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miércoles, 5 de septiembre de 2018

La reencarnación

Nací el día cinco de septiembre de 1890 en un suburbio de Londres. Allí mi madre ejerció de prostituta hasta que murió de sífilis cuando yo tenía cinco años. Me había engendrado con una deformidad en la cara. Tenía el ojo derecho medio entornado, una prominente boca de pez y una frente especialmente abombada. Al desconocer la identidad de mi padre y carecer de más familia que mi difunta madre, me encerraron en diferentes orfanatos de la caridad hasta que cumplí la mayoría de edad. Por lo general, en mi nuevo hogar sólo recibí desprecio y maltrato a causa de mi malformación por parte de otros niños y las monjas a cuyo cuidado estaba. Pero a los trece años todo cambió para mí. De pronto las religiosas me invitaban a yacer en sus celdas y, por prodigarles ciertos favores, me premiaban luego con las mejores viandas, los jabones más perfumados y ropas nuevas o seminuevas. Me confesaban admiradas que la naturaleza me había dotado de grandes atributos y que había nacido para hacerlas felices. El caso es que yo, incluso ahora, me sentía sucio, utilizado, un ser destinado únicamente a dar placer a los demás pero a no probar jamás las mieles de llegar a ser querido por alguien. Un terrible sino. ¿Por qué? ¿Tan monstruoso resultaba a la vista del mundo? ¿Acaso la naturaleza no me había dotado también de un alma sensible, amorosa y exquisita? Como no me habían enseñado oficio alguno, me vi impelido al salir del orfanato a ejercer las únicas artes que conocía y que ya dominaba con creces a decir de las hermanas, prioras e incluso otras féminas que habían guardado cola pacientemente en el orfanato esperando recibir por primera vez o repetir mis codiciados servicios. Eso sí, pagando previamente una cuota a las novicias de Dios que, además de servir a su Señor en alma se dedicaban con tanta o más devoción a otros menesteres más carnales y terrenales. Que por lo que parece el cuerpo y el alma no están tan reñidos. Entre mis dones se contaba una fecundidad sin precedentes, según descubrí para mi sorpresa en el último orfanato. Pues, como me enteraría por casualidad a través de los rumores acallados que circulaban por los pasillos del hospicio, me había granjeado la fama de ser el mejor semental del país hasta el punto que se me rifaban las mujeres cuyos maridos ricos eran incapaces de preñarlas. De este modo, deduje por qué para atender determinados servicios, mis queridas monjitas me obligaban a cubrir el rostro con una bella máscara de Adonis. A veces todavía me sonrío pensando cuántos niños y niñas que pasean vestidos elegantemente por las calles de Londres en carrito o de la mano de una institutriz, serán mis hijos y cuántos se me parecerán. Como ya he dicho acabé viviendo de la prostitución en el mismo suburbio que nací y ejerció mi pobre madre, que en paz descanse. Después de años de dedicarme a estos bajos menesteres, mi fama creció en ciertos círculos, no me faltaron, por tanto, clientas ni clientes pero curiosamente tampoco nunca me sobró el dinero ni conseguí conquistar el corazón de ninguna mujer. Únicamente se mostraban interesadas por disfrutar de mis dones y artes y, cuando ocultaba mi rostro tras una máscara, sentían sólo curiosidad por desvelar mis facciones. A decir verdad, en todos esos años de larga soledad, a nadie le pareció importarle mi persona. Hasta que un buen día o más bien una noche, cayó por mi humilde casa y burdel una dama de mucha cultura y compasión, lady Brown, que supo escuchar mis lamentos y quiso ayudarme. Por lo que me invitó a participar en una sesión de espiritismo con el fin de averiguar la razón de mi desdichado destino. Esa noche me vestí con una levita que había alquilado lady Brown para la ocasión. Iba hecho un Apolo (aunque, claro, me abstuve de asistir con el rostro enmascarado), de un elegante y riguroso negro, incluidos el top hat o sombrero de copa y los guantes. Cuando el espiritista preguntó quién quería participar en la tercera y última sesión, pude esta vez reunir suficiente valor para alzar aunque tímidamente mi mano enguantada. Temí por un momento que no me hubiera visto porque el hombre continuó una rato más paseando en silencio su mirada escrutadora por toda la sala. En cuanto divisó mi mano, algo temblorosa en esos instantes por la emoción que me embargaba, me interrogó con quién quería contactar y qué quería saber. Le contesté que deseaba que se comunicara con el espíritu de mi anterior vida porque me intrigaba conocer qué tipo de tropelías habría cometido para merecerme ahora una existencia tan desafortunada. Acto seguido el espiritista se sentó nuevamente sobre una silla de enea y se interesó por saber mi fecha y lugar de nacimiento. Luego guardó silencio, como había hecho en las dos ocasiones anteriores. Los presentes volvieron a permanecer callados y a contener la respiración, preparados para escuchar una nueva revelación sorprendente. Después de un tenso minuto de silencio, al espiritista le empezó a temblar nuevamente el bigote, como si sufriera un tic nervioso totalmente incontrolable por su voluntad. Y entonces comenzó a emitir los primeros sonidos guturales, profundos, cavernosos aunque aún indescifrables. Mientras, sus ojos se abrían y cerraban y se movían sin ton ni son, como si se encontrara en pleno sueño, mostrando cada vez que los abría el blanco de las cuencas oculares. Momento que muchos de los asistentes apartaban la mirada o cerraban los ojos. -Espíritu de Georges en la otra vida, que feneciste el cinco de septiembre 1890, manifiéstate- clamó el hombre esta vez con su propia voz, más suave y terrenal, con un tono elevado. Perezosamente, se fue abriendo camino la otra voz en la garganta del espiritista en forma de saludo confirmatorio de que estaba haciendo acto de presencia. A la pregunta de cuál era su identidad, la voz gutural empezó a relatar: -Viví en el barrio Whitechapel, un suburbio de Londres, hasta los trece años cuando mi madre, que era meretriz, murió asesinada. -¿Cómo te llamas?- insistió en saber el espiritista. -He pasado a la historia como Jack, Jack el Destripador - de pronto se oyó en la habitación un pequeño revuelo de exclamaciones de horror-. A la primera furcia que maté y ultrajé fue a la que decía ser mi madre – de pronto los sobresaltos y gritos de terror recorrieron la sala de extremo a extremo-. Pero dudo mucho que lo fuera. Imposible. Si no jamás la hubiera deseado. Ella fue la culpable de que violara y matara (o matara o violara) a otras prostitutas que se parecían a ella. Por un momento la habitación se sumió en un súbito y denso silencio. Poco después resonaron las risotadas de ultratumba de Jack que hicieron temblar hasta las paredes. -Ja, ja, ja…En verdad, desde que la maté me parecía estar viendo de nuevo a mi madre cada vez que me cruzaba con una furcia por la calle. Y sentía que tenía que poseerlas, matarlas, ensañarme con ellas. Y las asesinaba porque me atormentaba que pudieran gozar… que yo pudiera desear a mi propia madre. Por eso me arrepentía al momento y descuartizaba sus cuerpos, para no desearlas más, borrarlas de mi mente, verlas como despojos irreconocibles y poder convertirlas en objeto de mi desprecio. Y así tratar de redimir el poder que ejercían sobre mí como una de las más terribles y placenteras maldiciones. Pero cuanto más las descarnaba, más parecía que sucumbía al influjo de sus cantos de sirena.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Besos en el Danubio


Tras dos años sin saber de Gabi, nos volvimos a encontrar este verano en la calle Mayor de nuestra ciudad. Gabi y yo nos conocimos en parvulario y fuimos amigos inseparables hasta el instituto. Mientras nos poníamos al día me di cuenta de que pese al tiempo transcurrido seguía existiendo entre nosotros la complicidad de antaño y un fuerte vínculo emocional. Yo me acababa de licenciar en biología y él tenía que recuperar en septiembre Estadística para acabar la carrera de Psicología. Ese contratiempo, no obstante, no había mermado el optimismo de mi viejo amigo y sus ganas de disfrutar a tope del verano. Como ambos llevábamos algo de prisa, Gabi me propuso quedar para el sábado siguiente en un local nocturno de copas, El Danubio, que se había inaugurado hacía pocas semanas en un polígono.  Aún lo ignoraba, pero mi vida estaba a punto de dar un vuelco.

El sábado por la tarde/noche, tras callejear por la ciudad y cenar un frankfurt en la terraza de un bareto, nos dirigimos a El Danubio. Nada más entrar me quedé boquiabierta. Lo primero que vi era una especie de muelle o embarcadero. Para llegar a la barra del bar y la zona de mesas había que franquear un puente de maderos entrelazados con cuerdas. Como era complicado mantener el equilibrio con tanta oscilación y no caer en el foso de agua iluminada y teñida de azul por cientos de bombillas, me agarré rápidamente a los dos pasamanos de cuerda que había a un lado y a otro de la pasarela.

La barra, que era un viejo barco reciclado, se iba balanceando ligeramente en el agua. La tarima de tablones de madera que había frente a la barra para pedir las consumiciones estaba bien fijada al suelo, por suerte. Desde allí avisté al fondo un coqueto embarcadero y las primeras parejas que ocupaban las barcas amarradas. Pero Gabi me condujo a otro lugar sin darme explicaciones. Y yo lo seguí como una corderita perdida por el interior de la nave.
Lo que no me esperaba en absoluto que para llegar a las mesas hubiera de descalzarme, lavarme los pies en una ducha baja y ponerme una especie de calzón impermeable y desechable como mínimo dos tallas por encima de la mía.  Todo por ser una estudiante pobre y no poder pagar el acceso al embarcadero y disfrutar de la velada subida a una barca. Y sin mojarme ni arrugarme como una pasa. Al salir del vestuario, miré con cierto horror y reproche a Gabi porque me había obviado aquellos detalles y decirme que me trajera mi propio biquini. Descendí la escalinata cabizbaja y pudorosa. De inmediato sentí cómo el agua fría iba subiendo de los pies a los tobillos, a las pantorrillas... No pude reprimir un súbito estremecimiento al rozarme los muslos.
De pronto Gabi me pidió disculpas y se fue a saludar a un grupo de chicos que había sentados a una mesa cercana a la escalera. La incomodidad de sentirme húmeda y ridícula con aquellos calzones hizo que tardara un rato antes de reparar en uno de los jóvenes. Verlo me provocó un instantáneo temblor de piernas y de la mano con la que sujetaba la sangría. No podía ser. Era Joan, ese compañero tan guapo, homosexual y de exquisitos modales del instituto. Mi amor platónico. Ese amor imposible que siempre deseé en secreto y que me generó en la adolescencia tanta vergüenza y culpabilidad hasta el punto de no atreverme a confesárselo a nadie o admitirlo abiertamente, ni siquiera a Gabi, estaba ahora aquí en El Danubio. De repente a la incomodidad que experimentaba se añadieron unas ganas imperiosas de salir huyendo y desaparecer ipso facto del campo óptico de Joan, aun a riesgo de hacer el ridículo luciéndome por las calles con aquellas pintas danubianas.
Traté de disimular lo mejor que supe en aquellos instantes para intentar no llamar demasiado la atención. Me senté con premura en el primer poyete que me encontré. Y al hacerlo algo helado seguido de una quemazón en la piel me sobresaltaron. Me había caído un cubito de hielo sobre el muslo derecho. No me lo creía, cómo podía ser tan torpe.
Me entretuve un rato tratando de rescatar al díscolo cubito del agua donde flotaba corriente abajo (llevaba tres infructuosos intentos y mi impaciencia por atraparlo iba en aumento) mientras dilucidaba qué demonios haría después con el hielo, si devolverlo al vaso o aguantarlo en la mano hasta derretirse o ya no soportara más tanto frío que lo tuviera que dejar caer de nuevo con disimulo en aquel río de mentirijillas. Pero al oír de pronto la voz de Gabi dirigirse a mí,  me incorporé de inmediato y mis ojos se tropezaron inesperadamente con los de Joan. Apenas entendía lo que trataba de decirme mi amigo. Creo que me quería explicar algo así como: “ Mira a quién me he encontrado, a Joan. ¿Te acuerdas de él de cuando íbamos al insti?”. No me dio tiempo a pronunciar ninguna respuesta. Ni buena ni mala. Porque el tiempo de reacción de mi mente de pronto era lentísimo, incluso inexistente o se había paralizado al igual que la expresión de mi cara, congelada, inanimada.
Joan me miró fijamente y acercándose comentó: “Siempre supe que acabaríais juntos porque en el insti erais almas gemelas, inseparables”. Gabi se sonrió y contestó que nos queríamos como hermanos y que nunca podríamos ser pareja porque sería algo así como traspasar la frontera del incesto. Una posibilidad inconcebible, vamos. Dicho lo cual, Joan se inclinó hacia a mí para estamparme dos besos y yo le ofrecí una mejilla. Y al ir a girar la otra mejilla, mi boca  entreabierta se tropezó inesperadamente con sus labios húmedos, suaves pero decididos. Luego su fina piel se separó por un momento de la mía apenas un milímetro. Sus ojos verdes entornados me miraban ahora con un inusitado brillo e intensidad y nuestros labios se atrajeron de nuevo pero esta vez como dos fuerzas magnéticas irresistibles y se besaron trémulos, delicados y anhelantes una, dos y tres veces. Por unos segundos, me asaltaron las dudas. Tal vez Joan había bebido. Sin embargo, su aliento no lo delataba. Sus ojos tampoco mentían al igual que la vehemencia de sus besos. Eran puro fuego.  Deseo. Pasión.  La ternura en mayúsculas. Y me sonreí con cierto regusto a  autoreproche por haber estado tan errada todo este tiempo.


jueves, 11 de agosto de 2016

Penélope o Desirée




Por ti, amor, habría sido Desirée antes que Penélope. Hubiera cerrado los ojos y me habría abandonado a los caprichos del deseo. Así no tendría ahora que alimentarme de las migajas secas del recuerdo de tu amor marchito.
Me habría dejado alcanzar por el rayo fulminante de tu mirada, ensordecerme por el trueno de tu voz y promesas varoniles, doblegarme a tu gemido arrollador. Me habría rendido a la tormenta de la pasión, mi boca se habría fundido con tus besos de fuego y agua. Mi piel desnuda se habría embebido de tu lluvia impetuosa. Habría caído de rodillas y me hubiera hundido en el fango del deseo hasta desaparecer en sus arenas movedizas. Habría ardido contigo para siempre en los vastos confines del placer. Desirée habría devorado al fin a Penélope para poder amarte así, sin límites, condiciones ni recelos. Habría volado libre hacia ti una y mil veces más, dando rienda suelta a mis más profundas y oscuras pulsiones. Cualquier cosa con tal de no renunciar a ti y a todo eso que nos dábamos que tú llamabas amor y yo, sexo.
Y es que te añoro a veces. Sólo a veces. Siento nostalgia de aquella noche de verano algo fría en que nos amamos a la luz de la luna tras días de flirteo. Añoranza de aquella historia de amor que pudo ser y no fue. A veces sin querer busco en el cielo la constelación de estrellas que titilaba en lo alto mientras el deseo estrechaba y templaba nuestros cuerpos ateridos. Pero ni una sola vez me he vuelto a cruzar con esos astros estáticos y expectantes. Como tampoco jamás he vuelto a ver en otro rostro amado la misma llama que ardía aquella noche en tus ojos de plata.
Yo cedí a la pasión en busca de amor cuando tú sólo buscabas una ventura más. Una historia de amor que no pudo ser y no fue y que, sin embargo, cuántas veces añoro. Como a veces, cuando te sueño y me despierto huérfana de tus besos. Como a veces, en las noches de agosto en que tirito de frío y bajo la persiana para no mirar al cielo y no tener que encontrarme con las lágrimas de San Lorenzo cayendo. Y para espantar el recuerdo de aquel fragmento del poeta Mario Benedetti que me escribiste al día siguiente que, como un funesto oráculo, predecía el fin de tus besos:
Te espero cuando miremos al cielo de noche:
Tú allí,
Yo aquí,
Añorando aquellos días
en los que un beso marcó la despedida,
quizás por el resto de nuestras vidas.

Y me pregunto tantas veces en qué fallamos y qué podríamos haber cambiado. Cómo habrías dejado tú de ser el disoluto casanova y yo la fiel Penélope. Pero decidimos separarnos y permanecer leales a nuestros ideales.
Me doy cuenta ahora que más que Penélope fui y sigo siendo como Ulises, navegando y naufragando una y otra vez por mares convulsos, sorteando monstruos y peligros, enfrentando tentaciones y falsas promesas. Una persona que ha vivido en carne propia la odisea de haber zozobrado y luchado contra tempestades, cíclopes, escilas, Caribdis, sirenas, ninfas y circes. Y que no se rindió pese a todo porque siguió surcando los mares embravecidos de Poseidón en busca de la isla de Ítaca, su querida patria. Fiel a sí misma, fiel a su amor, fiel a su reino. Con la diferencia que a mí no me espera nadie en Ítaca cada vez que miro al cielo.

También me pregunto ahora si no fuiste más que un canto de sirena en mi travesía y que, gracias a la voluntad de Odiseo y Penélope, evité encallar en el turbio y antojadizo destino de una amistad peligrosa. Y es, sin duda, cuando mi mente teje estas elucubraciones cuando dejo al fin de añorarte. A ti y a Desirée.  

jueves, 25 de junio de 2015

Y el deseo se hizo carne

Yo era de esa clase de niñas soñadoras que recolectaban conchas en verano y bailaban a escondidas en el patio de casa. De aquellas niñas que en la alborada de su adolescencia emulaban a las Mamachicho. De esas chicas que descubren un día que su vecino la espía. Que me espía no sólo cuando bailo en el patio de mi casa de verano. Si no también mientras camino por el paseo marítimo, me siento a tomar un refresco en algún chiringuito, me bronceo y baño en la playa o me pierdo de noche por algún pueblo cercano que celebra sus fiestas patronales. Pero lejos de violentarme el control remoto que Marcelo parecía ejercer sobre mí yo me mostraba segura y extrañamente coqueta.
Ahora soy de esas mujeres entrada en los cuarenta, divorciada, con dos hijos, que conserva en naftalina un puñado de sueños y algunas conchas viejas en la casa familiar de la costa andaluza que atestiguan un tiempo pasado feliz. Es agosto y nuestro taxi se detiene en ese punto exacto de mi memoria infantil. Al salir me faltan manos. Portar un par de maletas y bregar al mismo tiempo con Isma y Marta, de 7 y 5 años, bajo un sol de justicia supera el límite de mi aguante. Me detengo unos segundos a mitad de camino para coger aire cuando de pronto cae sobre mí el peso acuciante, protector de unos ojos conocidos. Me resisto a levantar la mirada. Tal vez la imaginación, el recuerdo o quién sabe el cansancio, el hartazgo del presente han vuelto a activar el reflejo automático aprendido hace tantos años.
Supe que se trataba de Marcelo un par de días más tarde cuando coincidimos en las fiestas del pueblo vecino. Surgió de súbito entre el gentío, las casetas de pinchos morunos, la neblina y el estruendo de las tracas de pólvora. Lo miré muy sorprendida y algo sofocada. Nos saludamos e intercambiamos a gritos unas palabras. Logro entender que se ha separado y que sus hijos viven con su ex mujer. Han pasado veintiocho años desde el último verano que nos vimos. A los catorce años se enroló en sucesivas campañas estivales de excavaciones arqueológicas, al principio terrestres y luego submarinas.
Hablamos tan cerca que puedo sentir el hálito caliente de sus palabras, su olor a cerveza, el cosquilleo de sus vibraciones en mi oído. Su proximidad empieza a resultarme excitante y peligrosa. Por un momento el leve contacto de su vello con mi brazo hace que salten chispas de mi piel. Aparto el brazo rápidamente abrumada por el deseo contradictorio de dejarme seducir y de escapar al mismo tiempo. Doy un paso atrás y me cruzo con sus ojos. Unos ojos negros aún más profundos bajo la luz de la luna y la humareda de la pólvora. Una mirada que me llama a voces, que me tienta, me cautiva. No puede ser, me digo, me repito a mí misma y me despido torpe, abruptamente. Tropiezo con la gente mientras busco con ansiedad a mi prima para que me lleve de vuelta a casa.
La mañana del martes salgo a correr por la playa. De regreso por la avenida principal Los Pinos su mirada gitana se desploma sobre mí desde lo alto como el rayo más luminoso y fulminante de la mañana. Miro con disimulo y lo localizo reclinado sobre la barandilla azul de la casa de sus padres en la misma postura que lo recordaba cuando me espiaba bailando. Sabe que le observo porque de pronto se inclina un poco más acodándose en la baranda y silba mientras enfilo cansada la calle Cruces, abro y cierro el pestillo de la verja de casa.
Nuestros caminos confluyen la mañana siguiente por la pineda que conduce al paseo marítimo. Corremos un rato en paralelo, acompasados sin decirnos nada. Mi respiración se acelera y siento flato pero continúo corriendo. Al llegar a la playa me refresco la cara en una ducha y me seco con el borde sudado de la camiseta. Me suelto la coleta. Balanceo el pelo de un lado a otro, aliviada, liberada. Los ojos de Marcelo se clavan en mi camiseta empapada y luego se cuelan por el escote. Me cruzo de brazos un tanto ruborizada mientras nuestros pasos horadan la arena. A estas horas la playa está prácticamente desierta de bañistas.
Al llegar a la orilla nos descalzamos y seguimos caminando dejándonos sorprender por el frío batir de las olas. Esquivamos poco después entre risas los hilos transparentes de un par de cañas de pescar separadas apenas un metro y medio la una de la otra. Habríamos recorrido un quilómetro cuando arribamos al final de la playa, donde el agua se recoge en el recodo íntimo de una cala. Marcelo corre de pronto jovial y espontáneo como el niño que un día conocí. Se detiene frente a la roca grande amurallada de la caleta, se agacha y palpa la piedra por debajo del agua buscando probablemente mejillones entre sus oquedades. Sin levantarse, me dice alegre y lacónico:
-¿Te acuerdas?
Por unos instantes nuestros ojos destellan al recobrar la ilusión de cuando éramos niños y adolescentes y veníamos a coger mejillones y cuantos tesoros enterrara la arena, arrastrara el mar a la orilla o anidara en la roca. Claro que me acordaba Eran pedazos de mí que aún vivían en la memoria. De aquellas expediciones marinas conservaba además tres conchas y un guijarro blanco perforado que me había regalado Marcelo el último verano. Una piedra que se deshacía como el polvo por las hendiduras del tiempo. Por la larga espera.
Arrastrada por su entusiasmo y la evocación de aquellos lejanos días compartidos me acerqué y me uní a él en la tarea de hallar moluscos. Apenas había y los que encontramos eran minúsculos, benjamines. El turismo masivo y la pesca furtiva de las últimas décadas provocaban esos efectos dañinos sobre el ecosistema. Exhalé un suspiro de desilusión y añoranza. Viendo Marcelo que la tristeza nublaba por un momento la expresión de mi cara, añadió:
-El mundo cambia. La vida es devenir. El tiempo fluye pero siempre queda algo de su paso, su huella indeleble. Queda el cauce de nuestra memoria que vuelve a llenar el río de agua, guijarros y truchas, de juncos su orilla y de ninfas y seres imaginarios su fondo.
Aparté la mirada por temor a que vislumbrara en ella la tonta fantasía, la ridícula nostalgia que abrigaba desde la adolescencia de llegar a querernos algún día. Porque Marcelo estaba en lo cierto: hay parte del pasado y de los sueños que no mueren jamás. Que incluso pueden ser tan poderosos y reales o más que el presente. Yo, coleccionista de caracolas, me reconocí enseguida en esa bella y turbadora imagen de buceadora de tiempos y sueños.
Mi incomodidad porque pudiera descubrir mi secreto me apremió de pronto a dar media vuelta y desandar el camino recorrido. No habría dado más de un par de pasos cuando me incliné a recoger de la arena una concha moteada. Y me detuve a inspeccionarla con aire admirativo de espaldas a Marcelo. De súbito todo mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de sus manos frías y húmedas sobre mis hombros desnudos y ardientes. Los acarició durante unos segundos sin prisas, con suavidad. Yo me quedé inexplicablemente petrificada como si la amalgama de arena, agua y salitre hubiera fundido mis pies en una peana invisible. El aliento cálido y subyugante de Marcelo erizaba la piel de mi nuca, cuello, espalda al mismo tiempo que la brisa marina revolvía mi cabello y lo salpicaba de gotas de agua.
No sé cómo de repente me giró igual que una peonza y, cediendo al peso del deseo, caímos en la arena, abrazados, uno encima del otro. Nuestros labios se encontraron y besaron sensuales, perezosos, sin urgencia. Sentía su pecho palpitar sobre mí, el frenesí de la pasión anunciándose, el hormigueo rugoso de la arena crujiendo en mi espalda. Sin dejar de explorar mi boca, Marcelo me acarició el brazo y luego quiso entrelazar su mano a la mía. Pero yo seguía inexpugnable con el puño cerrado aferrando la concha que había encontrado, protegiendo mi tesoro. Con amorosa y paciente constancia logró que abriera cada uno de mis cinco dedos. Y arrebatándome el caparazón del bivalvo lo arrojó de pronto al mar.
Contrariada desvié la mirada por unos segundos hacia el horizonte azul esquivando la boca ávida de Marcelo. Pero él deslizó su lengua suave y húmeda por mi cuello venciendo mi resistencia una vez más. Ahora quería fundirme en sus labios, sus brazos, su cintura con la vehemencia, la furia de un caballo salvaje liberado tras un largo cautiverio. Mis labios se deleitaron en su frente, sus mejillas, sus párpados entrecerrados. Y luego recorrieron su mentón recién rasurado, su vigoroso y ancho cuello con sabor a mar. Me perdí durante un rato en el nacimiento de su pecho terso, sin apenas vello y más bien corpulento. Mi boca, mis ojos, mis manos ansían continuar explorando, sentir cada milímetro del cauce de su cuerpo. Adentrarse por primera vez en su selva virgen, el jardín prohibido de Marcelo como si el paraíso, la única felicidad posible en ese instante, se concentrara en su cuerpo. Beber de su boca, mordisquear el lóbulo de su oreja, tierno y sensible, dibujar con la lengua el delicado redondel de su ombligo. Descubrir un lunar justo encima constituye para mí en esos instantes una fuente inagotable de placeres insospechados, de dulzura y sensualidad innombrables. Sus brazos de pronto me acogen firmes y amorosos y me dejo acurrucar en el regazo de su pecho. Mi piel respira su aliento cálido y ubicuo como la brisa marina. Mis manos se deslizan por el hueco de su cintura y se hunden en la profundidad de sus nalgas que semejan rocas cubiertas de algas suaves sumergidas en el fondo del mar.
A la curiosidad y necesidad de conocer a Marcelo, le siguió el imperioso deseo de unirme a él en carne y en espíritu. Me apreté contra él. Quería sentirlo tan cerca como mi propia piel. Romper las últimas fronteras que separaban nuestros cuerpos. La frontera de nuestra epidermis para que su piel fuera mi piel. Que su hálito se confundiera con mi hálito, que mi boca exhalara sus gemidos. Pero antes de que el deseo extinguiera la última pavesa que alumbraba mi razón y dejarme arrastrar hacia la más absoluta de las locuras, mi mente garabateó una rápida composición de lugar y situación. Estábamos en la playa a la vista de los primeros bañistas del día, muchos de ellos acompañados de menores. Marcelo captando al momento mi repentina conciencia de vergüenza me alzó inesperadamente en brazos. Yo hundí mi rostro en su torso sabiendo de antemano adónde me llevaba. Su respirar ya de por sí agitado resollaba en mi oído mientras se alejaba de la playa y su hipnótico murmullo. Empecé a cubrirle de besos cuando ascendía, como yo había anticipado, por el cerro. Besos por la piel delicada de su cuello, besos en su hombro, su tórax pétreo y erizado por el sobreesfuerzo y la excitación. Besos, un océano de besos en su boca exhausta pero insaciable y jugosa.
Una vez en lo alto del cerro, recorrió con dificultad los últimos cincuenta metros. Después agachándose se dispuso a entrar conmigo en brazos en la cueva que de niños nos servía de refugio y lugar de juego. Por mucho cuidado y atención que puso en el empeño, mi pie izquierdo rozó la pared rasposa de la roca. Me quejé riendo y él tambaleante e hilarante estuvo a punto de dejarme caer de bruces.
Me recuesta sobre la tierra batida y me besa mirándome a los ojos bajo la tenue e íntima luz que se cuela por la recoleta gruta. Sus besos son tranquilos, sensuales, exploradores, intensos. Yo me impregno poco a poco de sus labios, de la textura suave y húmeda de su piel, su sabor, su olor a sudor y mar salada. Me recreo en su labio inferior, viajo de una comisura a otra, sintiendo el calor, el fuego de toda la superficie de su piel entregada, inflamada por el deseo y el amor. Las yemas de mis dedos delinean el contorno de su boca exuberante, recorren tranquilas cada una de las líneas verticales que la franquean, rastrean con deleite todos los caminos que confluyen en su boca, esa fuente y sumidero inagotable de placer y regocijo. Y luego lo beso con extrema dulzura asiéndolo por el mentón, acercándolo un poco más hacia mí. Acoto y sello el perfil de su boca, sus labios, los caminos trazados, recién aprendidos por mis dedos. Rozo su perilla y un estremecimiento me incita, me apremia a besarlo con más ímpetu, imperativamente.
Lo miro durante un instante sobrexcitada, enfebrecida por su contacto tan próximo, por mi sed desbocada, por el deseo quemando en sus ojos. Y él sin dejar de mirarme, se desprende de su camiseta, la dobla y solícito y amoroso me la coloca como almohada. Se reclina y siento su olor sobre mí, su torso resplandeciente, sudoroso y bello mientras se acomoda en mi cadera, en la cavidad de mi vientre. Lo abrazo y le acaricio la espalda, el hueco bien definido y firme de su cintura. Mis manos después se dirigen decididas hacia las suaves y sólidas mesetas de sus nalgas y masajean su redondez. Noto cómo su deseo va creciendo bajo mi abdomen. Me muestro confiada, libre para amarle sin ataduras, sin tapujos. Porque este encuentro y los tres sucesivos que tendríamos para mí son mucho más que meros escarceos. Marcelo transciende lo meramente físico. Es carne y espíritu.
Marcelo residía en Alicante y viajaba mucho por España y el extranjero impartiendo conferencias sobre arqueología submarina. Precisamente el sábado siguiente partía para Gijón. Una lástima porque aparte del placer que compartimos, sabía que de un modo u otro había amado a ese hombre desde el día, ya lejano, que lo sorprendí espiándome. Desde aquella tarde que nos despedimos me acompañaría la sospecha de que los sueños, en caso de materializarse, sólo se cumplen una vez. Que el deseo se hace carne y espíritu una vez en la vida. Porque en medio de las promesas románticas que declaramos al viento y al oleaje, tuve el pálpito de que tardaríamos muchos años en volvernos a ver de nuevo. Pero supe que nunca olvidaría lo que vivimos juntos aquel verano, que la voluntad de mi memoria se rebelaría contra las leyes inexorables del tiempo, ese tiempo que al devenir pasado se proclama olvidadizo, se rebela siempre fugitivo, huero como el interior de mis conchas y esas piedras que se empeñan en deshacerse y desaparecer un día definitivamente.

sábado, 20 de diciembre de 2014

La buena estrella



Cuando era pequeña mi padre me contó que hay gente que nace con buena estrella. Pero pocos, muy pocos elegidos, podían decir como yo que habían nacido de una estrella. Y además de una buena, la supuesta hermana de Sirio que, en el momento de alumbrarme, se apagó para siempre del firmamento.
Mis padres se casaron muy jóvenes y enamorados. Dos años después, mi padre acabó la carrera de arquitectura que había compaginado todo ese tiempo con los trabajos de delineante y dibujante de retratos y caricaturas. Desde entonces, su mayor ilusión fue tener hijos.
Tras un lustro y comprarse su primer coche, el sueño de formar su propia familia se había convertido  en una obsesión.
En su décimo aniversario de casados, diseñó una casa más grande con jardín y piscina con la idea de que su futura descendencia tuviera espacio para jugar y correr.
A los quince años, adquirió un telescopio profesional e instaló un observatorio en la buhardilla. No era astrónomo pero su escasa formación inicial la compensó con la pasión y el tiempo que dedicaba  al estudio y observación de aquel remoto y misterioso mundo interestelar.
Con cuarenta y un años recién cumplidos y veinte de matrimonio, le diagnosticaron un cáncer de colon. Y no quiso morirse antes de ver nacer a un hijo de su sangre.
El día que lo operaban, mi madre le anunció con lágrimas de esperanza en los ojos que yo, su primer vástago, por fin estaba en camino. Y mi padre se sintió el hombre más dichoso no sólo del mundo sino del universo entero. Él siempre tuvo una visión interplanetaria y global de la vida y de su entorno físico. Y escrutando con la mirada el techo blanco y aséptico de la habitación del hospital, dijo que me llamaría Estrella o tal vez Estela.
La intervención quirúrgica fue mejor de lo que el cirujano había previsto y mi padre se recuperó relativamente pronto. Durante los meses de baja laboral, cambió de dieta,  programó una tabla de ejercicios que practicaba a diario en el parque. Se apuntó a la moda de las artes marciales y luego al yoga. Nunca estuvo mejor mi padre. Desbordaba tanto optimismo y vitalidad que, apenas empecé a gatear por el parqué de casa, se propuso darme un hermanito.
Tras cinco años de infructuosa búsqueda, abandonó su empresa comprendiendo que yo era fruto de un milagro que no habría de volverse a repetir. Y que dada la naturaleza excepcional de los milagros, debía de celebrarlo cada día. Así que me malcrió aún más. Todos y cada uno de mis caprichos y deseos, sin importar lo caros, descabellados e inútiles que fueran, se materializaban casi al instante para, meses o incluso días después, terminar olvidados en un rincón de mi habitación o la buhardilla.
Cuando cumplí los seis años, mandó instalar en el jardín un tiovivo calcado al que había en el parque de atracciones de Montjuïc pero a menor escala. Una semana antes me había montado en uno de esos caballitos eléctricos y me había fascinado su movimiento continuo hacia arriba y hacia debajo mientras el tiovivo giraba sin fin como una peonza. Aquel juguete era una preciosidad y la envidia de amigos y enemigos del que me hastié tras dar una docena de vueltas. No obstante, accedía con agrado y una sonrisa no exenta de orgullo y prepotencia a viajar con mis amigos y primos, los hijos de mi único tío y hermano de mi padre. Además de no querer contrariar su anhelo expreso o tácito de montarse en mi tiovivo, con este gesto conseguía sobrealimentar y extender mi fama de niña rica, feliz y generosa más allá de la zona residencial de Pedralbes.
Ninguna novedad o moda que saliera a la venta relacionada con mis intereses se le resistía al bolsillo de papá. Ya se tratara de juguetes, juegos, entretenimiento, ropa o cultura. De este modo fui la primera de mis amigas en disfrutar y hartarme de la colección completa de Nancys, Leslys, Barbies y su perpetuo novio Kent. Y en alardear de Rosaura, la muñeca hecha a escala humana. También giré en exclusiva el primer aro hula-hop y el yoyó profesional ante la abierta expresión de sorpresa y admiración de mis compañeros de clase. Empapelé rápidamente las estanterías de casa con los títulos ilustrados de Walt Disney y Bruguera y cuantas nuevas ediciones de libros y cuentos salían al mercado. Tampoco me perdía ningún estreno de películas infantiles o aptas para todos los públicos. Ni desperdiciaba la ocasión que tal privilegio me brindaba de desvelar, no sin cierta alevosía, su argumento a mi círculo de fans.
Mis gustos y curiosidad parecían no tener freno. Ni siquiera por razón de mi sexo. Porque entre mis juguetes más valorados, destacaban un escaléxtrix cuya estructura y recorrido cubría la mitad de la buhardilla, un circuito de trenes y juegos de mecano. Pero, sin lugar a dudas, mi predilecto era la colección de aeromodelismo. Setenta fieles reproducciones en miniatura de los modelos y prototipos más significativos en la historia de la aviación.
Desde muy temprana edad tenía muy claro que prefería el cielo a la tierra. Los aviones antes que los coches y el ferrocarril. A los diez años ya me seducía la idea de que no existían límites para mí más allá de la tierra. Que la tierra era solo el comienzo, el punto de partida. Que había un espacio etéreo, infinito que yo, algún día, habría de franquear y explorar como piloto de aviones (profecía que se hizo realidad en cuanto cumplí los dieciocho años).
Con tal cantidad y variedad de juguetes conseguí no sólo ser el centro de envidias de las niñas, sino también de una cohorte de seguidores masculinos cada vez más numerosa. Me gustaba que me admiraran y agasajaran con su compañía y atenciones sin importarles que mi rostro y cuello fuera una constelación interminable de granos de pus y cicatrices frescas incluso a la precoz edad de los nueve años.
Donde no lograba ser la primera era en el colegio por mucho que me esforzara. No sobresalía en matemáticas ni en lengua. Mi impericia saltando el potro tampoco ayudó en nada a elevar mi historial académico a un nivel digno de mi persona y popularidad.
El día de mi primera comunión lucí el vestido largo, con velo y diadema de oro y brillantes más espectacular y ostentoso que cualquier flamante modelo con los que se paseaba Romy Schneider por las pantallas del cine y la televisión en su papel de Sissi, la emperatriz. En cambio, Montse, mi única prima, no pudo ni conformarse con llevar un discreto vestidito corto y una diadema de flores de tela. De modo que hubo de aplazarla para el año siguiente con el fin de que pudiera aprovechar mi vestido. Le quedaba por encima de los tobillos, inconveniente que solucionó mi tía añadiéndole un volantito que confeccionó con la tela de tul del velo. Aquel día tan esperado, Montse entró y salió de la iglesia con la cara descubierta y sin tocado porque yo me negué a prestarle también mi corona. A saber qué hubiera hecho con ella…
Creo que la inquina que sentía hacia mi prima despertó el mismo día que tuve uso de razón. Ella era más agraciada y femenina que yo. Únicamente compartíamos como marco un cabello de tirabuzones oscuros y brillantes. Pero aparte del pelo, ella y yo conformábamos dos cuadros totalmente distintos en cuanto a la forma, el estilo y el color. Incluso diría antagónicos. Yo parecía más bien un retrato pintado por Picasso en su época azul. Ella recordaba a una de esas mujeres de belleza castiza aunque de tez más clara retratadas por Julio Romero de Torres.
Mi rostro era cetrino y anguloso, y lo sigue siendo pero menos, como el de mi tío Felipe y mi primo Guillem. El de Montse, ovalado, delicado, atractivo, de una homogeneidad  y color casi marmóreos. Ella constituía el centro de miradas de niños y hombres por su belleza y su carácter dulce y cercano; yo, por las cosas que  ella no tenía.
Desarrollé muy pronto una intuición avizora cada vez que mi madre se disponía a empaquetar algunos de los juguetes que había dejado de hacer caso para enviárselos a Montse y sus dos hermanos. Encontrándome en este difícil trance, yo invariablemente me plantaba delante de mi madre, con los brazos cruzados y la expresión enfurruñada. Por si mi postura respecto a donar involuntariamente parte de mi botín no era lo suficientemente explícita, en alguna ocasión estuve tentada de retarle  con la frase lapidaria que tanto me gustaba decir cuando jugaba a pistoleros: “antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver”.
Sin embargo, los argumentos que esgrimía mamá me acababan desarmando. Porque apelaba a mi corazón de buena samaritana repitiéndome como una triste cantinela la vida de penurias que sufría mi tío Felipe y su familia.
Y a menudo añadía enigmática:
-Algún día sabrás lo afortunada que eres.
Yo siempre claudicaba. No porque me apiadara de mi prima Montse. No. Lo hacía por mi tío. Era mi manera de agradecerle las entretenidas tardes que me permitía pasar a bordo del autobús que conducía recorriendo las calles de Barcelona una y otra vez hasta caer rendida. O aquellos contados fines de semana que libraba y jugaba conmigo al escaléxtrix y los aviones.
Y mientras yo soñaba con viajar y volar, mi padre continuaba incansable e insaciable escrutando el cielo nocturno con su telescopio. Los días que no quería irme a la cama, él enfocaba la luna, Venus, el carro, la Vía Láctea y cuantos planetas, astros y constelaciones conocía para que yo los contemplara. En verano estando de vacaciones o en los días festivos más claros, sin nubes y coincidiendo con la luna nueva, nos llevaba a  mi madre y a mí a la montaña de Collserola en Molins de Rei o El Papiol. Pasando el Castell Ciuró o les escletxes, buscaba entre las piedras y la hojarasca seca un triángulo llano donde apoyar el trípode del telescopio. Cuando apagaba la linterna yo no sabía qué me impresionaba más si aquella profunda e impenetrable oscuridad que parecía que fuera a devorarnos de un momento a otro, o aquella miríada sin fin de ojos brillantes que nos miraban desde el firmamento. 
Desde aquel lugar, la mancha de color gris blanquecino de la Vía Láctea se apreciaba con un poco más de claridad. Aunque el polvo interestelar dificultaba la observación del centro de la constelación.
Tendría ocho años la primera vez que me habló mi padre de Siria, una supuesta estrella muerta, melliza de Sirio. Por entonces yo pedía con insistencia un hermanito a mis padres. Lo recuerdo bien. Entonces mi padre me contó que yo había nacido de Siria, una buena estrella que compadeciéndose de él accedió a concederle el deseo de tener una hija. De este modo renunció la estrella a seguir viviendo y brillando en el cielo miles de años más para convertirse en la primogénita y salvadora de un hombre enfermo de cáncer.
-Tú, hija, eres un milagro que ayudó a que se produjera otro milagro: que yo siguiera viviendo.
Yo me quedé sin palabras. Y sentí el deseo irrefrenable de localizar el punto exacto que había ocupado Siria en la Vía Láctea escrutando el cielo a través del telescopio.
-¿Ves una estrella muy brillante?
-No –contesté impaciente a mi padre.
-Mira hacia el este de la Vía Láctea, al oeste del Cinturón de orión.
-¿Ves ahora una estrella muy brillante?
-Sí  -afirmé,  por fin, maravillada pegando más mi ojo izquierdo a la lente.
-Pues Siria estaba situada justo a su lado derecho antes de desaparecer y lucía tanto o más que su mellizo.
Aquellas excursiones nocturnas se terminaron de súbito como otras tantas cosas y buenos momentos el día que mi padre murió arrollado por un autobús urbano cruzando una calle de Sants. Siempre me imagino esa tarde a mi padre distraído elucubrando con qué regalo sorprendería a la niña de sus ojos tras recorrer y estudiar los escaparates de juguetería del barrio de Sants. Sin embargo, todo o casi todo apunta a que iba a visitar a mi tío Felipe. Y digo casi porque el sobre con el dinero que llevaba guardado en el bolsillo de su chaqueta para el pago del alquiler del piso de mi tío, se lo robaron antes de que llegara la ambulancia.
Ni en vida ni una vez fallecido, mi padre obtuvo el renombre ni el número de encargos que su admirado Antoni Gaudi,pero ejerció su mismo oficio y murió de un modo parecido. Ironías o tal vez coherencias del destino. Tenía 54 años y yo, 12.
Por un tiempo me sentí una estrella huérfana. Luego supe a qué se refería mi madre cuando me decía que algún día sabría lo afortunada que era. Me confesó que yo había nacido no de una estrella, sino de tres. De mi madre, de mi padre y mi tío. Dos padres. Uno pobre, otro rico. Uno que deseó que naciera, otro que lo hizo posible. Un padre que me enseñó a mirar y desear el cielo y otro que me mostró el medio para llegar hasta él.

Relato publicado también en la revista eye2.magazine.com


El príncipe feliz