer que amaba y temía por encima de todo. Una oleada de lágrimas me sacudió en ese instante. Cual dique traté de dominarlas. Aunque en vano.
Seguí caminando hasta el aparcamiento intuyendo tras una cortina de lágrimas y de oscuridad el paisaje difuminado de la sierra, los olivares, los campos abandonados, la iglesia milenaria.
Arrancamos el coche bajo una tromba de ladridos apenas amortiguados por el runrún del viejo motor. Al alejarnos, la sombra gigante de la montaña se fue achicando. E inesperadamente se abrió entre nosotros una brecha de luz que fue creciendo a medida que llegábamos a la población de Corbera para poco después apagarse. Y el cielo se tatuó de estrellas. Y una luna no sé si creciente o menguante nos siguió de cerca. Muy de cerca.

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viernes, 14 de noviembre de 2014

Flores de miel, el recuerdo de un amor



Las flores de glicinia perfuman el aire de una encrucijada de calles empinadas. Desde hace un rato mis pies siguen obedientes la línea serpenteante de casas con patio y jardín que dibuja la calle La Laguna. Sin embargo, mi mente vaga sin rumbo fijo sorbiendo los últimos minutos que quedan para empezar mi primera clase de dibujo.
Todo parece nuevo. Es la primera vez que paseo por esta avenida de la urbanización. Mire allá donde mire la primavera retoña fresca y alegre. Pero esas flores dulzonas recién abiertas que cuelgan de pérgolas de madera y muros de algunas casas me huelen a viejo. A un dejà vu. A un amor de juventud que apenas duró cuatro estaciones.
Todo empezó con un beso que me supo a miel un día que olía a glicinia.
-¡Cómo huele  a miel!- exclamé aquella tarde aspirando con fuerza el aire cargado de aromas florales como si quisiera exprimir su esencia y guardarla en un frasco de cristal.
Él se echó a reír  y cogiéndome de la mano, cruzamos la calle. Justo enfrente, grandes racimos de flores lilas sobresalían de la tapia de una finca pintada de blanco. De un salto, arrancó un ramillete y me lo acercó a la nariz. Lo olí con los ojos cerrados confirmando con un cabeceo repetido de que, en efecto, era el mismo perfume que había percibido poco antes.
-¡Parecen flores de miel! -dije llena de alborozo.
Por entonces, mi olfato era inexperto e incapaz de reconocer la fragancia de flores que no fueran rosas o campanillas.
-Se llaman glicinias –aclaró él con una sonrisa mientras me miraba a los ojos.
Mi boca enmudeció al oír su nombre por primera vez. O más bien porque los labios de Roberto se adueñaron por unos segundos de mis palabras y aliento.
Aquel amor no cuajó y se partió en dos a finales de invierno, a las puertas de una nueva primavera. No sé si llegamos a celebrar juntos San Valentín. Sólo recuerdo que las flores amarillas de la mimosa empezaban a marchitarse y desprendían un olor más bien acre. Y también me acuerdo de que hacía unos días había aprendido a llamar aquel árbol por su nombre.
Han pasado ya muchas primaveras desde aquel romance. Su recuerdo fue amargo al principio. Luego, con la distancia del tiempo, el olvido fue haciéndose más grande que el recuerdo que ha permanecido de él. Un olvido que se alargó como la espigada sombra de un ciprés. Como una gota de aceite que se derrama sobre una carta de amor y emborrona sus palabras para siempre con su pringue y olor. Sólo que en vez de oler a aceite rancio, huele a flores de miel.

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jueves, 30 de octubre de 2014

El roce hace el daño







Tras cumplirse un año desde mi separación con Raúl, mi amiga Raquel me animó a conocer al primo de su marido, que vivía en Valencia, donde iban a veranear cada año.
Ángel y yo nos intercambiamos unos correos electrónicos para poco después pasar a escribirnos a través de WhatsApp, enviarnos fotografías, alguna carta por correo tradicional y hablar por teléfono.
Él trabajaba en una fábrica de su ciudad natal y en su tiempo libre escribía novela negra. En la última década había terminado siete relatos que guardaba en los cajones de su habitación. Tenía cuarenta y cinco años y vivía aún con sus padres. 
Yo me enamoré enseguida de sus fotos, su cabello castaño ondulado, sus ojos azules, su voz varonil y modulada, sus palabras escritas apresuradamente. Y sin darme cuenta fui haciendo míos sus sueños de amor, pasión y aventura. El único obstáculo que se interponía entre nosotros era el trabajo y la relativa distancia geográfica que nos separaba.
Yo le hablaba de Barcelona, de sus playas y montañas. De los pueblos pintorescos que visitaríamos algún día juntos, de los cientos de senderos que como riachuelos de tierra y piedra se abrían paso a través de la montaña de Collserola, el pulmón verde de mi ciudad. ¡Cuántas veces me soñé despierta entrelazada a su mano temblorosa, a sus brazos fornidos pero tiernos bajo tantos escenarios y luces diferentes de la geografía real e imaginaria de Valencia y Barcelona!
Cada noche nos deseábamos y amábamos con frenesí desde el teléfono.Y luego me despedía cubriendo de besos la pantalla del smarphone y me dormía abrazada a él sintiendo la tibieza del cuerpo de Ángel. En mi cabeza de mujer enamorada no me cabía la menor duda que era el hombre de mi vida.
En julio, ya en plena canígula y tras siete meses de intenso cortejo on line, deseaba que llegara el mes de agosto con una ansiedad desbordante. Las últimas semanas fueron frenéticas y se me hicieron largas. Terriblemente largas.
El día tres de agosto me montaba en el asiento de atrás del Renault Mègane de mi amiga para ir por fin a conocer al primo de Paco. Tan pronto llegamos a Valencia quise verlo pero no fue posible como tampoco al día siguiente. Me sentía contrariada, decepcionada. Y la ansiedad devoraba mis entrañas por momentos. 
Nuestro primer encuentro tendría lugar en una playa abarrotada de bañistas y sombrillas. Ángel acampó su toalla una hora más tarde que nosotros en el escueto y apretado territorio apache que habíamos delimitado con nuestra nevera, bolsas, toallas, sombrilla y tumbonas. Yo ese día de tórrido estío estrenaba mi biquini amarillo fosforito y me había embadurnado a conciencia el cuerpo de pies a cabeza con la crema de máxima protección solar. Al levantarme de mi silla para saludarlo sonreí mientras calzaba las gafas de cristales oscuros en la coronilla de mi pamela. Y él respondió esbozando una sonrisa de sarro y  aliento a Ducados.
Raquel y su marido nos dejaron solos en medio de una vorágine de niños corriendo y jugando , perdidos entre un sinfín de parasoles que parecían estandartes de colores azotados por la furia del viento y el oleaje. Sus ojos enseguida llamaron mi atención. Eran azules como el mar, ese horizonte lejano que desde la orilla se antojaba un poco más cercano,  pero profundo e impenetrable. Porque su mirada era huidiza, esquiva como las olas que se rompían en la arena una y otra vez sin saber nunca si querían quedarse o marcharse para siempre. O tal vez simplemente fuera tímido.
Se quejó de las consecuencias de la crisis. De cómo se iban endureciendo las condiciones laborales y enrareciendo el ambiente en la fábrica donde trabajaba desde hacía dos décadas. De las horas extras que no cobraba, de su pérdida de poder adquisitivo, de la política de recortes y ajustes, la corruptela general que subyacía en todo el país. Mencionó su nuevo libro que reflejaba la asfixia e impotencia que vivía a diario una familia de clase obrera. Iba desgranando y mezclando las causas de su malestar  y la trama de su nueva novela cuando me chirriaron de pronto los oídos. Porque empecé a sentir que sus palabras ásperas ungidas de realidad y sus ojos huidizos, vacíos de emoción rayaban mis sueños, hiriéndolos de tristeza y decepción.
Me puse las gafas de sol y vi cómo se borraban ante mí aquellos días de ensueño en que nuestras manos caminaban entrelazadas bajo una densa nube verde de pinos, encinas y robles. En los ojos de Ángel no había sueños. Sólo cabía el mar y su profunda soledad. Una soledad atenuada únicamente por el murmullo no de caracolas si no de un móvil, un ordenador y un teléfono fijo.
Era evidente que Ángel no era exactamente como me lo había imaginado ni física ni personalmente. Me hacía cargo de que todos estos meses había estado enamorada de alguien que en realidad no existía sino en mi mente. Que había adquirido forma y fondo gracias a un puñado de fotografías, cientos de mensajes impulsivos y deseos hiperrománticos. Pero el Ángel que se me aparecía ahora en carne y hueso, sin trampa ni cartón, me empezó a gustar. Porque al irnos a despedir experimenté por un momento la irresistible tentación de besarlo en los labios. Y no sé por qué me pareció que él sintió el mismo deseo.
Me duché en el apartamento de mi amiga y le envié un WhatsApp para contrastar impresiones:
-Hoy te habría besado si hubiéramos estado solos
-Me siento muy halagado –dijo sin más.
-Mi corazón está desbocado –contesté yo desafiante.
-Me caes bien.
-Por ahí se empieza.  El roce hace el cariño –tecleé presurosa.
-…o el daño –escribió tras mantenerme en vilo durante tres minutos.
-Amar es sufrir  –añadió un minuto más tarde.
Mi cabeza se puso a trabajar a mil por hora para tratar de encontrar sentido a todo lo que estaba viviendo. Y me preguntaba si es que no le había gustado. Si fue mala idea conocernos en la playa semidesnudos, mostrando al sol partes indeseables de mi anatomía. 
Al día siguiente decido regresar a mi ciudad en autocar, el único transporte público que tenía plazas disponibles en agosto. Me siento junto a la ventana y veo pasar edificios altos, casi rascacielos, de apartamentos, y la interminable linea azul que bordea la costa. Estoy furiosa y triste a la vez. No quiero saber nada de ningún hombre. Y de nadie porque tampoco miro ni hablo con mi vecina, una mujer de unos sesenta años. Entrábamos en Tarragona cuando recibí el aviso de que me había llegado un mensaje por WhatsApp. Era él diciéndome que me echaba de menos. No supe qué hacer. Si mandarlo de paseo por las playas de Valencia o correr a sus brazos.  Pero no hice ni una cosa ni otra. Quise ponerme a prueba. Y me contuve de contestarle. Hasta que no pude más y le dije, cinco minutos después, que yo también le encontraba a faltar.
En los siguientes meses seguimos escribiéndonos, hablando y queriéndonos más que nunca. Nos necesitábamos para vivir, como la arena al mar, como la tierra al sol. Sólo vivíamos para que llegara semana santa y poder por fin amarnos.

Relato también publicado en la revista eye2magazine.com



miércoles, 15 de octubre de 2014

La garza vanidosa y el mirlo enamorado


Una garza real se detuvo en otoño a beber agua en un lago urbano limítrofe a Barcelona. Era la primera escala que realizaba en su largo y siempre arduo periplo que empezaba en la Camarga francesa y culminaba en el país africano de Senegal. Porque tras surcar la península ibérica habría de superar un año más el reto de atravesar los confines inhóspitos del desierto del Sáhara.
La llegada de Odile al parque no dejó a nadie indiferente. Ni a sus habitantes los patos, fochas, gallinetas y una oca malhumorada; ni a sus vecinos los mirlos; ni las aves que lo visitaron aquella mañana, un grupo de lavanderas saltarinas, de gorriones, palomas y gaviotas ladronas.
Un mirlo joven con fama de poseer un pico de oro se enamoró de ella en el mismo instante en que aterrizó en la ribera. Y posándose sobre la muralla de hojas de lirios que serpenteaba la laguna, su voz aflautada y cristalina empezó a interpretar la melodía más dulce y melancólica que hubiera entonado jamás. Entonces la garza levantó la cabeza del agua y clavó sus ojos en Saúl. Unos ojos dorados enmarcados por un penacho azul marino que más que luceros, al mirlo le parecíeron dos soles. 
Para alegría del mirlo, esa noche la garza se quedó a dormir en el lago. Y a la siguiente también. Por fin al tercer día Odile se dirigió a él para formularle con su voz áspera una petición insólita. Deseaba que le trajera madroños maduros, recién acabado el estío. Ignoraba el mirlo por entonces que aquellas aves zancudas comieran también frutos así como que los propios mirlos estuvieran incluidos en su dieta habitual. Pero pese a las dificultades que le planteaba recolectar madroños fuera de época cumplió el encargo en la medida que se lo consintió la madre naturaleza.
La segunda prueba que debió superar Saúl consistió en demostrar su destreza en el arte de la pesca de truchas y carpas. Él cazaba y consumía insectos, lombrices de tierra, arañas, ciempiés, e incluso pequeños moluscos y ranas, además de sisar en los campos frutos de todo tipo. Pero nunca había probado el pescado. E intentó pescar una y otra vez en vano sin desanimarse en ningún momento. Como en opinión de la garza el mirlo padecía el grave defecto de ser paticorto, le conminó después a tallar y caminar sobre unos zancos de ramitas hechas de lentisco. De este modo lograría estar a su altura. Sin embargo, el resultado despertó la hilaridad de Odile. Y es que cada vez que el mirlo procuraba complacerla, la garza se burlaba invariablemente de él.
Transcurrieron las semanas, los meses y Odile seguía sin levantar el vuelo. Además de cantar y bailar el mirlo también le escribió y recitó versos encendidos de pasión, ensalzando el blanco níveo de su semblante y el gracioso penacho que rodeaba y teñía de azul oscuro sus párpados y nuca que le confería un misterioso e imponente aire faraónico. Glorificando su esbelto cuello gris, su boca ambarina y, ¡ay!, sobre todo, el aleteo hipnótico, sofocante de aquellos ojos dorados.
En más de una ocasión la hermana del mirlo, María, trató de persuadirle que abandonara aquel cortejo inútil, que su amor era imposible, que la garza era astuta y vanidosa y sólo pretendía jugar y reírse de él. La respuesta de Saúl siempre era la misma: “algún día también ella me querrá, estoy seguro porque veo sus ojos reflejados en el sol que así me lo dicen”. Mientras tanto, otra mirlo, Ada, empezaba a perder la esperanza de que el joven Saúl se fijara en ella. Durante los siguientes días se acercó entre temerosa y triste a la laguna con el obsesivo propósito de contemplar su imagen reflejada en el agua. Y siempre se veía insignificante, paticorta y siniestra por su color pardo oscuro comparada con la beldad y donaire natural de la garza. A partir de entonces caminó avergonzada, con el cuerpo encorvado y el pico apuntando el día entero a la hierba, los insectos y la tierra húmeda de las praderas. Y entre picoteo y picoteo se convenció de que jamás tendría pareja ni vería materializado su sueño de ser madre.
Odile regresó por primavera a los humedales de su Francia natal. Y en cuanto el viento de septiembre empezó a impregnar de olores y hojarasca otoñales las marismas tomó de nuevo rumbo a Barcelona. Voló sin descanso durante dos jornadas agitando y rasgando cielos de nubes melancólicas con sus grandes alas y profundas batidas. Saúl, alborozado por su vuelta, corrió a pretenderla y se afanó en demostrarle lo que había conseguido aprender durante su ausencia. Lo bien que entretejía, forraba y remataba los nidos. Cómo había progresado en sus clases de canto y pesca. Para enseñarle la habilidad que había adquirido en esta última labor, fue a buscar una red que había escondido en un seto de espino de fuego. Rasguñado por sus púas se colocó luego en un recodo del estanque, tendió la malla provista de un hilo superior y esperó paciente elevado en el aire a que picaran los peces. Cuando percibió que una carpa ondeaba el agua, tiró rápidamente del hilo y la malla se cerró capturándola en el interior. Segundos después un magnífico ejemplar de carpa caía aleteando a los pies de Odile. Sin embargo, su proeza volvió a ser premiada con las medallas del desdén y el desprecio llevándose además a la pradera el recordatorio de que era y sería siempre menudo, paticorto y negro como la noche.
El otoño siguiente Odile regresó al lago acompañada de una garza macho. El mirlo enamorado creía que se moría. Se había convertido en un consumado pescador y hasta comía a diario pequeñas cantidades de pescado. Pero se le secaron de pronto las ganas de alardear. Dejó de frecuentar el prado, se negó a comer. Y a las dos semanas, se murió de inanición y pena oculto entre las ramas de un arbusto de viburno plantado frente al pantano.
Cuando la garza supo que iba a ser madre se pavoneó y proclamó su preñez a los cuatro vientos diciendo a vecinos y desconocidos que su cría sería la más bella y graciosa criatura que hubiera pisado jamás aquel parque. A medida que su arrogancia crecía, un profundo sentimiento de infelicidad y desesperación se iba enquistando en el corazón de Ada.
Sin embargo, la hermana del mirlo muerto, espoleada por una sed insaciable de impartir justicia, trazó y llevó a cabo un plan con que vengarse de Odile. De este modo, un día, aprovechando que la pareja de garzas se hallaba pescando, hurtó el único huevo que había puesto, lo sustituyó por otro huero y el bueno lo depositó por la noche en el lugar donde Ada dormía.
Transcurrieron veintiocho días y el nido de las garzas reales no registró ninguna señal de vida. A última hora de esa misma tarde, pero en la pradera, al abrigo de un seto de retama blanca y de viburno, un  polluelo gris larguirucho con cabeza de alfiler graznaba por primera vez a su mamá mirlo.
Tras esperar cuatro semanas más sin que el huevo se abriera, Odile desoyó a Paul, su pareja, cuando trató de prevenirla de que tal vez su cría estaba muerta y continuó incubándolo día y noche. Mientras, Paul se encargó  de pescar y alimentarla durante meses. Hasta que se cansó de seguir esperando, de traer comida, y, sobre todo, de la  testarudez de Odile de no querer abandonar el nido. Debía volver a su país con o sin ella. Y una mañana se marchó a los humedales del sur de Francia.
La garza dejó de pescar. Se negaba a separarse un solo segundo de su futuro hijo. Creía que nacería de un momento a otro, cuando menos lo esperara. Y sin perder la soberbia aseguraba a quienes se le acercaban que cuánto más se demorara su nacimiento, más hermoso sería. Y con esta idea siguió incansable acuclillada el resto de la primavera, el verano, otoño y el invierno siguiente entre las cañas de los carrizales. Nutriéndose de insectos y, con mucha suerte, de algún pollo de focha extraviado.
María empezó a sentir compasión por Odile.Ya no quedaba en ella rastro de su belleza y vigor juveniles. Le partía el corazón cada vez que la veía dirigir una mirada furtiva al polluelo de garza que criaban las mirlos del parque y la sorprendía a continuación picoteando alicaída en el cascarón vacío cuando creía que nadie la observaba. Un día le ofreció una rana que está, con aire ofendido, rechazó al momento sin atender a las razones que esgrimía el pájaro sobre la necesidad de que ingiriera proteína animal. Ada también intentó ayudarla trayendo a su nido lombrices de tierra que tampoco aceptó girando su ajado cuello, antaño esbelto y lustroso. María y Ada organizaron un grupo de mirlos para tratar sin resultado de atrapar una anguila, carpa o trucha con que alimentarla. Y presas del desánimo se acordaron de Saúl, de su ingenio y tesón. También Odile tenía últimamente muy presente en su pensamiento al mirlo que la había pretendido. Y suspiraba en su frío nidal sabiendo que él la hubiera querido, alimentado y cuidado hasta el final.
Una noche de invierno en que granizaba, la garza soñó con el mirlo negro. Supo que era él porque alzando el cuello al cielo vio sus ojos pardo oscuro reflejados en el sol. Venía a buscarla para acompañarla de regreso a su país y los suyos. Viajaban uno junto al otro, rozándose amorosamente las alas, sobrevolando la Camarga francesa cuando Odile descubrió que una cría de mirlo los seguía muy de cerca. Miró a su amado sonriendo y le embargó entonces una felicidad desconocida. 
Al despertar a la mañana siguiente se fue a pescar. Entregó una trucha a la hija de Ada y el resto lo engulló decidida a  volver a Francia en cuanto sus fuerzas se lo permitieran. Porque había comprendido que nunca era demasiado tarde para empezar una nueva vida y aprender a ser feliz. Sin vanidad. Incluso sin hijos ni Saúl.

Relato también publicado en la revista eye2magazine.com

El príncipe feliz