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miércoles, 5 de septiembre de 2018
La reencarnación
Nací el día cinco de septiembre de 1890 en un suburbio de Londres. Allí mi madre ejerció de prostituta hasta que murió de sífilis cuando yo tenía cinco años. Me había engendrado con una deformidad en la cara. Tenía el ojo derecho medio entornado, una prominente boca de pez y una frente especialmente abombada.
Al desconocer la identidad de mi padre y carecer de más familia que mi difunta madre, me encerraron en diferentes orfanatos de la caridad hasta que cumplí la mayoría de edad. Por lo general, en mi nuevo hogar sólo recibí desprecio y maltrato a causa de mi malformación por parte de otros niños y las monjas a cuyo cuidado estaba.
Pero a los trece años todo cambió para mí. De pronto las religiosas me invitaban a yacer en sus celdas y, por prodigarles ciertos favores, me premiaban luego con las mejores viandas, los jabones más perfumados y ropas nuevas o seminuevas. Me confesaban admiradas que la naturaleza me había dotado de grandes atributos y que había nacido para hacerlas felices. El caso es que yo, incluso ahora, me sentía sucio, utilizado, un ser destinado únicamente a dar placer a los demás pero a no probar jamás las mieles de llegar a ser querido por alguien. Un terrible sino. ¿Por qué? ¿Tan monstruoso resultaba a la vista del mundo? ¿Acaso la naturaleza no me había dotado también de un alma sensible, amorosa y exquisita?
Como no me habían enseñado oficio alguno, me vi impelido al salir del orfanato a ejercer las únicas artes que conocía y que ya dominaba con creces a decir de las hermanas, prioras e incluso otras féminas que habían guardado cola pacientemente en el orfanato esperando recibir por primera vez o repetir mis codiciados servicios. Eso sí, pagando previamente una cuota a las novicias de Dios que, además de servir a su Señor en alma se dedicaban con tanta o más devoción a otros menesteres más carnales y terrenales. Que por lo que parece el cuerpo y el alma no están tan reñidos.
Entre mis dones se contaba una fecundidad sin precedentes, según descubrí para mi sorpresa en el último orfanato. Pues, como me enteraría por casualidad a través de los rumores acallados que circulaban por los pasillos del hospicio, me había granjeado la fama de ser el mejor semental del país hasta el punto que se me rifaban las mujeres cuyos maridos ricos eran incapaces de preñarlas. De este modo, deduje por qué para atender determinados servicios, mis queridas monjitas me obligaban a cubrir el rostro con una bella máscara de Adonis. A veces todavía me sonrío pensando cuántos niños y niñas que pasean vestidos elegantemente por las calles de Londres en carrito o de la mano de una institutriz, serán mis hijos y cuántos se me parecerán.
Como ya he dicho acabé viviendo de la prostitución en el mismo suburbio que nací y ejerció mi pobre madre, que en paz descanse. Después de años de dedicarme a estos bajos menesteres, mi fama creció en ciertos círculos, no me faltaron, por tanto, clientas ni clientes pero curiosamente tampoco nunca me sobró el dinero ni conseguí conquistar el corazón de ninguna mujer. Únicamente se mostraban interesadas por disfrutar de mis dones y artes y, cuando ocultaba mi rostro tras una máscara, sentían sólo curiosidad por desvelar mis facciones. A decir verdad, en todos esos años de larga soledad, a nadie le pareció importarle mi persona. Hasta que un buen día o más bien una noche, cayó por mi humilde casa y burdel una dama de mucha cultura y compasión, lady Brown, que supo escuchar mis lamentos y quiso ayudarme. Por lo que me invitó a participar en una sesión de espiritismo con el fin de averiguar la razón de mi desdichado destino.
Esa noche me vestí con una levita que había alquilado lady Brown para la ocasión. Iba hecho un Apolo (aunque, claro, me abstuve de asistir con el rostro enmascarado), de un elegante y riguroso negro, incluidos el top hat o sombrero de copa y los guantes.
Cuando el espiritista preguntó quién quería participar en la tercera y última sesión, pude esta vez reunir suficiente valor para alzar aunque tímidamente mi mano enguantada. Temí por un momento que no me hubiera visto porque el hombre continuó una rato más paseando en silencio su mirada escrutadora por toda la sala. En cuanto divisó mi mano, algo temblorosa en esos instantes por la emoción que me embargaba, me interrogó con quién quería contactar y qué quería saber. Le contesté que deseaba que se comunicara con el espíritu de mi anterior vida porque me intrigaba conocer qué tipo de tropelías habría cometido para merecerme ahora una existencia tan desafortunada.
Acto seguido el espiritista se sentó nuevamente sobre una silla de enea y se interesó por saber mi fecha y lugar de nacimiento. Luego guardó silencio, como había hecho en las dos ocasiones anteriores. Los presentes volvieron a permanecer callados y a contener la respiración, preparados para escuchar una nueva revelación sorprendente.
Después de un tenso minuto de silencio, al espiritista le empezó a temblar nuevamente el bigote, como si sufriera un tic nervioso totalmente incontrolable por su voluntad. Y entonces comenzó a emitir los primeros sonidos guturales, profundos, cavernosos aunque aún indescifrables. Mientras, sus ojos se abrían y cerraban y se movían sin ton ni son, como si se encontrara en pleno sueño, mostrando cada vez que los abría el blanco de las cuencas oculares. Momento que muchos de los asistentes apartaban la mirada o cerraban los ojos.
-Espíritu de Georges en la otra vida, que feneciste el cinco de septiembre 1890, manifiéstate- clamó el hombre esta vez con su propia voz, más suave y terrenal, con un tono elevado.
Perezosamente, se fue abriendo camino la otra voz en la garganta del espiritista en forma de saludo confirmatorio de que estaba haciendo acto de presencia.
A la pregunta de cuál era su identidad, la voz gutural empezó a relatar:
-Viví en el barrio Whitechapel, un suburbio de Londres, hasta los trece años cuando mi madre, que era meretriz, murió asesinada.
-¿Cómo te llamas?- insistió en saber el espiritista.
-He pasado a la historia como Jack, Jack el Destripador - de pronto se oyó en la habitación un pequeño revuelo de exclamaciones de horror-. A la primera furcia que maté y ultrajé fue a la que decía ser mi madre – de pronto los sobresaltos y gritos de terror recorrieron la sala de extremo a extremo-. Pero dudo mucho que lo fuera. Imposible. Si no jamás la hubiera deseado. Ella fue la culpable de que violara y matara (o matara o violara) a otras prostitutas que se parecían a ella.
Por un momento la habitación se sumió en un súbito y denso silencio. Poco después resonaron las risotadas de ultratumba de Jack que hicieron temblar hasta las paredes.
-Ja, ja, ja…En verdad, desde que la maté me parecía estar viendo de nuevo a mi madre cada vez que me cruzaba con una furcia por la calle. Y sentía que tenía que poseerlas, matarlas, ensañarme con ellas. Y las asesinaba porque me atormentaba que pudieran gozar… que yo pudiera desear a mi propia madre. Por eso me arrepentía al momento y descuartizaba sus cuerpos, para no desearlas más, borrarlas de mi mente, verlas como despojos irreconocibles y poder convertirlas en objeto de mi desprecio. Y así tratar de redimir el poder que ejercían sobre mí como una de las más terribles y placenteras maldiciones. Pero cuanto más las descarnaba, más parecía que sucumbía al influjo de sus cantos de sirena.
jueves, 25 de junio de 2015
Y el deseo se hizo carne
Yo era de esa clase de niñas soñadoras que recolectaban conchas en verano y bailaban a escondidas en el patio de casa. De aquellas niñas que en la alborada de su adolescencia emulaban a las Mamachicho. De esas chicas que descubren un día que su vecino la espía. Que me espía no sólo cuando bailo en el patio de mi casa de verano. Si no también mientras camino por el paseo marítimo, me siento a tomar un refresco en algún chiringuito, me bronceo y baño en la playa o me pierdo de noche por algún pueblo cercano que celebra sus fiestas patronales. Pero lejos de violentarme el control remoto que Marcelo parecía ejercer sobre mí yo me mostraba segura y extrañamente coqueta.
Ahora soy de esas mujeres entrada en los cuarenta, divorciada, con dos hijos, que conserva en naftalina un puñado de sueños y algunas conchas viejas en la casa familiar de la costa andaluza que atestiguan un tiempo pasado feliz. Es agosto y nuestro taxi se detiene en ese punto exacto de mi memoria infantil. Al salir me faltan manos. Portar un par de maletas y bregar al mismo tiempo con Isma y Marta, de 7 y 5 años, bajo un sol de justicia supera el límite de mi aguante. Me detengo unos segundos a mitad de camino para coger aire cuando de pronto cae sobre mí el peso acuciante, protector de unos ojos conocidos. Me resisto a levantar la mirada. Tal vez la imaginación, el recuerdo o quién sabe el cansancio, el hartazgo del presente han vuelto a activar el reflejo automático aprendido hace tantos años.
Supe que se trataba de Marcelo un par de días más tarde cuando coincidimos en las fiestas del pueblo vecino. Surgió de súbito entre el gentío, las casetas de pinchos morunos, la neblina y el estruendo de las tracas de pólvora. Lo miré muy sorprendida y algo sofocada. Nos saludamos e intercambiamos a gritos unas palabras. Logro entender que se ha separado y que sus hijos viven con su ex mujer. Han pasado veintiocho años desde el último verano que nos vimos. A los catorce años se enroló en sucesivas campañas estivales de excavaciones arqueológicas, al principio terrestres y luego submarinas.
Hablamos tan cerca que puedo sentir el hálito caliente de sus palabras, su olor a cerveza, el cosquilleo de sus vibraciones en mi oído. Su proximidad empieza a resultarme excitante y peligrosa. Por un momento el leve contacto de su vello con mi brazo hace que salten chispas de mi piel. Aparto el brazo rápidamente abrumada por el deseo contradictorio de dejarme seducir y de escapar al mismo tiempo. Doy un paso atrás y me cruzo con sus ojos. Unos ojos negros aún más profundos bajo la luz de la luna y la humareda de la pólvora. Una mirada que me llama a voces, que me tienta, me cautiva. No puede ser, me digo, me repito a mí misma y me despido torpe, abruptamente. Tropiezo con la gente mientras busco con ansiedad a mi prima para que me lleve de vuelta a casa.
La mañana del martes salgo a correr por la playa. De regreso por la avenida principal Los Pinos su mirada gitana se desploma sobre mí desde lo alto como el rayo más luminoso y fulminante de la mañana. Miro con disimulo y lo localizo reclinado sobre la barandilla azul de la casa de sus padres en la misma postura que lo recordaba cuando me espiaba bailando. Sabe que le observo porque de pronto se inclina un poco más acodándose en la baranda y silba mientras enfilo cansada la calle Cruces, abro y cierro el pestillo de la verja de casa.
Nuestros caminos confluyen la mañana siguiente por la pineda que conduce al paseo marítimo. Corremos un rato en paralelo, acompasados sin decirnos nada. Mi respiración se acelera y siento flato pero continúo corriendo. Al llegar a la playa me refresco la cara en una ducha y me seco con el borde sudado de la camiseta. Me suelto la coleta. Balanceo el pelo de un lado a otro, aliviada, liberada. Los ojos de Marcelo se clavan en mi camiseta empapada y luego se cuelan por el escote. Me cruzo de brazos un tanto ruborizada mientras nuestros pasos horadan la arena. A estas horas la playa está prácticamente desierta de bañistas.
Al llegar a la orilla nos descalzamos y seguimos caminando dejándonos sorprender por el frío batir de las olas. Esquivamos poco después entre risas los hilos transparentes de un par de cañas de pescar separadas apenas un metro y medio la una de la otra. Habríamos recorrido un quilómetro cuando arribamos al final de la playa, donde el agua se recoge en el recodo íntimo de una cala. Marcelo corre de pronto jovial y espontáneo como el niño que un día conocí. Se detiene frente a la roca grande amurallada de la caleta, se agacha y palpa la piedra por debajo del agua buscando probablemente mejillones entre sus oquedades. Sin levantarse, me dice alegre y lacónico:
-¿Te acuerdas?
Por unos instantes nuestros ojos destellan al recobrar la ilusión de cuando éramos niños y adolescentes y veníamos a coger mejillones y cuantos tesoros enterrara la arena, arrastrara el mar a la orilla o anidara en la roca. Claro que me acordaba Eran pedazos de mí que aún vivían en la memoria. De aquellas expediciones marinas conservaba además tres conchas y un guijarro blanco perforado que me había regalado Marcelo el último verano. Una piedra que se deshacía como el polvo por las hendiduras del tiempo. Por la larga espera.
Arrastrada por su entusiasmo y la evocación de aquellos lejanos días compartidos me acerqué y me uní a él en la tarea de hallar moluscos. Apenas había y los que encontramos eran minúsculos, benjamines. El turismo masivo y la pesca furtiva de las últimas décadas provocaban esos efectos dañinos sobre el ecosistema. Exhalé un suspiro de desilusión y añoranza. Viendo Marcelo que la tristeza nublaba por un momento la expresión de mi cara, añadió:
-El mundo cambia. La vida es devenir. El tiempo fluye pero siempre queda algo de su paso, su huella indeleble. Queda el cauce de nuestra memoria que vuelve a llenar el río de agua, guijarros y truchas, de juncos su orilla y de ninfas y seres imaginarios su fondo.
Aparté la mirada por temor a que vislumbrara en ella la tonta fantasía, la ridícula nostalgia que abrigaba desde la adolescencia de llegar a querernos algún día. Porque Marcelo estaba en lo cierto: hay parte del pasado y de los sueños que no mueren jamás. Que incluso pueden ser tan poderosos y reales o más que el presente. Yo, coleccionista de caracolas, me reconocí enseguida en esa bella y turbadora imagen de buceadora de tiempos y sueños.
Mi incomodidad porque pudiera descubrir mi secreto me apremió de pronto a dar media vuelta y desandar el camino recorrido. No habría dado más de un par de pasos cuando me incliné a recoger de la arena una concha moteada. Y me detuve a inspeccionarla con aire admirativo de espaldas a Marcelo. De súbito todo mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de sus manos frías y húmedas sobre mis hombros desnudos y ardientes. Los acarició durante unos segundos sin prisas, con suavidad. Yo me quedé inexplicablemente petrificada como si la amalgama de arena, agua y salitre hubiera fundido mis pies en una peana invisible. El aliento cálido y subyugante de Marcelo erizaba la piel de mi nuca, cuello, espalda al mismo tiempo que la brisa marina revolvía mi cabello y lo salpicaba de gotas de agua.
No sé cómo de repente me giró igual que una peonza y, cediendo al peso del deseo, caímos en la arena, abrazados, uno encima del otro. Nuestros labios se encontraron y besaron sensuales, perezosos, sin urgencia. Sentía su pecho palpitar sobre mí, el frenesí de la pasión anunciándose, el hormigueo rugoso de la arena crujiendo en mi espalda. Sin dejar de explorar mi boca, Marcelo me acarició el brazo y luego quiso entrelazar su mano a la mía. Pero yo seguía inexpugnable con el puño cerrado aferrando la concha que había encontrado, protegiendo mi tesoro. Con amorosa y paciente constancia logró que abriera cada uno de mis cinco dedos. Y arrebatándome el caparazón del bivalvo lo arrojó de pronto al mar.
Contrariada desvié la mirada por unos segundos hacia el horizonte azul esquivando la boca ávida de Marcelo. Pero él deslizó su lengua suave y húmeda por mi cuello venciendo mi resistencia una vez más. Ahora quería fundirme en sus labios, sus brazos, su cintura con la vehemencia, la furia de un caballo salvaje liberado tras un largo cautiverio. Mis labios se deleitaron en su frente, sus mejillas, sus párpados entrecerrados. Y luego recorrieron su mentón recién rasurado, su vigoroso y ancho cuello con sabor a mar. Me perdí durante un rato en el nacimiento de su pecho terso, sin apenas vello y más bien corpulento. Mi boca, mis ojos, mis manos ansían continuar explorando, sentir cada milímetro del cauce de su cuerpo. Adentrarse por primera vez en su selva virgen, el jardín prohibido de Marcelo como si el paraíso, la única felicidad posible en ese instante, se concentrara en su cuerpo. Beber de su boca, mordisquear el lóbulo de su oreja, tierno y sensible, dibujar con la lengua el delicado redondel de su ombligo. Descubrir un lunar justo encima constituye para mí en esos instantes una fuente inagotable de placeres insospechados, de dulzura y sensualidad innombrables. Sus brazos de pronto me acogen firmes y amorosos y me dejo acurrucar en el regazo de su pecho. Mi piel respira su aliento cálido y ubicuo como la brisa marina. Mis manos se deslizan por el hueco de su cintura y se hunden en la profundidad de sus nalgas que semejan rocas cubiertas de algas suaves sumergidas en el fondo del mar.
A la curiosidad y necesidad de conocer a Marcelo, le siguió el imperioso deseo de unirme a él en carne y en espíritu. Me apreté contra él. Quería sentirlo tan cerca como mi propia piel. Romper las últimas fronteras que separaban nuestros cuerpos. La frontera de nuestra epidermis para que su piel fuera mi piel. Que su hálito se confundiera con mi hálito, que mi boca exhalara sus gemidos. Pero antes de que el deseo extinguiera la última pavesa que alumbraba mi razón y dejarme arrastrar hacia la más absoluta de las locuras, mi mente garabateó una rápida composición de lugar y situación. Estábamos en la playa a la vista de los primeros bañistas del día, muchos de ellos acompañados de menores. Marcelo captando al momento mi repentina conciencia de vergüenza me alzó inesperadamente en brazos. Yo hundí mi rostro en su torso sabiendo de antemano adónde me llevaba. Su respirar ya de por sí agitado resollaba en mi oído mientras se alejaba de la playa y su hipnótico murmullo. Empecé a cubrirle de besos cuando ascendía, como yo había anticipado, por el cerro. Besos por la piel delicada de su cuello, besos en su hombro, su tórax pétreo y erizado por el sobreesfuerzo y la excitación. Besos, un océano de besos en su boca exhausta pero insaciable y jugosa.
Una vez en lo alto del cerro, recorrió con dificultad los últimos cincuenta metros. Después agachándose se dispuso a entrar conmigo en brazos en la cueva que de niños nos servía de refugio y lugar de juego. Por mucho cuidado y atención que puso en el empeño, mi pie izquierdo rozó la pared rasposa de la roca. Me quejé riendo y él tambaleante e hilarante estuvo a punto de dejarme caer de bruces.
Me recuesta sobre la tierra batida y me besa mirándome a los ojos bajo la tenue e íntima luz que se cuela por la recoleta gruta. Sus besos son tranquilos, sensuales, exploradores, intensos. Yo me impregno poco a poco de sus labios, de la textura suave y húmeda de su piel, su sabor, su olor a sudor y mar salada. Me recreo en su labio inferior, viajo de una comisura a otra, sintiendo el calor, el fuego de toda la superficie de su piel entregada, inflamada por el deseo y el amor. Las yemas de mis dedos delinean el contorno de su boca exuberante, recorren tranquilas cada una de las líneas verticales que la franquean, rastrean con deleite todos los caminos que confluyen en su boca, esa fuente y sumidero inagotable de placer y regocijo. Y luego lo beso con extrema dulzura asiéndolo por el mentón, acercándolo un poco más hacia mí. Acoto y sello el perfil de su boca, sus labios, los caminos trazados, recién aprendidos por mis dedos. Rozo su perilla y un estremecimiento me incita, me apremia a besarlo con más ímpetu, imperativamente.
Lo miro durante un instante sobrexcitada, enfebrecida por su contacto tan próximo, por mi sed desbocada, por el deseo quemando en sus ojos. Y él sin dejar de mirarme, se desprende de su camiseta, la dobla y solícito y amoroso me la coloca como almohada. Se reclina y siento su olor sobre mí, su torso resplandeciente, sudoroso y bello mientras se acomoda en mi cadera, en la cavidad de mi vientre. Lo abrazo y le acaricio la espalda, el hueco bien definido y firme de su cintura. Mis manos después se dirigen decididas hacia las suaves y sólidas mesetas de sus nalgas y masajean su redondez. Noto cómo su deseo va creciendo bajo mi abdomen. Me muestro confiada, libre para amarle sin ataduras, sin tapujos. Porque este encuentro y los tres sucesivos que tendríamos para mí son mucho más que meros escarceos. Marcelo transciende lo meramente físico. Es carne y espíritu.
Marcelo residía en Alicante y viajaba mucho por España y el extranjero impartiendo conferencias sobre arqueología submarina. Precisamente el sábado siguiente partía para Gijón. Una lástima porque aparte del placer que compartimos, sabía que de un modo u otro había amado a ese hombre desde el día, ya lejano, que lo sorprendí espiándome. Desde aquella tarde que nos despedimos me acompañaría la sospecha de que los sueños, en caso de materializarse, sólo se cumplen una vez. Que el deseo se hace carne y espíritu una vez en la vida. Porque en medio de las promesas románticas que declaramos al viento y al oleaje, tuve el pálpito de que tardaríamos muchos años en volvernos a ver de nuevo. Pero supe que nunca olvidaría lo que vivimos juntos aquel verano, que la voluntad de mi memoria se rebelaría contra las leyes inexorables del tiempo, ese tiempo que al devenir pasado se proclama olvidadizo, se rebela siempre fugitivo, huero como el interior de mis conchas y esas piedras que se empeñan en deshacerse y desaparecer un día definitivamente.
Ahora soy de esas mujeres entrada en los cuarenta, divorciada, con dos hijos, que conserva en naftalina un puñado de sueños y algunas conchas viejas en la casa familiar de la costa andaluza que atestiguan un tiempo pasado feliz. Es agosto y nuestro taxi se detiene en ese punto exacto de mi memoria infantil. Al salir me faltan manos. Portar un par de maletas y bregar al mismo tiempo con Isma y Marta, de 7 y 5 años, bajo un sol de justicia supera el límite de mi aguante. Me detengo unos segundos a mitad de camino para coger aire cuando de pronto cae sobre mí el peso acuciante, protector de unos ojos conocidos. Me resisto a levantar la mirada. Tal vez la imaginación, el recuerdo o quién sabe el cansancio, el hartazgo del presente han vuelto a activar el reflejo automático aprendido hace tantos años.
Supe que se trataba de Marcelo un par de días más tarde cuando coincidimos en las fiestas del pueblo vecino. Surgió de súbito entre el gentío, las casetas de pinchos morunos, la neblina y el estruendo de las tracas de pólvora. Lo miré muy sorprendida y algo sofocada. Nos saludamos e intercambiamos a gritos unas palabras. Logro entender que se ha separado y que sus hijos viven con su ex mujer. Han pasado veintiocho años desde el último verano que nos vimos. A los catorce años se enroló en sucesivas campañas estivales de excavaciones arqueológicas, al principio terrestres y luego submarinas.
Hablamos tan cerca que puedo sentir el hálito caliente de sus palabras, su olor a cerveza, el cosquilleo de sus vibraciones en mi oído. Su proximidad empieza a resultarme excitante y peligrosa. Por un momento el leve contacto de su vello con mi brazo hace que salten chispas de mi piel. Aparto el brazo rápidamente abrumada por el deseo contradictorio de dejarme seducir y de escapar al mismo tiempo. Doy un paso atrás y me cruzo con sus ojos. Unos ojos negros aún más profundos bajo la luz de la luna y la humareda de la pólvora. Una mirada que me llama a voces, que me tienta, me cautiva. No puede ser, me digo, me repito a mí misma y me despido torpe, abruptamente. Tropiezo con la gente mientras busco con ansiedad a mi prima para que me lleve de vuelta a casa.
La mañana del martes salgo a correr por la playa. De regreso por la avenida principal Los Pinos su mirada gitana se desploma sobre mí desde lo alto como el rayo más luminoso y fulminante de la mañana. Miro con disimulo y lo localizo reclinado sobre la barandilla azul de la casa de sus padres en la misma postura que lo recordaba cuando me espiaba bailando. Sabe que le observo porque de pronto se inclina un poco más acodándose en la baranda y silba mientras enfilo cansada la calle Cruces, abro y cierro el pestillo de la verja de casa.
Nuestros caminos confluyen la mañana siguiente por la pineda que conduce al paseo marítimo. Corremos un rato en paralelo, acompasados sin decirnos nada. Mi respiración se acelera y siento flato pero continúo corriendo. Al llegar a la playa me refresco la cara en una ducha y me seco con el borde sudado de la camiseta. Me suelto la coleta. Balanceo el pelo de un lado a otro, aliviada, liberada. Los ojos de Marcelo se clavan en mi camiseta empapada y luego se cuelan por el escote. Me cruzo de brazos un tanto ruborizada mientras nuestros pasos horadan la arena. A estas horas la playa está prácticamente desierta de bañistas.
Al llegar a la orilla nos descalzamos y seguimos caminando dejándonos sorprender por el frío batir de las olas. Esquivamos poco después entre risas los hilos transparentes de un par de cañas de pescar separadas apenas un metro y medio la una de la otra. Habríamos recorrido un quilómetro cuando arribamos al final de la playa, donde el agua se recoge en el recodo íntimo de una cala. Marcelo corre de pronto jovial y espontáneo como el niño que un día conocí. Se detiene frente a la roca grande amurallada de la caleta, se agacha y palpa la piedra por debajo del agua buscando probablemente mejillones entre sus oquedades. Sin levantarse, me dice alegre y lacónico:
-¿Te acuerdas?
Por unos instantes nuestros ojos destellan al recobrar la ilusión de cuando éramos niños y adolescentes y veníamos a coger mejillones y cuantos tesoros enterrara la arena, arrastrara el mar a la orilla o anidara en la roca. Claro que me acordaba Eran pedazos de mí que aún vivían en la memoria. De aquellas expediciones marinas conservaba además tres conchas y un guijarro blanco perforado que me había regalado Marcelo el último verano. Una piedra que se deshacía como el polvo por las hendiduras del tiempo. Por la larga espera.
Arrastrada por su entusiasmo y la evocación de aquellos lejanos días compartidos me acerqué y me uní a él en la tarea de hallar moluscos. Apenas había y los que encontramos eran minúsculos, benjamines. El turismo masivo y la pesca furtiva de las últimas décadas provocaban esos efectos dañinos sobre el ecosistema. Exhalé un suspiro de desilusión y añoranza. Viendo Marcelo que la tristeza nublaba por un momento la expresión de mi cara, añadió:
-El mundo cambia. La vida es devenir. El tiempo fluye pero siempre queda algo de su paso, su huella indeleble. Queda el cauce de nuestra memoria que vuelve a llenar el río de agua, guijarros y truchas, de juncos su orilla y de ninfas y seres imaginarios su fondo.
Aparté la mirada por temor a que vislumbrara en ella la tonta fantasía, la ridícula nostalgia que abrigaba desde la adolescencia de llegar a querernos algún día. Porque Marcelo estaba en lo cierto: hay parte del pasado y de los sueños que no mueren jamás. Que incluso pueden ser tan poderosos y reales o más que el presente. Yo, coleccionista de caracolas, me reconocí enseguida en esa bella y turbadora imagen de buceadora de tiempos y sueños.
Mi incomodidad porque pudiera descubrir mi secreto me apremió de pronto a dar media vuelta y desandar el camino recorrido. No habría dado más de un par de pasos cuando me incliné a recoger de la arena una concha moteada. Y me detuve a inspeccionarla con aire admirativo de espaldas a Marcelo. De súbito todo mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de sus manos frías y húmedas sobre mis hombros desnudos y ardientes. Los acarició durante unos segundos sin prisas, con suavidad. Yo me quedé inexplicablemente petrificada como si la amalgama de arena, agua y salitre hubiera fundido mis pies en una peana invisible. El aliento cálido y subyugante de Marcelo erizaba la piel de mi nuca, cuello, espalda al mismo tiempo que la brisa marina revolvía mi cabello y lo salpicaba de gotas de agua.
No sé cómo de repente me giró igual que una peonza y, cediendo al peso del deseo, caímos en la arena, abrazados, uno encima del otro. Nuestros labios se encontraron y besaron sensuales, perezosos, sin urgencia. Sentía su pecho palpitar sobre mí, el frenesí de la pasión anunciándose, el hormigueo rugoso de la arena crujiendo en mi espalda. Sin dejar de explorar mi boca, Marcelo me acarició el brazo y luego quiso entrelazar su mano a la mía. Pero yo seguía inexpugnable con el puño cerrado aferrando la concha que había encontrado, protegiendo mi tesoro. Con amorosa y paciente constancia logró que abriera cada uno de mis cinco dedos. Y arrebatándome el caparazón del bivalvo lo arrojó de pronto al mar.
Contrariada desvié la mirada por unos segundos hacia el horizonte azul esquivando la boca ávida de Marcelo. Pero él deslizó su lengua suave y húmeda por mi cuello venciendo mi resistencia una vez más. Ahora quería fundirme en sus labios, sus brazos, su cintura con la vehemencia, la furia de un caballo salvaje liberado tras un largo cautiverio. Mis labios se deleitaron en su frente, sus mejillas, sus párpados entrecerrados. Y luego recorrieron su mentón recién rasurado, su vigoroso y ancho cuello con sabor a mar. Me perdí durante un rato en el nacimiento de su pecho terso, sin apenas vello y más bien corpulento. Mi boca, mis ojos, mis manos ansían continuar explorando, sentir cada milímetro del cauce de su cuerpo. Adentrarse por primera vez en su selva virgen, el jardín prohibido de Marcelo como si el paraíso, la única felicidad posible en ese instante, se concentrara en su cuerpo. Beber de su boca, mordisquear el lóbulo de su oreja, tierno y sensible, dibujar con la lengua el delicado redondel de su ombligo. Descubrir un lunar justo encima constituye para mí en esos instantes una fuente inagotable de placeres insospechados, de dulzura y sensualidad innombrables. Sus brazos de pronto me acogen firmes y amorosos y me dejo acurrucar en el regazo de su pecho. Mi piel respira su aliento cálido y ubicuo como la brisa marina. Mis manos se deslizan por el hueco de su cintura y se hunden en la profundidad de sus nalgas que semejan rocas cubiertas de algas suaves sumergidas en el fondo del mar.
A la curiosidad y necesidad de conocer a Marcelo, le siguió el imperioso deseo de unirme a él en carne y en espíritu. Me apreté contra él. Quería sentirlo tan cerca como mi propia piel. Romper las últimas fronteras que separaban nuestros cuerpos. La frontera de nuestra epidermis para que su piel fuera mi piel. Que su hálito se confundiera con mi hálito, que mi boca exhalara sus gemidos. Pero antes de que el deseo extinguiera la última pavesa que alumbraba mi razón y dejarme arrastrar hacia la más absoluta de las locuras, mi mente garabateó una rápida composición de lugar y situación. Estábamos en la playa a la vista de los primeros bañistas del día, muchos de ellos acompañados de menores. Marcelo captando al momento mi repentina conciencia de vergüenza me alzó inesperadamente en brazos. Yo hundí mi rostro en su torso sabiendo de antemano adónde me llevaba. Su respirar ya de por sí agitado resollaba en mi oído mientras se alejaba de la playa y su hipnótico murmullo. Empecé a cubrirle de besos cuando ascendía, como yo había anticipado, por el cerro. Besos por la piel delicada de su cuello, besos en su hombro, su tórax pétreo y erizado por el sobreesfuerzo y la excitación. Besos, un océano de besos en su boca exhausta pero insaciable y jugosa.
Una vez en lo alto del cerro, recorrió con dificultad los últimos cincuenta metros. Después agachándose se dispuso a entrar conmigo en brazos en la cueva que de niños nos servía de refugio y lugar de juego. Por mucho cuidado y atención que puso en el empeño, mi pie izquierdo rozó la pared rasposa de la roca. Me quejé riendo y él tambaleante e hilarante estuvo a punto de dejarme caer de bruces.
Me recuesta sobre la tierra batida y me besa mirándome a los ojos bajo la tenue e íntima luz que se cuela por la recoleta gruta. Sus besos son tranquilos, sensuales, exploradores, intensos. Yo me impregno poco a poco de sus labios, de la textura suave y húmeda de su piel, su sabor, su olor a sudor y mar salada. Me recreo en su labio inferior, viajo de una comisura a otra, sintiendo el calor, el fuego de toda la superficie de su piel entregada, inflamada por el deseo y el amor. Las yemas de mis dedos delinean el contorno de su boca exuberante, recorren tranquilas cada una de las líneas verticales que la franquean, rastrean con deleite todos los caminos que confluyen en su boca, esa fuente y sumidero inagotable de placer y regocijo. Y luego lo beso con extrema dulzura asiéndolo por el mentón, acercándolo un poco más hacia mí. Acoto y sello el perfil de su boca, sus labios, los caminos trazados, recién aprendidos por mis dedos. Rozo su perilla y un estremecimiento me incita, me apremia a besarlo con más ímpetu, imperativamente.
Lo miro durante un instante sobrexcitada, enfebrecida por su contacto tan próximo, por mi sed desbocada, por el deseo quemando en sus ojos. Y él sin dejar de mirarme, se desprende de su camiseta, la dobla y solícito y amoroso me la coloca como almohada. Se reclina y siento su olor sobre mí, su torso resplandeciente, sudoroso y bello mientras se acomoda en mi cadera, en la cavidad de mi vientre. Lo abrazo y le acaricio la espalda, el hueco bien definido y firme de su cintura. Mis manos después se dirigen decididas hacia las suaves y sólidas mesetas de sus nalgas y masajean su redondez. Noto cómo su deseo va creciendo bajo mi abdomen. Me muestro confiada, libre para amarle sin ataduras, sin tapujos. Porque este encuentro y los tres sucesivos que tendríamos para mí son mucho más que meros escarceos. Marcelo transciende lo meramente físico. Es carne y espíritu.
Marcelo residía en Alicante y viajaba mucho por España y el extranjero impartiendo conferencias sobre arqueología submarina. Precisamente el sábado siguiente partía para Gijón. Una lástima porque aparte del placer que compartimos, sabía que de un modo u otro había amado a ese hombre desde el día, ya lejano, que lo sorprendí espiándome. Desde aquella tarde que nos despedimos me acompañaría la sospecha de que los sueños, en caso de materializarse, sólo se cumplen una vez. Que el deseo se hace carne y espíritu una vez en la vida. Porque en medio de las promesas románticas que declaramos al viento y al oleaje, tuve el pálpito de que tardaríamos muchos años en volvernos a ver de nuevo. Pero supe que nunca olvidaría lo que vivimos juntos aquel verano, que la voluntad de mi memoria se rebelaría contra las leyes inexorables del tiempo, ese tiempo que al devenir pasado se proclama olvidadizo, se rebela siempre fugitivo, huero como el interior de mis conchas y esas piedras que se empeñan en deshacerse y desaparecer un día definitivamente.
miércoles, 11 de febrero de 2015
2099:viaje al exoplaneta Excesius. Parte III y última
La nave EcoHispania IV recorre
solitaria la ignota galaxia Dioscuros. Una hora más tarde se dispone a
aterrizar en el sur de Excelsius, su cara visible. Tienen suerte, aún no se ha
ocultado el sol. Y pueden ver un campo de dunas y rocas de hielo, envuelto por
una niebla baja de un color gris blanquecino. Como si el exoplaneta viviera de
continuo abrumado por la amenaza de una lluvia torrencial que nunca acabara de desatarse.
Un cielo melancólico, exiliado en un mundo sin apenas claridad. Porque aquí los
días se suceden presurosos, efímeros como espejismos de luz que se desvanecen
en ciento treinta minutos. Para luego caer en un gélido y profundo sueño de
veinte horas.
Registra una gravidez
superior a la de la Tierra. Su temperatura ambiental marca -40 grados
centígrados. Su atmósfera se compone de dióxido de carbono, nitrógeno,
hidrógeno, monóxido de carbono, amoníaco y metano. Y carece de oxígeno. Un
ambiente irrespirable semejante al de la Tierra primigenia.
Xavier elige una
extensa llanura de nieve granulada pero al ir a posarse el vehículo se tambalea
inesperadamente. A sus pies se ha abierto una profunda sima helada. Hace
equilibrios para no caer y, elevándose
de nuevo, prueba de aterrizar unos metros más adelante con igual resultado. Sin
embargo, en este segundo intento los astronautas descubren que el cráter entierra
algo más que témpanos. “¿Minerales? ¿Hidrocarburos?”-se preguntan intrigados.
Como las dunas
corredizas les impiden aparcar en un lugar estable, permanecen en el aire
mientras envían a los androides a explorar la zona. Los tres robots saltan
dentro de la segunda sima y descienden ralentizados uno tras otro sus ochenta
metros de profundidad como si se ayudaran con paracaídas. El humanoide rubio
guarda en su concavidad abdominal un bote hermético que contiene muestras de
hielo. El moreno recoge y agrupa varios fósiles de animales vertebrados e
invertebrados que ha localizado en la capa superior de la depresión. Dos de
ellos son calaveras completas que pertenecen a diferentes especies cuyo volumen
craneal recuerda al del Homo sapiens. El tercer androide se encarga de sondear
el terreno y extraer materia descompuesta para su análisis y datación.
Xavier y Rocío
determinan que los huesos tienen más de un milenio. El hielo es en realidad
litio cristalizado. Y descubren amoníaco, metano y dióxido de carbono en el
subsuelo, fruto de la descomposición de bacterias, plantas, animales y sus
desechos a lo largo de millones de años. Lo más esperanzador, con todo, es que
detectan residuos de agua, muy ínfimos pero al fin y al cabo agua. Hallazgos
que les lleva a conjeturar que también hubo hace mucho tiempo vida vegetal. Los
científicos se encierran en un silencio larvado de quimeras imposibles, de
hipótesis inverosímiles. “¿Qué es lo que propició la evolución hacia formas de
vida complejas y anaerobias, algunas de ellas presumiblemente inteligentes, a
partir de dióxido de carbono y en ausencia de oxígeno?” Andan tan abstraídos
cavilando que se han olvidado por completo de Gorka y Almudena.
Hace ya horas que ha
oscurecido cuando se despiertan y resuelven tomar rumbo hacia la cara oculta de
Excelsius. La zona norte registra una temperatura más moderada, 0 grados. Al estar
situada a mayor distancia de su núcleo que el hemisferio sur, donde sufre un importante
achatamiento, aquí el peso de la gravedad es inferior. Al cabo de unos minutos
amanece con el tímido resplandor de una cerilla. La niebla ha desaparecido. La
temperatura asciende hasta alcanzar los 5 grados. El aire mira cristalino, misterioso,
levemente rosáceo como si se hubiera impregnado del rubor de un lejano crepúsculo.
Un ambiente cálido y ensoñador que, sin embargo, alberga un paisaje agreste,
invernal y telúrico dominado por moles de rocas agujeradas y grandes planicies salpicadas
por discretos oteros blancos de litio cristalizado. La vista no tropieza con ningún
árbol, matorral o planta silvestre. Pero hay algo de color oscuro de distinto
tamaño, con formas caprichosas, zoomórficas incluso, que parchea el camino
blanco. Lejos del roquedal descuella una imponente montaña nívea engastada al
parecer de granos de litio bruñidos por un sol deslucido, de mirar anciano,
lánguido. Una luz próxima a extinguirse.
Consiguen aterrizar al
primer intento en un solar llano y firme próximo al paraje de rocas. Los robots
inician su expedición por el roquedal. Los astronautas no salen de su asombro
mientras siguen sus movimientos desde la nave a través de las cámaras que
llevan incorporadas en sus receptores oculares. En la mayoría de cuevas que registran,
se encuentran cadáveres de animales pintorescos en avanzado estado de
descomposición o su esqueleto. Todos carnívoros y con una considerable
capacidad craneal. Identifican también los restos de las dos especies halladas
en la sima del sur que confirman que su talla es similar a la del Homo sapiens
pero de complexión más fuerte. Una especie tiene por extremidades superiores un
par de brazos a medio camino entre unas aletas, alas o tentáculos cubiertos de
cerdas oscuras al igual que su cabello. Mientras que en el otro animal apenas
se diferencia sus patas delanteras de
las traseras. Las inferiores acaban en forma de largas y curvilíneas uñas como
las de un felino y las manos recuerdan más a las de un simio. Por su volumen
encefálico presuponen que eran tan inteligentes o más que los humanos. Y,
además, deducen por su posición yacente que expiraron en lo que parece constituían
sus hogares u hospitales. Sin embargo, no hallan ningún vestigio de cultura en
forma de herramientas, escritura o arte.
La colección de osamentas
que se amontonan en las oquedades de la roca revela también que fenecieron en
masa en un breve lapso de tiempo. ¿Se debió a una catástrofe natural? ¿Fue un
meteorito?¿Tal vez la erupción de un volcán?¿Una guerra? No. Los cuerpos se
conservan intactos, no sufren quemaduras ni heridas. ¿Pero que murieran en su
cama significa que lo hicieron plácidamente? Intuyen con un escalofrío que
tampoco debió ser así.
Cierran los monitores y
aguardan callados el regreso de los androides. La imaginación de Xavier, sin
embargo, vuela ahora lejos, muy lejos de Excelsius y se sienta en las aulas de
la Universidad a recordar sus clases de física, química y biología. Repasa los
elementos de la tabla periódica y sus combinaciones. Luego recala en la
prehistoria y se cruza con los amos indiscutibles del mundo durante millones de
años, los dinosaurios. Descubre los primeros homínidos al abrigo de los árboles
de la sabana. Cuando se fusionaba en su mente el homo de Neandertal con el homo
sapiens y otra especie desconocida, horripilante en apariencia pero tan
inteligente e insólita que era capaz de transmitir a su prole los conocimientos
adquiridos y la cultura heredada genéticamente, una voz desafinada le conmina a
girar la cabeza al igual que a Rocío.
Almudena vuelve a formular
la misma pregunta:
-¿A qué esperáis a
enterrar a Gorka, o es que pretendéis embalsamarlo en la Tierra para que lo
veneren como un héroe nacional? No sé si lo sabéis pero está muerto- añadió encogiendo
los hombros tras advertir la muda reacción de sorpresa del hombre y la mujer.
La astrofísica de
Toledo no sólo ha recobrado la conciencia sino también su peculiar vis tragicómica.
Antes de organizar las
exequias de Gorka, deciden investigar la naturaleza de las extrañas manchas que
salpican el camino. Y descubren, no sin gran pavor, que se trata de costras que
ocultan más cuerpos sin vida. Una capa mucosa y maloliente que recuerda al
amoníaco, adherida a la piel gelatinosa, pelo, plumas, escamas o caparazón de los
cadáveres.
Más tarde, cuando los humanoides
excavan la montaña blanca, los astronautas confirman sus secretas sospechas. La
montaña resulta ser otra sepultura…el cementerio de cientos de seres
extraterrestres, hacinados allí precipitadamente por razones que desconocen. Rocío
aparta la vista. Pero sus ojos no pueden escapar de tanta desolación. De la
muerte que anida inhumada por capas de litio, rocas, pústulas bajo una luz pálida,
agonizante. La noche, esa negrura casi eterna
que lo cubrirá todo, acecha cerca, muy cerca con su lúgubre mortaja de hielo
para, una vez más, velar a sus muertos.
Apuran los últimos
destellos del sol para enterrar a su compañero en una fosa que cava en un
montículo el robot pelirrojo y que corona con una cruz unida por dos huesos. Reprimen
su deseo de salir fuera a despedirse de Gorka porque el Instituto Espacial
Surconfederado se lo ha prohibido expresamente. Y tras llorar su muerte y
asumir con tristeza que la infinitud del Universo seguía obstinándose en
arrinconar al hombre en una soledad sin salida, emprenden entre tinieblas el
camino de regreso a casa.
Los argonautas se
preparan para franquear la primera teleautopista. Las muertes del exobiólogo y del sueño de que Excelsius
albergara vida inteligente los mantiene, sin embargo, acogotados por el
silencio cósmico y un peso fúnebre. En cuanto Xavier y Almudena reconocen a su
madre galáctica, la alegría y las risas eclosionan de pronto como el nacimiento
de una nueva vida. Rocío tarda en unirse a ellos. Almudena se desliza y va en
busca de la chica. La desembaraza de su
protección y deja escapar un alarido de
horror que alerta a Xavier. El rostro de Rocío les mira fijamente con las
cuencas de los ojos vacías, sangrantes. No respira.
En su segunda escala,
los dos supervivientes enfundan sus cuerpos como quien trata de blindar su vida
confinándose en compañía de su enemigo letal en un búnker acorazado de grafeno.
Almudena siente un escalofrío de contrariedad y aprieta los párpados.
La astrofísica
despierta exultante tras superar con éxito la peligrosa travesía. Su felicidad
esta vez no está justificada tanto por el hecho de haber llegado a la Luna como
de haberse librado de una temible muerte. Sin embargo, demora hasta el momento
que se restablece la gravidez enfrentarse a la suerte que ha deparado a su
compañero.
El recuerdo de Rocío
acompaña sus pasos vacilantes, la respiración entrecortada, el corazón y las
manos en un puño. Hasta que no abre la cápsula transparente no advierte que
Xavier se retuerce de dolor con los ojos en blanco. Almudena recula lentamente
negando con la cabeza, con la mirada extraviada. Cree que sufre de nuevo
alucinaciones y grita presa del pánico mientras deambula por la nave sin rumbo
cierto tratando de huir de sí misma. Xavier expira mudo cuando los robots contienen
a la astrofísica, que quiere lanzarse al vacío.
La inquietud empieza a
asomar en el Instituto Espacial
Surconfederado (IES). Desde hace un par de días aguardan el regreso de
EcoHispania IV. Los malos presagios comienzan a correr por los Estados Conferados
del Sur y, de allí, al resto del mundo. Sin embargo, a las 17:00 horas la nave
establece comunicación con IES informando de su inminente arribada. El personal
del Instituto espacial se organiza sin dilación con el fin de garantizar un
aterrizaje seguro. Los periodistas y corresponsales despiertan de súbito de su agónica
espera en la sala de prensa. Las autopistas y carreteras se colapsan. Las
bocinas de los coches enervan la impaciencia por llegar a tiempo para presenciar
el aterrizaje.
Las puertas de la
aeronave se abren y emergen las tres copias de robots que saludan al
enfervorizado público. Los vítores y flashes se detienen de pronto a la espera
de que salga el resto de la tripulación. Transcurren los minutos y continúa sin
comparecer ninguno de los cuatro astronautas humanos. La gente empieza a murmurar
en sordina sorpresa. Los periodistas hacen pública la desaparición, aún no confirmada
oficialmente, de las astrofísicas y los exobiólogos. Y no tardan en calificar de
rotundo fracaso la misión Exodus I.
Entre las filas
caóticas de espectadores un hombre se convulsiona estrábico y se desploma sobre
su vecino. A un centenar de metros, otra mujer entra en trance y continúa
agitándose unos segundos sobre la mantilla de arena del desierto. El ritmo de
los caídos no cesa de crecer en los siguientes minutos. Su agonía es
silenciosa. Sólo gritan los sobrevivientes, que corren despavoridos mirando al
cielo, cubriéndose la cabeza…cayendo finalmente derrotados en el campo de
batalla. Moribundos, enmudecidos, sin entrañas por un obús de enemigos invisibles.
El gobierno de
Andalucía decreta el estado de emergencia mientras un equipo de científicos estudia
y trata de luchar contra una mortífera bacteria. Un microorganismo comunitario,
extremófilo originalmente anaerobio que vivía adaptado a un medio sin oxígeno
que ha mutado rápidamente en aerobio. Un asesino compulsivo, un devorador
insaciable, indestructible dotado de gran inteligencia, dispuesto a conquistar
la Tierra y forjar una nueva estirpe que dominará el Universo.
lunes, 26 de enero de 2015
2099:viaje al exoplaneta Excelsius. Parte II
La nave EcoHispania IV flota ahora sobre un remanso espiral de 200.000 luceros. Los astronautas, sin embargo, creen que viajan a la derivan. El monitor de control tarda un minuto en confirmar que aquel mar de constelaciones en calma es, en efecto, nuestra galaxia. Resulta sorprendente y hasta disparatado: han recorrido en segundos los 27.000 años luz que les separaban del brazo de Perseo, la zona sudoeste de la nebulosa. Para cubrir esa misma distancia en la Tierra, hubieran necesitado cientos de milenios. El desplazamiento por una teleautopista es muy similar a hacerlo a través de un agujero negro. La diferencia entre ellos estriba en que caer dentro de un agujero negro tendría consecuencias fatales. Hubieran quedado atrapados en una gigantesca red de araña de la que no habría ya modo humano ni cósmico posible de escapar. Ni vivos ni muertos. Y, lo que es peor, sufriendo una terrible agonía. Porque además de deformarse el tiempo y el espacio que es lo que permite saltar al futuro, al alcanzar la zona de singularidad los cuerpos y materia atrapados son estirados, vaporizados y desgarrados violentamente hasta acabar por desintegrarse.
La primera escala apenas ha durado quince segundos cronometrados pero ellos tienen la sensación de que el tiempo ha transcurrido a cámara lenta. Nadie ha perdido la conciencia. Pero sí se encuentran levemente aturdidos por el impacto del viaje exprés en su cuerpo y mente. Sus movimientos son torpes y lentos al principio. Almudena, la astrofísica de Toledo, experimenta además alucinaciones pero su estado de ánimo raya la euforia como el del resto. Rocío tarda un poco más en reaccionar y celebrar con sus compañeros el éxito de su primera incursión por un agujero de gusano.
El sistema que regula el índice de gravitación parece que falla porque levitan. Sus cuerpos burbujean como la alegría que les desborda. Sus caras lunares sonríen, sus ademanes, ahora más ágiles y vivos, evidencian el optimismo, la euforia desatada por estar viviendo un momento único en la historia de la humanidad. Un jolgorio contagioso del que el trío de robots participa a su manera. Componiendo con los dedos el signo de la victoria y entrechocando sus manos de grafeno con las manos enguantadas de carne y hueso.
Cuando los ánimos y los valores gravitatorios se van normalizando, concentran de nuevo su atención sobre la pantalla del monitor. Rocío, la astrofísica sevillana, acaba de poner en marcha el telescopio para avistar la nube de estrellas que forma la galaxia. A diferencia de la observación realizada desde la Tierra, se descubre ante ellos una miríada de luces nítidas y rutilantes aunque extrañamente móviles, cada vez más numerosas y lejanas como estrellas fugaces. Su belleza pasajera titilando en un espacio infinitamente dilatado, errante los sobrecoge, les corta las palabras.
La mujer activa después el radiotelescopio. Los cuatro humanos mudan su expresión de pronto. Muestran ahora circunspección y tensión. Tratan de encontrar una teleautopista joven relativamente lejana a un agujero negro supermasivo, que saben que abundan en el centro de la Vía Láctea. Y, efectivamente, constatan con preocupación que hay a su alrededor más de uno acechándoles como guaridas de lobos. El interior de un agujero negro genera un campo de gravedad que nada, ni siquiera la luz puede escapar de él. Además son muy tramposos. No se dejan avistar directamente. Su presencia se detecta a través de los rayos x emitidos por estrellas binarias y galaxias activas próximas.
Tras localizar y marcar la posición de las estrellas sobre las que inciden los agujeros negros que minan con su poderosa energía el núcleo de la galaxia, repasan con tiempo e inquietud las constelaciones recién apagadas. Y la estrella que ha muerto más recientemente es, desafortunadamente, vecina del agujero negro más masivo. No tienen escapatoria. Es la teleautopista más contemporánea a ellos de toda la galaxia. La única que de nuevo les devolverá al punto de partida, la Vía Láctea, y de ahí a la Tierra, en caso de culminar con éxito su misión. Pero no logran ponerse de acuerdo. El temor de acabar pereciendo en las fauces de un agujero negro los acorrala y paraliza. El tiempo se esfuma presuroso y estrangulador. Rocío y Gorka, solteros y sin familia, apuestan por dirigirse a otra teleautopista más longeva y alejada de la zona de peligro. Tomando esta vía retrocederían de diez a veinte años al regresar a su planeta. Una minucia temporal que no sólo preservaría sus vidas del riesgo de caer por accidente en el vacío, sino que ganarían años a la vida. Sin embargo, los otros dos astronautas humanos que insisten en seguir las directrices marcadas por el Instituto Espacial Surconfederado (IES), acaban convenciéndolos de lo contrario.
Cada uno se coloca en el puesto asignado y se prepara para afrontar la travesía más larga y difícil del viaje. Pese a que Xavier, padre de familia, tiene más pericia como piloto, Gorka decide por esta vez comandar la nave. El resto se parapeta con cierto recelo en sus cápsulas translúcidas clavando su atención en Gorka. El vehículo da un rodeo con el fin de tomar la teleautopista por el extremo opuesto a la boca negra. Se aproximan. El conductor se aferra a los mandos. La tripulación observa y espera inmovilizada, olvidándose de respirar. Se disponen a entrar pero Hispania IV vira de pronto de un modo abrupto. Gorka intenta en vano de rectificar el rumbo. La nave está fuera de control. El agujero negro supermasivo ejerce sobre ella un magnetismo irresistible que la doblega y atrae como una brizna de chatarra. Gorka sale despedido e impacta contra el cristal frontal del aparato. Xavier se desprende rápidamente de su cápsula. Avanza con dificultad agarrándose a los respaldos de los asientos y se hace con los mandos. Pero se barrunta que es demasiado tarde para lograr esquivar el agujero. Mientras, Gorka sigue dando tumbos de un lado a otro de la nave en posición fetal y con las manos sobre la nuca. La inminencia del fin impele a Xavier a gritar con fuerza, con rabia. Y parece que su ingenio, espíritu y cuerpo se impregnan de esa misma fuerza colérica, descomunal para afianzarse en el asiento y activar en el último instante los motores retroturbopropulsores que los impulsa hacia atrás y consiguen alejarlos de una muerte segura.
Gorka se ha fracturado al parecer varias costillas. Xavier le ayuda a sentarse y protegerse con su equipo individual antes de internarse en la segunda teleautopista. Segundos después son succionados por el sumidero de la estrella y se precipitan a través de su interminable intestino. La velocidad endiablada, demencial con la que caen contrae su campo de visión hasta el tamaño de un garbanzo. Los cuerpos celestes que tienen delante se aglomeran y proyectan haces de luz de color azul pero si vuelven la mirada hacia atrás, ven cómo se dispersan y se vuelven rojas. Con todo, la experiencia resulta más pausada e intensa que en la primera escala. Se han podido recrear más tiempo con las imágenes regresivas del alumbramiento del Universo y de su visión futura tras conseguir avanzar cinco millones de años luz. Un recuerdo que ha quedado también grabado en la memoria del ordenador para ulterior estudio y deleite de científicos y profanos. Cinco minutos de destellos cósmicos que darán en los próximos días la vuelta a la Tierra y que, sin duda, revolucionará el mundo. Impactos visuales capturados a una rapidez tan vertiginosa e inconcebible para la mente del hombre como lo son las sobrehumanas distancias y dimensiones de la bóveda celeste. Un mundo excesivamente grande y remoto que no cesa de crecer y alejarse. Un mundo únicamente abarcable durante siglos por teorías y ecuaciones que no eran sino meros espejismos y jirones de la realidad que escondía. Pero que a partir de ahora empezaba a estar al alcance de la mano. Un prodigio de la inteligencia y el progreso humanos que, como el Universo, porfían por romper sus propios límites y barreras en su afán de alcanzar el conocimiento de la verdad. Desvelar los misterios, origen y destino de la vida.
Hace unos minutos que han salido de la teleautopista. Xavier se desprende de su cápsula perezosamente y se eleva sin voluntad como un globo de gas. Una rara inercia lo lleva junto a los tres robots. La misma fuerza que impulsa a Rocío a reunirse con ellos apenas noventa segundos después. Sin embargo, flotar en esos instantes es lo que menos desean el hombre y la mujer. Necesitan restablecer la circulación normal de su flujo sanguíneo y superar el embotellamiento, atonía muscular y somnolencia causados por el viaje en el tiempo. Son conscientes de que lo han logrado y de que están a un paso de llegar a Excelsius pero se sienten sin fuerzas ni ánimos para celebrarlo aún.
Almudena sale de su burbuja al fin. Pero tras sufrir de nuevo alucinaciones y delirios, es presa de un episodio epiléptico que la sume en un estado de inconsciencia del que no acaba de despertar. Xavier y Rocío necesitan confiar que su compañera, una de las más reputadas y expertas astrofísicas del mundo, recobrará la conciencia para cuando aterricen en el exoplaneta. Ambos se dirigen luego movidos por un pálpito hacia donde está Gorka, que todavía permanece dentro de su equipo de protección. Y comprueban con gran consternación que una hemorragia interna ha sellado su acta de defunción. Xavier y la mujer se miran en silencio. Un par de lágrimas se detienen y anegan los ojos de Rocío. El destino se halla tan próximo que ni el llanto parece capaz de contenerlo.
viernes, 16 de enero de 2015
2099: viaje al exoplaneta Excelsius. Parte I
La
primera potencia mundial en la carrera espacial, los Estados Confederados del
Sur (EE CCOS), llamado España hasta 2025, está a punto de marcar un hito en la
historia de la cosmonáutica. Lanzará por primera vez una nave tripulada con la
doble misión de viajar y explorar en un tiempo récord el planeta extrasolar
Excelsius con el fin de obtener nuevas fuentes de energía. La nave EcoHispania
IV no sólo se aventurará a ir más allá de nuestro sistema solar si no que lo
hará desafiando las leyes del tiempo y el espacio convencionales internándose
en teleautopistas conocidas como agujeros de gusano intergalácticos.
La
explotación de la plataforma petrolífera en las islas Canarias durante ocho décadas consecutivas, los sucesivos gobiernos y
políticas impulsados por los partidos y movimientos de ciudadanos Lo
conseguiremos (Locos), Sólo juntos avanzaremos (Sojuav), Nuestras ideas suman
(NI+), Trabajemos por el futuro (TxF) o El futuro es progreso (F=P) han hecho
posible que EE CCOS despuntara y acabara imponiéndose en el campo de la
investigación y aplicación tecnológica y científica aeroespacial. Avances que han
redundado al mismo tiempo en una mejora significativa en la calidad de vida de
sus habitantes.
A
día de hoy es un país rico y avanzado que disfruta de una de la rentas per
cápita e índice de bienestar y felicidad más elevados de Europa, superando
incluso desde 2095 al supergigante asiático integrado por China e India. Los
Emiratos Árabes y Arabia Saudí que, una vez extraída la última gota de crudo a
finales de 1970 y 1980 respectivamente, compiten en la carrera espacial
destinando el remanente de su riqueza nacional en viajar a otros planetas y
hallar energías alternativas más limpias. Rusia y EE UU constituyen las dos
potencias que mueven y entretejen los meridianos y paralelos del mundo al
acaparar la mayor riqueza de petróleo y renta por persona. Aunque registran
también las tasas más elevadas de criminalidad y suicidios dentro del conjunto
de países desarrollados.
En
EE CCOS los puestos de trabajo de largas jornadas que requieren mano de obra
son cubiertos íntegramente por robots manuales especializados en lugar de por inmigrantes.
Gracias a la implantación de programas software y de inteligencia artificial punteros
de alta eficacia los beneficios económicos obtenidos de este modo se reparten
entre el sector empresarial, los estados confederados y sus ciudadanos que dejaron
de estar obligados a cotizar en la seguridad social desde el año 2088. Desde su
nacimiento, los ecosureños perciben una renta vitalicia y un par de robots
personales. Mientras un humanoide atiende los quehaceres domésticos, el segundo
se encarga de entrenar y potenciar su talento natural y capacidades psicoemocionales
y sociales. Las baterías ultraligeras de recarga solar instantánea con las que
funcionan la robótica y un sinfín de aparatos de uso cotidiano así como el
transporte rodado y aéreo individual y de pasajeros son fabricados a partir del
grafeno, un material muy versátil, de múltiples cualidades y usos que, tras
abaratarse en los últimos años, corre el peligro de desaparecer. Incluso la aeronave EcoHispania IV,
que está a punto de despegar, se mueve gracias a él. Y lo contiene en su
interior y superficie. En sus huesos y músculos livianos y flexibles pero duros,
doscientas veces más resistentes que el acero y capaces de autoregenerarse; en su
piel, poros, cerebro y neuronas que conducen con la máxima eficacia y rapidez el
calor y la electricidad. Lleva grafeno hasta en el corazón mismo que lo
propulsará en dirección a nuestra Vía Láctea.
Desde
la madrugada del veintiséis de octubre cientos de miles de ecosureños se
agolpan tras la alambrada de la estación del Instituto Espacial Surconfederado
(IES) para contemplar, fotografiar y grabar de primera mano la que constituye
una hazaña sin precedentes en la historia de la navegación sideral. La primera
misión tripulada Éxodus I, con destino al exoplaneta Excelsius. El planeta fue descubierto
por el equipo de astrónomos del IES dirigido por el astrofísico Celso Ramírez a
través de Lumen, el mayor telescopio óptico del mundo, cuando el planeta
transitaba frente a una estrella que lo hizo visible. Con la puntuación ESI de
0,9, Excelsius está clasificado dentro de la Zona Habitable y, por tanto, se
presume que pudiera o ha contenido alguna vez agua en su superficie.
Los
siete astronautas llegan a las diez de la mañana, hora peninsular, en un
vehículo aéreo a la explanada del desierto de Almería Los Áridos donde antaño
se rodaban películas espaguetis-western. El termómetro marca 33 grados. Al
salir del coche para dirigirse a la rampa de entrada de la nave nadie distingue
al par de mujeres astrofísicas de los dos hombres exobiólogos envueltos como
van de pies a cabeza con monos de color beige. Pero los dispositivos personales
de los asistentes capturan al instante los movimientos coordinados algo ralentizados
de los tres robots humanoides que aparecen a cara descubierta y vestidos con
ropa más ligera y ajustada. Los tres son reproducciones que corresponden a un
mismo prototipo de varón, sólo que llevan injertos de pelo de diferente color. Las
mujeres jóvenes suspiran al contemplarlos a través de sus potentes zooms o de una
de las cuatro pantallas gigantes instaladas en el recinto. Podrían pasar
perfectamente por un bello trío de galanes de cine. Pero éste no es el papel
que están llamados a desempeñar en la misión Éxodus I. Se han concebido y
preparado para poder ver en la oscuridad, soportar las extremas temperaturas y
condiciones medioambientales de Excelsius, explorar su territorio profundamente
abrupto y desgajado por la constante actividad volcánica y recoger muestras de sus rocas de hielo,
polvo y minerales. Todo ello con la esperanza de hallar y poder extraer en un
futuro próximo minerales con los que producir nuevos materiales y energías más
limpias para la atmósfera de la Tierra y seguir avanzando en la robótica, la
ciencia y la tecnología. Tras reiterados fracasos de misiones anteriores
realizadas alrededor de nuestro sistema solar, el viejo sueño acariciado
durante décadas de encontrar la huella silenciosa de vida bacteriana parece que
se haya desvanecido. Pero aunque a priori
resulte remota constituye una posibilidad que late de nuevo en los corazones e
imaginación no sólo de los ciudadanos sino de los científicos cada vez que el
hombre se aventura a explorar el espacio.
Una
calima densa y marrón colorea una vez más el cielo aunque está despejado de
coches. La gente ha respetado la prohibición de volar esta mañana. Un sol
justiciero incide contra la superficie de la nave y curte un día más el polvo
del desierto. A las 10:59:50 segundos las cuatro pantallas gigantes anuncian al
unísono el comienzo de la cuenta atrás recogiendo un primer plano de la base de
lanzamiento y EcosHispania IV. La tribuna elevada agradablemente refrigerada
donde se sitúa la sala de prensa es ahora un hervidero de actividad y voces que
trasladan información e imágenes en directo y simultáneamente a cualquier punto
del planeta.
A
las once la nave, desprovista de cohetes y lanzadera, se alza puntual en el aire a unos 140.000
km por hora escupiendo por unos instantes un zumbido sordo y una fina estela de
arena y calor por encima de una vorágine de cabezas, cámaras de periodistas y
corresponsales y dispositivos personales. Y ante el silencio admirativo de una
multitud de ojos expectantes EcosHispania IV atraviesa como una flecha
supersónica un ovillo de nubes arenosas encaminándose hacia la Luna y luego al
corazón de la Vía Láctea desde donde podrá llegar a Excelsius, su destino
final.
Recorren
en menos de tres días los 384.400 km que distan de la Tierra a la Luna. Y sin
dejar de orbitar, la astrofísica sevillana, Rocío, pone en marcha el radiotelescopio
electrónico mientras sus compañeros observan y analizan los datos que va arrojando
la pantalla sobre la magnitud y frecuencia de ondas electromagnéticas que
irradian las estrellas más próximas. Constatan con gran alivio que aquella zona
está libre de agujeros negros y, en consecuencia, no existe el riesgo de ser
atraídos y engullidos por su fuerza gravitatoria. Registraba la máquina los
últimos resultados cuando Gorka, el integrante más joven de la tripulación,
señala con el dedo el punto exacto de una estrella que acaba de morir. Precisamente
allí, en el cuerpo celeste que emite la señal más débil y el parpadeo más
perezoso de la constelación que rodea a nuestro satélite natural, tomarán la primera
teleautopista que les conducirá hasta la Vía Láctea, a unos 27.000 años luz de
distancia. Un salto de titanes directo al futuro más remoto que jamás hubiera
imaginado pisar algún día el ser humano. Lo más parecido a experimentar el
infinito y su abstracción. Pero antes es de vital importancia recoger y
conservar las coordenadas de la posición exacta que ocupa en el cielo aquella
estrella recién extinta. Al comportarse igual que un agujero de gusano
artificial, tendrían que volver a pasar por ella pero entrando por el otro
extremo para regresar de nuevo al tiempo presente.
Xavier,
el exobiólogo más alto y fornido, se sienta en la cabina de pilotaje y se
encarga de virar y dirigir la nave hacia la primera teleautopista. El resto de
la tripulación, incluidos los robots trillizos, se acomoda en sus
respectivos asientos y manteniéndose bien firmes y pegados al respaldo,
accionan el mecanismo del equipo de seguridad personal.
Los seis quedan encerrados casi al mismo tiempo en una cápsula anatómica transparente capaz de soportar la intensísima radiación inducida procedente del medio interestelar y amortiguar impactos producidos a velocidades superiores a la velocidad de la luz sin inflamarse, deformarse ni sufrir rasguño alguno. Como un rayo de grafeno EcoHispania IV se encamina directa hacia el ombligo de la estrella muerta. Un instante antes de penetrar en ella, Xavier pulsa el botón del mecanismo de protección individual y suelta los mandos de control.
Los seis quedan encerrados casi al mismo tiempo en una cápsula anatómica transparente capaz de soportar la intensísima radiación inducida procedente del medio interestelar y amortiguar impactos producidos a velocidades superiores a la velocidad de la luz sin inflamarse, deformarse ni sufrir rasguño alguno. Como un rayo de grafeno EcoHispania IV se encamina directa hacia el ombligo de la estrella muerta. Un instante antes de penetrar en ella, Xavier pulsa el botón del mecanismo de protección individual y suelta los mandos de control.
La
nave es atraída violentamente hacia el horizonte externo del cuerpo estelar dando
un vuelco al desviar inesperadamente su trayectoria. De pronto cae en el
horizonte interno por un extremo del agujero girando y acelerándose de un modo
tan vertiginoso e instantáneo que la tripulación tiene ahora la impresión de
que se ha detenido. Pero en realidad viaja a una velocidad imposible de
precisar superior a la suma de la velocidad de la luz y del sonido. Los cuatro
astronautas humanos permanecen expectantes, concentrados pero también azorados.
Sus pupilas pavorosas, náufragas buscan la luz del cielo cuando de repente sus
ojos, burbujas y la propia nave se colman con la extraordinaria visión de un
destello luminoso cercano tan vivo y colosal como una galaxia incendiada de
soles. Y son por espacio de unos segundos espectadores mudos de la fascinante
historia de la creación del Universo. Pero el viaje ni el tiempo se detienen.
Entran ahora en un agujero de gusano negro. Lo saben porque van a una velocidad
aparente mucho mayor y se dirigen hacia afuera. Dentro del gusano el flujo del
espacio convencional se invierte. Un nuevo flash de radiación proyecta esta vez
ante sus ojos no menos maravillados un film
de ciencia ficción sobre el futuro del Universo. Siguen cayendo y al cruzar el
horizonte externo de un agujero blanco, reciben el tercer reflejo luminoso que les
devuelve el espejismo del viejo Cosmos y el big bang. Al final del camino, el
pasado y el futuro se cruzan por unos instantes. Detrás queda el Universo original
formándose y delante, un nuevo mundo copia del anterior pero con los siete
astronautas planeando sobre lo que parece la Vía Láctea, rodeados de miles de
millones de brillantes estrellas. ¿Pero realmente podían asegurar que se
trataba de la Vía Láctea y no de otra galaxia de las millones que pueblan el
Universo en constante expansión? La incertidumbre se cierne de pronto
sobre sus cabezas cual espada de Damocles a punto de caer y truncar su misión y
esperanzas.
martes, 6 de enero de 2015
De cómo salvé la vida en el naufragio del Juncal
El catorce de octubre de
1631, un día después de que falleciera el capitán general de la
flota de la Nueva España, Miguel de Echazarreta, zarparon diecinueve
buques de Veracruz (México) en dirección a La Habana y con destino
final a mi lejana y añorada patria.
Viajábamos a bordo de la
nao almiranta Nuestra Señora del Juncal más de trescientas personas
y un cargamento superior a un millón de monedas de plata y reales,
oro y otros metales preciosos, cacao, sedas y tintes.
Al cabo de unos días,
encontrándome en cubierta con mis compañeros de tripulación, el
viento del norte empezó a arreciar encrespando la mar y atrayendo
hacia el galeón un ejército de nubes. Rápidamente el cielo se fue
cubriendo de oscuros presagios.
Bajo las órdenes del
contramaestre, los oficiales dividieron y organizaron en dos grupos a los marines, grumetes y pajes . Trabajamos con gran celeridad.
Manipulamos escotas y recogimos velas, corriendo unos hacia babor y
otros a estribor, nerviosos y agitados como una hueste de
enfebrecidas hormigas que se mueven sin rumbo aparente y una visión
clara de cómo actuar ante una emergencia.
Cuando bajábamos los
velachos del mastelero de trinquete, el cielo comenzó a escupir
rayos, truenos y mares de lluvia. El agua no sólo entraba por
cubierta. Nuestra Señora del Juncal estaba agujereada por todas
partes, de popa a proa, de arriba abajo, por la quilla, la bodega,
los camarotes…Nada parecía salvarse a las filtraciones del agua
del océano y la lluvia. Nos empleamos a conciencia en achicar de día
y de noche el agua con ayuda de los cuencos más inverosímiles que
se pueda imaginar, incluidos utensilios de cocina y de uso personal.
Después de dos semanas
de temporal nos faltaban manos y las esperanzas de llegar a salvo a
la costa de Campeche se desvanecían. Los camarotes estaban anegados
y en cubierta el agua y las ratas ahogadas nos cubrían la cintura.
El mástil mayor se había partido durante la realización de una
maniobra fallida. Nuestro fatídico destino se acercaba
inexorablemente. El Juncal se hundía con nosotros y parte del caudal
de monedas y metales preciosos que Felipe IV había demandado con
urgencia para que la corona española siguiera defendiendo y ocupando
su lugar hegemónico en Europa.
Mientras unos
continuábamos luchando contra los elementos y la razón, otros,
tanto pasajeros como parte de la dotación de marines, andaban en
apariencia ociosos. Entonces, sintiéndome de pronto desbordado por
los acontecimientos, me atreví a mascar mi primera y, probablemente,
única hoja de coca. Por suerte se conservaba prácticamente seca.
Mascando en silencio y lentamente agradecí aquel caritativo regalo
con que me había obsequiado un grumete estando aún en Veracruz.
Pero no estaba todo
perdido para algunos de nosotros. Las más de trescientas atribuladas
almas que había en el Juncal depositamos, en un momento u otro,
nuestros ojos y última esperanza en la lancha destinada a
salvaguardar el correo del monarca, a los nobles, al capitán y piloto
del galeón.
Un grupo de hombres muy
bien vestidos ofrecieron joyas al contramaestre a cambio de subir a
la pequeña embarcación y librarse así de una muerte segura. Al
parecer, tras varios intentos infructuosos por botar al agua la barca
que carecía de mástil mayor, desistieron y se marcharon cabizbajos.
Pero esto lo supe más tarde como también que aquellos aristócratas
se retiraron a sus camarotes a esperar que la providencia hiciera su
santa voluntad.
Apenas haría cinco
minutos que había retomado con más calma y paciencia mi inútil
labor de achicar agua, cuando el contramaestre me agarró de la
camisa sucia y mojada y, sin mediar palabra, me arrastró junto a
otro marinero hasta el lugar donde estaba la lancha. Nos sumamos a la
veintena de hombres que maniobraban la barcaza, mientras un clérigo
y otro pasajero se limitaban a observarnos y dar instrucciones que
nadie atendía. El contramaestre regresó con un puñado de refuerzos
más y, gracias a la experiencia y empeño del personal de la
tripulación, conseguimos al fin hacernos a la mar.
Aquella noche del treinta
y uno de octubre al uno de noviembre, subimos a la lancha un total de
treinta y nueve pasajeros, el religioso, un comerciante y treinta y
siete tripulantes, incluido el contramaestre. Mientras navegábamos
pesada y lentamente por Cayos Arcas, entre la Bahía de Campeche y
San Francisco, vimos afligidos cómo Nuestra Señora del Juncal
desaparecía en el Golfo de México llevándose consigo al almirante
de la flota Nueva España, Andrés de Aristizábal, y cerca de
trescientas almas más. Que en paz descansen.
Con la barca
sobrecargada, sin mástil mayor y apolillada, temí, y con razón,
que nuestras vidas corrieran la misma suerte. Desde el momento que
botamos la lancha, la mayoría nos dedicamos a recoger y tirar al mar
con nuestros bonetes el agua que entraba por múltiples goteras. Y
mientras unos pocos trataban de gobernar la embarcación y dirigirla
hasta San Francisco de Campeche, el religioso se empeñaba en
confesarnos y darnos la extremaunción a cada uno de nosotros. Sin
apenas discutirlo acordamos rápidamente por unanimidad arrojar al
clérigo a la borda con el fin de combatir no sólo el problema de
sobrepeso que sufría la lancha. Cuando fuimos a cogerlo en volandas
decididos a lanzarlo al agua, el muy astuto y rollizo religioso clamó
piedad una y otra vez aferrándose a mi brazo con la fuerza de un
león. No logrando zafarme de su mano, intermedié a su favor. Y
entre sus ruegos, mis argumentos y gritos suplicantes, persuadimos al
resto para que le perdonaran la vida. Finalmente tomamos la
resolución de desprendernos de la mitad de las joyas y el botín que
los nobles habían entregado al contramaestre. Una vez sanos y
salvos, repartiríamos el resto del tesoro.
Cuando despuntaba el alba
y después de pasar la noche en vela achicando agua, uno de los
oficiales dio la voz de aviso de que había avistado un bote. De
inmediato solté mi bonete, que quedó flotando en la superficie de
la barcaza. Y levanté la mirada entre desfallecido y sorprendido
buscando en el horizonte un resquicio de vida y movimiento al que
agarrarme y no morir. Entonces divisé y reconocí el patache, la
embarcación encargada de comunicarse y coordinar los diecinueve
navíos que integraban la flota de la Nueva España. Tratamos de
ponernos en pie todos a la vez mientras gritábamos y dirigíamos
aspavientos de desbordante alegría y agradecimiento a nuestros
salvadores. Un marinero y yo, no pudiendo contener por más tiempo la
ansiedad y la emoción que nos embargaba, nos zambullimos de cabeza
en el mar y nadamos extenuados y felices el centenar de metros que
nos separaba del patache.
Ya en tierra, en
Campeche, tuvimos noticias de que Nuestra Señora del Juncal no había
sido el único navío de nuestra flota que había naufragado durante
la travesía entre Veracruz (México) y La Habana (Cuba). También lo
habían hecho, y antes que la almiranta, el galeón de escolta, Santa
Teresa, y la nao mercante, San Antonio. Pero esta nueva desdicha no
era la última que habríamos de lamentar. Porque a los pocos días
de desembarcar, nos detuvieron a treinta y ocho de los treinta y
nueve supervivientes del Juncal. La acusación: protagonizar un motín
y provocar el naufragio de la nao almiranta. El denunciante: el
religioso. ¡En mala hora no lo echamos a los tiburones!
Tras meses de incertidumbre arribamos a Cádiz el
dieciséis de abril de 1632. Había
transcurrido casi dos años desde que zarpamos de Sanlúcar de
Barrameda rumbo a América. Pero aún tuvimos que armarnos de
paciencia un poco más de tiempo antes de ser requeridos por la Casa
de la Contratación, en Sevilla, y declararnos, por fin, inocentes de
un delito que no habíamos cometido.
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
martes, 25 de noviembre de 2014
La máquina del día después
Aquel
veinte de junio de 2004 cambiaría mi vida para siempre. La mañana en que se
produjo el accidente en el laboratorio de mamá estaba en la escuela (¿adónde si
no?) sobrellevando como podía al baboso de don Claude y su aburrida lección
sobre los ríos y afluentes de Francia.
Al
girar el autobús escolar para entrar en la calle Saint Germaine, hacía rato que
Cyntia, Olivier y una servidora esperábamos de pie a que se abrieran las puertas.
Yo ese día estaba especialmente ansiosa por llegar a casa y soltar el puñado de
mariquitas que había secuestrado en el patio del colegio con el fin de acabar
con la plaga de pulgón que asolaba el jardín y huerto de mamá. Aunque he de
confesar que en realidad lo que me interesaba era analizar su comportamiento y
anatomía como ya hiciera anteriormente con una colección de hormigas y gusanos.
No podía ni aún hoy puedo evitarlo, me pirran los animales, grandes y pequeños.
No en vano mantenía por entonces el firme propósito de estudiar veterinaria
Faltarían
unos cincuenta metros para llegar a la parada cuando el bus frenó y se detuvo
inesperadamente. Lo primero que hice tras la sacudida fue palpar el bolsillo de
la chaqueta del chándal para asegurarme que la cajita de cartón con las
mariquitas seguía en su sitio. Luego bajé distraída los tres escalones de un
brinco. A punto estuve de aterrizar sobre Cyntia y Olivier que permanecían en
la acera quietos como dos pasmarotes.
Iba
a protestar cuando me dio por mirar hacia el final de la calle. Estaba
completamente tomada por una ambulancia, tres coches de patrulla de policía y
uno de bomberos. No vi fuego ni humo por ninguna parte. Pero supe que había
ocurrido algo terrible. Mis dos amigos me observaban con un poso de
preocupación en la mirada. Ellos vivían y viven en los números 25 y 43. ¡Y yo…
en el 103! Precisamente al final de la calle en cuyo sótano mi madre había
montado su propio laboratorio. De pronto
eché a correr. Recuerdo que quería gritar. Llamar a mamá. Pero la agitación y
turbación que me embargaba en aquellos momentos ahogaron mi voz.
Dejé
a un lado el coche de bomberos y busqué la ambulancia con los ojos nublados. Di
varios saltos mientras miraba a través de las puertas traseras. Pero sus
cristales tintados no me dejaban ver nada. Entonces corrí hacia las ventanas
laterales. Pero antes de que pudiera asomarme, un gendarme me sorprendió y me
condujo hasta la casa vecina donde un par de hombres interrogaban a mi padre.
La
Policía Judicial determinó que la muerte de Adèle, la ayudante de laboratorio
de mamá, se había producido a consecuencia de un cortocircuito en la
computadora con la que trabajaban. Durante días registraron sin resultado cada
palmo del laboratorio medio calcinado recogiendo y analizando muestras en busca
de los restos mortales de Claire, mi madre. Finalmente, la declararon
oficialmente muerta y la familia y amigos dimos cristiana sepultura a su alma,
que no a su cuerpo. Sin embargo, yo me ancoré desde el principio en la
convicción de que seguía con vida. Dónde y por qué había desaparecido eran
cuestiones que habría de averiguar. Por suerte, había heredado la tenacidad y
espíritu inquisitivo de mi querida madre.
Precisamente
por mi carácter despierto sabía que habían estado trabajando desde hacía años
en un experimento muy ambicioso que mantuvieron en absoluto secreto. Tenía
también conocimiento de que Claire, tan meticulosa como era, se había encargado
de guardar en la caja fuerte de casa
cuantas anotaciones diarias había ido haciendo sobre el tipo y características
del experimento, los procedimientos y programas informáticos empleados, los
ensayos fallidos, sus incidencias y progresos. Al fin, después de varios
intentos y gracias a la ayuda de mi padre, di con la clave de acceso y pude
ojear los dos palmos de papel impreso con notas manuscritas en los márgenes que
había dentro de la caja y constituía todo el legado científico de mi madre.
No
sin gran sorpresa y fascinación, descubrí enseguida que Claire y Adèle habían
creado una máquina del futuro. Durante el año anterior y los primeros meses de
2004, habían estado experimentando con objetos, organismos microscópicos,
insectos y ratones. Con el fin de evaluar la eficacia de su invento, decidieron
que una de ella habría de viajar al 20 de junio de 2014. Si lo lograban, cruzar
la barrera del tiempo presente dejaría de ser una vieja aspiración humana
relegada por entonces al mundo de la ciencia ficción para convertirse en un
hecho constatado científicamente. Además de pionera en su campo, mi madre
habría sido testigo de que no sólo organismos simples como las bacterias eran
capaces de desafiar las leyes del tiempo lineal.
Los
datos, fórmulas y jerga técnica con que se expresaba mi madre en aquel legajo
de papeles representaban para una niña a punto de cumplir los once años un colosal
jeroglífico tan incomprensible como apasionante. Con la idea obsesiva de
desembrollar aquel galimatías y el incierto destino de mi progenitora, empecé a
trazar con sumo cuidado y perseverancia mi carrera en el ámbito de las ciencias
matriculándome simultáneamente a los dieciocho años en la facultades de Física
e Ingeniería de Telecomunicaciones en la
Universidad de la Sorbona (París).
En
mis primeras pruebas recurrí a pequeños objetos, bacterias y ácaros
microscópicos. Luego pasé a organismos de uno a tres milímetros de longitud,
como los pulgones. Empleé prácticamente un año en copiar el ADN de un arácnido
y mandarlo al futuro. O cuanto menos, conseguí que desapareciera de la placa
horizontal de la computadora. Pero tras estudiarlo y meditarlo con detenimiento,
me percaté de que algo fallaba. Enviar materia inerte al futuro no constituía
ningún problema. La dificultad parecía estribar en desplazar seres vivos.
Gracias a la colaboración de genetistas, biólogos, ingenieros electrónicos y
especialistas en nanotecnología detecté al fin algunas imprecisiones en las
variables de las fórmulas y cálculos efectuados por mi madre y su auxiliar
donde podía hallarse la clave de la solución al problema. Errores que traté de
subsanar en la medida de lo posible.
Sin
embargo, el tiempo pasaba raudo y la fecha límite para reencontrarme con mi
madre, el diecinueve de junio de 2014, acechaba en la próxima esquina del
calendario. Ya no era posible hacer más ensayos. Mi turno para viajar al futuro
había llegado. En menos de un mes tuve que dejar atados los últimos cabos
sueltos y prepararme psicológicamente con el fin de afrontar una aventura de
cuyo éxito empecé a albergar no pocas dudas. Porque si no lo lograba perdería,
tal vez, la única oportunidad de recuperar a mi madre.
La
noche del dieciocho al diecinueve de junio tampoco conseguí dormir. Me levanté
hastiada por el calor y mareada de dar vueltas en la cama. Salí a la terraza y
me senté en el balancín de madera. Observé contemplativa e inquieta el cielo
estrellado.
A
las nueve de la mañana, ojerosa y con un dolor pulsátil clavado en las sienes y
la nuca, me dirigí al laboratorio. Paul, mi padre, ya estaba dentro.
Me
embutí el mono gris confeccionado con una malla inteligente producto de la
nanotecnología. Me cubrí la cabeza y el rostro con un pasamontañas diseñado con
el mismo tejido y color que el mono. Me ajusté a la muñeca un ordenador
portátil en forma de reloj pulsera. Encendí la computadora del tiempo. Programé
la hora, el día, mes y el año al que me trasladaría, el veinte de junio del año
en curso, o sea, el día siguiente. Y añadí la fecha de regreso. Tecleé las
coordenadas geográficas del número 103 de la calle Saint Germaine en Le Blanc. Y
luego sincronicé la computadora central
con mi microordenador.
Me
enfundé los guantes y antes de ponerme las gafas que me daban una visión
caleidoscópica similar a la que tienen los insectos y, en definitiva, tapar la
única zona de mi cuerpo descubierta, miré entre emocionada y nostálgica a mi
padre. Quería acompañarme y compartir mi misma suerte, fuera la que fuera, pero
era del todo imposible. Su cara reflejaba desasosiego. El miedo de perderme
también a mí.
Estuve
tentada de prometerle que regresaría con mamá. Pero me mordí la lengua
parapetada tras mi armadura nanotecnológica. Luego lo abracé con ímpetu. Quería
transmitirle seguridad y confianza. Y, por fin, encajándome las gafas
protectoras y colocando las palmas de las manos sobre la pantalla de la máquina
del tiempo, le di la orden de que pulsara el Enter.
Al
oír el clic del botón me vino el pensamiento fugaz de que estaba a punto de
vivir mi propia eutanasia asistida por Paul. Fugaz porque los acontecimientos
se precipitaron de tal modo que borraron de mi mente cualquier pensamiento o
emoción que no fuera mi particular travesía al futuro.
Aunque
llevaba lentes y tenía los ojos cerrados, noté enseguida los haces de luz azul
pasando rápidamente hasta una docena de veces por debajo de mis manos
enguantadas. Casi simultáneamente experimenté una sucesión de chispazos de
corriente eléctrica de bajo voltaje que recorrían y convulsionaban levemente mi
cuerpo, desde las manos a los pies, de los pies a la cabeza. Lo último que sentí
fue vértigo, un espasmo en el vientre y náuseas como si realmente hubiera sido
impulsada y me hallara viajando a la velocidad de aquella luz que proyectaba la
pantalla de la computadora.
Tenía
la impresión de que, efectivamente, estaba entrando en otra dimensión de la
realidad, si no directamente en el túnel de la muerte. Yo, mujer escéptica donde
las haya, tuve de repente la urgente necesidad de creer en la vida después de
la muerte. ¿Aventurarse a viajar al mañana no equivalía en cierto modo a
adentrarse en el reino de los cielos? ¿A caso el futuro como tal no es un
tiempo inexistente, inaprensible? ¿Tomaría forma y realidad el futuro para mí?
¿Y sería un tiempo reversible?
Al
abrir de nuevo los ojos, me costó reconocer el laboratorio. Estaba aturdida,
mareada. La migraña comprimía mi cráneo. Tardé unos minutos en acostumbrarme a
aquella extraña visión caleidoscópica. Consulté el microordenador. Disponía tan
sólo de un cuarto de hora para hallar a mi madre y regresar al presente. Inspeccioné
con ansiedad la habitación. Conservaba en apariencia el mismo aspecto y orden
del día anterior.
Al
cabo de unos instantes detecté un movimiento junto a la puerta. Me acerqué
cautelosa. Y desde aquellas lentes de insecto se me apareció de improviso la
imagen más bella y deseada del mundo: la de mi madre multiplicada por diez, por
una veintena de veces. Extendí una mano titubeante hacia ella y mis dedos
traspasaron su cuerpo desnudo rozando la pared aséptica del laboratorio. Mis
sospechas no tardaron en confirmarse: Claire era un ente virtual proyectado a
través de la invisible pantalla del aire.
“¡¿Quién
eres?!”, gritó temerosa no reconociéndome.
Tras
identificarme, abrió los brazos y trató en vano de estrecharme contra su ser
etéreo. Le di instrucciones rápidas y precisas con el fin de salir del futuro
lo antes posible. Ella obedeció de inmediato quedándose inmóvil con las
extremidades ligeramente separadas del tronco mientras yo iba radiando el
perímetro de su cuerpo con ayuda de los guantes inteligentes. Al acabar pulsé
el botón rojo del reloj orientando la palma de mi mano hacia la aureola de luz que
había dibujado
Cerramos
los ojos y contuvimos la respiración. Pero después de un minuto de tensa espera
no se produjo ningún cambio. Empezaba a desmoralizarme. Miré a mi alrededor
desesperada buscando una salida. Pero no podía pensar. Sentía una claustrofobia
anticipada de lo que iba a ser nuestro destino, sin duda más próximo y terrible
de lo que jamás hubiéramos querido imaginar. Claire me animó a que probara de
nuevo. Esta vez apreté la tecla con todas mis fuerzas manteniéndola pulsada durante
unos segundos.
Y
después de experimentar un estremecimiento apenas perceptible, regresamos, por
fin, al presente y Claire adoptó casi al instante la apariencia humana y
juventud de antaño.
Al
vernos aparecer, Paul se reunió con nosotras y nos fundimos en un intenso y
largo abrazo mientras llorábamos y reíamos de pura felicidad. En esos momentos
sentí por primera vez en mi vida que los milagros existían.
Como
había previsto, Adèle y mi madre, habían diseñado una máquina que transformaba
el ADN de seres vivos en unidades de información expresadas en bytes ante la
imposibilidad de copiar y reproducir fielmente el genoma y células de
organismos complejos. Adèle habría fallecido a consecuencia de un cortocircuito
originado por un fallo en el sistema informático justo después de que Claire
quedara atrapada en un futuro virtual, afortunadamente reversible. Un lugar que
ahora se me antojaba inhóspito y muy diferente del mañana amable e idílico con
el que todos estos años había necesitado soñar. Tal vez porque la dimensión de
la realidad donde penetramos mi madre y yo no coincidía exactamente con el
futuro o la limitada percepción que tiene la especie humana del tiempo y su
devenir. O quizás tan sólo nos habíamos quedado a las puertas del futuro.
Aún
era demasiado prematuro para aventurarlo, pero no descartaba la posibilidad de
seguir investigando hasta desentrañar las claves científicas que permitieran
viajar al futuro sin necesidad de armaduras nanotecnológicas y vivir en él, y
no en su antesala, por muy lejano que fuera (¿O es que existía más de un futuro
viable?). O en su defecto, hallar la fuente de la eterna juventud y el don de
la invisibilidad.
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El príncipe feliz