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miércoles, 5 de septiembre de 2018

La reencarnación

Nací el día cinco de septiembre de 1890 en un suburbio de Londres. Allí mi madre ejerció de prostituta hasta que murió de sífilis cuando yo tenía cinco años. Me había engendrado con una deformidad en la cara. Tenía el ojo derecho medio entornado, una prominente boca de pez y una frente especialmente abombada. Al desconocer la identidad de mi padre y carecer de más familia que mi difunta madre, me encerraron en diferentes orfanatos de la caridad hasta que cumplí la mayoría de edad. Por lo general, en mi nuevo hogar sólo recibí desprecio y maltrato a causa de mi malformación por parte de otros niños y las monjas a cuyo cuidado estaba. Pero a los trece años todo cambió para mí. De pronto las religiosas me invitaban a yacer en sus celdas y, por prodigarles ciertos favores, me premiaban luego con las mejores viandas, los jabones más perfumados y ropas nuevas o seminuevas. Me confesaban admiradas que la naturaleza me había dotado de grandes atributos y que había nacido para hacerlas felices. El caso es que yo, incluso ahora, me sentía sucio, utilizado, un ser destinado únicamente a dar placer a los demás pero a no probar jamás las mieles de llegar a ser querido por alguien. Un terrible sino. ¿Por qué? ¿Tan monstruoso resultaba a la vista del mundo? ¿Acaso la naturaleza no me había dotado también de un alma sensible, amorosa y exquisita? Como no me habían enseñado oficio alguno, me vi impelido al salir del orfanato a ejercer las únicas artes que conocía y que ya dominaba con creces a decir de las hermanas, prioras e incluso otras féminas que habían guardado cola pacientemente en el orfanato esperando recibir por primera vez o repetir mis codiciados servicios. Eso sí, pagando previamente una cuota a las novicias de Dios que, además de servir a su Señor en alma se dedicaban con tanta o más devoción a otros menesteres más carnales y terrenales. Que por lo que parece el cuerpo y el alma no están tan reñidos. Entre mis dones se contaba una fecundidad sin precedentes, según descubrí para mi sorpresa en el último orfanato. Pues, como me enteraría por casualidad a través de los rumores acallados que circulaban por los pasillos del hospicio, me había granjeado la fama de ser el mejor semental del país hasta el punto que se me rifaban las mujeres cuyos maridos ricos eran incapaces de preñarlas. De este modo, deduje por qué para atender determinados servicios, mis queridas monjitas me obligaban a cubrir el rostro con una bella máscara de Adonis. A veces todavía me sonrío pensando cuántos niños y niñas que pasean vestidos elegantemente por las calles de Londres en carrito o de la mano de una institutriz, serán mis hijos y cuántos se me parecerán. Como ya he dicho acabé viviendo de la prostitución en el mismo suburbio que nací y ejerció mi pobre madre, que en paz descanse. Después de años de dedicarme a estos bajos menesteres, mi fama creció en ciertos círculos, no me faltaron, por tanto, clientas ni clientes pero curiosamente tampoco nunca me sobró el dinero ni conseguí conquistar el corazón de ninguna mujer. Únicamente se mostraban interesadas por disfrutar de mis dones y artes y, cuando ocultaba mi rostro tras una máscara, sentían sólo curiosidad por desvelar mis facciones. A decir verdad, en todos esos años de larga soledad, a nadie le pareció importarle mi persona. Hasta que un buen día o más bien una noche, cayó por mi humilde casa y burdel una dama de mucha cultura y compasión, lady Brown, que supo escuchar mis lamentos y quiso ayudarme. Por lo que me invitó a participar en una sesión de espiritismo con el fin de averiguar la razón de mi desdichado destino. Esa noche me vestí con una levita que había alquilado lady Brown para la ocasión. Iba hecho un Apolo (aunque, claro, me abstuve de asistir con el rostro enmascarado), de un elegante y riguroso negro, incluidos el top hat o sombrero de copa y los guantes. Cuando el espiritista preguntó quién quería participar en la tercera y última sesión, pude esta vez reunir suficiente valor para alzar aunque tímidamente mi mano enguantada. Temí por un momento que no me hubiera visto porque el hombre continuó una rato más paseando en silencio su mirada escrutadora por toda la sala. En cuanto divisó mi mano, algo temblorosa en esos instantes por la emoción que me embargaba, me interrogó con quién quería contactar y qué quería saber. Le contesté que deseaba que se comunicara con el espíritu de mi anterior vida porque me intrigaba conocer qué tipo de tropelías habría cometido para merecerme ahora una existencia tan desafortunada. Acto seguido el espiritista se sentó nuevamente sobre una silla de enea y se interesó por saber mi fecha y lugar de nacimiento. Luego guardó silencio, como había hecho en las dos ocasiones anteriores. Los presentes volvieron a permanecer callados y a contener la respiración, preparados para escuchar una nueva revelación sorprendente. Después de un tenso minuto de silencio, al espiritista le empezó a temblar nuevamente el bigote, como si sufriera un tic nervioso totalmente incontrolable por su voluntad. Y entonces comenzó a emitir los primeros sonidos guturales, profundos, cavernosos aunque aún indescifrables. Mientras, sus ojos se abrían y cerraban y se movían sin ton ni son, como si se encontrara en pleno sueño, mostrando cada vez que los abría el blanco de las cuencas oculares. Momento que muchos de los asistentes apartaban la mirada o cerraban los ojos. -Espíritu de Georges en la otra vida, que feneciste el cinco de septiembre 1890, manifiéstate- clamó el hombre esta vez con su propia voz, más suave y terrenal, con un tono elevado. Perezosamente, se fue abriendo camino la otra voz en la garganta del espiritista en forma de saludo confirmatorio de que estaba haciendo acto de presencia. A la pregunta de cuál era su identidad, la voz gutural empezó a relatar: -Viví en el barrio Whitechapel, un suburbio de Londres, hasta los trece años cuando mi madre, que era meretriz, murió asesinada. -¿Cómo te llamas?- insistió en saber el espiritista. -He pasado a la historia como Jack, Jack el Destripador - de pronto se oyó en la habitación un pequeño revuelo de exclamaciones de horror-. A la primera furcia que maté y ultrajé fue a la que decía ser mi madre – de pronto los sobresaltos y gritos de terror recorrieron la sala de extremo a extremo-. Pero dudo mucho que lo fuera. Imposible. Si no jamás la hubiera deseado. Ella fue la culpable de que violara y matara (o matara o violara) a otras prostitutas que se parecían a ella. Por un momento la habitación se sumió en un súbito y denso silencio. Poco después resonaron las risotadas de ultratumba de Jack que hicieron temblar hasta las paredes. -Ja, ja, ja…En verdad, desde que la maté me parecía estar viendo de nuevo a mi madre cada vez que me cruzaba con una furcia por la calle. Y sentía que tenía que poseerlas, matarlas, ensañarme con ellas. Y las asesinaba porque me atormentaba que pudieran gozar… que yo pudiera desear a mi propia madre. Por eso me arrepentía al momento y descuartizaba sus cuerpos, para no desearlas más, borrarlas de mi mente, verlas como despojos irreconocibles y poder convertirlas en objeto de mi desprecio. Y así tratar de redimir el poder que ejercían sobre mí como una de las más terribles y placenteras maldiciones. Pero cuanto más las descarnaba, más parecía que sucumbía al influjo de sus cantos de sirena.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Besos en el Danubio


Tras dos años sin saber de Gabi, nos volvimos a encontrar este verano en la calle Mayor de nuestra ciudad. Gabi y yo nos conocimos en parvulario y fuimos amigos inseparables hasta el instituto. Mientras nos poníamos al día me di cuenta de que pese al tiempo transcurrido seguía existiendo entre nosotros la complicidad de antaño y un fuerte vínculo emocional. Yo me acababa de licenciar en biología y él tenía que recuperar en septiembre Estadística para acabar la carrera de Psicología. Ese contratiempo, no obstante, no había mermado el optimismo de mi viejo amigo y sus ganas de disfrutar a tope del verano. Como ambos llevábamos algo de prisa, Gabi me propuso quedar para el sábado siguiente en un local nocturno de copas, El Danubio, que se había inaugurado hacía pocas semanas en un polígono.  Aún lo ignoraba, pero mi vida estaba a punto de dar un vuelco.

El sábado por la tarde/noche, tras callejear por la ciudad y cenar un frankfurt en la terraza de un bareto, nos dirigimos a El Danubio. Nada más entrar me quedé boquiabierta. Lo primero que vi era una especie de muelle o embarcadero. Para llegar a la barra del bar y la zona de mesas había que franquear un puente de maderos entrelazados con cuerdas. Como era complicado mantener el equilibrio con tanta oscilación y no caer en el foso de agua iluminada y teñida de azul por cientos de bombillas, me agarré rápidamente a los dos pasamanos de cuerda que había a un lado y a otro de la pasarela.

La barra, que era un viejo barco reciclado, se iba balanceando ligeramente en el agua. La tarima de tablones de madera que había frente a la barra para pedir las consumiciones estaba bien fijada al suelo, por suerte. Desde allí avisté al fondo un coqueto embarcadero y las primeras parejas que ocupaban las barcas amarradas. Pero Gabi me condujo a otro lugar sin darme explicaciones. Y yo lo seguí como una corderita perdida por el interior de la nave.
Lo que no me esperaba en absoluto que para llegar a las mesas hubiera de descalzarme, lavarme los pies en una ducha baja y ponerme una especie de calzón impermeable y desechable como mínimo dos tallas por encima de la mía.  Todo por ser una estudiante pobre y no poder pagar el acceso al embarcadero y disfrutar de la velada subida a una barca. Y sin mojarme ni arrugarme como una pasa. Al salir del vestuario, miré con cierto horror y reproche a Gabi porque me había obviado aquellos detalles y decirme que me trajera mi propio biquini. Descendí la escalinata cabizbaja y pudorosa. De inmediato sentí cómo el agua fría iba subiendo de los pies a los tobillos, a las pantorrillas... No pude reprimir un súbito estremecimiento al rozarme los muslos.
De pronto Gabi me pidió disculpas y se fue a saludar a un grupo de chicos que había sentados a una mesa cercana a la escalera. La incomodidad de sentirme húmeda y ridícula con aquellos calzones hizo que tardara un rato antes de reparar en uno de los jóvenes. Verlo me provocó un instantáneo temblor de piernas y de la mano con la que sujetaba la sangría. No podía ser. Era Joan, ese compañero tan guapo, homosexual y de exquisitos modales del instituto. Mi amor platónico. Ese amor imposible que siempre deseé en secreto y que me generó en la adolescencia tanta vergüenza y culpabilidad hasta el punto de no atreverme a confesárselo a nadie o admitirlo abiertamente, ni siquiera a Gabi, estaba ahora aquí en El Danubio. De repente a la incomodidad que experimentaba se añadieron unas ganas imperiosas de salir huyendo y desaparecer ipso facto del campo óptico de Joan, aun a riesgo de hacer el ridículo luciéndome por las calles con aquellas pintas danubianas.
Traté de disimular lo mejor que supe en aquellos instantes para intentar no llamar demasiado la atención. Me senté con premura en el primer poyete que me encontré. Y al hacerlo algo helado seguido de una quemazón en la piel me sobresaltaron. Me había caído un cubito de hielo sobre el muslo derecho. No me lo creía, cómo podía ser tan torpe.
Me entretuve un rato tratando de rescatar al díscolo cubito del agua donde flotaba corriente abajo (llevaba tres infructuosos intentos y mi impaciencia por atraparlo iba en aumento) mientras dilucidaba qué demonios haría después con el hielo, si devolverlo al vaso o aguantarlo en la mano hasta derretirse o ya no soportara más tanto frío que lo tuviera que dejar caer de nuevo con disimulo en aquel río de mentirijillas. Pero al oír de pronto la voz de Gabi dirigirse a mí,  me incorporé de inmediato y mis ojos se tropezaron inesperadamente con los de Joan. Apenas entendía lo que trataba de decirme mi amigo. Creo que me quería explicar algo así como: “ Mira a quién me he encontrado, a Joan. ¿Te acuerdas de él de cuando íbamos al insti?”. No me dio tiempo a pronunciar ninguna respuesta. Ni buena ni mala. Porque el tiempo de reacción de mi mente de pronto era lentísimo, incluso inexistente o se había paralizado al igual que la expresión de mi cara, congelada, inanimada.
Joan me miró fijamente y acercándose comentó: “Siempre supe que acabaríais juntos porque en el insti erais almas gemelas, inseparables”. Gabi se sonrió y contestó que nos queríamos como hermanos y que nunca podríamos ser pareja porque sería algo así como traspasar la frontera del incesto. Una posibilidad inconcebible, vamos. Dicho lo cual, Joan se inclinó hacia a mí para estamparme dos besos y yo le ofrecí una mejilla. Y al ir a girar la otra mejilla, mi boca  entreabierta se tropezó inesperadamente con sus labios húmedos, suaves pero decididos. Luego su fina piel se separó por un momento de la mía apenas un milímetro. Sus ojos verdes entornados me miraban ahora con un inusitado brillo e intensidad y nuestros labios se atrajeron de nuevo pero esta vez como dos fuerzas magnéticas irresistibles y se besaron trémulos, delicados y anhelantes una, dos y tres veces. Por unos segundos, me asaltaron las dudas. Tal vez Joan había bebido. Sin embargo, su aliento no lo delataba. Sus ojos tampoco mentían al igual que la vehemencia de sus besos. Eran puro fuego.  Deseo. Pasión.  La ternura en mayúsculas. Y me sonreí con cierto regusto a  autoreproche por haber estado tan errada todo este tiempo.


martes, 21 de junio de 2016

Lo sublime


Toni aún soñaba con ser algún día poeta. Componer poemas al estilo de los escritores del siglo de Oro, como Lope de Vega o Góngora. Captar y retener para siempre en un soneto el bello cantar y el aleteo de una avecilla, versificar el delicado perfume de su amada. Lograr en invierno el milagro de despertar la primavera con sus flores vistosas, sus pájaros y mariposas revoloteando. Espantar, e incluso desterrar definitivamente, la melancolía evocando la imagen siempre perenne de árboles en flor mirándose en el agua clara de un riachuelo en una mañana fresca y soleada. Transmitir al lector lo sublime, conseguir hacerle olvidar lo cotidiano y tedioso de la vida moderna.
Hacía quince años que su trabajo de vendedor en unos grandes almacenes consumía gran parte de su existencia. Y el descanso de las largas jornadas le robaba muchas horas de su tiempo de ocio. Pero su vida interior, ese espacio invisible y acorazado donde seguía siendo libre, sabía que nada ni nadie se la podrían arrebatar.
Tras haberse licenciado en filología clásica, un primo suyo lo colocó con veinticuatro años en el centro comercial. Dos años más tarde, se casaría con su novia del instituto, María José. Ahora casi rozando la cuarentena, continuaba siendo un hombre de amores y costumbres estables aunque de espíritu inquieto. Se diría que su mente era una fragua de ideas y sueños incesante como si imaginar constituyera el motor de su existencia o su vida misma. Era una fuerza ciega y dominante, en cualquier caso superior a los dictámenes de su propia voluntad.
Los hijos nunca llegaron y su día a día junto a María José se le antojaba anodino. Pero esa mañana de mayo se sentía agradecido a la vida. Una vida que palpitaba dentro de su ser tan pródiga, generosa y exultante como la primavera que acababa de ver la luz. Nada más levantarse llamó a su empresa para comunicarle que se encontraba indispuesto y que volvería al trabajo en unos días.
Ni siquiera de joven fue lo que se dice un hombre de acción. Sin embargo, ese miércoles preparó un poco de comida, cogió una hamaca, una toalla y una libreta y bolígrafo y se montó en su Citroën.
Recorrió cientos de quilómetros en dirección a Girona, se desvió por un camino de tierra y se detuvo a la sombra de una haya. Bajó al río cargando con todos los bártulos y acampó sobre la aún fresca y húmeda hierba. Todo estaba en silencio, sumido en una serena calma. Se estiró en la hamaca y se puso a contemplar satisfecho el inmenso cielo azul despejado de nubes y de los tachones de humo que dejan sobre él el paso de aviones. Y poco a poco sus párpados se cerraron.
Al despertar de pronto sus ojos de color verde oliva escrutaron nerviosos la hilera de hayas que bordeaba la orilla. Sentía la presencia acechante de alguien que permanecía oculto tras la barrera de troncos. Sin atreverse a mover, estudió de arriba abajo cada uno de los árboles, escudriñó sus pies cubiertos de hierba y camomila acariciados por una sutil brisa. Buscó y buscó en vano sin dejar de sentir sobre él el lastre helador de aquellos ojos invisibles y amenazantes.
Observaba expectante y temeroso entre las ramas más altas cuando experimentó de repente una punzada en el brazo y vio moverse rápidamente algo oscuro y pequeño que tras saltar en uno de los reposabrazos de su tumbona desapareció sin dejar rastro. Se tocó el brazo. Le dolía igual que una picadura de avispa. Contrariado se lo miró y vio que de la pequeña herida brotaba un hilo de sangre. Se levantó y se la cubrió con tierra húmeda, y al ir a sentarse, el brazo se le entumeció y, poco después, se quedó inmovilizado. No quiso perder la calma, enturbiar el remanso de paz que se había propuesto vivir ese día junto al río. De súbito el manso silencio se manchó de ladridos y de lo que parecía el galope sostenido de una caballería alejándose. Toni empezó a palidecer, su frente transpiraba un sudor frío al advertir que además del brazo se le paralizaban el cuello, la otra extremidad superior, y finalmente el tronco y las piernas. Le fue imposible girar la cabeza cuando presintió que alguien o algo se acercaba por detrás de la hamaca. Hizo un esfuerzo denodado por ver u oír algo. Lo que fuera, una presencia, una sombra tal vez. Pero sólo halló oscuridad, una negrura voraz que engulló también su conciencia.
Al volver en sí, por un momento miró a su alrededor. Se sentía desorientado. La idílica estampa del río y su verde ribera se habían evaporado del paisaje. Se encontraba solo en un lugar ignoto, desconocido. A lo lejos el horizonte perfilaba la sólida y formidable estructura de un castillo y sus murallas asomándose sobre un discreto otero en cuya atalaya ondeaba una bandera de color verde. Desde aquella distancia Toni no pudo discernir si portaría algún escudo real o nobiliario. No hizo ningún gesto por miedo a que sus miembros no le respondieran. Oteó de nuevo la fortificación tratando de hacer memoria y ponerle un nombre que finalmente no acertó a encontrar.
Toni se hallaba en el margen de un camino que conducía hasta el castillo. No queriendo incorporarse todavía, sus ojos viraron por los cuatro puntos cardinales, y más tarde, de abajo arriba. Aunque se había prohibido así mismo hacerlo, su miraba por fin se detuvo sobre la herida que se había hecho en el brazo. Y mientras la inspeccionaba con preocupación dio un respingo al percibir de pronto la voz de una mujer que apoyaba una mano sobre su hombro. No supo que lo sorprendió más, comprobar que su miembro había recuperado la sensibilidad o la inquietante aparición de aquella anciana de pelo cano, revuelto y cubierto de agujas de pino. Observó que era enana, de caderas prominentes. Una mujer singular, pintoresca sin duda. A quien menos se hubiera esperado encontrar en ese instante en que andaba más perdido que nunca.
La anciana se inclinó hacia él y le acercó a los labios una vasija rudimentaria de forma cóncava y de textura leñosa. Toni sorbió el líquido sin hacer preguntas. Estaba muy confuso. No comprendía qué estaba sucediendo. Segundos después sintió que los ojos le pesaban de nuevo y que la figura de la mujer se iba desvaneciendo al igual que su voluntad por permanecer despierto.
No supo cuánto tiempo habría dormido cuando un estremecimiento recorrió su espalda. Sentía mucho frío, la humedad le calaba los huesos. Comenzó a tiritar. Sus párpados se abrieron pero no consiguió distinguir nada que no fuera una densa oscuridad y vacío. Una suerte de terror se adueñó de sí. Se mostraba cada vez más aturdido, embotado. Intentó pensar en vano. Al sonido del castañeteo de sus dientes se añadió poco después el de unos pasos acercándose despacio, muy despacio como si se arrastraran con mucha dificultad. Unas pisadas que se detuvieron al cruzarse con él. Sintió un golpe seco, como si  algo le cayera encima. Se estremeció y encogió todo su cuerpo al oír el impacto pero inexplicablemente nada logró alcanzarlo. Luego escuchó unos gemidos y una respiración entrecortada muy próxima que pronto se convirtió en una lluvia incesante de sollozos desesperados, tristísimos. La mujer, porque quien lloraba sin duda era una joven, lanzó inesperadamente un alarido desgarrador al mismo tiempo que algo volvía a impactar por encima de la cabeza de Toni sin llegar a tocarlo como si hubiera chocado contra un cristal. Al llanto de la joven, se fueron acoplando las pisadas de una muchedumbre, murmullos y conversaciones cada vez más abigarradas y próximas. Únicamente lloraba aquella primera mujer. Algunos de los presentes dondequiera que estuviera Toni reían incluso.
Transcurrieron horas tal vez, quizás las veinticuatros horas de todo un día y las voces se apagaron  a excepción del llanto de la mujer, que no se había movido de su lado sin que Toni pudiera verla ni rozarla siquiera. Sin embargo, tenía el pálpito de que la conocía. Ansiaba contemplarla, reconocerla. Poder consolarla, amarla. Luchó obstinado porque sucediera el milagro de poder abrir de nuevo los ojos, articular los dedos de las manos, escapar de aquel estado de inmovilidad, de aquella profunda oscuridad, sólo soportable por la compañía de aquella mujer desconsolada y fiel. Tras horas de infructuosos intentos, sus manos adquirieron de súbito el don del movimiento, las falanges de sus dedos se flexionaban y se extendían de nuevo. Sus pupilas volvieron a ser capaces de captar la luz. Una luz tan radiante como aquella última mañana de mayo que se coló por el balcón de su casa y más tarde vislumbraría en el río. Y la caja de cristal en la que yacía proyectó sin obstáculo los rayos solares que se filtraban a través de los ventanales de la gran sala ostentosamente decorada, que luego supo que se trataba de una capilla.  Y también pudo contemplar por fin el bello rostro anegado de lágrimas de la joven mujer y el ramo de flores que había depositado sobre el ataúd. Sin duda la conocía. Era María José, su mujer, que lucía los ropajes suntuosos y ademanes refinados de una princesa. Arrobado de pronto por un inmenso amor hacia ella, le brotaron de los ojos lágrimas emocionadas y la llamó por su nombre a través del cristal que los separaba. Pero no respondía. Probó una vez más llamando con los nudillos. Pero en lugar de socorrerle, la joven le dio la espalda y se dirigió lenta y cabizbaja hacia el otro extremo de la sala. Toni golpeó el ataúd con más fuerza e insistencia mientras gritaba el nombre de María José. En el instante en que la mujer franqueó la puerta y ésta se cerraba tras ella, el hombre se quedó sin aire. Se revolvió con furia dentro de su caja. Pero por un momento se detuvo. Le pareció haber escuchado al fin, a lo lejos, a María José. Su voz era cada vez más clara. Sonaba en sus oídos como un dulce mantra. Como el más bello poema de amor de Quevedo. Sin embargo, de pronto se esfumó todo, la sala, la urna de cristal y María José y se impuso la machacona monotonía musical de su teléfono móvil. Toni lo descolgó absolutamente desorientado. Se trataba de su jefe. Quería saber por qué no se había presentado ese día en su puesto de trabajo. Toni logró balbucear que ya había llamado dando el aviso. Sin embargo, nadie de la oficina dijo haberlo recibido. Tras colgar, se encontró de pronto con su rostro reflejado en el espejo de su habitación. Sin duda, tenía muy mal aspecto. La palidez de un enfermo. Se tocó la frente. Parecía que tenía fiebre.  Miró a su alrededor pensativo, con cierta inquietud. Y lo segundo que se encontró esa mañana fue la bandeja en su mesilla con el desayuno que le preparaba a diario María José. Sonrió al pensar en ella. En cómo se había dado cuenta de lo mucho que la amaba. Pero a diferencia de otros días esa mañana había un sobre apoyado sobre la taza de su café con leche. Olió el sobre antes de abrirlo. El perfume que desprendía volvió a evocarle la mujer de su vida, María José.
“Cariño, me marcho. Lo nuestro ha llegado a su fin. Te deseo todo lo mejor.
María José, decía la escueta nota.
El papel se le cayó de la mano mientras su mirada corría en dirección al armario. Había dos puertas abiertas y advirtió que su interior estaba vacío. Cerró los ojos, se derrumbó sobre la cama y por unos minutos ahogó en lágrimas sus sueños.



lunes, 16 de marzo de 2015

Por el amor de un músico



Mientras espero en la cola de una de las máquinas expendedoras de billetes de la estación de Sants, en Barcelona, recibo la inesperada llamada de mi amiga Rebeca. Al colgar el móvil, hurgo con impaciencia en el bolso hasta que tanteo y extraigo el monedero.  Ya llega mi turno y no quiero perder el último tren. Cuento las monedas cuando alguien llama mi atención. Un chico me pide esbozando una sonrisa amplia y radiante cincuenta céntimos. La calderilla que lleva no alcanza para comprar un billete sencillo y la máquina le ha rechazado dos veces la tarjeta de crédito. No puedo dejar de mirarlo. Es alto, delgado y fibrado y, aun no siendo agraciado, su sonrisa por genuina y envolvente ejerce en mí un extraño magnetismo. El traje negro le cuadra perfectamente en la cruz de los hombros, el talle y estatura. Su aspecto es impecable y distinguido. En el suelo, tocando ligeramente su pierna izquierda, hay una maleta de ruedas también oscura. Y lleva colgada en bandolera lo que parece una guitarra enfundada.
Rebusco en mi monedero. Y al fin, le entrego triunfante los cincuenta céntimos. Sonriéndome de nuevo, promete devolvérmelos en cuanto pueda. Insisto que no es necesario. Mientras hablo me observa callado, circunspecto durante un rato. Y luego asegura con expresión admirativa que el timbre de mi voz es muy musical y hermoso. Le agradezco el halago con modestia. Introduzco el dinero en la ranura, recojo mi título de transporte y me encamino a la vía número trece. Él se ofrece a acompañarme. Acelero el paso. Llevo tanta prisa que valido el billete sin haberme despedido. Desde el otro lado de la barrera, Daniel me pide mi número de teléfono abriendo la funda de su móvil. Se lo dicto precipitadamente en la distancia mientras anuncian por megafonía la arribada de mi convoy. 
Dos días después vuelvo a tener noticias de él. “Por fin he reunido los cincuenta céntimos. He tenido que pedir un préstamo a mi madre. Perdona la demora. Espero que no me cobres intereses”, se excusa medio en broma desde el otro lado del teléfono. Me río de su ocurrencia y añado un comentario pretendidamente gracioso. “Oye, ¿sabes que tu voz suena más increíble por teléfono?”, me dice de pronto. Trabajo en un comedor escolar  a tiempo parcial en Barcelona, estudio interpretación desde hace un par de años y, siempre que me dejan, participo sin demasiada fortuna en castings de anuncios y películas. Por tanto, entrenar y cuidar las cuerdas vocales es uno de mis objetivos prioritarios.
Quedamos en Barcelona, a la puerta de McDonald’s de Plaza Cataluña, junto al Fnac, a las once de la noche. Una hora intempestiva pero a Daniel le es imposible llegar más pronto. Se retrasa media hora y acepto sus disculpas. Durante el encuentro ríe con frecuencia y yo también. Su risa es peligrosamente contagiosa, además de cautivadora. Y mientras fluye el humor entre los dos, él busca mis ojos. Yo trato de esquivarlos. Tengo miedo de enamorarme. Hace seis meses que rompí con mi ex.
Mis esfuerzos resultan inútiles. Mis hormonas están a flor de piel. Con los labios untados con el sabor frío y aromático de los frutos del bosque del helado que he tomado como postre, acerco mi cara a la suya para besarlo. Cierro los párpados suave y sensualmente, deseándolo, esperando recibir su boca. Y ante mi gesto de decepción y sorpresa, Daniel me responde con una nueva sonrisa tranquilizadora. Como siempre, fascinante, irresistible.
Al subir al bus nocturno, me roza la mano y vuelve a sustituir el beso de despedida por la consabida inclinación oblicua de la comisura de sus labios. Una expresión de felicidad que brilla en su rostro, sus ojos, su tez. Antes de tomar asiento noto un vacío que identifico con añoranza. Tengo ganas de verlo y besarlo.
Sueño con él esa noche, o más bien por la mañana. Me despierto con un sudor frío recorriéndome el cuerpo y con su vago recuerdo alejándose de mi mente.
Nos citamos la segunda vez en Arco de Triunfo también a las once de la noche. Desconozco por qué ha elegido precisamente esa zona. Pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. El lugar me resultaba indiferente. Sólo quiero estar con él.
Un hombre tal vez beodo me dirige, tambaleante y con la lengua trabándosele, un improperio ininteligible que me resulta muy desagradable. Siento miedo aguardando sola sentada a aquellas horas en uno de los bancos de piedra más próximo al monumento romano. Es otoño, un martes no festivo, sin luna aunque la mayoría de farolas que bordean a uno y a otro lado el paseo permanecen iluminadas. Me parece una noche embrujada. Apenas pasa gente y, aún menos especímenes con apariencia normal. Daniel comparece diez minutos tarde. Suspiro aliviada al verlo llegar con su porte noble y elegante indumentaria.
Me coge la mano y la besa tan levemente que apenas la roza con sus labios carnosos. Y anunciándome alegre que su madre se encuentra en un viaje organizado por el Imserso, me propone una velada romántica con música y baile en su casa. Invitación que acepto al momento. Entonces comprendo por qué hemos quedado en Arco de Triunfo.
Tras caminar un cuarto de hora, nos detenemos en una vieja portería pero bien conservada salvo por el ascensor que no funciona. Subimos a pie hasta la tercera planta, pasando por el entresuelo. Es un piso de techos altos con moldura totalmente reformado. Salón con suelo de parqué color miel. Un lugar muy acogedor y cálido. Sin embargo, estoy nerviosa. Siento que quizás me he precipitado adentrándome en su territorio en este segundo encuentro.
Me ofrece una cerveza fría. Manipula la mini cadena y la música de Bryan Adams hace de pronto más íntima la sala. Identifico la banda sonora del largometraje Robin Hood. A mi madre le encanta. Me sorprenden los gustos musicales de Daniel siendo tan joven. Pero me agrada lo que oigo. Muchísimo en realidad. Estoy excitada, entonada, diría que un punto o dos desinhibida, ignoro si por el efecto del alcohol, la música, por Daniel o por todo junto. Me da por reír de repente. Me cuesta controlarme. Cambio las carcajadas por una sonrisa fija, imperturbable, mostrando los dientes manchados de carmín rosa cuando, agarrándome por la cintura a media luz, me conduce al centro del salón, que se convierte en una improvisada pista de baile.
La tarima cruje mientras nuestro instinto y cuerpos danzan tan pegados que parecen querer fundirse, hacerse uno. Sus manos bajan y trepan de mis caderas a la cintura alternativamente. Mi piel arde, se derrite dentro de la estrechez elástica de mi vestido negro. También percibo el calor de su piel, de su aliento quemándome el cuello. Parece que interpreta correctamente las señales que emite mi temperatura corporal porque deja de abrazarme y sus dedos gatean por encima de mi cintura y se detienen a acariciar mis senos. La ropa me ahoga. Necesito liberar el fuego que aprisiona mi pecho. Y entonces, Daniel empieza a descorrer poco a poco la cremallera frontal del vestido. Cómo ansío sus besos, sus caricias, el contacto sedoso de su piel ardiente.
Sus manos diestras encienden en mí una pasión irrefrenable, incontenible. Quiero, necesito más. Giro y levanto el cuello buscando su boca con ansiedad.  No resisto más. Me urge probar, comerme su boca, fundirme dentro de ella. Pero él girándose a su vez, rechaza mis labios, mi lengua. Experimento confusión, desasosiego. No acierto a entender nada. No salgo de mi estupor. Durante unos segundos lo observo enmudecida, atónita, sin atreverme a pedirle explicaciones.
Estampándome un súbito y sonoro beso en la otra mejilla, desaparece tras la puerta de color cerezo de una habitación. Regresa con una guitarra, probablemente la misma que le vi el día de la estación. Apaga el aparato de música. Se sienta en una silla blanca de piel e interpreta la melodía de una canción de Sting. Yo permanezco en pie, rodeándole el hombro. Su manejo del instrumento es proverbial. Las notas cobran vida. Vibran de sentimiento y vida. Lo contemplo embelesada, rendida. Sigo deseándolo. Creo que me he enamorado sin remisión. Siento la tentación de volver a besarlo. De intentarlo de nuevo. Refreno mi impulso a tiempo. No quiero que me responda con otro desaire.
Al acabar la pieza aplaudo exaltada. Por mis ojos asoman lágrimas. Le confieso con sincero entusiasmo que nunca antes he oído acordes tan cristalinos y bellos, tan semejantes a la voz humana. Al timbre femenino, en realidad. Sonriendo Daniel tensa una cuerda y la suelta dejándola vibrar con sus tonos agudos. Mis dedos corren a tocar las cuerdas blancas perladas de la guitarra. Su tacto es muy suave y recuerda a la membrana  o a la piel de un animal. Él molesto retira mi mano inesperadamente. “Suena tan bien porque sus cuerdas están vivas”, asegura circunspecto. Abro mucho los ojos y, nuevamente, no atino a decir nada.
Luego adoptando una expresión más relajada y fascinante, sonrisa incluida, me propone que le cante una canción. Que desea deleitarse con mi bonita voz. Yo, estando acostumbrada a la improvisación y flexibilidad que me exige mi carrera de actriz en ciernes, no me extraña demasiado su petición y accedo encantada a cumplir su deseo. Elijo para la ocasión el tema Stop, de la cantante de los años ochenta, Sam Brown, intuyendo que siente especial debilidad por la música de aquella época que no corresponde con nuestra generación. Voy a arrancar a cantar, cuando con un gesto, me indica que espere un momento. Baja la cabeza y pulsa las cuerdas de su guitarra muy concentrado y de veras encantador. Los acordes corresponden a la melodía de Stop.  Entonces ya sí me dispongo a entonar una versión muy personal de la canción.
Daniel alza la vista de tanto en tanto sin perder la concentración ni el ritmo en ningún momento. Me estudia unos segundos complacido con lo que oye y luego vuelve a bajar los ojos. En tres ocasiones veo que los cierra y se estremece de emoción. Qué sensibilidad  y don tiene para la música. Yo, por mi parte, no recuerdo haber interpretado con tanto sentimiento y entrega como canté Stop aquella madrugada. Al terminar, yo continúo pegada a su lado acariciándole el hombro amorosa y solícitamente. No recibo aplausos ni sonoras ovaciones. Sólo sé que entonces, y sólo entonces, pegó  su nariz a la mía y, por fin, ladeando la cabeza ligeramente, me besó, derramando su humedad y carnosidad sobre mis labios anhelantes. Quiero repetir pero él, dirigiendo su boca a mi oído, me susurra excitado “cómo me gusta tu voz, me la comería ahora mismo”. Yo sonrío dichosa paseando voluptuosa mi cara por la suya hasta alcanzar de nuevo su concavidad bucal entreabierta. El segundo beso es mucho más largo. La lengua  brota de su garganta y se prolonga hacia mi boca y después al paladar. Un apéndice flexible, extenso y ancho, ávido de deseo. Al tocar la campanilla con la punta de su lengua, siento que me asfixio, que no puedo respirar. Intento protestar pero de pronto de un mordisco me arranca la lengua. Aprovechando que me quejo y revuelvo de dolor, me lleva en brazos a su habitación. Me ata a la cama y, obligándome a abrir la boca, me extirpa las dos cuerdas vocales inferiores (los pliegues o músculos elásticos responsables de la producción de sonidos al efectuar la vibración) valiéndose de una especie de tenazas de acero. Quiero gritar y de mi boca salen borbotones de sangre y pena. Mucha pena y dolor.
 
 
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las caras del amor






Querido Amor (sí, querido más que odiado).
Me decido hoy a escribirte para decirte, para repetirme a mí misma en realidad, que en los asuntos del corazón nada es tan difícil pero tampoco tan sencillo como parece o queremos creer. Durante años te he reprochado que te rendiste muy pronto, que fuiste un cobarde abandonando el barco mientras yo me dejaba la piel remando con ciego denuedo, sin rumbo certero ni fuerzas ya, conduciéndome sola sin saberlo hacia un naufragio inminente. Pero ahora sé que lo poco o mucho que hiciste fue todo lo que pudiste hacer. Que el amor es la víctima propiciatoria de los males y locura que aqueja a nuestro mundo cotidiano, el chivo expiatorio de cuanto nos rodea y sucede.
No, no pretendo censurarte de nuevo. Sabes que eres grande y poderoso. Lo eres todo pero también muy vulnerable. Estás indefenso, sientes pavor, lo sé. El miedo no te deja crecer. Tus complejos te atenazan en tu crisálida. Esperamos lo mejor de ti, que nunca nos falles pero cuando la ilusión de felicidad se desvanece y se instala en nuestra alcoba la insatisfacción y la sinrazón, renegamos pronto de tus bondades.
He meditado largamente buscando el verdadero sentido del Amor, en mayúsculas, su entidad y las formas que adopta. Y he reflexionado sobre todo en la capacidad, interés y recursos personales (emocionales, racionales y hasta materiales) que ponen el hombre y la mujer al servicio del (buen) Amor a lo largo de una relación. Finalmente he llegado a la conclusión que, salvo casos excepcionales, el Amor se asocia al amor físico vehiculado a través básicamente de los archilaureados conceptos de pasión y enamoramiento. Lo que yo llamo tu cara visible.  Amar es, en gran medida, una corazonada, un arrebato, el secuestro, la sublimación de los sentidos, buscada o no pero casi siempre deseada. El Amor se opone, así, a la razón y al ejercicio de la voluntad, la disciplina y el esfuerzo. Quizás se deba a este motivo que cuando nuestra mente racional disecciona fríamente a nuestro amante, antaño casi perfecto, sus innumerables pequeños defectos nos resulten insufribles. Su retraimiento frente a la locuacidad de los primeros encuentros. La previsible monotonía conyugal frente al desenfreno del principio. Llegados a este punto de no retorno es comprensible que lo interpretemos como señal de que el amor está muerto y optemos por liberarnos de su yugo. O por ignorarlo. A golpe de enfados, reproches, malentendidos, silencios, distanciamiento, incubamos insatisfacción, desconfianza e indiferencia. Borramos la huella de viejas declaraciones de amor, apisonamos las últimas flores del Edén. Firmamos nuestra renuncia.
Mucho se discute si es el corazón o la mente quien gobierna o debería llevar las riendas de nuestra vida como si pudiéramos cercenarnos a voluntad y retozar decapitados o sin corazón por el mundo o la alcoba. Cada emoción, ya sea de alegría o tristeza, desencadena en nosotros una reacción. De nuestra capacidad de discernimiento y aprendizaje dependerá de cómo nos conduzcamos y lleguemos a un buen o mal puerto después.
Cuando antes me refería a los recursos económicos que estaríamos dispuestos a invertir en ti, no aludía tanto a los regalos con que se agasajan los amantes durante las mieles del enamoramiento como al dispendio destinado a organizar encuentros imaginativos y participar en terapias individuales y de pareja con el fin de sanar y alimentar a ese niño tan desconocido, asustadizo y susceptible que es el amor.  ¿Por qué nos sacrificamos en el ámbito profesional con el propósito de conseguir un empleo o un ascenso y no en desentrañar y mejorar nuestro acervo sentimental? ¿Por qué esa dicotomía entre lo íntimo y lo social, el ser y el trabajar?
Queremos seguir siendo los amos y señores de nuestra vida pero soltamos rápidamente el timón cuando nos enamoramos. ¡Qué mejor capitán que tú, Amor,  para conducirnos hacia el puerto de la felicidad y estabilidad conyugales a través de un mar imprevisible de emociones! Una abigarrada miríada de emociones que tantas veces se han cruzado en nuestro camino y que aún hoy nos cuesta distinguir y nombrar con certeza, sin pudor. En el momento que tus flechas atraviesan nuestra voluntad se inicia el disparatado periplo del amor que, sin embargo, parece empeñado en discurrir cíclicamente como las estaciones del año. O como un enfermo bipolar crónico. La pasión se libera y arrastra a los amantes hacia una tórrida playa caribeña para más tarde, meses, años, encallar en el hielo de la desilusión, los reproches, el retraimiento. Un mundo inhóspito rodeado de profundos icebergs que no es más que el espejo de sinsabores de dos almas desconectadas, heridas que no han aprendido a comunicarse y unir sus fuerzas, su corazón, su mente para dirigir su relación.  
Mucho se habla que la propia naturaleza promiscua del hombre y la mujer es la responsable de tantas separaciones y divorcios. Que la iglesia y la moral nos ha abocado a vivir durante siglos en una monogamia impuesta. Nuestra sociedad prescribe  que cada cual debe actuar según los dictados de su corazón y deseos advirtiendo (o tranquilizándonos) al mismo tiempo que el amor es un viaje de ida y vuelta. Un pájaro libre al que la rutina derriba y la ilusión levanta en cualquier momento. Nuevos amores nos brindarán mil y una oportunidades de renacer, como el ave fénix, de nuestras cenizas. O del hielo. Una vez más nos convertiremos en esos seres irresistibles, encantadores, dotados con los atributos de Adonis o Afrodita. Y entonces todo volverá a ser posible. Te pediremos de nuevo la Luna y un poco más para tratar de resarcirnos de la suma de agravios y tormentos padecidos en tu nombre. Creeremos haber hallado al hombre perfecto, el padre ideal que buscábamos. A esa mujer fiel, a esa futura madre amantísima mientras nos arda el pecho y el amor nos ilumine con su original fulgor. Aplacarás, Amor, el dolor de antiguas desilusiones, te domesticarás, te enmascararás tras ese nuevo rostro, ese cuerpo al que prodigamos las caricias que negamos un día, no hace mucho, a otros, a otras. El amor como un intercambio de mercaderías de ilusiones de usar y tirar. Una noria, una ruleta que gira sin fin. El amor como cama donde se curan casi todos los males hasta que éste enferma y cae en brazos de otro santo o santa. Del santo amor. En demasiadas plazas toreamos a diario como para tener también que salir a lidiar contigo, Amor, con nuestras relaciones, nuestra desidia. Tamaño disparate. Te desprenderías de tu irresistible halo de misterio. Dejarías de constituir el motor interior que impulsa a millones de personas a volver a empezar de nuevo. Se extinguiría uno de los raros misterios que nos regala aún la vida. Un presente del que, afortunadamente, disfrutamos cada vez con más frecuencia. ¡Menudo currículum vítae lograríamos atesorar si viviéramos cien años! Devendríamos expertos en amarnos y desamarnos. Y seguiríamos dando lustre a la cara visible de Eros,  mientras, su lado oscuro permanecería eclipsado, sepultado en un inframundo creciente de icebergs.   
 

sábado, 21 de febrero de 2015

Te quiero más que a unos zapatos viejos



 

Tras reconsiderarlo durante meses, Ricardo y yo decimos en febrero matricularnos en el polideportivo de nuestra ciudad. Desde el verano pasado me acomplejaban mis brazos de murciélago. Y Ricardo juraba y perjuraba que él, acérrimo amante del sofing, la videoconsola, el fútbol y la Fórmula 1 televisados, sólo necesitaba mantener el tono muscular.
A parte de las consabidas agujetas y flatulencia de las primeras sesiones de entrenamiento  con toda clase de aparatos de musculación, la cinta de correr y la bicicleta, me sentía animada y llena de vitalidad. Sin embargo, Ricardo rayaba la euforia y, bajo mi punto de vista, la enfermedad de la vigorexia. Porque a las dos semanas de inscribirnos, pasaba más tiempo en el gimnasio  que en casa.
Aquella repentina fiebre de Ricardo por el deporte empezaba a preocuparme cuando una tarde del mes de marzo lo sorprendí mirando embobado a Eva. Él estaba sentado en el simulador de remo detrás de ella, que ejercitaba los glúteos. Eva, una atractiva treintañera, iba ataviada con unas mallas cortas muy ajustadas y un top deportivo de un llamativo color fucsia. Con el paso de los días me convencí de que eran figuraciones mías. Así que me olvidé del tema concentrando toda mi energía en lograr el objetivo de modelar y fortalecer mi cuerpo para lucirlo sin complejos el próximo verano.
Un sábado por la mañana de principios de abril saliendo del supermercado del barrio nos topamos con Eva. Ricardo palideció y se quedó mudo. Por un momento sus ojos se cruzaron, inquietos y evasivos. Yo la saludé con desdén y frialdad. Ella respondió sofocada extraviando la mirada en las bolsas blancas con el logotipo colorido del supermercado que yo llevaba.
Regresamos a casa en silencio. Vaciamos las bolsas y colocamos la compra sin mirarnos  ni dirigirnos una sola palabra, con el miedo agarrado a las pupilas.
A la tarde Ricardo quiso que saliéramos a dar un paseo. Cogimos el coche, dejamos atrás Corbera de Llobregat y nos detuvimos  en l’Amunt a pocos pasos del monasterio de Sant Ponç. Un par de perros vociferaban desde el interior del edificio en ruinas que hay enfrente del aparcamiento sin asfaltar.
–Perdóname –dijo al fin con voz trémula al llegar junto al decrépito almez relleno de mortero que custodia la entrada de la vieja iglesia desde hace siglos.
No respondí. Un hondo sentimiento de tristeza y resquemor me asfixiaba. Y sentí la urgencia de evadirme, de esconderme, hacerme invisible. Y me puse a observar y palpar con extrema delicadeza el grueso tronco remendado del almez como si fuese una herida que aún sangrara.
–No me creerás si te digo que nos hemos visto una sola vez –añadió con más aplomo. Llevábamos un rato sentados sobre un par de piedras del recoleto pinar que se alza frente a la explanada que hay detrás de la ermita. Yo permanecí callada con la barbilla apoyada en las rodillas y abrazada a las piernas balanceando levemente el cuerpo  hacia delante y hacia atrás. Mis ojos paseaban absortos por la pequeña alfombra de pinaza.
–Supongo que tampoco servirá de nada si te confieso que estoy profundamente arrepentido. Y…y… que te quiero mucho.
Hizo una pausa. Lo miré de soslayo. Se tocaba cabizbajo la frente. Después echó hacia atrás su escaso cabello sin dejar de mirar al suelo. Su mano se detuvo por un momento en la coronilla. Y se rascó. Al realizar este gesto me sorprendió descubrir el extraordinario volumen que habían adquirido sus bíceps.
–Porque te quiero más que a mis zapatos viejos –declaró mientras arqueaba las cejas y prestaba atención a sus náuticos de hacía no sé cuántas temporadas. Por su expresión parecía que acabara de llegar a una evidencia científica irrefutable.
Levanté la vista de inmediato hacia la bóveda de pinos componiendo una mueca de disgusto. La alusión a sus zapatos viejos chirriaba en mis oídos igual que una repentina interferencia en el dial de la radio. Y Pepe Da Rosa, sus chistes y canciones de la década de los setenta y ochenta golpearon mi memoria. Especialmente el monólogo dedicado a la veneración que sentía por sus viejos zapatos tras comprarse y sufrir la tortura de unos zapatos nuevos.          
–Eres la horma de…–trató de proseguir Ricardo.
–Por Dios, no me vengas ahora con que soy la horma de tus zapatos –estallé sarcástica sin poder contener por más tiempo la humillación de verme relegada al papel nada atractivo de un calzado de segunda mano.
–Me refería a la horma de mi vida, la horma de mi pasado, de mi presente y, si tú quieres, del futuro –aventuró Ricardo con la voz rota y los ojos enrojecidos–. Yo te quiero y te seguiré queriendo. Ella sólo ha sido un antojo, uno de esos objetos de deseo que a veces compramos compulsivamente en un centro comercial. Productos inútiles a los que en dos días dejas de hacer caso y acabas almacenando en el trastero de casa para tirarlos a la basura o regalarlos más tarde.                                    
Esa era la forma habitual de expresarse Ricardo, prosaica y práctica.
Nos levantamos y de vuelta a la ermita, me detuve en la explanada a contemplar la montaña. Una imponente cadena de triángulos verdes casi en penumbra me abrazaba desde lejos como las mudas murallas de una vieja ciudad. Y sentí que me vaciaba por dentro. Que un viento suave calmaba la llama de mi furia, la calentura de celos, la sed de venganza. Que la tristeza infinita y el orgullo herido se acallaban. Entonces pude verme a mí misma como una mujer vulnerable con miedo a perder  a la persona que más quería en la vida. Una mujer que amaba y temía por encima de todo. Una oleada de lágrimas me sacudió en ese instante. Cual dique traté de dominarlas. Aunque en vano.
Seguí caminando hasta el aparcamiento intuyendo tras una cortina de lágrimas y de oscuridad el paisaje difuminado de la sierra, los olivares, los campos abandonados, la iglesia milenaria.
Arrancamos el coche bajo una tromba de ladridos apenas amortiguados por el runrún del viejo motor. Al alejarnos, la sombra gigante de la montaña se fue achicando. E inesperadamente se abrió entre nosotros una brecha de luz que fue creciendo a medida que llegábamos a la población de Corbera para poco después apagarse. Y el cielo se tatuó de estrellas. Y una luna no sé si creciente o menguante nos siguió de cerca. Muy de cerca.

Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 13 de diciembre de 2014

Ojo clínico




Llevaba meses histérica esperando mi primera visita en el hospital para saber si mi problema tenía solución quirúrgica. Las semanas previas a la cita empecé a dormir mal, el pecho me palpitaba arrítmico, inquieto de día y de noche. Me costaba conciliar el sueño y, una vez conseguía dormirme, a las tres o cuatro horas recurrentes pesadillas me despertaban sobresaltada con el corazón bombeando sangre a toda máquina. Este estado de nerviosismo lo achaqué al principio a mis fracasados intentos de acercarme a un compañero de trabajo que no me rechazaba claramente pero que tampoco acababa de darme el sí definitivo.
No sería sino un par de días antes de ir al hospital cuando logré desenmascarar con ayuda de mi mejor amiga, Anabel, el verdadero origen de aquella congoja. Hacía cinco años una tía mía entró en coma debido a un error de cálculo en la anestesia que le administraron durante una intervención quirúrgica y ahora vivía casi como un vegetal. Que el fantasma de la parálisis me perseguía era ahora más que una evidencia. La actitud indecisa, maliciosamente ambigua de Juan también había añadido más leña a mi zozobra, para qué engañarse, pero tras cuatro meses infructuosos yo me mostraba ya escéptica, cautelosa respecto a nuestro futuro como pareja.
Sin necesidad de pedírselo, mi amiga me acompañó al hospital tranquilizándome en todo momento y contagiándome su incombustible optimismo. En cuanto apareció mi número en la pantalla de la sala de espera, me levanté de un salto del asiento dejando caer al suelo la sonrisa que me acababa de regalar Anabel contándome una de sus tantas ocurrencias. Rígida y seria entré en la consulta 512 custodiada por mi amiga.
El cirujano, un hombre joven de cara lunar y algo fornido, apenas me hizo caso ni dio crédito a los síntomas que le relaté apresuradamente y a la vía crucis que estaba viviendo dentro y fuera del baño desde hacía casi diez meses.
Ya empezaba a sospechar que no me operaría cuando de pronto me indicó con un gesto desafiante que me subiera a la camilla con el fin de comprobar si sufría hemorroides, una fisura anal o, por el contrario, una imaginación malsana. Tras de sí desplegó el biombo que había acollado a la pared. Me dijo que me colocara boca abajo con los antebrazos apoyados sobre la camilla y las rodillas dobladas. Se enfundó unos guantes azules desechables y se dispuso a explorar el conducto rectal. Hubo un momento en que dejé escapar un fuerte alarido de dolor, él se disculpó y al finalizar, me acercó dos apósitos. El diagnóstico y el tratamiento no ofrecían ya ninguna duda: se trataba de una fisura anal que requería una pequeña cirugía. Compungida vuelvo a la butaca y me siento de lado mientras mi amiga apoya solícita su mano sobre mi hombro con expresión triste. Las palabras del médico suenan ahora más que consoladoras, alentadoras. La anestesia sería local y la intervención, ambulatoria. Y me mira condescendiente, amable con unos ojos sorprendentemente diáfanos, cálidos, directos tras sus lentes circulares de miope. Le devuelvo la mirada y me sumerjo en la paz, el dulce sosiego de aquellas pupilas castañas casi infantil. Reímos en tres ocasiones sin dejar de entrelazar nuestros ojos como si fueran piedras lunares o cristales de topacio que quisieran engarzarse  para siempre. La camilla de tortura, el dolor físico y hasta Anabel parecían haberse disuelto  bajo el influjo de aquella apacible y secreta alianza.
El hombre se despide extendiéndonos una mano suave, tibia y firme mientras yo además le agradezco sus palabras reconfortantes. Salgo exultante del despacho precedida por una sonriente Anabel. La sala se encuentra medio vacía. Por un instante mantengo la convicción de que la mayoría de pacientes ha debido salir despavorida tras oír mis gritos. De camino al mostrador comento a mi amiga la buena impresión y confianza que el cirujano me ha transmitido. La candidez, la sinceridad y la serena hermosura de sus ojos. Anabel me escucha atenta con una sonrisa expansiva bailándole por las comisuras de la boca, los ojos y los pómulos sonrosados por la calefacción.
Nos acabábamos de añadir a la fila de personas que esperaba ante el mostrador cuando me espeta por fin con su habitual desenfado y picardía:
-Y a él también le ha gustado tu ojo…, digo tus ojos y mucho, no te quepa la menor duda.
La observo boquiabierta entre sorprendida y extrañada por espacio de un segundo antes de soltar una sonora carcajada y sentir una punzada a la altura del cóccix.

Relato publicado también en la revista eye2.magazine.com

El príncipe feliz