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miércoles, 5 de septiembre de 2018

La reencarnación

Nací el día cinco de septiembre de 1890 en un suburbio de Londres. Allí mi madre ejerció de prostituta hasta que murió de sífilis cuando yo tenía cinco años. Me había engendrado con una deformidad en la cara. Tenía el ojo derecho medio entornado, una prominente boca de pez y una frente especialmente abombada. Al desconocer la identidad de mi padre y carecer de más familia que mi difunta madre, me encerraron en diferentes orfanatos de la caridad hasta que cumplí la mayoría de edad. Por lo general, en mi nuevo hogar sólo recibí desprecio y maltrato a causa de mi malformación por parte de otros niños y las monjas a cuyo cuidado estaba. Pero a los trece años todo cambió para mí. De pronto las religiosas me invitaban a yacer en sus celdas y, por prodigarles ciertos favores, me premiaban luego con las mejores viandas, los jabones más perfumados y ropas nuevas o seminuevas. Me confesaban admiradas que la naturaleza me había dotado de grandes atributos y que había nacido para hacerlas felices. El caso es que yo, incluso ahora, me sentía sucio, utilizado, un ser destinado únicamente a dar placer a los demás pero a no probar jamás las mieles de llegar a ser querido por alguien. Un terrible sino. ¿Por qué? ¿Tan monstruoso resultaba a la vista del mundo? ¿Acaso la naturaleza no me había dotado también de un alma sensible, amorosa y exquisita? Como no me habían enseñado oficio alguno, me vi impelido al salir del orfanato a ejercer las únicas artes que conocía y que ya dominaba con creces a decir de las hermanas, prioras e incluso otras féminas que habían guardado cola pacientemente en el orfanato esperando recibir por primera vez o repetir mis codiciados servicios. Eso sí, pagando previamente una cuota a las novicias de Dios que, además de servir a su Señor en alma se dedicaban con tanta o más devoción a otros menesteres más carnales y terrenales. Que por lo que parece el cuerpo y el alma no están tan reñidos. Entre mis dones se contaba una fecundidad sin precedentes, según descubrí para mi sorpresa en el último orfanato. Pues, como me enteraría por casualidad a través de los rumores acallados que circulaban por los pasillos del hospicio, me había granjeado la fama de ser el mejor semental del país hasta el punto que se me rifaban las mujeres cuyos maridos ricos eran incapaces de preñarlas. De este modo, deduje por qué para atender determinados servicios, mis queridas monjitas me obligaban a cubrir el rostro con una bella máscara de Adonis. A veces todavía me sonrío pensando cuántos niños y niñas que pasean vestidos elegantemente por las calles de Londres en carrito o de la mano de una institutriz, serán mis hijos y cuántos se me parecerán. Como ya he dicho acabé viviendo de la prostitución en el mismo suburbio que nací y ejerció mi pobre madre, que en paz descanse. Después de años de dedicarme a estos bajos menesteres, mi fama creció en ciertos círculos, no me faltaron, por tanto, clientas ni clientes pero curiosamente tampoco nunca me sobró el dinero ni conseguí conquistar el corazón de ninguna mujer. Únicamente se mostraban interesadas por disfrutar de mis dones y artes y, cuando ocultaba mi rostro tras una máscara, sentían sólo curiosidad por desvelar mis facciones. A decir verdad, en todos esos años de larga soledad, a nadie le pareció importarle mi persona. Hasta que un buen día o más bien una noche, cayó por mi humilde casa y burdel una dama de mucha cultura y compasión, lady Brown, que supo escuchar mis lamentos y quiso ayudarme. Por lo que me invitó a participar en una sesión de espiritismo con el fin de averiguar la razón de mi desdichado destino. Esa noche me vestí con una levita que había alquilado lady Brown para la ocasión. Iba hecho un Apolo (aunque, claro, me abstuve de asistir con el rostro enmascarado), de un elegante y riguroso negro, incluidos el top hat o sombrero de copa y los guantes. Cuando el espiritista preguntó quién quería participar en la tercera y última sesión, pude esta vez reunir suficiente valor para alzar aunque tímidamente mi mano enguantada. Temí por un momento que no me hubiera visto porque el hombre continuó una rato más paseando en silencio su mirada escrutadora por toda la sala. En cuanto divisó mi mano, algo temblorosa en esos instantes por la emoción que me embargaba, me interrogó con quién quería contactar y qué quería saber. Le contesté que deseaba que se comunicara con el espíritu de mi anterior vida porque me intrigaba conocer qué tipo de tropelías habría cometido para merecerme ahora una existencia tan desafortunada. Acto seguido el espiritista se sentó nuevamente sobre una silla de enea y se interesó por saber mi fecha y lugar de nacimiento. Luego guardó silencio, como había hecho en las dos ocasiones anteriores. Los presentes volvieron a permanecer callados y a contener la respiración, preparados para escuchar una nueva revelación sorprendente. Después de un tenso minuto de silencio, al espiritista le empezó a temblar nuevamente el bigote, como si sufriera un tic nervioso totalmente incontrolable por su voluntad. Y entonces comenzó a emitir los primeros sonidos guturales, profundos, cavernosos aunque aún indescifrables. Mientras, sus ojos se abrían y cerraban y se movían sin ton ni son, como si se encontrara en pleno sueño, mostrando cada vez que los abría el blanco de las cuencas oculares. Momento que muchos de los asistentes apartaban la mirada o cerraban los ojos. -Espíritu de Georges en la otra vida, que feneciste el cinco de septiembre 1890, manifiéstate- clamó el hombre esta vez con su propia voz, más suave y terrenal, con un tono elevado. Perezosamente, se fue abriendo camino la otra voz en la garganta del espiritista en forma de saludo confirmatorio de que estaba haciendo acto de presencia. A la pregunta de cuál era su identidad, la voz gutural empezó a relatar: -Viví en el barrio Whitechapel, un suburbio de Londres, hasta los trece años cuando mi madre, que era meretriz, murió asesinada. -¿Cómo te llamas?- insistió en saber el espiritista. -He pasado a la historia como Jack, Jack el Destripador - de pronto se oyó en la habitación un pequeño revuelo de exclamaciones de horror-. A la primera furcia que maté y ultrajé fue a la que decía ser mi madre – de pronto los sobresaltos y gritos de terror recorrieron la sala de extremo a extremo-. Pero dudo mucho que lo fuera. Imposible. Si no jamás la hubiera deseado. Ella fue la culpable de que violara y matara (o matara o violara) a otras prostitutas que se parecían a ella. Por un momento la habitación se sumió en un súbito y denso silencio. Poco después resonaron las risotadas de ultratumba de Jack que hicieron temblar hasta las paredes. -Ja, ja, ja…En verdad, desde que la maté me parecía estar viendo de nuevo a mi madre cada vez que me cruzaba con una furcia por la calle. Y sentía que tenía que poseerlas, matarlas, ensañarme con ellas. Y las asesinaba porque me atormentaba que pudieran gozar… que yo pudiera desear a mi propia madre. Por eso me arrepentía al momento y descuartizaba sus cuerpos, para no desearlas más, borrarlas de mi mente, verlas como despojos irreconocibles y poder convertirlas en objeto de mi desprecio. Y así tratar de redimir el poder que ejercían sobre mí como una de las más terribles y placenteras maldiciones. Pero cuanto más las descarnaba, más parecía que sucumbía al influjo de sus cantos de sirena.

jueves, 25 de junio de 2015

Y el deseo se hizo carne

Yo era de esa clase de niñas soñadoras que recolectaban conchas en verano y bailaban a escondidas en el patio de casa. De aquellas niñas que en la alborada de su adolescencia emulaban a las Mamachicho. De esas chicas que descubren un día que su vecino la espía. Que me espía no sólo cuando bailo en el patio de mi casa de verano. Si no también mientras camino por el paseo marítimo, me siento a tomar un refresco en algún chiringuito, me bronceo y baño en la playa o me pierdo de noche por algún pueblo cercano que celebra sus fiestas patronales. Pero lejos de violentarme el control remoto que Marcelo parecía ejercer sobre mí yo me mostraba segura y extrañamente coqueta.
Ahora soy de esas mujeres entrada en los cuarenta, divorciada, con dos hijos, que conserva en naftalina un puñado de sueños y algunas conchas viejas en la casa familiar de la costa andaluza que atestiguan un tiempo pasado feliz. Es agosto y nuestro taxi se detiene en ese punto exacto de mi memoria infantil. Al salir me faltan manos. Portar un par de maletas y bregar al mismo tiempo con Isma y Marta, de 7 y 5 años, bajo un sol de justicia supera el límite de mi aguante. Me detengo unos segundos a mitad de camino para coger aire cuando de pronto cae sobre mí el peso acuciante, protector de unos ojos conocidos. Me resisto a levantar la mirada. Tal vez la imaginación, el recuerdo o quién sabe el cansancio, el hartazgo del presente han vuelto a activar el reflejo automático aprendido hace tantos años.
Supe que se trataba de Marcelo un par de días más tarde cuando coincidimos en las fiestas del pueblo vecino. Surgió de súbito entre el gentío, las casetas de pinchos morunos, la neblina y el estruendo de las tracas de pólvora. Lo miré muy sorprendida y algo sofocada. Nos saludamos e intercambiamos a gritos unas palabras. Logro entender que se ha separado y que sus hijos viven con su ex mujer. Han pasado veintiocho años desde el último verano que nos vimos. A los catorce años se enroló en sucesivas campañas estivales de excavaciones arqueológicas, al principio terrestres y luego submarinas.
Hablamos tan cerca que puedo sentir el hálito caliente de sus palabras, su olor a cerveza, el cosquilleo de sus vibraciones en mi oído. Su proximidad empieza a resultarme excitante y peligrosa. Por un momento el leve contacto de su vello con mi brazo hace que salten chispas de mi piel. Aparto el brazo rápidamente abrumada por el deseo contradictorio de dejarme seducir y de escapar al mismo tiempo. Doy un paso atrás y me cruzo con sus ojos. Unos ojos negros aún más profundos bajo la luz de la luna y la humareda de la pólvora. Una mirada que me llama a voces, que me tienta, me cautiva. No puede ser, me digo, me repito a mí misma y me despido torpe, abruptamente. Tropiezo con la gente mientras busco con ansiedad a mi prima para que me lleve de vuelta a casa.
La mañana del martes salgo a correr por la playa. De regreso por la avenida principal Los Pinos su mirada gitana se desploma sobre mí desde lo alto como el rayo más luminoso y fulminante de la mañana. Miro con disimulo y lo localizo reclinado sobre la barandilla azul de la casa de sus padres en la misma postura que lo recordaba cuando me espiaba bailando. Sabe que le observo porque de pronto se inclina un poco más acodándose en la baranda y silba mientras enfilo cansada la calle Cruces, abro y cierro el pestillo de la verja de casa.
Nuestros caminos confluyen la mañana siguiente por la pineda que conduce al paseo marítimo. Corremos un rato en paralelo, acompasados sin decirnos nada. Mi respiración se acelera y siento flato pero continúo corriendo. Al llegar a la playa me refresco la cara en una ducha y me seco con el borde sudado de la camiseta. Me suelto la coleta. Balanceo el pelo de un lado a otro, aliviada, liberada. Los ojos de Marcelo se clavan en mi camiseta empapada y luego se cuelan por el escote. Me cruzo de brazos un tanto ruborizada mientras nuestros pasos horadan la arena. A estas horas la playa está prácticamente desierta de bañistas.
Al llegar a la orilla nos descalzamos y seguimos caminando dejándonos sorprender por el frío batir de las olas. Esquivamos poco después entre risas los hilos transparentes de un par de cañas de pescar separadas apenas un metro y medio la una de la otra. Habríamos recorrido un quilómetro cuando arribamos al final de la playa, donde el agua se recoge en el recodo íntimo de una cala. Marcelo corre de pronto jovial y espontáneo como el niño que un día conocí. Se detiene frente a la roca grande amurallada de la caleta, se agacha y palpa la piedra por debajo del agua buscando probablemente mejillones entre sus oquedades. Sin levantarse, me dice alegre y lacónico:
-¿Te acuerdas?
Por unos instantes nuestros ojos destellan al recobrar la ilusión de cuando éramos niños y adolescentes y veníamos a coger mejillones y cuantos tesoros enterrara la arena, arrastrara el mar a la orilla o anidara en la roca. Claro que me acordaba Eran pedazos de mí que aún vivían en la memoria. De aquellas expediciones marinas conservaba además tres conchas y un guijarro blanco perforado que me había regalado Marcelo el último verano. Una piedra que se deshacía como el polvo por las hendiduras del tiempo. Por la larga espera.
Arrastrada por su entusiasmo y la evocación de aquellos lejanos días compartidos me acerqué y me uní a él en la tarea de hallar moluscos. Apenas había y los que encontramos eran minúsculos, benjamines. El turismo masivo y la pesca furtiva de las últimas décadas provocaban esos efectos dañinos sobre el ecosistema. Exhalé un suspiro de desilusión y añoranza. Viendo Marcelo que la tristeza nublaba por un momento la expresión de mi cara, añadió:
-El mundo cambia. La vida es devenir. El tiempo fluye pero siempre queda algo de su paso, su huella indeleble. Queda el cauce de nuestra memoria que vuelve a llenar el río de agua, guijarros y truchas, de juncos su orilla y de ninfas y seres imaginarios su fondo.
Aparté la mirada por temor a que vislumbrara en ella la tonta fantasía, la ridícula nostalgia que abrigaba desde la adolescencia de llegar a querernos algún día. Porque Marcelo estaba en lo cierto: hay parte del pasado y de los sueños que no mueren jamás. Que incluso pueden ser tan poderosos y reales o más que el presente. Yo, coleccionista de caracolas, me reconocí enseguida en esa bella y turbadora imagen de buceadora de tiempos y sueños.
Mi incomodidad porque pudiera descubrir mi secreto me apremió de pronto a dar media vuelta y desandar el camino recorrido. No habría dado más de un par de pasos cuando me incliné a recoger de la arena una concha moteada. Y me detuve a inspeccionarla con aire admirativo de espaldas a Marcelo. De súbito todo mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de sus manos frías y húmedas sobre mis hombros desnudos y ardientes. Los acarició durante unos segundos sin prisas, con suavidad. Yo me quedé inexplicablemente petrificada como si la amalgama de arena, agua y salitre hubiera fundido mis pies en una peana invisible. El aliento cálido y subyugante de Marcelo erizaba la piel de mi nuca, cuello, espalda al mismo tiempo que la brisa marina revolvía mi cabello y lo salpicaba de gotas de agua.
No sé cómo de repente me giró igual que una peonza y, cediendo al peso del deseo, caímos en la arena, abrazados, uno encima del otro. Nuestros labios se encontraron y besaron sensuales, perezosos, sin urgencia. Sentía su pecho palpitar sobre mí, el frenesí de la pasión anunciándose, el hormigueo rugoso de la arena crujiendo en mi espalda. Sin dejar de explorar mi boca, Marcelo me acarició el brazo y luego quiso entrelazar su mano a la mía. Pero yo seguía inexpugnable con el puño cerrado aferrando la concha que había encontrado, protegiendo mi tesoro. Con amorosa y paciente constancia logró que abriera cada uno de mis cinco dedos. Y arrebatándome el caparazón del bivalvo lo arrojó de pronto al mar.
Contrariada desvié la mirada por unos segundos hacia el horizonte azul esquivando la boca ávida de Marcelo. Pero él deslizó su lengua suave y húmeda por mi cuello venciendo mi resistencia una vez más. Ahora quería fundirme en sus labios, sus brazos, su cintura con la vehemencia, la furia de un caballo salvaje liberado tras un largo cautiverio. Mis labios se deleitaron en su frente, sus mejillas, sus párpados entrecerrados. Y luego recorrieron su mentón recién rasurado, su vigoroso y ancho cuello con sabor a mar. Me perdí durante un rato en el nacimiento de su pecho terso, sin apenas vello y más bien corpulento. Mi boca, mis ojos, mis manos ansían continuar explorando, sentir cada milímetro del cauce de su cuerpo. Adentrarse por primera vez en su selva virgen, el jardín prohibido de Marcelo como si el paraíso, la única felicidad posible en ese instante, se concentrara en su cuerpo. Beber de su boca, mordisquear el lóbulo de su oreja, tierno y sensible, dibujar con la lengua el delicado redondel de su ombligo. Descubrir un lunar justo encima constituye para mí en esos instantes una fuente inagotable de placeres insospechados, de dulzura y sensualidad innombrables. Sus brazos de pronto me acogen firmes y amorosos y me dejo acurrucar en el regazo de su pecho. Mi piel respira su aliento cálido y ubicuo como la brisa marina. Mis manos se deslizan por el hueco de su cintura y se hunden en la profundidad de sus nalgas que semejan rocas cubiertas de algas suaves sumergidas en el fondo del mar.
A la curiosidad y necesidad de conocer a Marcelo, le siguió el imperioso deseo de unirme a él en carne y en espíritu. Me apreté contra él. Quería sentirlo tan cerca como mi propia piel. Romper las últimas fronteras que separaban nuestros cuerpos. La frontera de nuestra epidermis para que su piel fuera mi piel. Que su hálito se confundiera con mi hálito, que mi boca exhalara sus gemidos. Pero antes de que el deseo extinguiera la última pavesa que alumbraba mi razón y dejarme arrastrar hacia la más absoluta de las locuras, mi mente garabateó una rápida composición de lugar y situación. Estábamos en la playa a la vista de los primeros bañistas del día, muchos de ellos acompañados de menores. Marcelo captando al momento mi repentina conciencia de vergüenza me alzó inesperadamente en brazos. Yo hundí mi rostro en su torso sabiendo de antemano adónde me llevaba. Su respirar ya de por sí agitado resollaba en mi oído mientras se alejaba de la playa y su hipnótico murmullo. Empecé a cubrirle de besos cuando ascendía, como yo había anticipado, por el cerro. Besos por la piel delicada de su cuello, besos en su hombro, su tórax pétreo y erizado por el sobreesfuerzo y la excitación. Besos, un océano de besos en su boca exhausta pero insaciable y jugosa.
Una vez en lo alto del cerro, recorrió con dificultad los últimos cincuenta metros. Después agachándose se dispuso a entrar conmigo en brazos en la cueva que de niños nos servía de refugio y lugar de juego. Por mucho cuidado y atención que puso en el empeño, mi pie izquierdo rozó la pared rasposa de la roca. Me quejé riendo y él tambaleante e hilarante estuvo a punto de dejarme caer de bruces.
Me recuesta sobre la tierra batida y me besa mirándome a los ojos bajo la tenue e íntima luz que se cuela por la recoleta gruta. Sus besos son tranquilos, sensuales, exploradores, intensos. Yo me impregno poco a poco de sus labios, de la textura suave y húmeda de su piel, su sabor, su olor a sudor y mar salada. Me recreo en su labio inferior, viajo de una comisura a otra, sintiendo el calor, el fuego de toda la superficie de su piel entregada, inflamada por el deseo y el amor. Las yemas de mis dedos delinean el contorno de su boca exuberante, recorren tranquilas cada una de las líneas verticales que la franquean, rastrean con deleite todos los caminos que confluyen en su boca, esa fuente y sumidero inagotable de placer y regocijo. Y luego lo beso con extrema dulzura asiéndolo por el mentón, acercándolo un poco más hacia mí. Acoto y sello el perfil de su boca, sus labios, los caminos trazados, recién aprendidos por mis dedos. Rozo su perilla y un estremecimiento me incita, me apremia a besarlo con más ímpetu, imperativamente.
Lo miro durante un instante sobrexcitada, enfebrecida por su contacto tan próximo, por mi sed desbocada, por el deseo quemando en sus ojos. Y él sin dejar de mirarme, se desprende de su camiseta, la dobla y solícito y amoroso me la coloca como almohada. Se reclina y siento su olor sobre mí, su torso resplandeciente, sudoroso y bello mientras se acomoda en mi cadera, en la cavidad de mi vientre. Lo abrazo y le acaricio la espalda, el hueco bien definido y firme de su cintura. Mis manos después se dirigen decididas hacia las suaves y sólidas mesetas de sus nalgas y masajean su redondez. Noto cómo su deseo va creciendo bajo mi abdomen. Me muestro confiada, libre para amarle sin ataduras, sin tapujos. Porque este encuentro y los tres sucesivos que tendríamos para mí son mucho más que meros escarceos. Marcelo transciende lo meramente físico. Es carne y espíritu.
Marcelo residía en Alicante y viajaba mucho por España y el extranjero impartiendo conferencias sobre arqueología submarina. Precisamente el sábado siguiente partía para Gijón. Una lástima porque aparte del placer que compartimos, sabía que de un modo u otro había amado a ese hombre desde el día, ya lejano, que lo sorprendí espiándome. Desde aquella tarde que nos despedimos me acompañaría la sospecha de que los sueños, en caso de materializarse, sólo se cumplen una vez. Que el deseo se hace carne y espíritu una vez en la vida. Porque en medio de las promesas románticas que declaramos al viento y al oleaje, tuve el pálpito de que tardaríamos muchos años en volvernos a ver de nuevo. Pero supe que nunca olvidaría lo que vivimos juntos aquel verano, que la voluntad de mi memoria se rebelaría contra las leyes inexorables del tiempo, ese tiempo que al devenir pasado se proclama olvidadizo, se rebela siempre fugitivo, huero como el interior de mis conchas y esas piedras que se empeñan en deshacerse y desaparecer un día definitivamente.

miércoles, 11 de febrero de 2015

2099:viaje al exoplaneta Excesius. Parte III y última



La nave EcoHispania IV recorre solitaria la ignota galaxia Dioscuros. Una hora más tarde se dispone a aterrizar en el sur de Excelsius, su cara visible. Tienen suerte, aún no se ha ocultado el sol. Y pueden ver un campo de dunas y rocas de hielo, envuelto por una niebla baja de un color gris blanquecino. Como si el exoplaneta viviera de continuo abrumado por la amenaza de una lluvia torrencial que nunca acabara de desatarse. Un cielo melancólico, exiliado en un mundo sin apenas claridad. Porque aquí los días se suceden presurosos, efímeros como espejismos de luz que se desvanecen en ciento treinta minutos. Para luego caer en un gélido y profundo sueño de veinte horas.
Registra una gravidez superior a la de la Tierra. Su temperatura ambiental marca -40 grados centígrados. Su atmósfera se compone de dióxido de carbono, nitrógeno, hidrógeno, monóxido de carbono, amoníaco y metano. Y carece de oxígeno. Un ambiente irrespirable semejante al de la Tierra primigenia.
Xavier elige una extensa llanura de nieve granulada pero al ir a posarse el vehículo se tambalea inesperadamente. A sus pies se ha abierto una profunda sima helada. Hace equilibrios para no caer  y, elevándose de nuevo, prueba de aterrizar unos metros más adelante con igual resultado. Sin embargo, en este segundo intento los astronautas descubren que el cráter entierra algo más que témpanos. “¿Minerales? ¿Hidrocarburos?”-se preguntan intrigados.
Como las dunas corredizas les impiden aparcar en un lugar estable, permanecen en el aire mientras envían a los androides a explorar la zona. Los tres robots saltan dentro de la segunda sima y descienden ralentizados uno tras otro sus ochenta metros de profundidad como si se ayudaran con paracaídas. El humanoide rubio guarda en su concavidad abdominal un bote hermético que contiene muestras de hielo. El moreno recoge y agrupa varios fósiles de animales vertebrados e invertebrados que ha localizado en la capa superior de la depresión. Dos de ellos son calaveras completas que pertenecen a diferentes especies cuyo volumen craneal recuerda al del Homo sapiens. El tercer androide se encarga de sondear el terreno y extraer materia descompuesta para su análisis y datación.
Xavier y Rocío determinan que los huesos tienen más de un milenio. El hielo es en realidad litio cristalizado. Y descubren amoníaco, metano y dióxido de carbono en el subsuelo, fruto de la descomposición de bacterias, plantas, animales y sus desechos a lo largo de millones de años. Lo más esperanzador, con todo, es que detectan residuos de agua, muy ínfimos pero al fin y al cabo agua. Hallazgos que les lleva a conjeturar que también hubo hace mucho tiempo vida vegetal. Los científicos se encierran en un silencio larvado de quimeras imposibles, de hipótesis inverosímiles. “¿Qué es lo que propició la evolución hacia formas de vida complejas y anaerobias, algunas de ellas presumiblemente inteligentes, a partir de dióxido de carbono y en ausencia de oxígeno?” Andan tan abstraídos cavilando que se han olvidado por completo de Gorka y Almudena.
Hace ya horas que ha oscurecido cuando se despiertan y resuelven tomar rumbo hacia la cara oculta de Excelsius. La zona norte registra una temperatura más moderada, 0 grados. Al estar situada a mayor distancia de su núcleo que el hemisferio sur, donde sufre un importante achatamiento, aquí el peso de la gravedad es inferior. Al cabo de unos minutos amanece con el tímido resplandor de una cerilla. La niebla ha desaparecido. La temperatura asciende hasta alcanzar los 5 grados. El aire mira cristalino, misterioso, levemente rosáceo como si se hubiera impregnado del rubor de un lejano crepúsculo. Un ambiente cálido y ensoñador que, sin embargo, alberga un paisaje agreste, invernal y telúrico dominado por moles de rocas agujeradas y grandes planicies salpicadas por discretos oteros blancos de litio cristalizado. La vista no tropieza con ningún árbol, matorral o planta silvestre. Pero hay algo de color oscuro de distinto tamaño, con formas caprichosas, zoomórficas incluso, que parchea el camino blanco. Lejos del roquedal descuella una imponente montaña nívea engastada al parecer de granos de litio bruñidos por un sol deslucido, de mirar anciano, lánguido. Una luz próxima a extinguirse.
Consiguen aterrizar al primer intento en un solar llano y firme próximo al paraje de rocas. Los robots inician su expedición por el roquedal. Los astronautas no salen de su asombro mientras siguen sus movimientos desde la nave a través de las cámaras que llevan incorporadas en sus receptores oculares. En la mayoría de cuevas que registran, se encuentran cadáveres de animales pintorescos en avanzado estado de descomposición o su esqueleto. Todos carnívoros y con una considerable capacidad craneal. Identifican también los restos de las dos especies halladas en la sima del sur que confirman que su talla es similar a la del Homo sapiens pero de complexión más fuerte. Una especie tiene por extremidades superiores un par de brazos a medio camino entre unas aletas, alas o tentáculos cubiertos de cerdas oscuras al igual que su cabello. Mientras que en el otro animal apenas se diferencia sus patas delanteras  de las traseras. Las inferiores acaban en forma de largas y curvilíneas uñas como las de un felino y las manos recuerdan más a las de un simio. Por su volumen encefálico presuponen que eran tan inteligentes o más que los humanos. Y, además, deducen por su posición yacente que expiraron en lo que parece constituían sus hogares u hospitales. Sin embargo, no hallan ningún vestigio de cultura en forma de herramientas, escritura o arte.
La colección de osamentas que se amontonan en las oquedades de la roca revela también que fenecieron en masa en un breve lapso de tiempo. ¿Se debió a una catástrofe natural? ¿Fue un meteorito?¿Tal vez la erupción de un volcán?¿Una guerra? No. Los cuerpos se conservan intactos, no sufren quemaduras ni heridas. ¿Pero que murieran en su cama significa que lo hicieron plácidamente? Intuyen con un escalofrío que tampoco debió ser así.
Cierran los monitores y aguardan callados el regreso de los androides. La imaginación de Xavier, sin embargo, vuela ahora lejos, muy lejos de Excelsius y se sienta en las aulas de la Universidad a recordar sus clases de física, química y biología. Repasa los elementos de la tabla periódica y sus combinaciones. Luego recala en la prehistoria y se cruza con los amos indiscutibles del mundo durante millones de años, los dinosaurios. Descubre los primeros homínidos al abrigo de los árboles de la sabana. Cuando se fusionaba en su mente el homo de Neandertal con el homo sapiens y otra especie desconocida, horripilante en apariencia pero tan inteligente e insólita que era capaz de transmitir a su prole los conocimientos adquiridos y la cultura heredada genéticamente, una voz desafinada le conmina a girar la cabeza al igual que a Rocío.
Almudena vuelve a formular la misma pregunta:
-¿A qué esperáis a enterrar a Gorka, o es que pretendéis embalsamarlo en la Tierra para que lo veneren como un héroe nacional? No sé si lo sabéis pero está muerto- añadió encogiendo los hombros tras advertir la muda reacción de sorpresa del hombre y la mujer.
La astrofísica de Toledo no sólo ha recobrado la conciencia sino también su peculiar vis tragicómica.
Antes de organizar las exequias de Gorka, deciden investigar la naturaleza de las extrañas manchas que salpican el camino. Y descubren, no sin gran pavor, que se trata de costras que ocultan más cuerpos sin vida. Una capa mucosa y maloliente que recuerda al amoníaco, adherida a la piel gelatinosa, pelo, plumas, escamas o caparazón de los cadáveres.
Más tarde, cuando los humanoides excavan la montaña blanca, los astronautas confirman sus secretas sospechas. La montaña resulta ser otra sepultura…el cementerio de cientos de seres extraterrestres, hacinados allí precipitadamente por razones que desconocen. Rocío aparta la vista. Pero sus ojos no pueden escapar de tanta desolación. De la muerte que anida inhumada por capas de litio, rocas, pústulas bajo una luz pálida,  agonizante. La noche, esa negrura casi eterna que lo cubrirá todo, acecha cerca, muy cerca con su lúgubre mortaja de hielo para, una vez más, velar a sus muertos.
Apuran los últimos destellos del sol para enterrar a su compañero en una fosa que cava en un montículo el robot pelirrojo y que corona con una cruz unida por dos huesos. Reprimen su deseo de salir fuera a despedirse de Gorka porque el Instituto Espacial Surconfederado se lo ha prohibido expresamente. Y tras llorar su muerte y asumir con tristeza que la infinitud del Universo seguía obstinándose en arrinconar al hombre en una soledad sin salida, emprenden entre tinieblas el camino de regreso a casa.
Los argonautas se preparan para franquear la primera teleautopista.  Las muertes del exobiólogo y del sueño de que Excelsius albergara vida inteligente los mantiene, sin embargo, acogotados por el silencio cósmico y un peso fúnebre. En cuanto Xavier y Almudena reconocen a su madre galáctica, la alegría y las risas eclosionan de pronto como el nacimiento de una nueva vida. Rocío tarda en unirse a ellos. Almudena se desliza y va en busca de la chica.  La desembaraza de su protección y deja escapar  un alarido de horror que alerta a Xavier. El rostro de Rocío les mira fijamente con las cuencas de los ojos vacías, sangrantes. No respira.
En su segunda escala, los dos supervivientes enfundan sus cuerpos como quien trata de blindar su vida confinándose en compañía de su enemigo letal en un búnker acorazado de grafeno. Almudena siente un escalofrío de contrariedad y aprieta los párpados.
La astrofísica despierta exultante tras superar con éxito la peligrosa travesía. Su felicidad esta vez no está justificada tanto por el hecho de haber llegado a la Luna como de haberse librado de una temible muerte. Sin embargo, demora hasta el momento que se restablece la gravidez enfrentarse a la suerte que ha deparado a su compañero.
El recuerdo de Rocío acompaña sus pasos vacilantes, la respiración entrecortada, el corazón y las manos en un puño. Hasta que no abre la cápsula transparente no advierte que Xavier se retuerce de dolor con los ojos en blanco. Almudena recula lentamente negando con la cabeza, con la mirada extraviada. Cree que sufre de nuevo alucinaciones y grita presa del pánico mientras deambula por la nave sin rumbo cierto tratando de huir de sí misma. Xavier expira mudo cuando los robots contienen a la astrofísica, que quiere lanzarse al vacío.
La inquietud empieza a asomar en  el Instituto Espacial Surconfederado (IES). Desde hace un par de días aguardan el regreso de EcoHispania IV. Los malos presagios comienzan a correr por los Estados Conferados del Sur y, de allí, al resto del mundo. Sin embargo, a las 17:00 horas la nave establece comunicación con IES informando de su inminente arribada. El personal del Instituto espacial se organiza sin dilación con el fin de garantizar un aterrizaje seguro. Los periodistas y corresponsales despiertan de súbito de su agónica espera en la sala de prensa. Las autopistas y carreteras se colapsan. Las bocinas de los coches enervan la impaciencia por llegar a tiempo para presenciar el aterrizaje.
Las puertas de la aeronave se abren y emergen las tres copias de robots que saludan al enfervorizado público. Los vítores y flashes se detienen de pronto a la espera de que salga el resto de la tripulación. Transcurren los minutos y continúa sin comparecer ninguno de los cuatro astronautas humanos. La gente empieza a murmurar en sordina sorpresa. Los periodistas hacen pública la desaparición, aún no confirmada oficialmente, de las astrofísicas y los exobiólogos. Y no tardan en calificar de rotundo fracaso la misión Exodus I.
Entre las filas caóticas de espectadores un hombre se convulsiona estrábico y se desploma sobre su vecino. A un centenar de metros, otra mujer entra en trance y continúa agitándose unos segundos sobre la mantilla de arena del desierto. El ritmo de los caídos no cesa de crecer en los siguientes minutos. Su agonía es silenciosa. Sólo gritan los sobrevivientes, que corren despavoridos mirando al cielo, cubriéndose la cabeza…cayendo finalmente derrotados en el campo de batalla. Moribundos, enmudecidos, sin entrañas por un obús de enemigos invisibles.
El gobierno de Andalucía decreta el estado de emergencia mientras un equipo de científicos estudia y trata de luchar contra una mortífera bacteria. Un microorganismo comunitario, extremófilo originalmente anaerobio que vivía adaptado a un medio sin oxígeno que ha mutado rápidamente en aerobio. Un asesino compulsivo, un devorador insaciable, indestructible dotado de gran inteligencia, dispuesto a conquistar la Tierra y forjar una nueva estirpe que dominará el Universo. 

lunes, 26 de enero de 2015

2099:viaje al exoplaneta Excelsius. Parte II



La nave EcoHispania IV flota ahora sobre un remanso espiral de 200.000 luceros. Los astronautas, sin embargo, creen que viajan a la derivan. El monitor de control tarda un minuto en confirmar que aquel mar de constelaciones en calma es, en efecto, nuestra galaxia. Resulta sorprendente y hasta disparatado: han recorrido en segundos los 27.000 años luz que les separaban del brazo de Perseo, la zona sudoeste de la nebulosa. Para cubrir esa misma distancia en la Tierra, hubieran necesitado cientos de milenios. El desplazamiento por una teleautopista es muy similar a hacerlo a través de un agujero negro. La diferencia entre ellos estriba en que caer dentro de un agujero negro tendría consecuencias fatales. Hubieran quedado atrapados en una gigantesca red de araña de la que no habría ya modo humano ni cósmico posible de escapar. Ni vivos ni muertos. Y, lo que es peor, sufriendo una terrible agonía. Porque además de deformarse el tiempo y el espacio que es lo que permite saltar al futuro, al alcanzar la zona de singularidad los cuerpos y materia atrapados son estirados, vaporizados y desgarrados violentamente hasta acabar por desintegrarse. La primera escala apenas ha durado quince segundos cronometrados pero ellos tienen la sensación de que el tiempo ha transcurrido a cámara lenta. Nadie ha perdido la conciencia. Pero sí se encuentran levemente aturdidos por el impacto del viaje exprés en su cuerpo y mente. Sus movimientos son torpes y lentos al principio. Almudena, la astrofísica de Toledo, experimenta además alucinaciones pero su estado de ánimo raya la euforia como el del resto. Rocío tarda un poco más en reaccionar y celebrar con sus compañeros el éxito de su primera incursión por un agujero de gusano. El sistema que regula el índice de gravitación parece que falla porque levitan. Sus cuerpos burbujean como la alegría que les desborda. Sus caras lunares sonríen, sus ademanes, ahora más ágiles y vivos, evidencian el optimismo, la euforia desatada por estar viviendo un momento único en la historia de la humanidad. Un jolgorio contagioso del que el trío de robots participa a su manera. Componiendo con los dedos el signo de la victoria y entrechocando sus manos de grafeno con las manos enguantadas de carne y hueso. Cuando los ánimos y los valores gravitatorios se van normalizando, concentran de nuevo su atención sobre la pantalla del monitor. Rocío, la astrofísica sevillana, acaba de poner en marcha el telescopio para avistar la nube de estrellas que forma la galaxia. A diferencia de la observación realizada desde la Tierra, se descubre ante ellos una miríada de luces nítidas y rutilantes aunque extrañamente móviles, cada vez más numerosas y lejanas como estrellas fugaces. Su belleza pasajera titilando en un espacio infinitamente dilatado, errante los sobrecoge, les corta las palabras. La mujer activa después el radiotelescopio. Los cuatro humanos mudan su expresión de pronto. Muestran ahora circunspección y tensión. Tratan de encontrar una teleautopista joven relativamente lejana a un agujero negro supermasivo, que saben que abundan en el centro de la Vía Láctea. Y, efectivamente, constatan con preocupación que hay a su alrededor más de uno acechándoles como guaridas de lobos. El interior de un agujero negro genera un campo de gravedad que nada, ni siquiera la luz puede escapar de él. Además son muy tramposos. No se dejan avistar directamente. Su presencia se detecta a través de los rayos x emitidos por estrellas binarias y galaxias activas próximas. Tras localizar y marcar la posición de las estrellas sobre las que inciden los agujeros negros que minan con su poderosa energía el núcleo de la galaxia, repasan con tiempo e inquietud las constelaciones recién apagadas. Y la estrella que ha muerto más recientemente es, desafortunadamente, vecina del agujero negro más masivo. No tienen escapatoria. Es la teleautopista más contemporánea a ellos de toda la galaxia. La única que de nuevo les devolverá al punto de partida, la Vía Láctea, y de ahí a la Tierra, en caso de culminar con éxito su misión. Pero no logran ponerse de acuerdo. El temor de acabar pereciendo en las fauces de un agujero negro los acorrala y paraliza. El tiempo se esfuma presuroso y estrangulador. Rocío y Gorka, solteros y sin familia, apuestan por dirigirse a otra teleautopista más longeva y alejada de la zona de peligro. Tomando esta vía retrocederían de diez a veinte años al regresar a su planeta. Una minucia temporal que no sólo preservaría sus vidas del riesgo de caer por accidente en el vacío, sino que ganarían años a la vida. Sin embargo, los otros dos astronautas humanos que insisten en seguir las directrices marcadas por el Instituto Espacial Surconfederado (IES), acaban convenciéndolos de lo contrario. Cada uno se coloca en el puesto asignado y se prepara para afrontar la travesía más larga y difícil del viaje. Pese a que Xavier, padre de familia, tiene más pericia como piloto, Gorka decide por esta vez comandar la nave. El resto se parapeta con cierto recelo en sus cápsulas translúcidas clavando su atención en Gorka. El vehículo da un rodeo con el fin de tomar la teleautopista por el extremo opuesto a la boca negra. Se aproximan. El conductor se aferra a los mandos. La tripulación observa y espera inmovilizada, olvidándose de respirar. Se disponen a entrar pero Hispania IV vira de pronto de un modo abrupto. Gorka intenta en vano de rectificar el rumbo. La nave está fuera de control. El agujero negro supermasivo ejerce sobre ella un magnetismo irresistible que la doblega y atrae como una brizna de chatarra. Gorka sale despedido e impacta contra el cristal frontal del aparato. Xavier se desprende rápidamente de su cápsula. Avanza con dificultad agarrándose a los respaldos de los asientos y se hace con los mandos. Pero se barrunta que es demasiado tarde para lograr esquivar el agujero. Mientras, Gorka sigue dando tumbos de un lado a otro de la nave en posición fetal y con las manos sobre la nuca. La inminencia del fin impele a Xavier a gritar con fuerza, con rabia. Y parece que su ingenio, espíritu y cuerpo se impregnan de esa misma fuerza colérica, descomunal para afianzarse en el asiento y activar en el último instante los motores retroturbopropulsores que los impulsa hacia atrás y consiguen alejarlos de una muerte segura. Gorka se ha fracturado al parecer varias costillas. Xavier le ayuda a sentarse y protegerse con su equipo individual antes de internarse en la segunda teleautopista. Segundos después son succionados por el sumidero de la estrella y se precipitan a través de su interminable intestino. La velocidad endiablada, demencial con la que caen contrae su campo de visión hasta el tamaño de un garbanzo. Los cuerpos celestes que tienen delante se aglomeran y proyectan haces de luz de color azul pero si vuelven la mirada hacia atrás, ven cómo se dispersan y se vuelven rojas. Con todo, la experiencia resulta más pausada e intensa que en la primera escala. Se han podido recrear más tiempo con las imágenes regresivas del alumbramiento del Universo y de su visión futura tras conseguir avanzar cinco millones de años luz. Un recuerdo que ha quedado también grabado en la memoria del ordenador para ulterior estudio y deleite de científicos y profanos. Cinco minutos de destellos cósmicos que darán en los próximos días la vuelta a la Tierra y que, sin duda, revolucionará el mundo. Impactos visuales capturados a una rapidez tan vertiginosa e inconcebible para la mente del hombre como lo son las sobrehumanas distancias y dimensiones de la bóveda celeste. Un mundo excesivamente grande y remoto que no cesa de crecer y alejarse. Un mundo únicamente abarcable durante siglos por teorías y ecuaciones que no eran sino meros espejismos y jirones de la realidad que escondía. Pero que a partir de ahora empezaba a estar al alcance de la mano. Un prodigio de la inteligencia y el progreso humanos que, como el Universo, porfían por romper sus propios límites y barreras en su afán de alcanzar el conocimiento de la verdad. Desvelar los misterios, origen y destino de la vida. Hace unos minutos que han salido de la teleautopista. Xavier se desprende de su cápsula perezosamente y se eleva sin voluntad como un globo de gas. Una rara inercia lo lleva junto a los tres robots. La misma fuerza que impulsa a Rocío a reunirse con ellos apenas noventa segundos después. Sin embargo, flotar en esos instantes es lo que menos desean el hombre y la mujer. Necesitan restablecer la circulación normal de su flujo sanguíneo y superar el embotellamiento, atonía muscular y somnolencia causados por el viaje en el tiempo. Son conscientes de que lo han logrado y de que están a un paso de llegar a Excelsius pero se sienten sin fuerzas ni ánimos para celebrarlo aún. Almudena sale de su burbuja al fin. Pero tras sufrir de nuevo alucinaciones y delirios, es presa de un episodio epiléptico que la sume en un estado de inconsciencia del que no acaba de despertar. Xavier y Rocío necesitan confiar que su compañera, una de las más reputadas y expertas astrofísicas del mundo, recobrará la conciencia para cuando aterricen en el exoplaneta. Ambos se dirigen luego movidos por un pálpito hacia donde está Gorka, que todavía permanece dentro de su equipo de protección. Y comprueban con gran consternación que una hemorragia interna ha sellado su acta de defunción. Xavier y la mujer se miran en silencio. Un par de lágrimas se detienen y anegan los ojos de Rocío. El destino se halla tan próximo que ni el llanto parece capaz de contenerlo.

viernes, 16 de enero de 2015

2099: viaje al exoplaneta Excelsius. Parte I




La primera potencia mundial en la carrera espacial, los Estados Confederados del Sur (EE CCOS), llamado España hasta 2025, está a punto de marcar un hito en la historia de la cosmonáutica. Lanzará por primera vez una nave tripulada con la doble misión de viajar y explorar en un tiempo récord el planeta extrasolar Excelsius con el fin de obtener nuevas fuentes de energía. La nave EcoHispania IV no sólo se aventurará a ir más allá de nuestro sistema solar si no que lo hará desafiando las leyes del tiempo y el espacio convencionales internándose en teleautopistas conocidas como agujeros de gusano intergalácticos.
La explotación de la plataforma petrolífera en las islas Canarias durante ocho décadas  consecutivas, los sucesivos gobiernos y políticas impulsados por los partidos y movimientos de ciudadanos Lo conseguiremos (Locos), Sólo juntos avanzaremos (Sojuav), Nuestras ideas suman (NI+), Trabajemos por el futuro (TxF) o El futuro es progreso (F=P) han hecho posible que EE CCOS despuntara y acabara imponiéndose en el campo de la investigación y aplicación tecnológica y científica aeroespacial. Avances que han redundado al mismo tiempo en una mejora significativa en la calidad de vida de sus habitantes.
A día de hoy es un país rico y avanzado que disfruta de una de la rentas per cápita e índice de bienestar y felicidad más elevados de Europa, superando incluso desde 2095 al supergigante asiático integrado por China e India. Los Emiratos Árabes y Arabia Saudí que, una vez extraída la última gota de crudo a finales de 1970 y 1980 respectivamente, compiten en la carrera espacial destinando el remanente de su riqueza nacional en viajar a otros planetas y hallar energías alternativas más limpias. Rusia y EE UU constituyen las dos potencias que mueven y entretejen los meridianos y paralelos del mundo al acaparar la mayor riqueza de petróleo y renta por persona. Aunque registran también las tasas más elevadas de criminalidad y suicidios dentro del conjunto de países desarrollados.
En EE CCOS los puestos de trabajo de largas jornadas que requieren mano de obra son cubiertos íntegramente por robots manuales especializados en lugar de por inmigrantes. Gracias a la implantación de programas software y de inteligencia artificial punteros de alta eficacia los beneficios económicos obtenidos de este modo se reparten entre el sector empresarial, los estados confederados y sus ciudadanos que dejaron de estar obligados a cotizar en la seguridad social desde el año 2088. Desde su nacimiento, los ecosureños perciben una renta vitalicia y un par de robots personales. Mientras un humanoide atiende los quehaceres domésticos, el segundo se encarga de entrenar y potenciar su talento natural y capacidades psicoemocionales y sociales. Las baterías ultraligeras de recarga solar instantánea con las que funcionan la robótica y un sinfín de aparatos de uso cotidiano así como el transporte rodado y aéreo individual y de pasajeros son fabricados a partir del grafeno, un material muy versátil, de múltiples cualidades y usos que, tras abaratarse en los últimos años, corre el peligro de desaparecer. Incluso la aeronave EcoHispania IV, que está a punto de despegar, se mueve gracias a él. Y lo contiene en su interior y superficie. En sus huesos y músculos livianos y flexibles pero duros, doscientas veces más resistentes que el acero y capaces de autoregenerarse; en su piel, poros, cerebro y neuronas que conducen con la máxima eficacia y rapidez el calor y la electricidad. Lleva grafeno hasta en el corazón mismo que lo propulsará en dirección a nuestra Vía Láctea.
Desde la madrugada del veintiséis de octubre cientos de miles de ecosureños se agolpan tras la alambrada de la estación del Instituto Espacial Surconfederado (IES) para contemplar, fotografiar y grabar de primera mano la que constituye una hazaña sin precedentes en la historia de la navegación sideral. La primera misión tripulada Éxodus I, con destino al exoplaneta Excelsius. El planeta fue descubierto por el equipo de astrónomos del IES dirigido por el astrofísico Celso Ramírez a través de Lumen, el mayor telescopio óptico del mundo, cuando el planeta transitaba frente a una estrella que lo hizo visible. Con la puntuación ESI de 0,9, Excelsius está clasificado dentro de la Zona Habitable y, por tanto, se presume que pudiera o ha contenido alguna vez agua en su superficie.
Los siete astronautas llegan a las diez de la mañana, hora peninsular, en un vehículo aéreo a la explanada del desierto de Almería Los Áridos donde antaño se rodaban películas espaguetis-western. El termómetro marca 33 grados. Al salir del coche para dirigirse a la rampa de entrada de la nave nadie distingue al par de mujeres astrofísicas de los dos hombres exobiólogos envueltos como van de pies a cabeza con monos de color beige. Pero los dispositivos personales de los asistentes capturan al instante los movimientos coordinados algo ralentizados de los tres robots humanoides que aparecen a cara descubierta y vestidos con ropa más ligera y ajustada. Los tres son reproducciones que corresponden a un mismo prototipo de varón, sólo que llevan injertos de pelo de diferente color. Las mujeres jóvenes suspiran al contemplarlos a través de sus potentes zooms o de una de las cuatro pantallas gigantes instaladas en el recinto. Podrían pasar perfectamente por un bello trío de galanes de cine. Pero éste no es el papel que están llamados a desempeñar en la misión Éxodus I. Se han concebido y preparado para poder ver en la oscuridad, soportar las extremas temperaturas y condiciones medioambientales de Excelsius, explorar su territorio profundamente abrupto y desgajado por la constante actividad volcánica  y recoger muestras de sus rocas de hielo, polvo y minerales. Todo ello con la esperanza de hallar y poder extraer en un futuro próximo minerales con los que producir nuevos materiales y energías más limpias para la atmósfera de la Tierra y seguir avanzando en la robótica, la ciencia y la tecnología. Tras reiterados fracasos de misiones anteriores realizadas alrededor de nuestro sistema solar, el viejo sueño acariciado durante décadas de encontrar la huella silenciosa de vida bacteriana parece que se haya desvanecido. Pero aunque a priori resulte remota constituye una posibilidad que late de nuevo en los corazones e imaginación no sólo de los ciudadanos sino de los científicos cada vez que el hombre se aventura a explorar el espacio.
Una calima densa y marrón colorea una vez más el cielo aunque está despejado de coches. La gente ha respetado la prohibición de volar esta mañana. Un sol justiciero incide contra la superficie de la nave y curte un día más el polvo del desierto. A las 10:59:50 segundos las cuatro pantallas gigantes anuncian al unísono el comienzo de la cuenta atrás recogiendo un primer plano de la base de lanzamiento y EcosHispania IV. La tribuna elevada agradablemente refrigerada donde se sitúa la sala de prensa es ahora un hervidero de actividad y voces que trasladan información e imágenes en directo y simultáneamente a cualquier punto del planeta.
A las once la nave, desprovista de cohetes y  lanzadera, se alza puntual en el aire a unos 140.000 km por hora escupiendo por unos instantes un zumbido sordo y una fina estela de arena y calor por encima de una vorágine de cabezas, cámaras de periodistas y corresponsales y dispositivos personales. Y ante el silencio admirativo de una multitud de ojos expectantes EcosHispania IV atraviesa como una flecha supersónica un ovillo de nubes arenosas encaminándose hacia la Luna y luego al corazón de la Vía Láctea desde donde podrá llegar a Excelsius, su destino final.
Recorren en menos de tres días los 384.400 km que distan de la Tierra a la Luna. Y sin dejar de orbitar, la astrofísica sevillana, Rocío, pone en marcha el radiotelescopio electrónico mientras sus compañeros observan y analizan los datos que va arrojando la pantalla sobre la magnitud y frecuencia de ondas electromagnéticas que irradian las estrellas más próximas. Constatan con gran alivio que aquella zona está libre de agujeros negros y, en consecuencia, no existe el riesgo de ser atraídos y engullidos por su fuerza gravitatoria. Registraba la máquina los últimos resultados cuando Gorka, el integrante más joven de la tripulación, señala con el dedo el punto exacto de una estrella que acaba de morir. Precisamente allí, en el cuerpo celeste que emite la señal más débil y el parpadeo más perezoso de la constelación que rodea a nuestro satélite natural, tomarán la primera teleautopista que les conducirá hasta la Vía Láctea, a unos 27.000 años luz de distancia. Un salto de titanes directo al futuro más remoto que jamás hubiera imaginado pisar algún día el ser humano. Lo más parecido a experimentar el infinito y su abstracción. Pero antes es de vital importancia recoger y conservar las coordenadas de la posición exacta que ocupa en el cielo aquella estrella recién extinta. Al comportarse igual que un agujero de gusano artificial, tendrían que volver a pasar por ella pero entrando por el otro extremo para regresar de nuevo al tiempo presente.
Xavier, el exobiólogo más alto y fornido, se sienta en la cabina de pilotaje y se encarga de virar y dirigir la nave hacia la primera teleautopista. El resto de la tripulación, incluidos los robots trillizos, se acomoda en sus respectivos asientos y manteniéndose bien firmes y pegados al respaldo, accionan el mecanismo del equipo de seguridad personal.
Los seis quedan encerrados casi al mismo tiempo en una cápsula anatómica transparente capaz de soportar la intensísima radiación inducida procedente del medio interestelar y amortiguar impactos producidos a velocidades superiores a la velocidad de la luz sin inflamarse, deformarse ni sufrir rasguño alguno. Como un rayo de grafeno EcoHispania IV se encamina directa hacia el ombligo de la estrella muerta. Un instante antes de penetrar en ella, Xavier pulsa el botón del mecanismo de protección individual y suelta los mandos de control.
La nave es atraída violentamente hacia el horizonte externo del cuerpo estelar dando un vuelco al desviar inesperadamente su trayectoria. De pronto cae en el horizonte interno por un extremo del agujero girando y acelerándose de un modo tan vertiginoso e instantáneo que la tripulación tiene ahora la impresión de que se ha detenido. Pero en realidad viaja a una velocidad imposible de precisar superior a la suma de la velocidad de la luz y del sonido. Los cuatro astronautas humanos permanecen expectantes, concentrados pero también azorados. Sus pupilas pavorosas, náufragas buscan la luz del cielo cuando de repente sus ojos, burbujas y la propia nave se colman con la extraordinaria visión de un destello luminoso cercano tan vivo y colosal como una galaxia incendiada de soles. Y son por espacio de unos segundos espectadores mudos de la fascinante historia de la creación del Universo. Pero el viaje ni el tiempo se detienen. Entran ahora en un agujero de gusano negro. Lo saben porque van a una velocidad aparente mucho mayor y se dirigen hacia afuera. Dentro del gusano el flujo del espacio convencional se invierte. Un nuevo flash de radiación proyecta esta vez ante sus ojos no menos maravillados un film de ciencia ficción sobre el futuro del Universo. Siguen cayendo y al cruzar el horizonte externo de un agujero blanco, reciben el tercer reflejo luminoso que les devuelve el espejismo del viejo Cosmos y el big bang. Al final del camino, el pasado y el futuro se cruzan por unos instantes. Detrás queda el Universo original formándose y delante, un nuevo mundo copia del anterior pero con los siete astronautas planeando sobre lo que parece la Vía Láctea, rodeados de miles de millones de brillantes estrellas. ¿Pero realmente podían asegurar que se trataba de la Vía Láctea y no de otra galaxia de las millones que pueblan el Universo en constante expansión? La incertidumbre se cierne de pronto sobre sus cabezas cual espada de Damocles a punto de caer y truncar su misión y esperanzas.

Continuará

Relato también publicado en la revista eye2magazine.com

martes, 6 de enero de 2015

De cómo salvé la vida en el naufragio del Juncal


El catorce de octubre de 1631, un día después de que falleciera el capitán general de la flota de la Nueva España, Miguel de Echazarreta, zarparon diecinueve buques de Veracruz (México) en dirección a La Habana y con destino final a mi lejana y añorada patria.
Viajábamos a bordo de la nao almiranta Nuestra Señora del Juncal más de trescientas personas y un cargamento superior a un millón de monedas de plata y reales, oro y otros metales preciosos, cacao, sedas y tintes.
Al cabo de unos días, encontrándome en cubierta con mis compañeros de tripulación, el viento del norte empezó a arreciar encrespando la mar y atrayendo hacia el galeón un ejército de nubes. Rápidamente el cielo se fue cubriendo de oscuros presagios.
Bajo las órdenes del contramaestre, los oficiales dividieron y organizaron en dos grupos a los marines, grumetes y pajes . Trabajamos con gran celeridad. Manipulamos escotas y recogimos velas, corriendo unos hacia babor y otros a estribor, nerviosos y agitados como una hueste de enfebrecidas hormigas que se mueven sin rumbo aparente y una visión clara de cómo actuar ante una emergencia.
Cuando bajábamos los velachos del mastelero de trinquete, el cielo comenzó a escupir rayos, truenos y mares de lluvia. El agua no sólo entraba por cubierta. Nuestra Señora del Juncal estaba agujereada por todas partes, de popa a proa, de arriba abajo, por la quilla, la bodega, los camarotes…Nada parecía salvarse a las filtraciones del agua del océano y la lluvia. Nos empleamos a conciencia en achicar de día y de noche el agua con ayuda de los cuencos más inverosímiles que se pueda imaginar, incluidos utensilios de cocina y de uso personal.
Después de dos semanas de temporal nos faltaban manos y las esperanzas de llegar a salvo a la costa de Campeche se desvanecían. Los camarotes estaban anegados y en cubierta el agua y las ratas ahogadas nos cubrían la cintura. El mástil mayor se había partido durante la realización de una maniobra fallida. Nuestro fatídico destino se acercaba inexorablemente. El Juncal se hundía con nosotros y parte del caudal de monedas y metales preciosos que Felipe IV había demandado con urgencia para que la corona española siguiera defendiendo y ocupando su lugar hegemónico en Europa.
Mientras unos continuábamos luchando contra los elementos y la razón, otros, tanto pasajeros como parte de la dotación de marines, andaban en apariencia ociosos. Entonces, sintiéndome de pronto desbordado por los acontecimientos, me atreví a mascar mi primera y, probablemente, única hoja de coca. Por suerte se conservaba prácticamente seca. Mascando en silencio y lentamente agradecí aquel caritativo regalo con que me había obsequiado un grumete estando aún en Veracruz.
Pero no estaba todo perdido para algunos de nosotros. Las más de trescientas atribuladas almas que había en el Juncal depositamos, en un momento u otro, nuestros ojos y última esperanza en la lancha destinada a salvaguardar el correo del monarca, a los nobles, al capitán y piloto del galeón.
Un grupo de hombres muy bien vestidos ofrecieron joyas al contramaestre a cambio de subir a la pequeña embarcación y librarse así de una muerte segura. Al parecer, tras varios intentos infructuosos por botar al agua la barca que carecía de mástil mayor, desistieron y se marcharon cabizbajos. Pero esto lo supe más tarde como también que aquellos aristócratas se retiraron a sus camarotes a esperar que la providencia hiciera su santa voluntad.
Apenas haría cinco minutos que había retomado con más calma y paciencia mi inútil labor de achicar agua, cuando el contramaestre me agarró de la camisa sucia y mojada y, sin mediar palabra, me arrastró junto a otro marinero hasta el lugar donde estaba la lancha. Nos sumamos a la veintena de hombres que maniobraban la barcaza, mientras un clérigo y otro pasajero se limitaban a observarnos y dar instrucciones que nadie atendía. El contramaestre regresó con un puñado de refuerzos más y, gracias a la experiencia y empeño del personal de la tripulación, conseguimos al fin hacernos a la mar.
Aquella noche del treinta y uno de octubre al uno de noviembre, subimos a la lancha un total de treinta y nueve pasajeros, el religioso, un comerciante y treinta y siete tripulantes, incluido el contramaestre. Mientras navegábamos pesada y lentamente por Cayos Arcas, entre la Bahía de Campeche y San Francisco, vimos afligidos cómo Nuestra Señora del Juncal desaparecía en el Golfo de México llevándose consigo al almirante de la flota Nueva España, Andrés de Aristizábal, y cerca de trescientas almas más. Que en paz descansen.
Con la barca sobrecargada, sin mástil mayor y apolillada, temí, y con razón, que nuestras vidas corrieran la misma suerte. Desde el momento que botamos la lancha, la mayoría nos dedicamos a recoger y tirar al mar con nuestros bonetes el agua que entraba por múltiples goteras. Y mientras unos pocos trataban de gobernar la embarcación y dirigirla hasta San Francisco de Campeche, el religioso se empeñaba en confesarnos y darnos la extremaunción a cada uno de nosotros. Sin apenas discutirlo acordamos rápidamente por unanimidad arrojar al clérigo a la borda con el fin de combatir no sólo el problema de sobrepeso que sufría la lancha. Cuando fuimos a cogerlo en volandas decididos a lanzarlo al agua, el muy astuto y rollizo religioso clamó piedad una y otra vez aferrándose a mi brazo con la fuerza de un león. No logrando zafarme de su mano, intermedié a su favor. Y entre sus ruegos, mis argumentos y gritos suplicantes, persuadimos al resto para que le perdonaran la vida. Finalmente tomamos la resolución de desprendernos de la mitad de las joyas y el botín que los nobles habían entregado al contramaestre. Una vez sanos y salvos, repartiríamos el resto del tesoro.
Cuando despuntaba el alba y después de pasar la noche en vela achicando agua, uno de los oficiales dio la voz de aviso de que había avistado un bote. De inmediato solté mi bonete, que quedó flotando en la superficie de la barcaza. Y levanté la mirada entre desfallecido y sorprendido buscando en el horizonte un resquicio de vida y movimiento al que agarrarme y no morir. Entonces divisé y reconocí el patache, la embarcación encargada de comunicarse y coordinar los diecinueve navíos que integraban la flota de la Nueva España. Tratamos de ponernos en pie todos a la vez mientras gritábamos y dirigíamos aspavientos de desbordante alegría y agradecimiento a nuestros salvadores. Un marinero y yo, no pudiendo contener por más tiempo la ansiedad y la emoción que nos embargaba, nos zambullimos de cabeza en el mar y nadamos extenuados y felices el centenar de metros que nos separaba del patache.
Ya en tierra, en Campeche, tuvimos noticias de que Nuestra Señora del Juncal no había sido el único navío de nuestra flota que había naufragado durante la travesía entre Veracruz (México) y La Habana (Cuba). También lo habían hecho, y antes que la almiranta, el galeón de escolta, Santa Teresa, y la nao mercante, San Antonio. Pero esta nueva desdicha no era la última que habríamos de lamentar. Porque a los pocos días de desembarcar, nos detuvieron a treinta y ocho de los treinta y nueve supervivientes del Juncal. La acusación: protagonizar un motín y provocar el naufragio de la nao almiranta. El denunciante: el religioso. ¡En mala hora no lo echamos a los tiburones!
Tras meses de incertidumbre arribamos a Cádiz el dieciséis de abril de 1632. Había transcurrido casi dos años desde que zarpamos de Sanlúcar de Barrameda rumbo a América. Pero aún tuvimos que armarnos de paciencia un poco más de tiempo antes de ser requeridos por la Casa de la Contratación, en Sevilla, y declararnos, por fin, inocentes de un delito que no habíamos cometido.

Relato publicado también en la revista eye2magazine.com



martes, 25 de noviembre de 2014

La máquina del día después



Aquel veinte de junio de 2004 cambiaría mi vida para siempre. La mañana en que se produjo el accidente en el laboratorio de mamá estaba en la escuela (¿adónde si no?) sobrellevando como podía al baboso de don Claude y su aburrida lección sobre los ríos y afluentes de Francia.
Al girar el autobús escolar para entrar en la calle Saint Germaine, hacía rato que Cyntia, Olivier y una servidora esperábamos de pie a que se abrieran las puertas. Yo ese día estaba especialmente ansiosa por llegar a casa y soltar el puñado de mariquitas que había secuestrado en el patio del colegio con el fin de acabar con la plaga de pulgón que asolaba el jardín y huerto de mamá. Aunque he de confesar que en realidad lo que me interesaba era analizar su comportamiento y anatomía como ya hiciera anteriormente con una colección de hormigas y gusanos. No podía ni aún hoy puedo evitarlo, me pirran los animales, grandes y pequeños. No en vano mantenía por entonces el firme propósito de estudiar veterinaria
Faltarían unos cincuenta metros para llegar a la parada cuando el bus frenó y se detuvo inesperadamente. Lo primero que hice tras la sacudida fue palpar el bolsillo de la chaqueta del chándal para asegurarme que la cajita de cartón con las mariquitas seguía en su sitio. Luego bajé distraída los tres escalones de un brinco. A punto estuve de aterrizar sobre Cyntia y Olivier que permanecían en la acera quietos como dos pasmarotes.
Iba a protestar cuando me dio por mirar hacia el final de la calle. Estaba completamente tomada por una ambulancia, tres coches de patrulla de policía y uno de bomberos. No vi fuego ni humo por ninguna parte. Pero supe que había ocurrido algo terrible. Mis dos amigos me observaban con un poso de preocupación en la mirada. Ellos vivían y viven en los números 25 y 43. ¡Y yo… en el 103! Precisamente al final de la calle en cuyo sótano mi madre había montado su propio laboratorio.  De pronto eché a correr. Recuerdo que quería gritar. Llamar a mamá. Pero la agitación y turbación que me embargaba en aquellos momentos ahogaron mi voz.
Dejé a un lado el coche de bomberos y busqué la ambulancia con los ojos nublados. Di varios saltos mientras miraba a través de las puertas traseras. Pero sus cristales tintados no me dejaban ver nada. Entonces corrí hacia las ventanas laterales. Pero antes de que pudiera asomarme, un gendarme me sorprendió y me condujo hasta la casa vecina donde un par de hombres interrogaban a mi padre.
La Policía Judicial determinó que la muerte de Adèle, la ayudante de laboratorio de mamá, se había producido a consecuencia de un cortocircuito en la computadora con la que trabajaban. Durante días registraron sin resultado cada palmo del laboratorio medio calcinado recogiendo y analizando muestras en busca de los restos mortales de Claire, mi madre. Finalmente, la declararon oficialmente muerta y la familia y amigos dimos cristiana sepultura a su alma, que no a su cuerpo. Sin embargo, yo me ancoré desde el principio en la convicción de que seguía con vida. Dónde y por qué había desaparecido eran cuestiones que habría de averiguar. Por suerte, había heredado la tenacidad y espíritu inquisitivo de mi querida madre.
Precisamente por mi carácter despierto sabía que habían estado trabajando desde hacía años en un experimento muy ambicioso que mantuvieron en absoluto secreto. Tenía también conocimiento de que Claire, tan meticulosa como era, se había encargado de guardar  en la caja fuerte de casa cuantas anotaciones diarias había ido haciendo sobre el tipo y características del experimento, los procedimientos y programas informáticos empleados, los ensayos fallidos, sus incidencias y progresos. Al fin, después de varios intentos y gracias a la ayuda de mi padre, di con la clave de acceso y pude ojear los dos palmos de papel impreso con notas manuscritas en los márgenes que había dentro de la caja y constituía todo el legado científico de mi madre.
No sin gran sorpresa y fascinación, descubrí enseguida que Claire y Adèle habían creado una máquina del futuro. Durante el año anterior y los primeros meses de 2004, habían estado experimentando con objetos, organismos microscópicos, insectos y ratones. Con el fin de evaluar la eficacia de su invento, decidieron que una de ella habría de viajar al 20 de junio de 2014. Si lo lograban, cruzar la barrera del tiempo presente dejaría de ser una vieja aspiración humana relegada por entonces al mundo de la ciencia ficción para convertirse en un hecho constatado científicamente. Además de pionera en su campo, mi madre habría sido testigo de que no sólo organismos simples como las bacterias eran capaces de desafiar las leyes del tiempo lineal.
Los datos, fórmulas y jerga técnica con que se expresaba mi madre en aquel legajo de papeles representaban para una niña a punto de cumplir los once años un colosal jeroglífico tan incomprensible como apasionante. Con la idea obsesiva de desembrollar aquel galimatías y el incierto destino de mi progenitora, empecé a trazar con sumo cuidado y perseverancia mi carrera en el ámbito de las ciencias matriculándome simultáneamente a los dieciocho años en la facultades de Física e Ingeniería de Telecomunicaciones  en la Universidad de la Sorbona (París).
En mis primeras pruebas recurrí a pequeños objetos, bacterias y ácaros microscópicos. Luego pasé a organismos de uno a tres milímetros de longitud, como los pulgones. Empleé prácticamente un año en copiar el ADN de un arácnido y mandarlo al futuro. O cuanto menos, conseguí que desapareciera de la placa horizontal de la computadora. Pero tras estudiarlo y meditarlo con detenimiento, me percaté de que algo fallaba. Enviar materia inerte al futuro no constituía ningún problema. La dificultad parecía estribar en desplazar seres vivos. Gracias a la colaboración de genetistas, biólogos, ingenieros electrónicos y especialistas en nanotecnología detecté al fin algunas imprecisiones en las variables de las fórmulas y cálculos efectuados por mi madre y su auxiliar donde podía hallarse la clave de la solución al problema. Errores que traté de subsanar en la medida de lo posible.
Sin embargo, el tiempo pasaba raudo y la fecha límite para reencontrarme con mi madre, el diecinueve de junio de 2014, acechaba en la próxima esquina del calendario. Ya no era posible hacer más ensayos. Mi turno para viajar al futuro había llegado. En menos de un mes tuve que dejar atados los últimos cabos sueltos y prepararme psicológicamente con el fin de afrontar una aventura de cuyo éxito empecé a albergar no pocas dudas. Porque si no lo lograba perdería, tal vez, la única oportunidad de recuperar a mi madre.
La noche del dieciocho al diecinueve de junio tampoco conseguí dormir. Me levanté hastiada por el calor y mareada de dar vueltas en la cama. Salí a la terraza y me senté en el balancín de madera. Observé contemplativa e inquieta el cielo estrellado.
A las nueve de la mañana, ojerosa y con un dolor pulsátil clavado en las sienes y la nuca, me dirigí al laboratorio. Paul, mi padre, ya estaba dentro.
Me embutí el mono gris confeccionado con una malla inteligente producto de la nanotecnología. Me cubrí la cabeza y el rostro con un pasamontañas diseñado con el mismo tejido y color que el mono. Me ajusté a la muñeca un ordenador portátil en forma de reloj pulsera. Encendí la computadora del tiempo. Programé la hora, el día, mes y el año al que me trasladaría, el veinte de junio del año en curso, o sea, el día siguiente. Y añadí la fecha de regreso. Tecleé las coordenadas geográficas del número 103 de la calle Saint Germaine en Le Blanc. Y luego sincronicé la computadora  central con mi microordenador.
Me enfundé los guantes y antes de ponerme las gafas que me daban una visión caleidoscópica similar a la que tienen los insectos y, en definitiva, tapar la única zona de mi cuerpo descubierta, miré entre emocionada y nostálgica a mi padre. Quería acompañarme y compartir mi misma suerte, fuera la que fuera, pero era del todo imposible. Su cara reflejaba desasosiego. El miedo de perderme también a mí.
Estuve tentada de prometerle que regresaría con mamá. Pero me mordí la lengua parapetada tras mi armadura nanotecnológica. Luego lo abracé con ímpetu. Quería transmitirle seguridad y confianza. Y, por fin, encajándome las gafas protectoras y colocando las palmas de las manos sobre la pantalla de la máquina del tiempo, le di la orden de que pulsara el Enter.
Al oír el clic del botón me vino el pensamiento fugaz de que estaba a punto de vivir mi propia eutanasia asistida por Paul. Fugaz porque los acontecimientos se precipitaron de tal modo que borraron de mi mente cualquier pensamiento o emoción que no fuera mi particular travesía al futuro.
Aunque llevaba lentes y tenía los ojos cerrados, noté enseguida los haces de luz azul pasando rápidamente hasta una docena de veces por debajo de mis manos enguantadas. Casi simultáneamente experimenté una sucesión de chispazos de corriente eléctrica de bajo voltaje que recorrían y convulsionaban levemente mi cuerpo, desde las manos a los pies, de los pies a la cabeza. Lo último que sentí fue vértigo, un espasmo en el vientre y náuseas como si realmente hubiera sido impulsada y me hallara viajando a la velocidad de aquella luz que proyectaba la pantalla de la computadora.
Tenía la impresión de que, efectivamente, estaba entrando en otra dimensión de la realidad, si no directamente en el túnel de la muerte. Yo, mujer escéptica donde las haya, tuve de repente la urgente necesidad de creer en la vida después de la muerte. ¿Aventurarse a viajar al mañana no equivalía en cierto modo a adentrarse en el reino de los cielos? ¿A caso el futuro como tal no es un tiempo inexistente, inaprensible? ¿Tomaría forma y realidad el futuro para mí? ¿Y sería un tiempo reversible?
Al abrir de nuevo los ojos, me costó reconocer el laboratorio. Estaba aturdida, mareada. La migraña comprimía mi cráneo. Tardé unos minutos en acostumbrarme a aquella extraña visión caleidoscópica. Consulté el microordenador. Disponía tan sólo de un cuarto de hora para hallar a mi madre y regresar al presente. Inspeccioné con ansiedad la habitación. Conservaba en apariencia el mismo aspecto y orden del día anterior.
Al cabo de unos instantes detecté un movimiento junto a la puerta. Me acerqué cautelosa. Y desde aquellas lentes de insecto se me apareció de improviso la imagen más bella y deseada del mundo: la de mi madre multiplicada por diez, por una veintena de veces. Extendí una mano titubeante hacia ella y mis dedos traspasaron su cuerpo desnudo rozando la pared aséptica del laboratorio. Mis sospechas no tardaron en confirmarse: Claire era un ente virtual proyectado a través de la invisible pantalla del aire.
“¡¿Quién eres?!”, gritó temerosa no reconociéndome.
Tras identificarme, abrió los brazos y trató en vano de estrecharme contra su ser etéreo. Le di instrucciones rápidas y precisas con el fin de salir del futuro lo antes posible. Ella obedeció de inmediato quedándose inmóvil con las extremidades ligeramente separadas del tronco mientras yo iba radiando el perímetro de su cuerpo con ayuda de los guantes inteligentes. Al acabar pulsé el botón rojo del reloj orientando la palma de mi mano hacia la aureola de luz que había dibujado
Cerramos los ojos y contuvimos la respiración. Pero después de un minuto de tensa espera no se produjo ningún cambio. Empezaba a desmoralizarme. Miré a mi alrededor desesperada buscando una salida. Pero no podía pensar. Sentía una claustrofobia anticipada de lo que iba a ser nuestro destino, sin duda más próximo y terrible de lo que jamás hubiéramos querido imaginar. Claire me animó a que probara de nuevo. Esta vez apreté la tecla con todas mis fuerzas manteniéndola pulsada durante unos segundos.
Y después de experimentar un estremecimiento apenas perceptible, regresamos, por fin, al presente y Claire adoptó casi al instante la apariencia humana y juventud de antaño.
Al vernos aparecer, Paul se reunió con nosotras y nos fundimos en un intenso y largo abrazo mientras llorábamos y reíamos de pura felicidad. En esos momentos sentí por primera vez en mi vida que los milagros existían.
Como había previsto, Adèle y mi madre, habían diseñado una máquina que transformaba el ADN de seres vivos en unidades de información expresadas en bytes ante la imposibilidad de copiar y reproducir fielmente el genoma y células de organismos complejos. Adèle habría fallecido a consecuencia de un cortocircuito originado por un fallo en el sistema informático justo después de que Claire quedara atrapada en un futuro virtual, afortunadamente reversible. Un lugar que ahora se me antojaba inhóspito y muy diferente del mañana amable e idílico con el que todos estos años había necesitado soñar. Tal vez porque la dimensión de la realidad donde penetramos mi madre y yo no coincidía exactamente con el futuro o la limitada percepción que tiene la especie humana del tiempo y su devenir. O quizás tan sólo nos habíamos quedado a las puertas del futuro.
Aún era demasiado prematuro para aventurarlo, pero no descartaba la posibilidad de seguir investigando hasta desentrañar las claves científicas que permitieran viajar al futuro sin necesidad de armaduras nanotecnológicas y vivir en él, y no en su antesala, por muy lejano que fuera (¿O es que existía más de un futuro viable?). O en su defecto, hallar la fuente de la eterna juventud y el don de la invisibilidad.
 
Relato también publicado en la revista eye2magazine.com



El príncipe feliz