Mostrando entradas con la etiqueta intriga. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta intriga. Mostrar todas las entradas

jueves, 28 de julio de 2016

El muro de los lamentos




Cada día una docena de alumnos de secundaria almorzaba en un banco del parque que había detrás del instituto. Una mañana uno de los chicos, Nacho, rogó silencio de pronto mientras se acercaba entre curioso y enigmático a una vieja casa deshabitada de dos plantas. Sus ventanas y puertas estaban enrejadas y tapiadas, de cuyo balcón, igualmente cegado por una capa de mortero, colgaba un gastado letrero casi inteligible escrito a mano que decía En venta.  Al llegar junto a una de las dos ventanas de la primera planta arrimó un oído a la pared. Rosa y Miquel se aproximan y lo imitan. Y tras unos segundos de profundo silencio y no conseguir oír nada, Miquel proclamó histriónico y divertido:
-¡Uy, qué miedo, un hombre-lobo aullando!
-Debe ser que estamos sordos como tapias, espetó con sorna casi de inmediato Carles.
El grupo se  ríe a excepción de Nacho que vuelve a suplicar silencio uniendo las manos delante de su barbilla y mirando hacia ellos.
-Vamos, Nacho, cuéntanos que oyes, le animó poco después María.
-Se escuchan los lamentos de un hombre que pide auxilio con un hilo de voz. Parece muy cansado  o que está ya moribundo.
Sus compañeros lo miraron entre temerosos e incrédulos antes de dirigirse de nuevo a las aulas. Pero Nacho permaneció en el parque unos minutos más recorriendo y golpeando la desconchada fachada de hormigón. Y comprobó que a las súplicas del hombre se superponían los maullidos breves y tristes de un gato. Su mirada subió hasta la segunda planta y se posó pensativa en  el tejado mohoso cubierto con las florecillas amarillas del diente de león.
Día tras día, durante una semana, Nacho sintió aquel continuo y sordo sufrimiento hasta que una mañana se apagó de pronto. Nadie más logró oírlo, quizás por esa razón no se atrevió a avisar a la policía. Ni siquiera en ese instante en que comprendió muy apenado qué había sucedido dentro de aquella especie de cárcel. Tampoco fue capaz de presentarse aquella tarde, después del instituto, en la academia de música donde sus profesores siempre habían elogiado su extrema sensibilidad  y  percepción auditiva.
Al comenzar el segundo curso siguió siendo objeto de mofa por parte de sus compañeros. Un día ante una nueva  provocación de Joan, acertó a defenderse  con una frase lapidaria:
-La verdad acaba viendo la luz- y a continuación añadió mirando a todos como hechizado- si no ya veréis de aquí a seis meses cuando uno de vosotros se cruce con la muerte.
Joan no pudiendo contenerse por más tiempo, saltó como disparado por un resorte sobre Nacho estampándolo cual muñeco de trapo contra una pared de la calle. Aquello fue toda una declaración pública de guerra contra Nacho a la que se sumaría el resto del grupo.
El descolorido cartel de En venta desapareció un día de la casa abandonada y su aspecto se fue remozando poco a poco ante las idas y venidas de los alumnos.  En el tiempo que duró la reforma Nacho albergó en secreto el temor de que los obreros descubrieran el cuerpo inerte de aquel moribundo  y su gato cuyos lamentos oyó a lo largo de una semana y que lo perseguían aún en forma de pesadillas. Se sucedieron los meses y finalizaron las obras pero no trascendió pista ni noticia algunas sobre ningún finado ni desaparecido.
Por abril corrió pronto la horrible noticia: Joan había sido arrollado por un tren de largo recorrido a su paso por su pequeña ciudad natal. Nadie en clase se atrevió a verbalizarlo aunque en su fuero interno no les cabía la mínima duda que Nacho era, si no el autor, el responsable de aquella espantosa muerte prematura.
A mediados de mayo el balcón y ventanas de la casa se colorearon de súbito de flores primaverales. Las persianas se subían y bajaban. Tras orearse la vivienda, las ventanas se entornaban. De vez en cuando se podía ver a una chica regando las petunias colgantes, secar el exceso de agua que caía en el balcón.
Los ojos de Nacho escrutaban la casa y a sus inquilinos, una pareja joven y su bebé, con una ciega obsesión no exenta de temor cada vez que pasaba por allí o se quedaba a almorzar en el parque guardando la distancia con sus compañeros. Le intrigaba especialmente saber si entre la familia habría también un gato.
Para quienes lo conocían bien,  Nacho había cambiado mucho.  Ahora era solitario y retraído y hasta huraño. Vivía obcecado y torturado por el insoportable peso de la muerte de Joan y de aquel hombre agonizante al que no se atrevió a socorrer. En los últimos meses visitaba con regularidad a un psiquiatra, pero no volvió a ser el mismo. A decir verdad, continuaba oyendo voces que nadie más podía oír pese a la medicación prescrita (y que él no tomaba porque nunca dudó de su salud mental).
Despedían el curso los estudiantes con desigual satisfacción y calificaciones, cuando la televisión pública se hizo eco del siniestro final que había tenido Martí Puig la semana precedente. Mientras su familia pasaba unos días en casa de sus suegros, el hombre, de 30 años, fue asaltado en su domicilio por unos ladrones que, después de atarlo a un sillón y robarle, le asestaron tres puñaladas que lo sumieron en una lenta agonía. Junto al cuerpo se halló el gato de sus vecinos,  también muerto porque la puerta del patio cerrada le impidió regresar. No hubo testigos. Nadie oyó nada a través del doble acristalamiento y los muros aislantes de la vivienda asaltada. 
-La casa está situada detrás de un instituto de enseñanza secundaria -oyó Nacho informar al periodista. 
El chico se echó las manos a la frente y lanzando dos alaridos pudo, al fin liberado,  llorar las muertes de Joan y Martí Puig.


lunes, 16 de marzo de 2015

Por el amor de un músico



Mientras espero en la cola de una de las máquinas expendedoras de billetes de la estación de Sants, en Barcelona, recibo la inesperada llamada de mi amiga Rebeca. Al colgar el móvil, hurgo con impaciencia en el bolso hasta que tanteo y extraigo el monedero.  Ya llega mi turno y no quiero perder el último tren. Cuento las monedas cuando alguien llama mi atención. Un chico me pide esbozando una sonrisa amplia y radiante cincuenta céntimos. La calderilla que lleva no alcanza para comprar un billete sencillo y la máquina le ha rechazado dos veces la tarjeta de crédito. No puedo dejar de mirarlo. Es alto, delgado y fibrado y, aun no siendo agraciado, su sonrisa por genuina y envolvente ejerce en mí un extraño magnetismo. El traje negro le cuadra perfectamente en la cruz de los hombros, el talle y estatura. Su aspecto es impecable y distinguido. En el suelo, tocando ligeramente su pierna izquierda, hay una maleta de ruedas también oscura. Y lleva colgada en bandolera lo que parece una guitarra enfundada.
Rebusco en mi monedero. Y al fin, le entrego triunfante los cincuenta céntimos. Sonriéndome de nuevo, promete devolvérmelos en cuanto pueda. Insisto que no es necesario. Mientras hablo me observa callado, circunspecto durante un rato. Y luego asegura con expresión admirativa que el timbre de mi voz es muy musical y hermoso. Le agradezco el halago con modestia. Introduzco el dinero en la ranura, recojo mi título de transporte y me encamino a la vía número trece. Él se ofrece a acompañarme. Acelero el paso. Llevo tanta prisa que valido el billete sin haberme despedido. Desde el otro lado de la barrera, Daniel me pide mi número de teléfono abriendo la funda de su móvil. Se lo dicto precipitadamente en la distancia mientras anuncian por megafonía la arribada de mi convoy. 
Dos días después vuelvo a tener noticias de él. “Por fin he reunido los cincuenta céntimos. He tenido que pedir un préstamo a mi madre. Perdona la demora. Espero que no me cobres intereses”, se excusa medio en broma desde el otro lado del teléfono. Me río de su ocurrencia y añado un comentario pretendidamente gracioso. “Oye, ¿sabes que tu voz suena más increíble por teléfono?”, me dice de pronto. Trabajo en un comedor escolar  a tiempo parcial en Barcelona, estudio interpretación desde hace un par de años y, siempre que me dejan, participo sin demasiada fortuna en castings de anuncios y películas. Por tanto, entrenar y cuidar las cuerdas vocales es uno de mis objetivos prioritarios.
Quedamos en Barcelona, a la puerta de McDonald’s de Plaza Cataluña, junto al Fnac, a las once de la noche. Una hora intempestiva pero a Daniel le es imposible llegar más pronto. Se retrasa media hora y acepto sus disculpas. Durante el encuentro ríe con frecuencia y yo también. Su risa es peligrosamente contagiosa, además de cautivadora. Y mientras fluye el humor entre los dos, él busca mis ojos. Yo trato de esquivarlos. Tengo miedo de enamorarme. Hace seis meses que rompí con mi ex.
Mis esfuerzos resultan inútiles. Mis hormonas están a flor de piel. Con los labios untados con el sabor frío y aromático de los frutos del bosque del helado que he tomado como postre, acerco mi cara a la suya para besarlo. Cierro los párpados suave y sensualmente, deseándolo, esperando recibir su boca. Y ante mi gesto de decepción y sorpresa, Daniel me responde con una nueva sonrisa tranquilizadora. Como siempre, fascinante, irresistible.
Al subir al bus nocturno, me roza la mano y vuelve a sustituir el beso de despedida por la consabida inclinación oblicua de la comisura de sus labios. Una expresión de felicidad que brilla en su rostro, sus ojos, su tez. Antes de tomar asiento noto un vacío que identifico con añoranza. Tengo ganas de verlo y besarlo.
Sueño con él esa noche, o más bien por la mañana. Me despierto con un sudor frío recorriéndome el cuerpo y con su vago recuerdo alejándose de mi mente.
Nos citamos la segunda vez en Arco de Triunfo también a las once de la noche. Desconozco por qué ha elegido precisamente esa zona. Pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. El lugar me resultaba indiferente. Sólo quiero estar con él.
Un hombre tal vez beodo me dirige, tambaleante y con la lengua trabándosele, un improperio ininteligible que me resulta muy desagradable. Siento miedo aguardando sola sentada a aquellas horas en uno de los bancos de piedra más próximo al monumento romano. Es otoño, un martes no festivo, sin luna aunque la mayoría de farolas que bordean a uno y a otro lado el paseo permanecen iluminadas. Me parece una noche embrujada. Apenas pasa gente y, aún menos especímenes con apariencia normal. Daniel comparece diez minutos tarde. Suspiro aliviada al verlo llegar con su porte noble y elegante indumentaria.
Me coge la mano y la besa tan levemente que apenas la roza con sus labios carnosos. Y anunciándome alegre que su madre se encuentra en un viaje organizado por el Imserso, me propone una velada romántica con música y baile en su casa. Invitación que acepto al momento. Entonces comprendo por qué hemos quedado en Arco de Triunfo.
Tras caminar un cuarto de hora, nos detenemos en una vieja portería pero bien conservada salvo por el ascensor que no funciona. Subimos a pie hasta la tercera planta, pasando por el entresuelo. Es un piso de techos altos con moldura totalmente reformado. Salón con suelo de parqué color miel. Un lugar muy acogedor y cálido. Sin embargo, estoy nerviosa. Siento que quizás me he precipitado adentrándome en su territorio en este segundo encuentro.
Me ofrece una cerveza fría. Manipula la mini cadena y la música de Bryan Adams hace de pronto más íntima la sala. Identifico la banda sonora del largometraje Robin Hood. A mi madre le encanta. Me sorprenden los gustos musicales de Daniel siendo tan joven. Pero me agrada lo que oigo. Muchísimo en realidad. Estoy excitada, entonada, diría que un punto o dos desinhibida, ignoro si por el efecto del alcohol, la música, por Daniel o por todo junto. Me da por reír de repente. Me cuesta controlarme. Cambio las carcajadas por una sonrisa fija, imperturbable, mostrando los dientes manchados de carmín rosa cuando, agarrándome por la cintura a media luz, me conduce al centro del salón, que se convierte en una improvisada pista de baile.
La tarima cruje mientras nuestro instinto y cuerpos danzan tan pegados que parecen querer fundirse, hacerse uno. Sus manos bajan y trepan de mis caderas a la cintura alternativamente. Mi piel arde, se derrite dentro de la estrechez elástica de mi vestido negro. También percibo el calor de su piel, de su aliento quemándome el cuello. Parece que interpreta correctamente las señales que emite mi temperatura corporal porque deja de abrazarme y sus dedos gatean por encima de mi cintura y se detienen a acariciar mis senos. La ropa me ahoga. Necesito liberar el fuego que aprisiona mi pecho. Y entonces, Daniel empieza a descorrer poco a poco la cremallera frontal del vestido. Cómo ansío sus besos, sus caricias, el contacto sedoso de su piel ardiente.
Sus manos diestras encienden en mí una pasión irrefrenable, incontenible. Quiero, necesito más. Giro y levanto el cuello buscando su boca con ansiedad.  No resisto más. Me urge probar, comerme su boca, fundirme dentro de ella. Pero él girándose a su vez, rechaza mis labios, mi lengua. Experimento confusión, desasosiego. No acierto a entender nada. No salgo de mi estupor. Durante unos segundos lo observo enmudecida, atónita, sin atreverme a pedirle explicaciones.
Estampándome un súbito y sonoro beso en la otra mejilla, desaparece tras la puerta de color cerezo de una habitación. Regresa con una guitarra, probablemente la misma que le vi el día de la estación. Apaga el aparato de música. Se sienta en una silla blanca de piel e interpreta la melodía de una canción de Sting. Yo permanezco en pie, rodeándole el hombro. Su manejo del instrumento es proverbial. Las notas cobran vida. Vibran de sentimiento y vida. Lo contemplo embelesada, rendida. Sigo deseándolo. Creo que me he enamorado sin remisión. Siento la tentación de volver a besarlo. De intentarlo de nuevo. Refreno mi impulso a tiempo. No quiero que me responda con otro desaire.
Al acabar la pieza aplaudo exaltada. Por mis ojos asoman lágrimas. Le confieso con sincero entusiasmo que nunca antes he oído acordes tan cristalinos y bellos, tan semejantes a la voz humana. Al timbre femenino, en realidad. Sonriendo Daniel tensa una cuerda y la suelta dejándola vibrar con sus tonos agudos. Mis dedos corren a tocar las cuerdas blancas perladas de la guitarra. Su tacto es muy suave y recuerda a la membrana  o a la piel de un animal. Él molesto retira mi mano inesperadamente. “Suena tan bien porque sus cuerdas están vivas”, asegura circunspecto. Abro mucho los ojos y, nuevamente, no atino a decir nada.
Luego adoptando una expresión más relajada y fascinante, sonrisa incluida, me propone que le cante una canción. Que desea deleitarse con mi bonita voz. Yo, estando acostumbrada a la improvisación y flexibilidad que me exige mi carrera de actriz en ciernes, no me extraña demasiado su petición y accedo encantada a cumplir su deseo. Elijo para la ocasión el tema Stop, de la cantante de los años ochenta, Sam Brown, intuyendo que siente especial debilidad por la música de aquella época que no corresponde con nuestra generación. Voy a arrancar a cantar, cuando con un gesto, me indica que espere un momento. Baja la cabeza y pulsa las cuerdas de su guitarra muy concentrado y de veras encantador. Los acordes corresponden a la melodía de Stop.  Entonces ya sí me dispongo a entonar una versión muy personal de la canción.
Daniel alza la vista de tanto en tanto sin perder la concentración ni el ritmo en ningún momento. Me estudia unos segundos complacido con lo que oye y luego vuelve a bajar los ojos. En tres ocasiones veo que los cierra y se estremece de emoción. Qué sensibilidad  y don tiene para la música. Yo, por mi parte, no recuerdo haber interpretado con tanto sentimiento y entrega como canté Stop aquella madrugada. Al terminar, yo continúo pegada a su lado acariciándole el hombro amorosa y solícitamente. No recibo aplausos ni sonoras ovaciones. Sólo sé que entonces, y sólo entonces, pegó  su nariz a la mía y, por fin, ladeando la cabeza ligeramente, me besó, derramando su humedad y carnosidad sobre mis labios anhelantes. Quiero repetir pero él, dirigiendo su boca a mi oído, me susurra excitado “cómo me gusta tu voz, me la comería ahora mismo”. Yo sonrío dichosa paseando voluptuosa mi cara por la suya hasta alcanzar de nuevo su concavidad bucal entreabierta. El segundo beso es mucho más largo. La lengua  brota de su garganta y se prolonga hacia mi boca y después al paladar. Un apéndice flexible, extenso y ancho, ávido de deseo. Al tocar la campanilla con la punta de su lengua, siento que me asfixio, que no puedo respirar. Intento protestar pero de pronto de un mordisco me arranca la lengua. Aprovechando que me quejo y revuelvo de dolor, me lleva en brazos a su habitación. Me ata a la cama y, obligándome a abrir la boca, me extirpa las dos cuerdas vocales inferiores (los pliegues o músculos elásticos responsables de la producción de sonidos al efectuar la vibración) valiéndose de una especie de tenazas de acero. Quiero gritar y de mi boca salen borbotones de sangre y pena. Mucha pena y dolor.
 
 
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

miércoles, 11 de febrero de 2015

2099:viaje al exoplaneta Excesius. Parte III y última



La nave EcoHispania IV recorre solitaria la ignota galaxia Dioscuros. Una hora más tarde se dispone a aterrizar en el sur de Excelsius, su cara visible. Tienen suerte, aún no se ha ocultado el sol. Y pueden ver un campo de dunas y rocas de hielo, envuelto por una niebla baja de un color gris blanquecino. Como si el exoplaneta viviera de continuo abrumado por la amenaza de una lluvia torrencial que nunca acabara de desatarse. Un cielo melancólico, exiliado en un mundo sin apenas claridad. Porque aquí los días se suceden presurosos, efímeros como espejismos de luz que se desvanecen en ciento treinta minutos. Para luego caer en un gélido y profundo sueño de veinte horas.
Registra una gravidez superior a la de la Tierra. Su temperatura ambiental marca -40 grados centígrados. Su atmósfera se compone de dióxido de carbono, nitrógeno, hidrógeno, monóxido de carbono, amoníaco y metano. Y carece de oxígeno. Un ambiente irrespirable semejante al de la Tierra primigenia.
Xavier elige una extensa llanura de nieve granulada pero al ir a posarse el vehículo se tambalea inesperadamente. A sus pies se ha abierto una profunda sima helada. Hace equilibrios para no caer  y, elevándose de nuevo, prueba de aterrizar unos metros más adelante con igual resultado. Sin embargo, en este segundo intento los astronautas descubren que el cráter entierra algo más que témpanos. “¿Minerales? ¿Hidrocarburos?”-se preguntan intrigados.
Como las dunas corredizas les impiden aparcar en un lugar estable, permanecen en el aire mientras envían a los androides a explorar la zona. Los tres robots saltan dentro de la segunda sima y descienden ralentizados uno tras otro sus ochenta metros de profundidad como si se ayudaran con paracaídas. El humanoide rubio guarda en su concavidad abdominal un bote hermético que contiene muestras de hielo. El moreno recoge y agrupa varios fósiles de animales vertebrados e invertebrados que ha localizado en la capa superior de la depresión. Dos de ellos son calaveras completas que pertenecen a diferentes especies cuyo volumen craneal recuerda al del Homo sapiens. El tercer androide se encarga de sondear el terreno y extraer materia descompuesta para su análisis y datación.
Xavier y Rocío determinan que los huesos tienen más de un milenio. El hielo es en realidad litio cristalizado. Y descubren amoníaco, metano y dióxido de carbono en el subsuelo, fruto de la descomposición de bacterias, plantas, animales y sus desechos a lo largo de millones de años. Lo más esperanzador, con todo, es que detectan residuos de agua, muy ínfimos pero al fin y al cabo agua. Hallazgos que les lleva a conjeturar que también hubo hace mucho tiempo vida vegetal. Los científicos se encierran en un silencio larvado de quimeras imposibles, de hipótesis inverosímiles. “¿Qué es lo que propició la evolución hacia formas de vida complejas y anaerobias, algunas de ellas presumiblemente inteligentes, a partir de dióxido de carbono y en ausencia de oxígeno?” Andan tan abstraídos cavilando que se han olvidado por completo de Gorka y Almudena.
Hace ya horas que ha oscurecido cuando se despiertan y resuelven tomar rumbo hacia la cara oculta de Excelsius. La zona norte registra una temperatura más moderada, 0 grados. Al estar situada a mayor distancia de su núcleo que el hemisferio sur, donde sufre un importante achatamiento, aquí el peso de la gravedad es inferior. Al cabo de unos minutos amanece con el tímido resplandor de una cerilla. La niebla ha desaparecido. La temperatura asciende hasta alcanzar los 5 grados. El aire mira cristalino, misterioso, levemente rosáceo como si se hubiera impregnado del rubor de un lejano crepúsculo. Un ambiente cálido y ensoñador que, sin embargo, alberga un paisaje agreste, invernal y telúrico dominado por moles de rocas agujeradas y grandes planicies salpicadas por discretos oteros blancos de litio cristalizado. La vista no tropieza con ningún árbol, matorral o planta silvestre. Pero hay algo de color oscuro de distinto tamaño, con formas caprichosas, zoomórficas incluso, que parchea el camino blanco. Lejos del roquedal descuella una imponente montaña nívea engastada al parecer de granos de litio bruñidos por un sol deslucido, de mirar anciano, lánguido. Una luz próxima a extinguirse.
Consiguen aterrizar al primer intento en un solar llano y firme próximo al paraje de rocas. Los robots inician su expedición por el roquedal. Los astronautas no salen de su asombro mientras siguen sus movimientos desde la nave a través de las cámaras que llevan incorporadas en sus receptores oculares. En la mayoría de cuevas que registran, se encuentran cadáveres de animales pintorescos en avanzado estado de descomposición o su esqueleto. Todos carnívoros y con una considerable capacidad craneal. Identifican también los restos de las dos especies halladas en la sima del sur que confirman que su talla es similar a la del Homo sapiens pero de complexión más fuerte. Una especie tiene por extremidades superiores un par de brazos a medio camino entre unas aletas, alas o tentáculos cubiertos de cerdas oscuras al igual que su cabello. Mientras que en el otro animal apenas se diferencia sus patas delanteras  de las traseras. Las inferiores acaban en forma de largas y curvilíneas uñas como las de un felino y las manos recuerdan más a las de un simio. Por su volumen encefálico presuponen que eran tan inteligentes o más que los humanos. Y, además, deducen por su posición yacente que expiraron en lo que parece constituían sus hogares u hospitales. Sin embargo, no hallan ningún vestigio de cultura en forma de herramientas, escritura o arte.
La colección de osamentas que se amontonan en las oquedades de la roca revela también que fenecieron en masa en un breve lapso de tiempo. ¿Se debió a una catástrofe natural? ¿Fue un meteorito?¿Tal vez la erupción de un volcán?¿Una guerra? No. Los cuerpos se conservan intactos, no sufren quemaduras ni heridas. ¿Pero que murieran en su cama significa que lo hicieron plácidamente? Intuyen con un escalofrío que tampoco debió ser así.
Cierran los monitores y aguardan callados el regreso de los androides. La imaginación de Xavier, sin embargo, vuela ahora lejos, muy lejos de Excelsius y se sienta en las aulas de la Universidad a recordar sus clases de física, química y biología. Repasa los elementos de la tabla periódica y sus combinaciones. Luego recala en la prehistoria y se cruza con los amos indiscutibles del mundo durante millones de años, los dinosaurios. Descubre los primeros homínidos al abrigo de los árboles de la sabana. Cuando se fusionaba en su mente el homo de Neandertal con el homo sapiens y otra especie desconocida, horripilante en apariencia pero tan inteligente e insólita que era capaz de transmitir a su prole los conocimientos adquiridos y la cultura heredada genéticamente, una voz desafinada le conmina a girar la cabeza al igual que a Rocío.
Almudena vuelve a formular la misma pregunta:
-¿A qué esperáis a enterrar a Gorka, o es que pretendéis embalsamarlo en la Tierra para que lo veneren como un héroe nacional? No sé si lo sabéis pero está muerto- añadió encogiendo los hombros tras advertir la muda reacción de sorpresa del hombre y la mujer.
La astrofísica de Toledo no sólo ha recobrado la conciencia sino también su peculiar vis tragicómica.
Antes de organizar las exequias de Gorka, deciden investigar la naturaleza de las extrañas manchas que salpican el camino. Y descubren, no sin gran pavor, que se trata de costras que ocultan más cuerpos sin vida. Una capa mucosa y maloliente que recuerda al amoníaco, adherida a la piel gelatinosa, pelo, plumas, escamas o caparazón de los cadáveres.
Más tarde, cuando los humanoides excavan la montaña blanca, los astronautas confirman sus secretas sospechas. La montaña resulta ser otra sepultura…el cementerio de cientos de seres extraterrestres, hacinados allí precipitadamente por razones que desconocen. Rocío aparta la vista. Pero sus ojos no pueden escapar de tanta desolación. De la muerte que anida inhumada por capas de litio, rocas, pústulas bajo una luz pálida,  agonizante. La noche, esa negrura casi eterna que lo cubrirá todo, acecha cerca, muy cerca con su lúgubre mortaja de hielo para, una vez más, velar a sus muertos.
Apuran los últimos destellos del sol para enterrar a su compañero en una fosa que cava en un montículo el robot pelirrojo y que corona con una cruz unida por dos huesos. Reprimen su deseo de salir fuera a despedirse de Gorka porque el Instituto Espacial Surconfederado se lo ha prohibido expresamente. Y tras llorar su muerte y asumir con tristeza que la infinitud del Universo seguía obstinándose en arrinconar al hombre en una soledad sin salida, emprenden entre tinieblas el camino de regreso a casa.
Los argonautas se preparan para franquear la primera teleautopista.  Las muertes del exobiólogo y del sueño de que Excelsius albergara vida inteligente los mantiene, sin embargo, acogotados por el silencio cósmico y un peso fúnebre. En cuanto Xavier y Almudena reconocen a su madre galáctica, la alegría y las risas eclosionan de pronto como el nacimiento de una nueva vida. Rocío tarda en unirse a ellos. Almudena se desliza y va en busca de la chica.  La desembaraza de su protección y deja escapar  un alarido de horror que alerta a Xavier. El rostro de Rocío les mira fijamente con las cuencas de los ojos vacías, sangrantes. No respira.
En su segunda escala, los dos supervivientes enfundan sus cuerpos como quien trata de blindar su vida confinándose en compañía de su enemigo letal en un búnker acorazado de grafeno. Almudena siente un escalofrío de contrariedad y aprieta los párpados.
La astrofísica despierta exultante tras superar con éxito la peligrosa travesía. Su felicidad esta vez no está justificada tanto por el hecho de haber llegado a la Luna como de haberse librado de una temible muerte. Sin embargo, demora hasta el momento que se restablece la gravidez enfrentarse a la suerte que ha deparado a su compañero.
El recuerdo de Rocío acompaña sus pasos vacilantes, la respiración entrecortada, el corazón y las manos en un puño. Hasta que no abre la cápsula transparente no advierte que Xavier se retuerce de dolor con los ojos en blanco. Almudena recula lentamente negando con la cabeza, con la mirada extraviada. Cree que sufre de nuevo alucinaciones y grita presa del pánico mientras deambula por la nave sin rumbo cierto tratando de huir de sí misma. Xavier expira mudo cuando los robots contienen a la astrofísica, que quiere lanzarse al vacío.
La inquietud empieza a asomar en  el Instituto Espacial Surconfederado (IES). Desde hace un par de días aguardan el regreso de EcoHispania IV. Los malos presagios comienzan a correr por los Estados Conferados del Sur y, de allí, al resto del mundo. Sin embargo, a las 17:00 horas la nave establece comunicación con IES informando de su inminente arribada. El personal del Instituto espacial se organiza sin dilación con el fin de garantizar un aterrizaje seguro. Los periodistas y corresponsales despiertan de súbito de su agónica espera en la sala de prensa. Las autopistas y carreteras se colapsan. Las bocinas de los coches enervan la impaciencia por llegar a tiempo para presenciar el aterrizaje.
Las puertas de la aeronave se abren y emergen las tres copias de robots que saludan al enfervorizado público. Los vítores y flashes se detienen de pronto a la espera de que salga el resto de la tripulación. Transcurren los minutos y continúa sin comparecer ninguno de los cuatro astronautas humanos. La gente empieza a murmurar en sordina sorpresa. Los periodistas hacen pública la desaparición, aún no confirmada oficialmente, de las astrofísicas y los exobiólogos. Y no tardan en calificar de rotundo fracaso la misión Exodus I.
Entre las filas caóticas de espectadores un hombre se convulsiona estrábico y se desploma sobre su vecino. A un centenar de metros, otra mujer entra en trance y continúa agitándose unos segundos sobre la mantilla de arena del desierto. El ritmo de los caídos no cesa de crecer en los siguientes minutos. Su agonía es silenciosa. Sólo gritan los sobrevivientes, que corren despavoridos mirando al cielo, cubriéndose la cabeza…cayendo finalmente derrotados en el campo de batalla. Moribundos, enmudecidos, sin entrañas por un obús de enemigos invisibles.
El gobierno de Andalucía decreta el estado de emergencia mientras un equipo de científicos estudia y trata de luchar contra una mortífera bacteria. Un microorganismo comunitario, extremófilo originalmente anaerobio que vivía adaptado a un medio sin oxígeno que ha mutado rápidamente en aerobio. Un asesino compulsivo, un devorador insaciable, indestructible dotado de gran inteligencia, dispuesto a conquistar la Tierra y forjar una nueva estirpe que dominará el Universo. 
El príncipe feliz