viernes, 16 de enero de 2015

2099: viaje al exoplaneta Excelsius. Parte I




La primera potencia mundial en la carrera espacial, los Estados Confederados del Sur (EE CCOS), llamado España hasta 2025, está a punto de marcar un hito en la historia de la cosmonáutica. Lanzará por primera vez una nave tripulada con la doble misión de viajar y explorar en un tiempo récord el planeta extrasolar Excelsius con el fin de obtener nuevas fuentes de energía. La nave EcoHispania IV no sólo se aventurará a ir más allá de nuestro sistema solar si no que lo hará desafiando las leyes del tiempo y el espacio convencionales internándose en teleautopistas conocidas como agujeros de gusano intergalácticos.
La explotación de la plataforma petrolífera en las islas Canarias durante ocho décadas  consecutivas, los sucesivos gobiernos y políticas impulsados por los partidos y movimientos de ciudadanos Lo conseguiremos (Locos), Sólo juntos avanzaremos (Sojuav), Nuestras ideas suman (NI+), Trabajemos por el futuro (TxF) o El futuro es progreso (F=P) han hecho posible que EE CCOS despuntara y acabara imponiéndose en el campo de la investigación y aplicación tecnológica y científica aeroespacial. Avances que han redundado al mismo tiempo en una mejora significativa en la calidad de vida de sus habitantes.
A día de hoy es un país rico y avanzado que disfruta de una de la rentas per cápita e índice de bienestar y felicidad más elevados de Europa, superando incluso desde 2095 al supergigante asiático integrado por China e India. Los Emiratos Árabes y Arabia Saudí que, una vez extraída la última gota de crudo a finales de 1970 y 1980 respectivamente, compiten en la carrera espacial destinando el remanente de su riqueza nacional en viajar a otros planetas y hallar energías alternativas más limpias. Rusia y EE UU constituyen las dos potencias que mueven y entretejen los meridianos y paralelos del mundo al acaparar la mayor riqueza de petróleo y renta por persona. Aunque registran también las tasas más elevadas de criminalidad y suicidios dentro del conjunto de países desarrollados.
En EE CCOS los puestos de trabajo de largas jornadas que requieren mano de obra son cubiertos íntegramente por robots manuales especializados en lugar de por inmigrantes. Gracias a la implantación de programas software y de inteligencia artificial punteros de alta eficacia los beneficios económicos obtenidos de este modo se reparten entre el sector empresarial, los estados confederados y sus ciudadanos que dejaron de estar obligados a cotizar en la seguridad social desde el año 2088. Desde su nacimiento, los ecosureños perciben una renta vitalicia y un par de robots personales. Mientras un humanoide atiende los quehaceres domésticos, el segundo se encarga de entrenar y potenciar su talento natural y capacidades psicoemocionales y sociales. Las baterías ultraligeras de recarga solar instantánea con las que funcionan la robótica y un sinfín de aparatos de uso cotidiano así como el transporte rodado y aéreo individual y de pasajeros son fabricados a partir del grafeno, un material muy versátil, de múltiples cualidades y usos que, tras abaratarse en los últimos años, corre el peligro de desaparecer. Incluso la aeronave EcoHispania IV, que está a punto de despegar, se mueve gracias a él. Y lo contiene en su interior y superficie. En sus huesos y músculos livianos y flexibles pero duros, doscientas veces más resistentes que el acero y capaces de autoregenerarse; en su piel, poros, cerebro y neuronas que conducen con la máxima eficacia y rapidez el calor y la electricidad. Lleva grafeno hasta en el corazón mismo que lo propulsará en dirección a nuestra Vía Láctea.
Desde la madrugada del veintiséis de octubre cientos de miles de ecosureños se agolpan tras la alambrada de la estación del Instituto Espacial Surconfederado (IES) para contemplar, fotografiar y grabar de primera mano la que constituye una hazaña sin precedentes en la historia de la navegación sideral. La primera misión tripulada Éxodus I, con destino al exoplaneta Excelsius. El planeta fue descubierto por el equipo de astrónomos del IES dirigido por el astrofísico Celso Ramírez a través de Lumen, el mayor telescopio óptico del mundo, cuando el planeta transitaba frente a una estrella que lo hizo visible. Con la puntuación ESI de 0,9, Excelsius está clasificado dentro de la Zona Habitable y, por tanto, se presume que pudiera o ha contenido alguna vez agua en su superficie.
Los siete astronautas llegan a las diez de la mañana, hora peninsular, en un vehículo aéreo a la explanada del desierto de Almería Los Áridos donde antaño se rodaban películas espaguetis-western. El termómetro marca 33 grados. Al salir del coche para dirigirse a la rampa de entrada de la nave nadie distingue al par de mujeres astrofísicas de los dos hombres exobiólogos envueltos como van de pies a cabeza con monos de color beige. Pero los dispositivos personales de los asistentes capturan al instante los movimientos coordinados algo ralentizados de los tres robots humanoides que aparecen a cara descubierta y vestidos con ropa más ligera y ajustada. Los tres son reproducciones que corresponden a un mismo prototipo de varón, sólo que llevan injertos de pelo de diferente color. Las mujeres jóvenes suspiran al contemplarlos a través de sus potentes zooms o de una de las cuatro pantallas gigantes instaladas en el recinto. Podrían pasar perfectamente por un bello trío de galanes de cine. Pero éste no es el papel que están llamados a desempeñar en la misión Éxodus I. Se han concebido y preparado para poder ver en la oscuridad, soportar las extremas temperaturas y condiciones medioambientales de Excelsius, explorar su territorio profundamente abrupto y desgajado por la constante actividad volcánica  y recoger muestras de sus rocas de hielo, polvo y minerales. Todo ello con la esperanza de hallar y poder extraer en un futuro próximo minerales con los que producir nuevos materiales y energías más limpias para la atmósfera de la Tierra y seguir avanzando en la robótica, la ciencia y la tecnología. Tras reiterados fracasos de misiones anteriores realizadas alrededor de nuestro sistema solar, el viejo sueño acariciado durante décadas de encontrar la huella silenciosa de vida bacteriana parece que se haya desvanecido. Pero aunque a priori resulte remota constituye una posibilidad que late de nuevo en los corazones e imaginación no sólo de los ciudadanos sino de los científicos cada vez que el hombre se aventura a explorar el espacio.
Una calima densa y marrón colorea una vez más el cielo aunque está despejado de coches. La gente ha respetado la prohibición de volar esta mañana. Un sol justiciero incide contra la superficie de la nave y curte un día más el polvo del desierto. A las 10:59:50 segundos las cuatro pantallas gigantes anuncian al unísono el comienzo de la cuenta atrás recogiendo un primer plano de la base de lanzamiento y EcosHispania IV. La tribuna elevada agradablemente refrigerada donde se sitúa la sala de prensa es ahora un hervidero de actividad y voces que trasladan información e imágenes en directo y simultáneamente a cualquier punto del planeta.
A las once la nave, desprovista de cohetes y  lanzadera, se alza puntual en el aire a unos 140.000 km por hora escupiendo por unos instantes un zumbido sordo y una fina estela de arena y calor por encima de una vorágine de cabezas, cámaras de periodistas y corresponsales y dispositivos personales. Y ante el silencio admirativo de una multitud de ojos expectantes EcosHispania IV atraviesa como una flecha supersónica un ovillo de nubes arenosas encaminándose hacia la Luna y luego al corazón de la Vía Láctea desde donde podrá llegar a Excelsius, su destino final.
Recorren en menos de tres días los 384.400 km que distan de la Tierra a la Luna. Y sin dejar de orbitar, la astrofísica sevillana, Rocío, pone en marcha el radiotelescopio electrónico mientras sus compañeros observan y analizan los datos que va arrojando la pantalla sobre la magnitud y frecuencia de ondas electromagnéticas que irradian las estrellas más próximas. Constatan con gran alivio que aquella zona está libre de agujeros negros y, en consecuencia, no existe el riesgo de ser atraídos y engullidos por su fuerza gravitatoria. Registraba la máquina los últimos resultados cuando Gorka, el integrante más joven de la tripulación, señala con el dedo el punto exacto de una estrella que acaba de morir. Precisamente allí, en el cuerpo celeste que emite la señal más débil y el parpadeo más perezoso de la constelación que rodea a nuestro satélite natural, tomarán la primera teleautopista que les conducirá hasta la Vía Láctea, a unos 27.000 años luz de distancia. Un salto de titanes directo al futuro más remoto que jamás hubiera imaginado pisar algún día el ser humano. Lo más parecido a experimentar el infinito y su abstracción. Pero antes es de vital importancia recoger y conservar las coordenadas de la posición exacta que ocupa en el cielo aquella estrella recién extinta. Al comportarse igual que un agujero de gusano artificial, tendrían que volver a pasar por ella pero entrando por el otro extremo para regresar de nuevo al tiempo presente.
Xavier, el exobiólogo más alto y fornido, se sienta en la cabina de pilotaje y se encarga de virar y dirigir la nave hacia la primera teleautopista. El resto de la tripulación, incluidos los robots trillizos, se acomoda en sus respectivos asientos y manteniéndose bien firmes y pegados al respaldo, accionan el mecanismo del equipo de seguridad personal.
Los seis quedan encerrados casi al mismo tiempo en una cápsula anatómica transparente capaz de soportar la intensísima radiación inducida procedente del medio interestelar y amortiguar impactos producidos a velocidades superiores a la velocidad de la luz sin inflamarse, deformarse ni sufrir rasguño alguno. Como un rayo de grafeno EcoHispania IV se encamina directa hacia el ombligo de la estrella muerta. Un instante antes de penetrar en ella, Xavier pulsa el botón del mecanismo de protección individual y suelta los mandos de control.
La nave es atraída violentamente hacia el horizonte externo del cuerpo estelar dando un vuelco al desviar inesperadamente su trayectoria. De pronto cae en el horizonte interno por un extremo del agujero girando y acelerándose de un modo tan vertiginoso e instantáneo que la tripulación tiene ahora la impresión de que se ha detenido. Pero en realidad viaja a una velocidad imposible de precisar superior a la suma de la velocidad de la luz y del sonido. Los cuatro astronautas humanos permanecen expectantes, concentrados pero también azorados. Sus pupilas pavorosas, náufragas buscan la luz del cielo cuando de repente sus ojos, burbujas y la propia nave se colman con la extraordinaria visión de un destello luminoso cercano tan vivo y colosal como una galaxia incendiada de soles. Y son por espacio de unos segundos espectadores mudos de la fascinante historia de la creación del Universo. Pero el viaje ni el tiempo se detienen. Entran ahora en un agujero de gusano negro. Lo saben porque van a una velocidad aparente mucho mayor y se dirigen hacia afuera. Dentro del gusano el flujo del espacio convencional se invierte. Un nuevo flash de radiación proyecta esta vez ante sus ojos no menos maravillados un film de ciencia ficción sobre el futuro del Universo. Siguen cayendo y al cruzar el horizonte externo de un agujero blanco, reciben el tercer reflejo luminoso que les devuelve el espejismo del viejo Cosmos y el big bang. Al final del camino, el pasado y el futuro se cruzan por unos instantes. Detrás queda el Universo original formándose y delante, un nuevo mundo copia del anterior pero con los siete astronautas planeando sobre lo que parece la Vía Láctea, rodeados de miles de millones de brillantes estrellas. ¿Pero realmente podían asegurar que se trataba de la Vía Láctea y no de otra galaxia de las millones que pueblan el Universo en constante expansión? La incertidumbre se cierne de pronto sobre sus cabezas cual espada de Damocles a punto de caer y truncar su misión y esperanzas.

Continuará

Relato también publicado en la revista eye2magazine.com

martes, 6 de enero de 2015

De cómo salvé la vida en el naufragio del Juncal


El catorce de octubre de 1631, un día después de que falleciera el capitán general de la flota de la Nueva España, Miguel de Echazarreta, zarparon diecinueve buques de Veracruz (México) en dirección a La Habana y con destino final a mi lejana y añorada patria.
Viajábamos a bordo de la nao almiranta Nuestra Señora del Juncal más de trescientas personas y un cargamento superior a un millón de monedas de plata y reales, oro y otros metales preciosos, cacao, sedas y tintes.
Al cabo de unos días, encontrándome en cubierta con mis compañeros de tripulación, el viento del norte empezó a arreciar encrespando la mar y atrayendo hacia el galeón un ejército de nubes. Rápidamente el cielo se fue cubriendo de oscuros presagios.
Bajo las órdenes del contramaestre, los oficiales dividieron y organizaron en dos grupos a los marines, grumetes y pajes . Trabajamos con gran celeridad. Manipulamos escotas y recogimos velas, corriendo unos hacia babor y otros a estribor, nerviosos y agitados como una hueste de enfebrecidas hormigas que se mueven sin rumbo aparente y una visión clara de cómo actuar ante una emergencia.
Cuando bajábamos los velachos del mastelero de trinquete, el cielo comenzó a escupir rayos, truenos y mares de lluvia. El agua no sólo entraba por cubierta. Nuestra Señora del Juncal estaba agujereada por todas partes, de popa a proa, de arriba abajo, por la quilla, la bodega, los camarotes…Nada parecía salvarse a las filtraciones del agua del océano y la lluvia. Nos empleamos a conciencia en achicar de día y de noche el agua con ayuda de los cuencos más inverosímiles que se pueda imaginar, incluidos utensilios de cocina y de uso personal.
Después de dos semanas de temporal nos faltaban manos y las esperanzas de llegar a salvo a la costa de Campeche se desvanecían. Los camarotes estaban anegados y en cubierta el agua y las ratas ahogadas nos cubrían la cintura. El mástil mayor se había partido durante la realización de una maniobra fallida. Nuestro fatídico destino se acercaba inexorablemente. El Juncal se hundía con nosotros y parte del caudal de monedas y metales preciosos que Felipe IV había demandado con urgencia para que la corona española siguiera defendiendo y ocupando su lugar hegemónico en Europa.
Mientras unos continuábamos luchando contra los elementos y la razón, otros, tanto pasajeros como parte de la dotación de marines, andaban en apariencia ociosos. Entonces, sintiéndome de pronto desbordado por los acontecimientos, me atreví a mascar mi primera y, probablemente, única hoja de coca. Por suerte se conservaba prácticamente seca. Mascando en silencio y lentamente agradecí aquel caritativo regalo con que me había obsequiado un grumete estando aún en Veracruz.
Pero no estaba todo perdido para algunos de nosotros. Las más de trescientas atribuladas almas que había en el Juncal depositamos, en un momento u otro, nuestros ojos y última esperanza en la lancha destinada a salvaguardar el correo del monarca, a los nobles, al capitán y piloto del galeón.
Un grupo de hombres muy bien vestidos ofrecieron joyas al contramaestre a cambio de subir a la pequeña embarcación y librarse así de una muerte segura. Al parecer, tras varios intentos infructuosos por botar al agua la barca que carecía de mástil mayor, desistieron y se marcharon cabizbajos. Pero esto lo supe más tarde como también que aquellos aristócratas se retiraron a sus camarotes a esperar que la providencia hiciera su santa voluntad.
Apenas haría cinco minutos que había retomado con más calma y paciencia mi inútil labor de achicar agua, cuando el contramaestre me agarró de la camisa sucia y mojada y, sin mediar palabra, me arrastró junto a otro marinero hasta el lugar donde estaba la lancha. Nos sumamos a la veintena de hombres que maniobraban la barcaza, mientras un clérigo y otro pasajero se limitaban a observarnos y dar instrucciones que nadie atendía. El contramaestre regresó con un puñado de refuerzos más y, gracias a la experiencia y empeño del personal de la tripulación, conseguimos al fin hacernos a la mar.
Aquella noche del treinta y uno de octubre al uno de noviembre, subimos a la lancha un total de treinta y nueve pasajeros, el religioso, un comerciante y treinta y siete tripulantes, incluido el contramaestre. Mientras navegábamos pesada y lentamente por Cayos Arcas, entre la Bahía de Campeche y San Francisco, vimos afligidos cómo Nuestra Señora del Juncal desaparecía en el Golfo de México llevándose consigo al almirante de la flota Nueva España, Andrés de Aristizábal, y cerca de trescientas almas más. Que en paz descansen.
Con la barca sobrecargada, sin mástil mayor y apolillada, temí, y con razón, que nuestras vidas corrieran la misma suerte. Desde el momento que botamos la lancha, la mayoría nos dedicamos a recoger y tirar al mar con nuestros bonetes el agua que entraba por múltiples goteras. Y mientras unos pocos trataban de gobernar la embarcación y dirigirla hasta San Francisco de Campeche, el religioso se empeñaba en confesarnos y darnos la extremaunción a cada uno de nosotros. Sin apenas discutirlo acordamos rápidamente por unanimidad arrojar al clérigo a la borda con el fin de combatir no sólo el problema de sobrepeso que sufría la lancha. Cuando fuimos a cogerlo en volandas decididos a lanzarlo al agua, el muy astuto y rollizo religioso clamó piedad una y otra vez aferrándose a mi brazo con la fuerza de un león. No logrando zafarme de su mano, intermedié a su favor. Y entre sus ruegos, mis argumentos y gritos suplicantes, persuadimos al resto para que le perdonaran la vida. Finalmente tomamos la resolución de desprendernos de la mitad de las joyas y el botín que los nobles habían entregado al contramaestre. Una vez sanos y salvos, repartiríamos el resto del tesoro.
Cuando despuntaba el alba y después de pasar la noche en vela achicando agua, uno de los oficiales dio la voz de aviso de que había avistado un bote. De inmediato solté mi bonete, que quedó flotando en la superficie de la barcaza. Y levanté la mirada entre desfallecido y sorprendido buscando en el horizonte un resquicio de vida y movimiento al que agarrarme y no morir. Entonces divisé y reconocí el patache, la embarcación encargada de comunicarse y coordinar los diecinueve navíos que integraban la flota de la Nueva España. Tratamos de ponernos en pie todos a la vez mientras gritábamos y dirigíamos aspavientos de desbordante alegría y agradecimiento a nuestros salvadores. Un marinero y yo, no pudiendo contener por más tiempo la ansiedad y la emoción que nos embargaba, nos zambullimos de cabeza en el mar y nadamos extenuados y felices el centenar de metros que nos separaba del patache.
Ya en tierra, en Campeche, tuvimos noticias de que Nuestra Señora del Juncal no había sido el único navío de nuestra flota que había naufragado durante la travesía entre Veracruz (México) y La Habana (Cuba). También lo habían hecho, y antes que la almiranta, el galeón de escolta, Santa Teresa, y la nao mercante, San Antonio. Pero esta nueva desdicha no era la última que habríamos de lamentar. Porque a los pocos días de desembarcar, nos detuvieron a treinta y ocho de los treinta y nueve supervivientes del Juncal. La acusación: protagonizar un motín y provocar el naufragio de la nao almiranta. El denunciante: el religioso. ¡En mala hora no lo echamos a los tiburones!
Tras meses de incertidumbre arribamos a Cádiz el dieciséis de abril de 1632. Había transcurrido casi dos años desde que zarpamos de Sanlúcar de Barrameda rumbo a América. Pero aún tuvimos que armarnos de paciencia un poco más de tiempo antes de ser requeridos por la Casa de la Contratación, en Sevilla, y declararnos, por fin, inocentes de un delito que no habíamos cometido.

Relato publicado también en la revista eye2magazine.com



sábado, 20 de diciembre de 2014

La buena estrella



Cuando era pequeña mi padre me contó que hay gente que nace con buena estrella. Pero pocos, muy pocos elegidos, podían decir como yo que habían nacido de una estrella. Y además de una buena, la supuesta hermana de Sirio que, en el momento de alumbrarme, se apagó para siempre del firmamento.
Mis padres se casaron muy jóvenes y enamorados. Dos años después, mi padre acabó la carrera de arquitectura que había compaginado todo ese tiempo con los trabajos de delineante y dibujante de retratos y caricaturas. Desde entonces, su mayor ilusión fue tener hijos.
Tras un lustro y comprarse su primer coche, el sueño de formar su propia familia se había convertido  en una obsesión.
En su décimo aniversario de casados, diseñó una casa más grande con jardín y piscina con la idea de que su futura descendencia tuviera espacio para jugar y correr.
A los quince años, adquirió un telescopio profesional e instaló un observatorio en la buhardilla. No era astrónomo pero su escasa formación inicial la compensó con la pasión y el tiempo que dedicaba  al estudio y observación de aquel remoto y misterioso mundo interestelar.
Con cuarenta y un años recién cumplidos y veinte de matrimonio, le diagnosticaron un cáncer de colon. Y no quiso morirse antes de ver nacer a un hijo de su sangre.
El día que lo operaban, mi madre le anunció con lágrimas de esperanza en los ojos que yo, su primer vástago, por fin estaba en camino. Y mi padre se sintió el hombre más dichoso no sólo del mundo sino del universo entero. Él siempre tuvo una visión interplanetaria y global de la vida y de su entorno físico. Y escrutando con la mirada el techo blanco y aséptico de la habitación del hospital, dijo que me llamaría Estrella o tal vez Estela.
La intervención quirúrgica fue mejor de lo que el cirujano había previsto y mi padre se recuperó relativamente pronto. Durante los meses de baja laboral, cambió de dieta,  programó una tabla de ejercicios que practicaba a diario en el parque. Se apuntó a la moda de las artes marciales y luego al yoga. Nunca estuvo mejor mi padre. Desbordaba tanto optimismo y vitalidad que, apenas empecé a gatear por el parqué de casa, se propuso darme un hermanito.
Tras cinco años de infructuosa búsqueda, abandonó su empresa comprendiendo que yo era fruto de un milagro que no habría de volverse a repetir. Y que dada la naturaleza excepcional de los milagros, debía de celebrarlo cada día. Así que me malcrió aún más. Todos y cada uno de mis caprichos y deseos, sin importar lo caros, descabellados e inútiles que fueran, se materializaban casi al instante para, meses o incluso días después, terminar olvidados en un rincón de mi habitación o la buhardilla.
Cuando cumplí los seis años, mandó instalar en el jardín un tiovivo calcado al que había en el parque de atracciones de Montjuïc pero a menor escala. Una semana antes me había montado en uno de esos caballitos eléctricos y me había fascinado su movimiento continuo hacia arriba y hacia debajo mientras el tiovivo giraba sin fin como una peonza. Aquel juguete era una preciosidad y la envidia de amigos y enemigos del que me hastié tras dar una docena de vueltas. No obstante, accedía con agrado y una sonrisa no exenta de orgullo y prepotencia a viajar con mis amigos y primos, los hijos de mi único tío y hermano de mi padre. Además de no querer contrariar su anhelo expreso o tácito de montarse en mi tiovivo, con este gesto conseguía sobrealimentar y extender mi fama de niña rica, feliz y generosa más allá de la zona residencial de Pedralbes.
Ninguna novedad o moda que saliera a la venta relacionada con mis intereses se le resistía al bolsillo de papá. Ya se tratara de juguetes, juegos, entretenimiento, ropa o cultura. De este modo fui la primera de mis amigas en disfrutar y hartarme de la colección completa de Nancys, Leslys, Barbies y su perpetuo novio Kent. Y en alardear de Rosaura, la muñeca hecha a escala humana. También giré en exclusiva el primer aro hula-hop y el yoyó profesional ante la abierta expresión de sorpresa y admiración de mis compañeros de clase. Empapelé rápidamente las estanterías de casa con los títulos ilustrados de Walt Disney y Bruguera y cuantas nuevas ediciones de libros y cuentos salían al mercado. Tampoco me perdía ningún estreno de películas infantiles o aptas para todos los públicos. Ni desperdiciaba la ocasión que tal privilegio me brindaba de desvelar, no sin cierta alevosía, su argumento a mi círculo de fans.
Mis gustos y curiosidad parecían no tener freno. Ni siquiera por razón de mi sexo. Porque entre mis juguetes más valorados, destacaban un escaléxtrix cuya estructura y recorrido cubría la mitad de la buhardilla, un circuito de trenes y juegos de mecano. Pero, sin lugar a dudas, mi predilecto era la colección de aeromodelismo. Setenta fieles reproducciones en miniatura de los modelos y prototipos más significativos en la historia de la aviación.
Desde muy temprana edad tenía muy claro que prefería el cielo a la tierra. Los aviones antes que los coches y el ferrocarril. A los diez años ya me seducía la idea de que no existían límites para mí más allá de la tierra. Que la tierra era solo el comienzo, el punto de partida. Que había un espacio etéreo, infinito que yo, algún día, habría de franquear y explorar como piloto de aviones (profecía que se hizo realidad en cuanto cumplí los dieciocho años).
Con tal cantidad y variedad de juguetes conseguí no sólo ser el centro de envidias de las niñas, sino también de una cohorte de seguidores masculinos cada vez más numerosa. Me gustaba que me admiraran y agasajaran con su compañía y atenciones sin importarles que mi rostro y cuello fuera una constelación interminable de granos de pus y cicatrices frescas incluso a la precoz edad de los nueve años.
Donde no lograba ser la primera era en el colegio por mucho que me esforzara. No sobresalía en matemáticas ni en lengua. Mi impericia saltando el potro tampoco ayudó en nada a elevar mi historial académico a un nivel digno de mi persona y popularidad.
El día de mi primera comunión lucí el vestido largo, con velo y diadema de oro y brillantes más espectacular y ostentoso que cualquier flamante modelo con los que se paseaba Romy Schneider por las pantallas del cine y la televisión en su papel de Sissi, la emperatriz. En cambio, Montse, mi única prima, no pudo ni conformarse con llevar un discreto vestidito corto y una diadema de flores de tela. De modo que hubo de aplazarla para el año siguiente con el fin de que pudiera aprovechar mi vestido. Le quedaba por encima de los tobillos, inconveniente que solucionó mi tía añadiéndole un volantito que confeccionó con la tela de tul del velo. Aquel día tan esperado, Montse entró y salió de la iglesia con la cara descubierta y sin tocado porque yo me negué a prestarle también mi corona. A saber qué hubiera hecho con ella…
Creo que la inquina que sentía hacia mi prima despertó el mismo día que tuve uso de razón. Ella era más agraciada y femenina que yo. Únicamente compartíamos como marco un cabello de tirabuzones oscuros y brillantes. Pero aparte del pelo, ella y yo conformábamos dos cuadros totalmente distintos en cuanto a la forma, el estilo y el color. Incluso diría antagónicos. Yo parecía más bien un retrato pintado por Picasso en su época azul. Ella recordaba a una de esas mujeres de belleza castiza aunque de tez más clara retratadas por Julio Romero de Torres.
Mi rostro era cetrino y anguloso, y lo sigue siendo pero menos, como el de mi tío Felipe y mi primo Guillem. El de Montse, ovalado, delicado, atractivo, de una homogeneidad  y color casi marmóreos. Ella constituía el centro de miradas de niños y hombres por su belleza y su carácter dulce y cercano; yo, por las cosas que  ella no tenía.
Desarrollé muy pronto una intuición avizora cada vez que mi madre se disponía a empaquetar algunos de los juguetes que había dejado de hacer caso para enviárselos a Montse y sus dos hermanos. Encontrándome en este difícil trance, yo invariablemente me plantaba delante de mi madre, con los brazos cruzados y la expresión enfurruñada. Por si mi postura respecto a donar involuntariamente parte de mi botín no era lo suficientemente explícita, en alguna ocasión estuve tentada de retarle  con la frase lapidaria que tanto me gustaba decir cuando jugaba a pistoleros: “antes tendrás que pasar por encima de mi cadáver”.
Sin embargo, los argumentos que esgrimía mamá me acababan desarmando. Porque apelaba a mi corazón de buena samaritana repitiéndome como una triste cantinela la vida de penurias que sufría mi tío Felipe y su familia.
Y a menudo añadía enigmática:
-Algún día sabrás lo afortunada que eres.
Yo siempre claudicaba. No porque me apiadara de mi prima Montse. No. Lo hacía por mi tío. Era mi manera de agradecerle las entretenidas tardes que me permitía pasar a bordo del autobús que conducía recorriendo las calles de Barcelona una y otra vez hasta caer rendida. O aquellos contados fines de semana que libraba y jugaba conmigo al escaléxtrix y los aviones.
Y mientras yo soñaba con viajar y volar, mi padre continuaba incansable e insaciable escrutando el cielo nocturno con su telescopio. Los días que no quería irme a la cama, él enfocaba la luna, Venus, el carro, la Vía Láctea y cuantos planetas, astros y constelaciones conocía para que yo los contemplara. En verano estando de vacaciones o en los días festivos más claros, sin nubes y coincidiendo con la luna nueva, nos llevaba a  mi madre y a mí a la montaña de Collserola en Molins de Rei o El Papiol. Pasando el Castell Ciuró o les escletxes, buscaba entre las piedras y la hojarasca seca un triángulo llano donde apoyar el trípode del telescopio. Cuando apagaba la linterna yo no sabía qué me impresionaba más si aquella profunda e impenetrable oscuridad que parecía que fuera a devorarnos de un momento a otro, o aquella miríada sin fin de ojos brillantes que nos miraban desde el firmamento. 
Desde aquel lugar, la mancha de color gris blanquecino de la Vía Láctea se apreciaba con un poco más de claridad. Aunque el polvo interestelar dificultaba la observación del centro de la constelación.
Tendría ocho años la primera vez que me habló mi padre de Siria, una supuesta estrella muerta, melliza de Sirio. Por entonces yo pedía con insistencia un hermanito a mis padres. Lo recuerdo bien. Entonces mi padre me contó que yo había nacido de Siria, una buena estrella que compadeciéndose de él accedió a concederle el deseo de tener una hija. De este modo renunció la estrella a seguir viviendo y brillando en el cielo miles de años más para convertirse en la primogénita y salvadora de un hombre enfermo de cáncer.
-Tú, hija, eres un milagro que ayudó a que se produjera otro milagro: que yo siguiera viviendo.
Yo me quedé sin palabras. Y sentí el deseo irrefrenable de localizar el punto exacto que había ocupado Siria en la Vía Láctea escrutando el cielo a través del telescopio.
-¿Ves una estrella muy brillante?
-No –contesté impaciente a mi padre.
-Mira hacia el este de la Vía Láctea, al oeste del Cinturón de orión.
-¿Ves ahora una estrella muy brillante?
-Sí  -afirmé,  por fin, maravillada pegando más mi ojo izquierdo a la lente.
-Pues Siria estaba situada justo a su lado derecho antes de desaparecer y lucía tanto o más que su mellizo.
Aquellas excursiones nocturnas se terminaron de súbito como otras tantas cosas y buenos momentos el día que mi padre murió arrollado por un autobús urbano cruzando una calle de Sants. Siempre me imagino esa tarde a mi padre distraído elucubrando con qué regalo sorprendería a la niña de sus ojos tras recorrer y estudiar los escaparates de juguetería del barrio de Sants. Sin embargo, todo o casi todo apunta a que iba a visitar a mi tío Felipe. Y digo casi porque el sobre con el dinero que llevaba guardado en el bolsillo de su chaqueta para el pago del alquiler del piso de mi tío, se lo robaron antes de que llegara la ambulancia.
Ni en vida ni una vez fallecido, mi padre obtuvo el renombre ni el número de encargos que su admirado Antoni Gaudi,pero ejerció su mismo oficio y murió de un modo parecido. Ironías o tal vez coherencias del destino. Tenía 54 años y yo, 12.
Por un tiempo me sentí una estrella huérfana. Luego supe a qué se refería mi madre cuando me decía que algún día sabría lo afortunada que era. Me confesó que yo había nacido no de una estrella, sino de tres. De mi madre, de mi padre y mi tío. Dos padres. Uno pobre, otro rico. Uno que deseó que naciera, otro que lo hizo posible. Un padre que me enseñó a mirar y desear el cielo y otro que me mostró el medio para llegar hasta él.

Relato publicado también en la revista eye2.magazine.com


sábado, 13 de diciembre de 2014

Ojo clínico




Llevaba meses histérica esperando mi primera visita en el hospital para saber si mi problema tenía solución quirúrgica. Las semanas previas a la cita empecé a dormir mal, el pecho me palpitaba arrítmico, inquieto de día y de noche. Me costaba conciliar el sueño y, una vez conseguía dormirme, a las tres o cuatro horas recurrentes pesadillas me despertaban sobresaltada con el corazón bombeando sangre a toda máquina. Este estado de nerviosismo lo achaqué al principio a mis fracasados intentos de acercarme a un compañero de trabajo que no me rechazaba claramente pero que tampoco acababa de darme el sí definitivo.
No sería sino un par de días antes de ir al hospital cuando logré desenmascarar con ayuda de mi mejor amiga, Anabel, el verdadero origen de aquella congoja. Hacía cinco años una tía mía entró en coma debido a un error de cálculo en la anestesia que le administraron durante una intervención quirúrgica y ahora vivía casi como un vegetal. Que el fantasma de la parálisis me perseguía era ahora más que una evidencia. La actitud indecisa, maliciosamente ambigua de Juan también había añadido más leña a mi zozobra, para qué engañarse, pero tras cuatro meses infructuosos yo me mostraba ya escéptica, cautelosa respecto a nuestro futuro como pareja.
Sin necesidad de pedírselo, mi amiga me acompañó al hospital tranquilizándome en todo momento y contagiándome su incombustible optimismo. En cuanto apareció mi número en la pantalla de la sala de espera, me levanté de un salto del asiento dejando caer al suelo la sonrisa que me acababa de regalar Anabel contándome una de sus tantas ocurrencias. Rígida y seria entré en la consulta 512 custodiada por mi amiga.
El cirujano, un hombre joven de cara lunar y algo fornido, apenas me hizo caso ni dio crédito a los síntomas que le relaté apresuradamente y a la vía crucis que estaba viviendo dentro y fuera del baño desde hacía casi diez meses.
Ya empezaba a sospechar que no me operaría cuando de pronto me indicó con un gesto desafiante que me subiera a la camilla con el fin de comprobar si sufría hemorroides, una fisura anal o, por el contrario, una imaginación malsana. Tras de sí desplegó el biombo que había acollado a la pared. Me dijo que me colocara boca abajo con los antebrazos apoyados sobre la camilla y las rodillas dobladas. Se enfundó unos guantes azules desechables y se dispuso a explorar el conducto rectal. Hubo un momento en que dejé escapar un fuerte alarido de dolor, él se disculpó y al finalizar, me acercó dos apósitos. El diagnóstico y el tratamiento no ofrecían ya ninguna duda: se trataba de una fisura anal que requería una pequeña cirugía. Compungida vuelvo a la butaca y me siento de lado mientras mi amiga apoya solícita su mano sobre mi hombro con expresión triste. Las palabras del médico suenan ahora más que consoladoras, alentadoras. La anestesia sería local y la intervención, ambulatoria. Y me mira condescendiente, amable con unos ojos sorprendentemente diáfanos, cálidos, directos tras sus lentes circulares de miope. Le devuelvo la mirada y me sumerjo en la paz, el dulce sosiego de aquellas pupilas castañas casi infantil. Reímos en tres ocasiones sin dejar de entrelazar nuestros ojos como si fueran piedras lunares o cristales de topacio que quisieran engarzarse  para siempre. La camilla de tortura, el dolor físico y hasta Anabel parecían haberse disuelto  bajo el influjo de aquella apacible y secreta alianza.
El hombre se despide extendiéndonos una mano suave, tibia y firme mientras yo además le agradezco sus palabras reconfortantes. Salgo exultante del despacho precedida por una sonriente Anabel. La sala se encuentra medio vacía. Por un instante mantengo la convicción de que la mayoría de pacientes ha debido salir despavorida tras oír mis gritos. De camino al mostrador comento a mi amiga la buena impresión y confianza que el cirujano me ha transmitido. La candidez, la sinceridad y la serena hermosura de sus ojos. Anabel me escucha atenta con una sonrisa expansiva bailándole por las comisuras de la boca, los ojos y los pómulos sonrosados por la calefacción.
Nos acabábamos de añadir a la fila de personas que esperaba ante el mostrador cuando me espeta por fin con su habitual desenfado y picardía:
-Y a él también le ha gustado tu ojo…, digo tus ojos y mucho, no te quepa la menor duda.
La observo boquiabierta entre sorprendida y extrañada por espacio de un segundo antes de soltar una sonora carcajada y sentir una punzada a la altura del cóccix.

Relato publicado también en la revista eye2.magazine.com

viernes, 5 de diciembre de 2014

Diario de Elisabeth Holmes



Londres, 8 de abril de 1858

A las seis y media he encendido el fuego de la cocina, donde habré dormido unas seis horas. Luego me he puesto a limpiar el hollín, a barrer y quitar el polvo. He lustrado ocho pares de botas y seis de zapatos de los señores Ashton y sus cuatro invitados, los matrimonios Stewart  y Tull.
Después me entretuve en acabar de afilar la otra mitad de cuchillos que me había quedado pendiente de ayer. Tras lo cual corté un trozo de cuero y lo embadurné con la pasta de tiza y manteca de cerdo que había preparado hacía dos días. Engrasé los cubiertos para que no se oxidaran y los guardé envueltos en papel. Deslié los que había afilado la mañana anterior, los lavé, sequé y coloqué. 
A medida que los dueños de la casa y sus invitados se fueron despertando, subí a cada dormitorio dos recipientes de agua que previamente había calentado en la cocina y seis paños limpios, dos para secar los vasos, otros dos para las sillas de los orinales y un par más destinado al aseo personal.
Preparé después el desayuno que sirvió la joven Florence. Bajé las jofainas del agua sucia y los trapos usados. Hice las camas y vacié los orinales procurando como siempre que ni los señores ni sus huéspedes pudieran cruzarse conmigo y sus orinales por la escalera y el pasillo.
Lavé los platos. Empecé a preparar la comida. Salí a hacer un encargo para la señora Ashton. Al volver el señor me propinó una azotaina con su vara porque había ido a comprar con la ropa sucia del trabajo. No he llorado como lo hice ayer cuando me pegó tras servir la cena por oler mal y no haberme presentado debidamente aseada. Anoche al terminar mis servicios, a las doce, tampoco me bañé. El cansancio y las lágrimas me sumieron rápidamente en un sueño intranquilo.
Acabé de cocinar y Florence volvió a encargarse de servir la comida. Fregué de rodillas el suelo y la escalera de la casa así como la acera de la calle. Lavé la vajilla y cubiertos. Limpié la repisa de las ventanas. Ordené la despensa.
He preparado la cena y fregado los platos. A las diez de la noche he tenido que ponerme a calentar y subir a los dormitorios cerca de cincuenta cubos de agua para que los señores Ashton y sus huéspedes pudieran disfrutar de un relajante baño antes de irse a dormir. Y ya de madrugada, cansada en extremo, sucia y sudorosa me he caído rendida en la cama una vez más.

Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

martes, 25 de noviembre de 2014

La máquina del día después



Aquel veinte de junio de 2004 cambiaría mi vida para siempre. La mañana en que se produjo el accidente en el laboratorio de mamá estaba en la escuela (¿adónde si no?) sobrellevando como podía al baboso de don Claude y su aburrida lección sobre los ríos y afluentes de Francia.
Al girar el autobús escolar para entrar en la calle Saint Germaine, hacía rato que Cyntia, Olivier y una servidora esperábamos de pie a que se abrieran las puertas. Yo ese día estaba especialmente ansiosa por llegar a casa y soltar el puñado de mariquitas que había secuestrado en el patio del colegio con el fin de acabar con la plaga de pulgón que asolaba el jardín y huerto de mamá. Aunque he de confesar que en realidad lo que me interesaba era analizar su comportamiento y anatomía como ya hiciera anteriormente con una colección de hormigas y gusanos. No podía ni aún hoy puedo evitarlo, me pirran los animales, grandes y pequeños. No en vano mantenía por entonces el firme propósito de estudiar veterinaria
Faltarían unos cincuenta metros para llegar a la parada cuando el bus frenó y se detuvo inesperadamente. Lo primero que hice tras la sacudida fue palpar el bolsillo de la chaqueta del chándal para asegurarme que la cajita de cartón con las mariquitas seguía en su sitio. Luego bajé distraída los tres escalones de un brinco. A punto estuve de aterrizar sobre Cyntia y Olivier que permanecían en la acera quietos como dos pasmarotes.
Iba a protestar cuando me dio por mirar hacia el final de la calle. Estaba completamente tomada por una ambulancia, tres coches de patrulla de policía y uno de bomberos. No vi fuego ni humo por ninguna parte. Pero supe que había ocurrido algo terrible. Mis dos amigos me observaban con un poso de preocupación en la mirada. Ellos vivían y viven en los números 25 y 43. ¡Y yo… en el 103! Precisamente al final de la calle en cuyo sótano mi madre había montado su propio laboratorio.  De pronto eché a correr. Recuerdo que quería gritar. Llamar a mamá. Pero la agitación y turbación que me embargaba en aquellos momentos ahogaron mi voz.
Dejé a un lado el coche de bomberos y busqué la ambulancia con los ojos nublados. Di varios saltos mientras miraba a través de las puertas traseras. Pero sus cristales tintados no me dejaban ver nada. Entonces corrí hacia las ventanas laterales. Pero antes de que pudiera asomarme, un gendarme me sorprendió y me condujo hasta la casa vecina donde un par de hombres interrogaban a mi padre.
La Policía Judicial determinó que la muerte de Adèle, la ayudante de laboratorio de mamá, se había producido a consecuencia de un cortocircuito en la computadora con la que trabajaban. Durante días registraron sin resultado cada palmo del laboratorio medio calcinado recogiendo y analizando muestras en busca de los restos mortales de Claire, mi madre. Finalmente, la declararon oficialmente muerta y la familia y amigos dimos cristiana sepultura a su alma, que no a su cuerpo. Sin embargo, yo me ancoré desde el principio en la convicción de que seguía con vida. Dónde y por qué había desaparecido eran cuestiones que habría de averiguar. Por suerte, había heredado la tenacidad y espíritu inquisitivo de mi querida madre.
Precisamente por mi carácter despierto sabía que habían estado trabajando desde hacía años en un experimento muy ambicioso que mantuvieron en absoluto secreto. Tenía también conocimiento de que Claire, tan meticulosa como era, se había encargado de guardar  en la caja fuerte de casa cuantas anotaciones diarias había ido haciendo sobre el tipo y características del experimento, los procedimientos y programas informáticos empleados, los ensayos fallidos, sus incidencias y progresos. Al fin, después de varios intentos y gracias a la ayuda de mi padre, di con la clave de acceso y pude ojear los dos palmos de papel impreso con notas manuscritas en los márgenes que había dentro de la caja y constituía todo el legado científico de mi madre.
No sin gran sorpresa y fascinación, descubrí enseguida que Claire y Adèle habían creado una máquina del futuro. Durante el año anterior y los primeros meses de 2004, habían estado experimentando con objetos, organismos microscópicos, insectos y ratones. Con el fin de evaluar la eficacia de su invento, decidieron que una de ella habría de viajar al 20 de junio de 2014. Si lo lograban, cruzar la barrera del tiempo presente dejaría de ser una vieja aspiración humana relegada por entonces al mundo de la ciencia ficción para convertirse en un hecho constatado científicamente. Además de pionera en su campo, mi madre habría sido testigo de que no sólo organismos simples como las bacterias eran capaces de desafiar las leyes del tiempo lineal.
Los datos, fórmulas y jerga técnica con que se expresaba mi madre en aquel legajo de papeles representaban para una niña a punto de cumplir los once años un colosal jeroglífico tan incomprensible como apasionante. Con la idea obsesiva de desembrollar aquel galimatías y el incierto destino de mi progenitora, empecé a trazar con sumo cuidado y perseverancia mi carrera en el ámbito de las ciencias matriculándome simultáneamente a los dieciocho años en la facultades de Física e Ingeniería de Telecomunicaciones  en la Universidad de la Sorbona (París).
En mis primeras pruebas recurrí a pequeños objetos, bacterias y ácaros microscópicos. Luego pasé a organismos de uno a tres milímetros de longitud, como los pulgones. Empleé prácticamente un año en copiar el ADN de un arácnido y mandarlo al futuro. O cuanto menos, conseguí que desapareciera de la placa horizontal de la computadora. Pero tras estudiarlo y meditarlo con detenimiento, me percaté de que algo fallaba. Enviar materia inerte al futuro no constituía ningún problema. La dificultad parecía estribar en desplazar seres vivos. Gracias a la colaboración de genetistas, biólogos, ingenieros electrónicos y especialistas en nanotecnología detecté al fin algunas imprecisiones en las variables de las fórmulas y cálculos efectuados por mi madre y su auxiliar donde podía hallarse la clave de la solución al problema. Errores que traté de subsanar en la medida de lo posible.
Sin embargo, el tiempo pasaba raudo y la fecha límite para reencontrarme con mi madre, el diecinueve de junio de 2014, acechaba en la próxima esquina del calendario. Ya no era posible hacer más ensayos. Mi turno para viajar al futuro había llegado. En menos de un mes tuve que dejar atados los últimos cabos sueltos y prepararme psicológicamente con el fin de afrontar una aventura de cuyo éxito empecé a albergar no pocas dudas. Porque si no lo lograba perdería, tal vez, la única oportunidad de recuperar a mi madre.
La noche del dieciocho al diecinueve de junio tampoco conseguí dormir. Me levanté hastiada por el calor y mareada de dar vueltas en la cama. Salí a la terraza y me senté en el balancín de madera. Observé contemplativa e inquieta el cielo estrellado.
A las nueve de la mañana, ojerosa y con un dolor pulsátil clavado en las sienes y la nuca, me dirigí al laboratorio. Paul, mi padre, ya estaba dentro.
Me embutí el mono gris confeccionado con una malla inteligente producto de la nanotecnología. Me cubrí la cabeza y el rostro con un pasamontañas diseñado con el mismo tejido y color que el mono. Me ajusté a la muñeca un ordenador portátil en forma de reloj pulsera. Encendí la computadora del tiempo. Programé la hora, el día, mes y el año al que me trasladaría, el veinte de junio del año en curso, o sea, el día siguiente. Y añadí la fecha de regreso. Tecleé las coordenadas geográficas del número 103 de la calle Saint Germaine en Le Blanc. Y luego sincronicé la computadora  central con mi microordenador.
Me enfundé los guantes y antes de ponerme las gafas que me daban una visión caleidoscópica similar a la que tienen los insectos y, en definitiva, tapar la única zona de mi cuerpo descubierta, miré entre emocionada y nostálgica a mi padre. Quería acompañarme y compartir mi misma suerte, fuera la que fuera, pero era del todo imposible. Su cara reflejaba desasosiego. El miedo de perderme también a mí.
Estuve tentada de prometerle que regresaría con mamá. Pero me mordí la lengua parapetada tras mi armadura nanotecnológica. Luego lo abracé con ímpetu. Quería transmitirle seguridad y confianza. Y, por fin, encajándome las gafas protectoras y colocando las palmas de las manos sobre la pantalla de la máquina del tiempo, le di la orden de que pulsara el Enter.
Al oír el clic del botón me vino el pensamiento fugaz de que estaba a punto de vivir mi propia eutanasia asistida por Paul. Fugaz porque los acontecimientos se precipitaron de tal modo que borraron de mi mente cualquier pensamiento o emoción que no fuera mi particular travesía al futuro.
Aunque llevaba lentes y tenía los ojos cerrados, noté enseguida los haces de luz azul pasando rápidamente hasta una docena de veces por debajo de mis manos enguantadas. Casi simultáneamente experimenté una sucesión de chispazos de corriente eléctrica de bajo voltaje que recorrían y convulsionaban levemente mi cuerpo, desde las manos a los pies, de los pies a la cabeza. Lo último que sentí fue vértigo, un espasmo en el vientre y náuseas como si realmente hubiera sido impulsada y me hallara viajando a la velocidad de aquella luz que proyectaba la pantalla de la computadora.
Tenía la impresión de que, efectivamente, estaba entrando en otra dimensión de la realidad, si no directamente en el túnel de la muerte. Yo, mujer escéptica donde las haya, tuve de repente la urgente necesidad de creer en la vida después de la muerte. ¿Aventurarse a viajar al mañana no equivalía en cierto modo a adentrarse en el reino de los cielos? ¿A caso el futuro como tal no es un tiempo inexistente, inaprensible? ¿Tomaría forma y realidad el futuro para mí? ¿Y sería un tiempo reversible?
Al abrir de nuevo los ojos, me costó reconocer el laboratorio. Estaba aturdida, mareada. La migraña comprimía mi cráneo. Tardé unos minutos en acostumbrarme a aquella extraña visión caleidoscópica. Consulté el microordenador. Disponía tan sólo de un cuarto de hora para hallar a mi madre y regresar al presente. Inspeccioné con ansiedad la habitación. Conservaba en apariencia el mismo aspecto y orden del día anterior.
Al cabo de unos instantes detecté un movimiento junto a la puerta. Me acerqué cautelosa. Y desde aquellas lentes de insecto se me apareció de improviso la imagen más bella y deseada del mundo: la de mi madre multiplicada por diez, por una veintena de veces. Extendí una mano titubeante hacia ella y mis dedos traspasaron su cuerpo desnudo rozando la pared aséptica del laboratorio. Mis sospechas no tardaron en confirmarse: Claire era un ente virtual proyectado a través de la invisible pantalla del aire.
“¡¿Quién eres?!”, gritó temerosa no reconociéndome.
Tras identificarme, abrió los brazos y trató en vano de estrecharme contra su ser etéreo. Le di instrucciones rápidas y precisas con el fin de salir del futuro lo antes posible. Ella obedeció de inmediato quedándose inmóvil con las extremidades ligeramente separadas del tronco mientras yo iba radiando el perímetro de su cuerpo con ayuda de los guantes inteligentes. Al acabar pulsé el botón rojo del reloj orientando la palma de mi mano hacia la aureola de luz que había dibujado
Cerramos los ojos y contuvimos la respiración. Pero después de un minuto de tensa espera no se produjo ningún cambio. Empezaba a desmoralizarme. Miré a mi alrededor desesperada buscando una salida. Pero no podía pensar. Sentía una claustrofobia anticipada de lo que iba a ser nuestro destino, sin duda más próximo y terrible de lo que jamás hubiéramos querido imaginar. Claire me animó a que probara de nuevo. Esta vez apreté la tecla con todas mis fuerzas manteniéndola pulsada durante unos segundos.
Y después de experimentar un estremecimiento apenas perceptible, regresamos, por fin, al presente y Claire adoptó casi al instante la apariencia humana y juventud de antaño.
Al vernos aparecer, Paul se reunió con nosotras y nos fundimos en un intenso y largo abrazo mientras llorábamos y reíamos de pura felicidad. En esos momentos sentí por primera vez en mi vida que los milagros existían.
Como había previsto, Adèle y mi madre, habían diseñado una máquina que transformaba el ADN de seres vivos en unidades de información expresadas en bytes ante la imposibilidad de copiar y reproducir fielmente el genoma y células de organismos complejos. Adèle habría fallecido a consecuencia de un cortocircuito originado por un fallo en el sistema informático justo después de que Claire quedara atrapada en un futuro virtual, afortunadamente reversible. Un lugar que ahora se me antojaba inhóspito y muy diferente del mañana amable e idílico con el que todos estos años había necesitado soñar. Tal vez porque la dimensión de la realidad donde penetramos mi madre y yo no coincidía exactamente con el futuro o la limitada percepción que tiene la especie humana del tiempo y su devenir. O quizás tan sólo nos habíamos quedado a las puertas del futuro.
Aún era demasiado prematuro para aventurarlo, pero no descartaba la posibilidad de seguir investigando hasta desentrañar las claves científicas que permitieran viajar al futuro sin necesidad de armaduras nanotecnológicas y vivir en él, y no en su antesala, por muy lejano que fuera (¿O es que existía más de un futuro viable?). O en su defecto, hallar la fuente de la eterna juventud y el don de la invisibilidad.
 
Relato también publicado en la revista eye2magazine.com



viernes, 14 de noviembre de 2014

Flores de miel, el recuerdo de un amor



Las flores de glicinia perfuman el aire de una encrucijada de calles empinadas. Desde hace un rato mis pies siguen obedientes la línea serpenteante de casas con patio y jardín que dibuja la calle La Laguna. Sin embargo, mi mente vaga sin rumbo fijo sorbiendo los últimos minutos que quedan para empezar mi primera clase de dibujo.
Todo parece nuevo. Es la primera vez que paseo por esta avenida de la urbanización. Mire allá donde mire la primavera retoña fresca y alegre. Pero esas flores dulzonas recién abiertas que cuelgan de pérgolas de madera y muros de algunas casas me huelen a viejo. A un dejà vu. A un amor de juventud que apenas duró cuatro estaciones.
Todo empezó con un beso que me supo a miel un día que olía a glicinia.
-¡Cómo huele  a miel!- exclamé aquella tarde aspirando con fuerza el aire cargado de aromas florales como si quisiera exprimir su esencia y guardarla en un frasco de cristal.
Él se echó a reír  y cogiéndome de la mano, cruzamos la calle. Justo enfrente, grandes racimos de flores lilas sobresalían de la tapia de una finca pintada de blanco. De un salto, arrancó un ramillete y me lo acercó a la nariz. Lo olí con los ojos cerrados confirmando con un cabeceo repetido de que, en efecto, era el mismo perfume que había percibido poco antes.
-¡Parecen flores de miel! -dije llena de alborozo.
Por entonces, mi olfato era inexperto e incapaz de reconocer la fragancia de flores que no fueran rosas o campanillas.
-Se llaman glicinias –aclaró él con una sonrisa mientras me miraba a los ojos.
Mi boca enmudeció al oír su nombre por primera vez. O más bien porque los labios de Roberto se adueñaron por unos segundos de mis palabras y aliento.
Aquel amor no cuajó y se partió en dos a finales de invierno, a las puertas de una nueva primavera. No sé si llegamos a celebrar juntos San Valentín. Sólo recuerdo que las flores amarillas de la mimosa empezaban a marchitarse y desprendían un olor más bien acre. Y también me acuerdo de que hacía unos días había aprendido a llamar aquel árbol por su nombre.
Han pasado ya muchas primaveras desde aquel romance. Su recuerdo fue amargo al principio. Luego, con la distancia del tiempo, el olvido fue haciéndose más grande que el recuerdo que ha permanecido de él. Un olvido que se alargó como la espigada sombra de un ciprés. Como una gota de aceite que se derrama sobre una carta de amor y emborrona sus palabras para siempre con su pringue y olor. Sólo que en vez de oler a aceite rancio, huele a flores de miel.

Relato también publicado en la revista eye2magazine.com



El príncipe feliz