La nave EcoHispania IV flota ahora sobre un remanso espiral de 200.000 luceros. Los astronautas, sin embargo, creen que viajan a la derivan. El monitor de control tarda un minuto en confirmar que aquel mar de constelaciones en calma es, en efecto, nuestra galaxia. Resulta sorprendente y hasta disparatado: han recorrido en segundos los 27.000 años luz que les separaban del brazo de Perseo, la zona sudoeste de la nebulosa. Para cubrir esa misma distancia en la Tierra, hubieran necesitado cientos de milenios. El desplazamiento por una teleautopista es muy similar a hacerlo a través de un agujero negro. La diferencia entre ellos estriba en que caer dentro de un agujero negro tendría consecuencias fatales. Hubieran quedado atrapados en una gigantesca red de araña de la que no habría ya modo humano ni cósmico posible de escapar. Ni vivos ni muertos. Y, lo que es peor, sufriendo una terrible agonía. Porque además de deformarse el tiempo y el espacio que es lo que permite saltar al futuro, al alcanzar la zona de singularidad los cuerpos y materia atrapados son estirados, vaporizados y desgarrados violentamente hasta acabar por desintegrarse.
La primera escala apenas ha durado quince segundos cronometrados pero ellos tienen la sensación de que el tiempo ha transcurrido a cámara lenta. Nadie ha perdido la conciencia. Pero sí se encuentran levemente aturdidos por el impacto del viaje exprés en su cuerpo y mente. Sus movimientos son torpes y lentos al principio. Almudena, la astrofísica de Toledo, experimenta además alucinaciones pero su estado de ánimo raya la euforia como el del resto. Rocío tarda un poco más en reaccionar y celebrar con sus compañeros el éxito de su primera incursión por un agujero de gusano.
El sistema que regula el índice de gravitación parece que falla porque levitan. Sus cuerpos burbujean como la alegría que les desborda. Sus caras lunares sonríen, sus ademanes, ahora más ágiles y vivos, evidencian el optimismo, la euforia desatada por estar viviendo un momento único en la historia de la humanidad. Un jolgorio contagioso del que el trío de robots participa a su manera. Componiendo con los dedos el signo de la victoria y entrechocando sus manos de grafeno con las manos enguantadas de carne y hueso.
Cuando los ánimos y los valores gravitatorios se van normalizando, concentran de nuevo su atención sobre la pantalla del monitor. Rocío, la astrofísica sevillana, acaba de poner en marcha el telescopio para avistar la nube de estrellas que forma la galaxia. A diferencia de la observación realizada desde la Tierra, se descubre ante ellos una miríada de luces nítidas y rutilantes aunque extrañamente móviles, cada vez más numerosas y lejanas como estrellas fugaces. Su belleza pasajera titilando en un espacio infinitamente dilatado, errante los sobrecoge, les corta las palabras.
La mujer activa después el radiotelescopio. Los cuatro humanos mudan su expresión de pronto. Muestran ahora circunspección y tensión. Tratan de encontrar una teleautopista joven relativamente lejana a un agujero negro supermasivo, que saben que abundan en el centro de la Vía Láctea. Y, efectivamente, constatan con preocupación que hay a su alrededor más de uno acechándoles como guaridas de lobos. El interior de un agujero negro genera un campo de gravedad que nada, ni siquiera la luz puede escapar de él. Además son muy tramposos. No se dejan avistar directamente. Su presencia se detecta a través de los rayos x emitidos por estrellas binarias y galaxias activas próximas.
Tras localizar y marcar la posición de las estrellas sobre las que inciden los agujeros negros que minan con su poderosa energía el núcleo de la galaxia, repasan con tiempo e inquietud las constelaciones recién apagadas. Y la estrella que ha muerto más recientemente es, desafortunadamente, vecina del agujero negro más masivo. No tienen escapatoria. Es la teleautopista más contemporánea a ellos de toda la galaxia. La única que de nuevo les devolverá al punto de partida, la Vía Láctea, y de ahí a la Tierra, en caso de culminar con éxito su misión. Pero no logran ponerse de acuerdo. El temor de acabar pereciendo en las fauces de un agujero negro los acorrala y paraliza. El tiempo se esfuma presuroso y estrangulador. Rocío y Gorka, solteros y sin familia, apuestan por dirigirse a otra teleautopista más longeva y alejada de la zona de peligro. Tomando esta vía retrocederían de diez a veinte años al regresar a su planeta. Una minucia temporal que no sólo preservaría sus vidas del riesgo de caer por accidente en el vacío, sino que ganarían años a la vida. Sin embargo, los otros dos astronautas humanos que insisten en seguir las directrices marcadas por el Instituto Espacial Surconfederado (IES), acaban convenciéndolos de lo contrario.
Cada uno se coloca en el puesto asignado y se prepara para afrontar la travesía más larga y difícil del viaje. Pese a que Xavier, padre de familia, tiene más pericia como piloto, Gorka decide por esta vez comandar la nave. El resto se parapeta con cierto recelo en sus cápsulas translúcidas clavando su atención en Gorka. El vehículo da un rodeo con el fin de tomar la teleautopista por el extremo opuesto a la boca negra. Se aproximan. El conductor se aferra a los mandos. La tripulación observa y espera inmovilizada, olvidándose de respirar. Se disponen a entrar pero Hispania IV vira de pronto de un modo abrupto. Gorka intenta en vano de rectificar el rumbo. La nave está fuera de control. El agujero negro supermasivo ejerce sobre ella un magnetismo irresistible que la doblega y atrae como una brizna de chatarra. Gorka sale despedido e impacta contra el cristal frontal del aparato. Xavier se desprende rápidamente de su cápsula. Avanza con dificultad agarrándose a los respaldos de los asientos y se hace con los mandos. Pero se barrunta que es demasiado tarde para lograr esquivar el agujero. Mientras, Gorka sigue dando tumbos de un lado a otro de la nave en posición fetal y con las manos sobre la nuca. La inminencia del fin impele a Xavier a gritar con fuerza, con rabia. Y parece que su ingenio, espíritu y cuerpo se impregnan de esa misma fuerza colérica, descomunal para afianzarse en el asiento y activar en el último instante los motores retroturbopropulsores que los impulsa hacia atrás y consiguen alejarlos de una muerte segura.
Gorka se ha fracturado al parecer varias costillas. Xavier le ayuda a sentarse y protegerse con su equipo individual antes de internarse en la segunda teleautopista. Segundos después son succionados por el sumidero de la estrella y se precipitan a través de su interminable intestino. La velocidad endiablada, demencial con la que caen contrae su campo de visión hasta el tamaño de un garbanzo. Los cuerpos celestes que tienen delante se aglomeran y proyectan haces de luz de color azul pero si vuelven la mirada hacia atrás, ven cómo se dispersan y se vuelven rojas. Con todo, la experiencia resulta más pausada e intensa que en la primera escala. Se han podido recrear más tiempo con las imágenes regresivas del alumbramiento del Universo y de su visión futura tras conseguir avanzar cinco millones de años luz. Un recuerdo que ha quedado también grabado en la memoria del ordenador para ulterior estudio y deleite de científicos y profanos. Cinco minutos de destellos cósmicos que darán en los próximos días la vuelta a la Tierra y que, sin duda, revolucionará el mundo. Impactos visuales capturados a una rapidez tan vertiginosa e inconcebible para la mente del hombre como lo son las sobrehumanas distancias y dimensiones de la bóveda celeste. Un mundo excesivamente grande y remoto que no cesa de crecer y alejarse. Un mundo únicamente abarcable durante siglos por teorías y ecuaciones que no eran sino meros espejismos y jirones de la realidad que escondía. Pero que a partir de ahora empezaba a estar al alcance de la mano. Un prodigio de la inteligencia y el progreso humanos que, como el Universo, porfían por romper sus propios límites y barreras en su afán de alcanzar el conocimiento de la verdad. Desvelar los misterios, origen y destino de la vida.
Hace unos minutos que han salido de la teleautopista. Xavier se desprende de su cápsula perezosamente y se eleva sin voluntad como un globo de gas. Una rara inercia lo lleva junto a los tres robots. La misma fuerza que impulsa a Rocío a reunirse con ellos apenas noventa segundos después. Sin embargo, flotar en esos instantes es lo que menos desean el hombre y la mujer. Necesitan restablecer la circulación normal de su flujo sanguíneo y superar el embotellamiento, atonía muscular y somnolencia causados por el viaje en el tiempo. Son conscientes de que lo han logrado y de que están a un paso de llegar a Excelsius pero se sienten sin fuerzas ni ánimos para celebrarlo aún.
Almudena sale de su burbuja al fin. Pero tras sufrir de nuevo alucinaciones y delirios, es presa de un episodio epiléptico que la sume en un estado de inconsciencia del que no acaba de despertar. Xavier y Rocío necesitan confiar que su compañera, una de las más reputadas y expertas astrofísicas del mundo, recobrará la conciencia para cuando aterricen en el exoplaneta. Ambos se dirigen luego movidos por un pálpito hacia donde está Gorka, que todavía permanece dentro de su equipo de protección. Y comprueban con gran consternación que una hemorragia interna ha sellado su acta de defunción. Xavier y la mujer se miran en silencio. Un par de lágrimas se detienen y anegan los ojos de Rocío. El destino se halla tan próximo que ni el llanto parece capaz de contenerlo.
lunes, 26 de enero de 2015
viernes, 16 de enero de 2015
2099: viaje al exoplaneta Excelsius. Parte I
La
primera potencia mundial en la carrera espacial, los Estados Confederados del
Sur (EE CCOS), llamado España hasta 2025, está a punto de marcar un hito en la
historia de la cosmonáutica. Lanzará por primera vez una nave tripulada con la
doble misión de viajar y explorar en un tiempo récord el planeta extrasolar
Excelsius con el fin de obtener nuevas fuentes de energía. La nave EcoHispania
IV no sólo se aventurará a ir más allá de nuestro sistema solar si no que lo
hará desafiando las leyes del tiempo y el espacio convencionales internándose
en teleautopistas conocidas como agujeros de gusano intergalácticos.
La
explotación de la plataforma petrolífera en las islas Canarias durante ocho décadas consecutivas, los sucesivos gobiernos y
políticas impulsados por los partidos y movimientos de ciudadanos Lo
conseguiremos (Locos), Sólo juntos avanzaremos (Sojuav), Nuestras ideas suman
(NI+), Trabajemos por el futuro (TxF) o El futuro es progreso (F=P) han hecho
posible que EE CCOS despuntara y acabara imponiéndose en el campo de la
investigación y aplicación tecnológica y científica aeroespacial. Avances que han
redundado al mismo tiempo en una mejora significativa en la calidad de vida de
sus habitantes.
A
día de hoy es un país rico y avanzado que disfruta de una de la rentas per
cápita e índice de bienestar y felicidad más elevados de Europa, superando
incluso desde 2095 al supergigante asiático integrado por China e India. Los
Emiratos Árabes y Arabia Saudí que, una vez extraída la última gota de crudo a
finales de 1970 y 1980 respectivamente, compiten en la carrera espacial
destinando el remanente de su riqueza nacional en viajar a otros planetas y
hallar energías alternativas más limpias. Rusia y EE UU constituyen las dos
potencias que mueven y entretejen los meridianos y paralelos del mundo al
acaparar la mayor riqueza de petróleo y renta por persona. Aunque registran
también las tasas más elevadas de criminalidad y suicidios dentro del conjunto
de países desarrollados.
En
EE CCOS los puestos de trabajo de largas jornadas que requieren mano de obra
son cubiertos íntegramente por robots manuales especializados en lugar de por inmigrantes.
Gracias a la implantación de programas software y de inteligencia artificial punteros
de alta eficacia los beneficios económicos obtenidos de este modo se reparten
entre el sector empresarial, los estados confederados y sus ciudadanos que dejaron
de estar obligados a cotizar en la seguridad social desde el año 2088. Desde su
nacimiento, los ecosureños perciben una renta vitalicia y un par de robots
personales. Mientras un humanoide atiende los quehaceres domésticos, el segundo
se encarga de entrenar y potenciar su talento natural y capacidades psicoemocionales
y sociales. Las baterías ultraligeras de recarga solar instantánea con las que
funcionan la robótica y un sinfín de aparatos de uso cotidiano así como el
transporte rodado y aéreo individual y de pasajeros son fabricados a partir del
grafeno, un material muy versátil, de múltiples cualidades y usos que, tras
abaratarse en los últimos años, corre el peligro de desaparecer. Incluso la aeronave EcoHispania IV,
que está a punto de despegar, se mueve gracias a él. Y lo contiene en su
interior y superficie. En sus huesos y músculos livianos y flexibles pero duros,
doscientas veces más resistentes que el acero y capaces de autoregenerarse; en su
piel, poros, cerebro y neuronas que conducen con la máxima eficacia y rapidez el
calor y la electricidad. Lleva grafeno hasta en el corazón mismo que lo
propulsará en dirección a nuestra Vía Láctea.
Desde
la madrugada del veintiséis de octubre cientos de miles de ecosureños se
agolpan tras la alambrada de la estación del Instituto Espacial Surconfederado
(IES) para contemplar, fotografiar y grabar de primera mano la que constituye
una hazaña sin precedentes en la historia de la navegación sideral. La primera
misión tripulada Éxodus I, con destino al exoplaneta Excelsius. El planeta fue descubierto
por el equipo de astrónomos del IES dirigido por el astrofísico Celso Ramírez a
través de Lumen, el mayor telescopio óptico del mundo, cuando el planeta
transitaba frente a una estrella que lo hizo visible. Con la puntuación ESI de
0,9, Excelsius está clasificado dentro de la Zona Habitable y, por tanto, se
presume que pudiera o ha contenido alguna vez agua en su superficie.
Los
siete astronautas llegan a las diez de la mañana, hora peninsular, en un
vehículo aéreo a la explanada del desierto de Almería Los Áridos donde antaño
se rodaban películas espaguetis-western. El termómetro marca 33 grados. Al
salir del coche para dirigirse a la rampa de entrada de la nave nadie distingue
al par de mujeres astrofísicas de los dos hombres exobiólogos envueltos como
van de pies a cabeza con monos de color beige. Pero los dispositivos personales
de los asistentes capturan al instante los movimientos coordinados algo ralentizados
de los tres robots humanoides que aparecen a cara descubierta y vestidos con
ropa más ligera y ajustada. Los tres son reproducciones que corresponden a un
mismo prototipo de varón, sólo que llevan injertos de pelo de diferente color. Las
mujeres jóvenes suspiran al contemplarlos a través de sus potentes zooms o de una
de las cuatro pantallas gigantes instaladas en el recinto. Podrían pasar
perfectamente por un bello trío de galanes de cine. Pero éste no es el papel
que están llamados a desempeñar en la misión Éxodus I. Se han concebido y
preparado para poder ver en la oscuridad, soportar las extremas temperaturas y
condiciones medioambientales de Excelsius, explorar su territorio profundamente
abrupto y desgajado por la constante actividad volcánica y recoger muestras de sus rocas de hielo,
polvo y minerales. Todo ello con la esperanza de hallar y poder extraer en un
futuro próximo minerales con los que producir nuevos materiales y energías más
limpias para la atmósfera de la Tierra y seguir avanzando en la robótica, la
ciencia y la tecnología. Tras reiterados fracasos de misiones anteriores
realizadas alrededor de nuestro sistema solar, el viejo sueño acariciado
durante décadas de encontrar la huella silenciosa de vida bacteriana parece que
se haya desvanecido. Pero aunque a priori
resulte remota constituye una posibilidad que late de nuevo en los corazones e
imaginación no sólo de los ciudadanos sino de los científicos cada vez que el
hombre se aventura a explorar el espacio.
Una
calima densa y marrón colorea una vez más el cielo aunque está despejado de
coches. La gente ha respetado la prohibición de volar esta mañana. Un sol
justiciero incide contra la superficie de la nave y curte un día más el polvo
del desierto. A las 10:59:50 segundos las cuatro pantallas gigantes anuncian al
unísono el comienzo de la cuenta atrás recogiendo un primer plano de la base de
lanzamiento y EcosHispania IV. La tribuna elevada agradablemente refrigerada
donde se sitúa la sala de prensa es ahora un hervidero de actividad y voces que
trasladan información e imágenes en directo y simultáneamente a cualquier punto
del planeta.
A
las once la nave, desprovista de cohetes y lanzadera, se alza puntual en el aire a unos 140.000
km por hora escupiendo por unos instantes un zumbido sordo y una fina estela de
arena y calor por encima de una vorágine de cabezas, cámaras de periodistas y
corresponsales y dispositivos personales. Y ante el silencio admirativo de una
multitud de ojos expectantes EcosHispania IV atraviesa como una flecha
supersónica un ovillo de nubes arenosas encaminándose hacia la Luna y luego al
corazón de la Vía Láctea desde donde podrá llegar a Excelsius, su destino
final.
Recorren
en menos de tres días los 384.400 km que distan de la Tierra a la Luna. Y sin
dejar de orbitar, la astrofísica sevillana, Rocío, pone en marcha el radiotelescopio
electrónico mientras sus compañeros observan y analizan los datos que va arrojando
la pantalla sobre la magnitud y frecuencia de ondas electromagnéticas que
irradian las estrellas más próximas. Constatan con gran alivio que aquella zona
está libre de agujeros negros y, en consecuencia, no existe el riesgo de ser
atraídos y engullidos por su fuerza gravitatoria. Registraba la máquina los
últimos resultados cuando Gorka, el integrante más joven de la tripulación,
señala con el dedo el punto exacto de una estrella que acaba de morir. Precisamente
allí, en el cuerpo celeste que emite la señal más débil y el parpadeo más
perezoso de la constelación que rodea a nuestro satélite natural, tomarán la primera
teleautopista que les conducirá hasta la Vía Láctea, a unos 27.000 años luz de
distancia. Un salto de titanes directo al futuro más remoto que jamás hubiera
imaginado pisar algún día el ser humano. Lo más parecido a experimentar el
infinito y su abstracción. Pero antes es de vital importancia recoger y
conservar las coordenadas de la posición exacta que ocupa en el cielo aquella
estrella recién extinta. Al comportarse igual que un agujero de gusano
artificial, tendrían que volver a pasar por ella pero entrando por el otro
extremo para regresar de nuevo al tiempo presente.
Xavier,
el exobiólogo más alto y fornido, se sienta en la cabina de pilotaje y se
encarga de virar y dirigir la nave hacia la primera teleautopista. El resto de
la tripulación, incluidos los robots trillizos, se acomoda en sus
respectivos asientos y manteniéndose bien firmes y pegados al respaldo,
accionan el mecanismo del equipo de seguridad personal.
Los seis quedan encerrados casi al mismo tiempo en una cápsula anatómica transparente capaz de soportar la intensísima radiación inducida procedente del medio interestelar y amortiguar impactos producidos a velocidades superiores a la velocidad de la luz sin inflamarse, deformarse ni sufrir rasguño alguno. Como un rayo de grafeno EcoHispania IV se encamina directa hacia el ombligo de la estrella muerta. Un instante antes de penetrar en ella, Xavier pulsa el botón del mecanismo de protección individual y suelta los mandos de control.
Los seis quedan encerrados casi al mismo tiempo en una cápsula anatómica transparente capaz de soportar la intensísima radiación inducida procedente del medio interestelar y amortiguar impactos producidos a velocidades superiores a la velocidad de la luz sin inflamarse, deformarse ni sufrir rasguño alguno. Como un rayo de grafeno EcoHispania IV se encamina directa hacia el ombligo de la estrella muerta. Un instante antes de penetrar en ella, Xavier pulsa el botón del mecanismo de protección individual y suelta los mandos de control.
La
nave es atraída violentamente hacia el horizonte externo del cuerpo estelar dando
un vuelco al desviar inesperadamente su trayectoria. De pronto cae en el
horizonte interno por un extremo del agujero girando y acelerándose de un modo
tan vertiginoso e instantáneo que la tripulación tiene ahora la impresión de
que se ha detenido. Pero en realidad viaja a una velocidad imposible de
precisar superior a la suma de la velocidad de la luz y del sonido. Los cuatro
astronautas humanos permanecen expectantes, concentrados pero también azorados.
Sus pupilas pavorosas, náufragas buscan la luz del cielo cuando de repente sus
ojos, burbujas y la propia nave se colman con la extraordinaria visión de un
destello luminoso cercano tan vivo y colosal como una galaxia incendiada de
soles. Y son por espacio de unos segundos espectadores mudos de la fascinante
historia de la creación del Universo. Pero el viaje ni el tiempo se detienen.
Entran ahora en un agujero de gusano negro. Lo saben porque van a una velocidad
aparente mucho mayor y se dirigen hacia afuera. Dentro del gusano el flujo del
espacio convencional se invierte. Un nuevo flash de radiación proyecta esta vez
ante sus ojos no menos maravillados un film
de ciencia ficción sobre el futuro del Universo. Siguen cayendo y al cruzar el
horizonte externo de un agujero blanco, reciben el tercer reflejo luminoso que les
devuelve el espejismo del viejo Cosmos y el big bang. Al final del camino, el
pasado y el futuro se cruzan por unos instantes. Detrás queda el Universo original
formándose y delante, un nuevo mundo copia del anterior pero con los siete
astronautas planeando sobre lo que parece la Vía Láctea, rodeados de miles de
millones de brillantes estrellas. ¿Pero realmente podían asegurar que se
trataba de la Vía Láctea y no de otra galaxia de las millones que pueblan el
Universo en constante expansión? La incertidumbre se cierne de pronto
sobre sus cabezas cual espada de Damocles a punto de caer y truncar su misión y
esperanzas.
martes, 6 de enero de 2015
De cómo salvé la vida en el naufragio del Juncal
El catorce de octubre de
1631, un día después de que falleciera el capitán general de la
flota de la Nueva España, Miguel de Echazarreta, zarparon diecinueve
buques de Veracruz (México) en dirección a La Habana y con destino
final a mi lejana y añorada patria.
Viajábamos a bordo de la
nao almiranta Nuestra Señora del Juncal más de trescientas personas
y un cargamento superior a un millón de monedas de plata y reales,
oro y otros metales preciosos, cacao, sedas y tintes.
Al cabo de unos días,
encontrándome en cubierta con mis compañeros de tripulación, el
viento del norte empezó a arreciar encrespando la mar y atrayendo
hacia el galeón un ejército de nubes. Rápidamente el cielo se fue
cubriendo de oscuros presagios.
Bajo las órdenes del
contramaestre, los oficiales dividieron y organizaron en dos grupos a los marines, grumetes y pajes . Trabajamos con gran celeridad.
Manipulamos escotas y recogimos velas, corriendo unos hacia babor y
otros a estribor, nerviosos y agitados como una hueste de
enfebrecidas hormigas que se mueven sin rumbo aparente y una visión
clara de cómo actuar ante una emergencia.
Cuando bajábamos los
velachos del mastelero de trinquete, el cielo comenzó a escupir
rayos, truenos y mares de lluvia. El agua no sólo entraba por
cubierta. Nuestra Señora del Juncal estaba agujereada por todas
partes, de popa a proa, de arriba abajo, por la quilla, la bodega,
los camarotes…Nada parecía salvarse a las filtraciones del agua
del océano y la lluvia. Nos empleamos a conciencia en achicar de día
y de noche el agua con ayuda de los cuencos más inverosímiles que
se pueda imaginar, incluidos utensilios de cocina y de uso personal.
Después de dos semanas
de temporal nos faltaban manos y las esperanzas de llegar a salvo a
la costa de Campeche se desvanecían. Los camarotes estaban anegados
y en cubierta el agua y las ratas ahogadas nos cubrían la cintura.
El mástil mayor se había partido durante la realización de una
maniobra fallida. Nuestro fatídico destino se acercaba
inexorablemente. El Juncal se hundía con nosotros y parte del caudal
de monedas y metales preciosos que Felipe IV había demandado con
urgencia para que la corona española siguiera defendiendo y ocupando
su lugar hegemónico en Europa.
Mientras unos
continuábamos luchando contra los elementos y la razón, otros,
tanto pasajeros como parte de la dotación de marines, andaban en
apariencia ociosos. Entonces, sintiéndome de pronto desbordado por
los acontecimientos, me atreví a mascar mi primera y, probablemente,
única hoja de coca. Por suerte se conservaba prácticamente seca.
Mascando en silencio y lentamente agradecí aquel caritativo regalo
con que me había obsequiado un grumete estando aún en Veracruz.
Pero no estaba todo
perdido para algunos de nosotros. Las más de trescientas atribuladas
almas que había en el Juncal depositamos, en un momento u otro,
nuestros ojos y última esperanza en la lancha destinada a
salvaguardar el correo del monarca, a los nobles, al capitán y piloto
del galeón.
Un grupo de hombres muy
bien vestidos ofrecieron joyas al contramaestre a cambio de subir a
la pequeña embarcación y librarse así de una muerte segura. Al
parecer, tras varios intentos infructuosos por botar al agua la barca
que carecía de mástil mayor, desistieron y se marcharon cabizbajos.
Pero esto lo supe más tarde como también que aquellos aristócratas
se retiraron a sus camarotes a esperar que la providencia hiciera su
santa voluntad.
Apenas haría cinco
minutos que había retomado con más calma y paciencia mi inútil
labor de achicar agua, cuando el contramaestre me agarró de la
camisa sucia y mojada y, sin mediar palabra, me arrastró junto a
otro marinero hasta el lugar donde estaba la lancha. Nos sumamos a la
veintena de hombres que maniobraban la barcaza, mientras un clérigo
y otro pasajero se limitaban a observarnos y dar instrucciones que
nadie atendía. El contramaestre regresó con un puñado de refuerzos
más y, gracias a la experiencia y empeño del personal de la
tripulación, conseguimos al fin hacernos a la mar.
Aquella noche del treinta
y uno de octubre al uno de noviembre, subimos a la lancha un total de
treinta y nueve pasajeros, el religioso, un comerciante y treinta y
siete tripulantes, incluido el contramaestre. Mientras navegábamos
pesada y lentamente por Cayos Arcas, entre la Bahía de Campeche y
San Francisco, vimos afligidos cómo Nuestra Señora del Juncal
desaparecía en el Golfo de México llevándose consigo al almirante
de la flota Nueva España, Andrés de Aristizábal, y cerca de
trescientas almas más. Que en paz descansen.
Con la barca
sobrecargada, sin mástil mayor y apolillada, temí, y con razón,
que nuestras vidas corrieran la misma suerte. Desde el momento que
botamos la lancha, la mayoría nos dedicamos a recoger y tirar al mar
con nuestros bonetes el agua que entraba por múltiples goteras. Y
mientras unos pocos trataban de gobernar la embarcación y dirigirla
hasta San Francisco de Campeche, el religioso se empeñaba en
confesarnos y darnos la extremaunción a cada uno de nosotros. Sin
apenas discutirlo acordamos rápidamente por unanimidad arrojar al
clérigo a la borda con el fin de combatir no sólo el problema de
sobrepeso que sufría la lancha. Cuando fuimos a cogerlo en volandas
decididos a lanzarlo al agua, el muy astuto y rollizo religioso clamó
piedad una y otra vez aferrándose a mi brazo con la fuerza de un
león. No logrando zafarme de su mano, intermedié a su favor. Y
entre sus ruegos, mis argumentos y gritos suplicantes, persuadimos al
resto para que le perdonaran la vida. Finalmente tomamos la
resolución de desprendernos de la mitad de las joyas y el botín que
los nobles habían entregado al contramaestre. Una vez sanos y
salvos, repartiríamos el resto del tesoro.
Cuando despuntaba el alba
y después de pasar la noche en vela achicando agua, uno de los
oficiales dio la voz de aviso de que había avistado un bote. De
inmediato solté mi bonete, que quedó flotando en la superficie de
la barcaza. Y levanté la mirada entre desfallecido y sorprendido
buscando en el horizonte un resquicio de vida y movimiento al que
agarrarme y no morir. Entonces divisé y reconocí el patache, la
embarcación encargada de comunicarse y coordinar los diecinueve
navíos que integraban la flota de la Nueva España. Tratamos de
ponernos en pie todos a la vez mientras gritábamos y dirigíamos
aspavientos de desbordante alegría y agradecimiento a nuestros
salvadores. Un marinero y yo, no pudiendo contener por más tiempo la
ansiedad y la emoción que nos embargaba, nos zambullimos de cabeza
en el mar y nadamos extenuados y felices el centenar de metros que
nos separaba del patache.
Ya en tierra, en
Campeche, tuvimos noticias de que Nuestra Señora del Juncal no había
sido el único navío de nuestra flota que había naufragado durante
la travesía entre Veracruz (México) y La Habana (Cuba). También lo
habían hecho, y antes que la almiranta, el galeón de escolta, Santa
Teresa, y la nao mercante, San Antonio. Pero esta nueva desdicha no
era la última que habríamos de lamentar. Porque a los pocos días
de desembarcar, nos detuvieron a treinta y ocho de los treinta y
nueve supervivientes del Juncal. La acusación: protagonizar un motín
y provocar el naufragio de la nao almiranta. El denunciante: el
religioso. ¡En mala hora no lo echamos a los tiburones!
Tras meses de incertidumbre arribamos a Cádiz el
dieciséis de abril de 1632. Había
transcurrido casi dos años desde que zarpamos de Sanlúcar de
Barrameda rumbo a América. Pero aún tuvimos que armarnos de
paciencia un poco más de tiempo antes de ser requeridos por la Casa
de la Contratación, en Sevilla, y declararnos, por fin, inocentes de
un delito que no habíamos cometido.
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
sábado, 20 de diciembre de 2014
La buena estrella
Cuando era pequeña mi padre me contó
que hay gente que nace con buena estrella. Pero pocos, muy pocos elegidos,
podían decir como yo que habían nacido de una estrella. Y además de una buena,
la supuesta hermana de Sirio que, en el momento de alumbrarme, se apagó para
siempre del firmamento.
Mis padres se casaron muy jóvenes y
enamorados. Dos años después, mi padre acabó la carrera de arquitectura que
había compaginado todo ese tiempo con los trabajos de delineante y dibujante de
retratos y caricaturas. Desde entonces, su mayor ilusión fue tener hijos.
Tras un lustro y comprarse su primer
coche, el sueño de formar su propia familia se había convertido en una obsesión.
En su décimo aniversario de casados,
diseñó una casa más grande con jardín y piscina con la idea de que su futura
descendencia tuviera espacio para jugar y correr.
A los quince años, adquirió un
telescopio profesional e instaló un observatorio en la buhardilla. No era
astrónomo pero su escasa formación inicial la compensó con la pasión y el
tiempo que dedicaba al estudio y
observación de aquel remoto y misterioso mundo interestelar.
Con cuarenta y un años recién
cumplidos y veinte de matrimonio, le diagnosticaron un cáncer de colon. Y no
quiso morirse antes de ver nacer a un hijo de su sangre.
El día que lo operaban, mi madre le
anunció con lágrimas de esperanza en los ojos que yo, su primer vástago, por
fin estaba en camino. Y mi padre se sintió el hombre más dichoso no sólo del
mundo sino del universo entero. Él siempre tuvo una visión interplanetaria y
global de la vida y de su entorno físico. Y escrutando con la mirada el techo
blanco y aséptico de la habitación del hospital, dijo que me llamaría Estrella
o tal vez Estela.
La intervención quirúrgica fue mejor
de lo que el cirujano había previsto y mi padre se recuperó relativamente
pronto. Durante los meses de baja laboral, cambió de dieta, programó una tabla de ejercicios que
practicaba a diario en el parque. Se apuntó a la moda de las artes marciales y
luego al yoga. Nunca estuvo mejor mi padre. Desbordaba tanto optimismo y
vitalidad que, apenas empecé a gatear por el parqué de casa, se propuso darme
un hermanito.
Tras cinco años de infructuosa
búsqueda, abandonó su empresa comprendiendo que
yo era fruto de un milagro que no habría de volverse a repetir. Y que dada la
naturaleza excepcional de los milagros, debía de celebrarlo cada día. Así que
me malcrió aún más. Todos y cada uno de mis caprichos y deseos, sin importar lo
caros, descabellados e inútiles que fueran, se materializaban casi al instante
para, meses o incluso días después, terminar olvidados en un rincón de mi
habitación o la buhardilla.
Cuando cumplí los seis años, mandó
instalar en el jardín un tiovivo calcado al que había en el parque de atracciones
de Montjuïc pero a menor escala. Una semana antes me había montado en uno de
esos caballitos eléctricos y me había fascinado su movimiento continuo hacia
arriba y hacia debajo mientras el tiovivo giraba sin fin como una peonza. Aquel
juguete era una preciosidad y la envidia de amigos y enemigos del que me hastié
tras dar una docena de vueltas. No obstante, accedía con agrado y una sonrisa
no exenta de orgullo y prepotencia a viajar con mis amigos y primos, los hijos
de mi único tío y hermano de mi padre. Además de no querer contrariar su anhelo
expreso o tácito de montarse en mi tiovivo, con este gesto conseguía
sobrealimentar y extender mi fama de niña rica, feliz y generosa más allá de la
zona residencial de Pedralbes.
Ninguna novedad o moda que saliera a
la venta relacionada con mis intereses se le resistía al bolsillo de papá. Ya
se tratara de juguetes, juegos, entretenimiento, ropa o cultura. De este modo
fui la primera de mis amigas en disfrutar y hartarme de la colección completa
de Nancys, Leslys, Barbies y su perpetuo novio Kent. Y en alardear de Rosaura,
la muñeca hecha a escala humana. También giré en exclusiva el primer aro
hula-hop y el yoyó profesional ante la abierta expresión de sorpresa y
admiración de mis compañeros de clase. Empapelé rápidamente las estanterías de
casa con los títulos ilustrados de Walt Disney y Bruguera y cuantas nuevas
ediciones de libros y cuentos salían al mercado. Tampoco me perdía ningún
estreno de películas infantiles o aptas para todos los públicos. Ni desperdiciaba
la ocasión que tal privilegio me brindaba de desvelar, no sin cierta alevosía,
su argumento a mi círculo de fans.
Mis gustos y curiosidad parecían no
tener freno. Ni siquiera por razón de mi sexo. Porque entre mis juguetes más
valorados, destacaban un escaléxtrix cuya estructura y recorrido cubría la
mitad de la buhardilla, un circuito de trenes y juegos de mecano. Pero, sin
lugar a dudas, mi predilecto era la colección de aeromodelismo. Setenta fieles
reproducciones en miniatura de los modelos y prototipos más significativos en
la historia de la aviación.
Desde muy temprana edad tenía muy
claro que prefería el cielo a la tierra. Los aviones antes que los coches y el
ferrocarril. A los diez años ya me seducía la idea de que no existían límites
para mí más allá de la tierra. Que la tierra era solo el comienzo, el punto de
partida. Que había un espacio etéreo, infinito que yo, algún día, habría de
franquear y explorar como piloto de aviones (profecía que se hizo realidad en
cuanto cumplí los dieciocho años).
Con tal cantidad y variedad de
juguetes conseguí no sólo ser el centro de envidias de las niñas, sino también
de una cohorte de seguidores masculinos cada vez más numerosa. Me gustaba que
me admiraran y agasajaran con su compañía y atenciones sin importarles que mi
rostro y cuello fuera una constelación interminable de granos de pus y
cicatrices frescas incluso a la precoz edad de los nueve años.
Donde no lograba ser la primera era en
el colegio por mucho que me esforzara. No sobresalía en matemáticas ni en
lengua. Mi impericia saltando el potro tampoco ayudó en nada a elevar mi
historial académico a un nivel digno de mi persona y popularidad.
El día de mi primera comunión lucí el
vestido largo, con velo y diadema de oro y brillantes más espectacular y
ostentoso que cualquier flamante modelo con los que se paseaba Romy Schneider por las pantallas del cine y la televisión en su
papel de Sissi, la emperatriz. En cambio, Montse, mi única prima, no pudo ni
conformarse con llevar un discreto vestidito corto y una diadema de flores de
tela. De modo que hubo de aplazarla para el año siguiente con el fin de que
pudiera aprovechar mi vestido. Le quedaba por encima de los tobillos,
inconveniente que solucionó mi tía añadiéndole un volantito que confeccionó con
la tela de tul del velo. Aquel día tan esperado, Montse entró y salió de la
iglesia con la cara descubierta y sin tocado porque yo me negué a prestarle
también mi corona. A saber qué hubiera hecho con ella…
Creo que la inquina que sentía hacia
mi prima despertó el mismo día que tuve uso de razón. Ella era más agraciada y
femenina que yo. Únicamente compartíamos como marco un cabello de tirabuzones
oscuros y brillantes. Pero aparte del pelo, ella y yo conformábamos dos cuadros
totalmente distintos en cuanto a la forma, el estilo y el color. Incluso diría
antagónicos. Yo parecía más bien un retrato pintado por Picasso en su época
azul. Ella recordaba a una de esas mujeres de belleza castiza aunque de tez más
clara retratadas por Julio Romero de Torres.
Mi rostro era cetrino y anguloso, y lo
sigue siendo pero menos, como el de mi tío Felipe y mi primo Guillem. El de
Montse, ovalado, delicado, atractivo, de una homogeneidad y color casi marmóreos. Ella constituía el
centro de miradas de niños y hombres por su belleza y su carácter dulce y
cercano; yo, por las cosas que ella no
tenía.
Desarrollé muy pronto una intuición
avizora cada vez que mi madre se disponía a empaquetar algunos de los juguetes
que había dejado de hacer caso para enviárselos a Montse y sus dos hermanos.
Encontrándome en este difícil trance, yo invariablemente me plantaba delante de
mi madre, con los brazos cruzados y la expresión enfurruñada. Por si mi postura
respecto a donar involuntariamente parte de mi botín no era lo suficientemente
explícita, en alguna ocasión estuve tentada de retarle con la frase lapidaria que tanto me gustaba
decir cuando jugaba a pistoleros: “antes tendrás que pasar por encima de mi
cadáver”.
Sin embargo, los argumentos que
esgrimía mamá me acababan desarmando. Porque apelaba a mi corazón de buena
samaritana repitiéndome como una triste cantinela la vida de penurias que
sufría mi tío Felipe y su familia.
Y a menudo añadía enigmática:
-Algún día sabrás lo afortunada que
eres.
Yo siempre claudicaba. No porque me
apiadara de mi prima Montse. No. Lo hacía por mi tío. Era mi manera de
agradecerle las entretenidas tardes que me permitía pasar a bordo del autobús
que conducía recorriendo las calles de Barcelona una y otra vez hasta caer
rendida. O aquellos contados fines de semana que libraba y jugaba conmigo al
escaléxtrix y los aviones.
Y mientras yo soñaba con viajar y
volar, mi padre continuaba incansable e insaciable escrutando el cielo nocturno
con su telescopio. Los días que no quería irme a la cama, él enfocaba la luna,
Venus, el carro, la Vía Láctea y cuantos planetas, astros y constelaciones
conocía para que yo los contemplara. En verano estando de vacaciones o en los
días festivos más claros, sin nubes y coincidiendo con la luna nueva, nos
llevaba a mi madre y a mí a la montaña
de Collserola en Molins de Rei o El Papiol. Pasando el Castell Ciuró o les escletxes, buscaba entre las piedras y
la hojarasca seca un triángulo llano donde apoyar el trípode del telescopio.
Cuando apagaba la linterna yo no sabía qué me impresionaba más si aquella
profunda e impenetrable oscuridad que parecía que fuera a devorarnos de un
momento a otro, o aquella miríada sin fin de ojos brillantes que nos miraban
desde el firmamento.
Desde aquel lugar, la mancha de color
gris blanquecino de la Vía Láctea se apreciaba con un poco más de claridad.
Aunque el polvo interestelar dificultaba la observación del centro de la
constelación.
Tendría ocho años la primera vez que
me habló mi padre de Siria, una supuesta estrella muerta, melliza de Sirio. Por
entonces yo pedía con insistencia un hermanito a mis padres. Lo recuerdo bien.
Entonces mi padre me contó que yo había nacido de Siria, una buena estrella que
compadeciéndose de él accedió a concederle el deseo de tener una hija. De este
modo renunció la estrella a seguir viviendo y brillando en el cielo miles de
años más para convertirse en la primogénita y salvadora de un hombre enfermo de
cáncer.
-Tú, hija, eres un milagro que ayudó a
que se produjera otro milagro: que yo siguiera viviendo.
Yo me quedé sin palabras. Y sentí el
deseo irrefrenable de localizar el punto exacto que había ocupado Siria en la
Vía Láctea escrutando el cielo a través del telescopio.
-¿Ves una estrella muy brillante?
-No –contesté impaciente a mi padre.
-Mira hacia el este de la Vía Láctea,
al oeste del Cinturón de orión.
-¿Ves ahora una estrella muy
brillante?
-Sí
-afirmé, por fin, maravillada
pegando más mi ojo izquierdo a la lente.
-Pues Siria estaba situada justo a su
lado derecho antes de desaparecer y lucía tanto o más que su mellizo.
Aquellas excursiones nocturnas se
terminaron de súbito como otras tantas cosas y buenos momentos el día que mi
padre murió arrollado por un autobús urbano cruzando una calle de Sants.
Siempre me imagino esa tarde a mi padre distraído elucubrando con qué regalo
sorprendería a la niña de sus ojos tras recorrer y estudiar los escaparates de
juguetería del barrio de Sants. Sin embargo, todo o casi todo apunta a que iba
a visitar a mi tío Felipe. Y digo casi
porque el sobre con el dinero que llevaba guardado en el bolsillo de su
chaqueta para el pago del alquiler del piso de mi tío, se lo robaron antes de
que llegara la ambulancia.
Ni en vida ni una vez fallecido, mi
padre obtuvo el renombre ni el número de encargos que su admirado Antoni Gaudi,pero ejerció su mismo oficio y murió de un modo parecido. Ironías o tal vez
coherencias del destino. Tenía 54 años y yo, 12.
Por un tiempo me sentí una estrella
huérfana. Luego supe a qué se refería mi madre cuando me decía que algún día
sabría lo afortunada que era. Me confesó que yo había nacido no de una
estrella, sino de tres. De mi madre, de mi padre y mi tío. Dos padres. Uno
pobre, otro rico. Uno que deseó que naciera, otro que lo hizo posible. Un padre
que me enseñó a mirar y desear el cielo y otro que me mostró el medio para
llegar hasta él.
Relato publicado también en la revista eye2.magazine.com
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sábado, 13 de diciembre de 2014
Ojo clínico
Llevaba meses histérica esperando mi
primera visita en el hospital para saber si mi problema tenía solución
quirúrgica. Las semanas previas a la cita empecé a dormir mal, el pecho me
palpitaba arrítmico, inquieto de día y de noche. Me costaba conciliar el sueño
y, una vez conseguía dormirme, a las tres o cuatro horas recurrentes pesadillas
me despertaban sobresaltada con el corazón bombeando sangre a toda máquina.
Este estado de nerviosismo lo achaqué al principio a mis fracasados intentos de
acercarme a un compañero de trabajo que no me rechazaba claramente pero que
tampoco acababa de darme el sí definitivo.
No sería sino un par de días antes de
ir al hospital cuando logré desenmascarar con ayuda de mi mejor amiga, Anabel, el
verdadero origen de aquella congoja. Hacía cinco años una tía mía entró en coma
debido a un error de cálculo en la anestesia que le administraron durante una
intervención quirúrgica y ahora vivía casi como un vegetal. Que el fantasma de
la parálisis me perseguía era ahora más que una evidencia. La actitud indecisa,
maliciosamente ambigua de Juan también había añadido más leña a mi zozobra,
para qué engañarse, pero tras cuatro meses infructuosos yo me mostraba ya
escéptica, cautelosa respecto a nuestro futuro como pareja.
Sin necesidad de pedírselo, mi amiga
me acompañó al hospital tranquilizándome en todo momento y contagiándome su
incombustible optimismo. En cuanto apareció mi número en la pantalla de la sala
de espera, me levanté de un salto del asiento dejando caer al suelo la sonrisa
que me acababa de regalar Anabel contándome una de sus tantas ocurrencias. Rígida
y seria entré en la consulta 512 custodiada por mi amiga.
El cirujano, un hombre joven de cara
lunar y algo fornido, apenas me hizo caso ni dio crédito a los síntomas que le
relaté apresuradamente y a la vía crucis que estaba viviendo dentro y fuera del
baño desde hacía casi diez meses.
Ya empezaba a sospechar que no me
operaría cuando de pronto me indicó con un gesto desafiante que me subiera a la
camilla con el fin de comprobar si sufría hemorroides, una fisura anal o, por
el contrario, una imaginación malsana. Tras de sí desplegó el biombo que había
acollado a la pared. Me dijo que me colocara boca abajo con los antebrazos
apoyados sobre la camilla y las rodillas dobladas. Se enfundó unos guantes
azules desechables y se dispuso a explorar el conducto rectal. Hubo un momento en
que dejé escapar un fuerte alarido de dolor, él se disculpó y al finalizar, me
acercó dos apósitos. El diagnóstico y el tratamiento no ofrecían ya ninguna duda:
se trataba de una fisura anal que requería una pequeña cirugía. Compungida vuelvo
a la butaca y me siento de lado mientras mi amiga apoya solícita su mano sobre
mi hombro con expresión triste. Las palabras del médico suenan ahora más que
consoladoras, alentadoras. La anestesia sería local y la intervención,
ambulatoria. Y me mira condescendiente, amable con unos ojos sorprendentemente
diáfanos, cálidos, directos tras sus lentes circulares de miope. Le devuelvo la
mirada y me sumerjo en la paz, el dulce sosiego de aquellas pupilas castañas casi infantil. Reímos en tres ocasiones sin dejar de entrelazar
nuestros ojos como si fueran piedras lunares o cristales de topacio que quisieran
engarzarse para siempre. La camilla de
tortura, el dolor físico y hasta Anabel parecían haberse disuelto bajo el influjo de aquella apacible y secreta alianza.
El hombre se despide extendiéndonos una
mano suave, tibia y firme mientras yo además le agradezco sus palabras reconfortantes.
Salgo exultante del despacho precedida por una sonriente Anabel. La sala se
encuentra medio vacía. Por un instante mantengo la convicción de que la mayoría
de pacientes ha debido salir despavorida tras oír mis gritos. De camino al
mostrador comento a mi amiga la buena impresión y confianza que el cirujano me ha
transmitido. La candidez, la sinceridad y la serena hermosura de sus ojos. Anabel
me escucha atenta con una sonrisa expansiva bailándole por las comisuras de la
boca, los ojos y los pómulos sonrosados por la calefacción.
Nos acabábamos de añadir a la fila de
personas que esperaba ante el mostrador cuando me espeta por fin con su
habitual desenfado y picardía:
-Y a él también le ha gustado tu ojo…,
digo tus ojos y mucho, no te quepa la menor duda.
La observo boquiabierta entre
sorprendida y extrañada por espacio de un segundo antes de soltar una sonora carcajada
y sentir una punzada a la altura del cóccix.Relato publicado también en la revista eye2.magazine.com
viernes, 5 de diciembre de 2014
Diario de Elisabeth Holmes
Londres, 8 de abril de 1858
A las seis y media he encendido el fuego de la cocina, donde habré
dormido unas seis horas. Luego me he puesto a limpiar el hollín, a barrer y
quitar el polvo. He lustrado ocho pares de botas y seis de zapatos de los
señores Ashton y sus cuatro invitados, los
matrimonios Stewart y
Tull.
Después me entretuve en acabar de afilar la otra mitad de
cuchillos que me había quedado pendiente de ayer. Tras lo cual corté un
trozo de cuero y lo embadurné con la pasta de tiza y manteca de cerdo que había preparado hacía dos días. Engrasé
los cubiertos para que no se oxidaran y los guardé envueltos en papel.
Deslié los que había afilado la mañana anterior, los lavé, sequé y coloqué.
A medida que los dueños de la casa y sus invitados se fueron
despertando, subí a cada dormitorio dos recipientes de agua que
previamente había calentado en la cocina y seis paños limpios, dos para secar
los vasos, otros dos para las sillas de los orinales y un par más destinado al aseo
personal.
Preparé después el desayuno que sirvió la joven Florence. Bajé las
jofainas del agua sucia y los trapos usados. Hice las camas y vacié los
orinales procurando como siempre que ni los señores ni sus huéspedes pudieran
cruzarse conmigo y sus orinales por la escalera y el pasillo.
Lavé los platos. Empecé a preparar la comida. Salí a hacer un
encargo para la señora Ashton. Al volver el señor me propinó una azotaina con
su vara porque había ido a comprar con la ropa sucia del trabajo. No he llorado
como lo hice ayer cuando me pegó tras servir la cena por oler mal y no haberme
presentado debidamente aseada. Anoche al terminar mis servicios, a las doce,
tampoco me bañé. El cansancio y las lágrimas me sumieron rápidamente en un
sueño intranquilo.
Acabé de cocinar y Florence volvió a encargarse de servir la
comida. Fregué de rodillas el suelo y la escalera de la casa así como la acera
de la calle. Lavé la vajilla y cubiertos. Limpié la repisa de las ventanas.
Ordené la despensa.
He preparado la cena y fregado los platos. A las diez de la noche
he tenido que ponerme a calentar y subir a los dormitorios cerca de cincuenta
cubos de agua para que los señores Ashton y sus huéspedes pudieran disfrutar de
un relajante baño antes de irse a dormir. Y ya de madrugada, cansada
en extremo, sucia y sudorosa me he caído rendida en la cama una vez
más.
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
martes, 25 de noviembre de 2014
La máquina del día después
Aquel
veinte de junio de 2004 cambiaría mi vida para siempre. La mañana en que se
produjo el accidente en el laboratorio de mamá estaba en la escuela (¿adónde si
no?) sobrellevando como podía al baboso de don Claude y su aburrida lección
sobre los ríos y afluentes de Francia.
Al
girar el autobús escolar para entrar en la calle Saint Germaine, hacía rato que
Cyntia, Olivier y una servidora esperábamos de pie a que se abrieran las puertas.
Yo ese día estaba especialmente ansiosa por llegar a casa y soltar el puñado de
mariquitas que había secuestrado en el patio del colegio con el fin de acabar
con la plaga de pulgón que asolaba el jardín y huerto de mamá. Aunque he de
confesar que en realidad lo que me interesaba era analizar su comportamiento y
anatomía como ya hiciera anteriormente con una colección de hormigas y gusanos.
No podía ni aún hoy puedo evitarlo, me pirran los animales, grandes y pequeños.
No en vano mantenía por entonces el firme propósito de estudiar veterinaria
Faltarían
unos cincuenta metros para llegar a la parada cuando el bus frenó y se detuvo
inesperadamente. Lo primero que hice tras la sacudida fue palpar el bolsillo de
la chaqueta del chándal para asegurarme que la cajita de cartón con las
mariquitas seguía en su sitio. Luego bajé distraída los tres escalones de un
brinco. A punto estuve de aterrizar sobre Cyntia y Olivier que permanecían en
la acera quietos como dos pasmarotes.
Iba
a protestar cuando me dio por mirar hacia el final de la calle. Estaba
completamente tomada por una ambulancia, tres coches de patrulla de policía y
uno de bomberos. No vi fuego ni humo por ninguna parte. Pero supe que había
ocurrido algo terrible. Mis dos amigos me observaban con un poso de
preocupación en la mirada. Ellos vivían y viven en los números 25 y 43. ¡Y yo…
en el 103! Precisamente al final de la calle en cuyo sótano mi madre había
montado su propio laboratorio. De pronto
eché a correr. Recuerdo que quería gritar. Llamar a mamá. Pero la agitación y
turbación que me embargaba en aquellos momentos ahogaron mi voz.
Dejé
a un lado el coche de bomberos y busqué la ambulancia con los ojos nublados. Di
varios saltos mientras miraba a través de las puertas traseras. Pero sus
cristales tintados no me dejaban ver nada. Entonces corrí hacia las ventanas
laterales. Pero antes de que pudiera asomarme, un gendarme me sorprendió y me
condujo hasta la casa vecina donde un par de hombres interrogaban a mi padre.
La
Policía Judicial determinó que la muerte de Adèle, la ayudante de laboratorio
de mamá, se había producido a consecuencia de un cortocircuito en la
computadora con la que trabajaban. Durante días registraron sin resultado cada
palmo del laboratorio medio calcinado recogiendo y analizando muestras en busca
de los restos mortales de Claire, mi madre. Finalmente, la declararon
oficialmente muerta y la familia y amigos dimos cristiana sepultura a su alma,
que no a su cuerpo. Sin embargo, yo me ancoré desde el principio en la
convicción de que seguía con vida. Dónde y por qué había desaparecido eran
cuestiones que habría de averiguar. Por suerte, había heredado la tenacidad y
espíritu inquisitivo de mi querida madre.
Precisamente
por mi carácter despierto sabía que habían estado trabajando desde hacía años
en un experimento muy ambicioso que mantuvieron en absoluto secreto. Tenía
también conocimiento de que Claire, tan meticulosa como era, se había encargado
de guardar en la caja fuerte de casa
cuantas anotaciones diarias había ido haciendo sobre el tipo y características
del experimento, los procedimientos y programas informáticos empleados, los
ensayos fallidos, sus incidencias y progresos. Al fin, después de varios
intentos y gracias a la ayuda de mi padre, di con la clave de acceso y pude
ojear los dos palmos de papel impreso con notas manuscritas en los márgenes que
había dentro de la caja y constituía todo el legado científico de mi madre.
No
sin gran sorpresa y fascinación, descubrí enseguida que Claire y Adèle habían
creado una máquina del futuro. Durante el año anterior y los primeros meses de
2004, habían estado experimentando con objetos, organismos microscópicos,
insectos y ratones. Con el fin de evaluar la eficacia de su invento, decidieron
que una de ella habría de viajar al 20 de junio de 2014. Si lo lograban, cruzar
la barrera del tiempo presente dejaría de ser una vieja aspiración humana
relegada por entonces al mundo de la ciencia ficción para convertirse en un
hecho constatado científicamente. Además de pionera en su campo, mi madre
habría sido testigo de que no sólo organismos simples como las bacterias eran
capaces de desafiar las leyes del tiempo lineal.
Los
datos, fórmulas y jerga técnica con que se expresaba mi madre en aquel legajo
de papeles representaban para una niña a punto de cumplir los once años un colosal
jeroglífico tan incomprensible como apasionante. Con la idea obsesiva de
desembrollar aquel galimatías y el incierto destino de mi progenitora, empecé a
trazar con sumo cuidado y perseverancia mi carrera en el ámbito de las ciencias
matriculándome simultáneamente a los dieciocho años en la facultades de Física
e Ingeniería de Telecomunicaciones en la
Universidad de la Sorbona (París).
En
mis primeras pruebas recurrí a pequeños objetos, bacterias y ácaros
microscópicos. Luego pasé a organismos de uno a tres milímetros de longitud,
como los pulgones. Empleé prácticamente un año en copiar el ADN de un arácnido
y mandarlo al futuro. O cuanto menos, conseguí que desapareciera de la placa
horizontal de la computadora. Pero tras estudiarlo y meditarlo con detenimiento,
me percaté de que algo fallaba. Enviar materia inerte al futuro no constituía
ningún problema. La dificultad parecía estribar en desplazar seres vivos.
Gracias a la colaboración de genetistas, biólogos, ingenieros electrónicos y
especialistas en nanotecnología detecté al fin algunas imprecisiones en las
variables de las fórmulas y cálculos efectuados por mi madre y su auxiliar
donde podía hallarse la clave de la solución al problema. Errores que traté de
subsanar en la medida de lo posible.
Sin
embargo, el tiempo pasaba raudo y la fecha límite para reencontrarme con mi
madre, el diecinueve de junio de 2014, acechaba en la próxima esquina del
calendario. Ya no era posible hacer más ensayos. Mi turno para viajar al futuro
había llegado. En menos de un mes tuve que dejar atados los últimos cabos
sueltos y prepararme psicológicamente con el fin de afrontar una aventura de
cuyo éxito empecé a albergar no pocas dudas. Porque si no lo lograba perdería,
tal vez, la única oportunidad de recuperar a mi madre.
La
noche del dieciocho al diecinueve de junio tampoco conseguí dormir. Me levanté
hastiada por el calor y mareada de dar vueltas en la cama. Salí a la terraza y
me senté en el balancín de madera. Observé contemplativa e inquieta el cielo
estrellado.
A
las nueve de la mañana, ojerosa y con un dolor pulsátil clavado en las sienes y
la nuca, me dirigí al laboratorio. Paul, mi padre, ya estaba dentro.
Me
embutí el mono gris confeccionado con una malla inteligente producto de la
nanotecnología. Me cubrí la cabeza y el rostro con un pasamontañas diseñado con
el mismo tejido y color que el mono. Me ajusté a la muñeca un ordenador
portátil en forma de reloj pulsera. Encendí la computadora del tiempo. Programé
la hora, el día, mes y el año al que me trasladaría, el veinte de junio del año
en curso, o sea, el día siguiente. Y añadí la fecha de regreso. Tecleé las
coordenadas geográficas del número 103 de la calle Saint Germaine en Le Blanc. Y
luego sincronicé la computadora central
con mi microordenador.
Me
enfundé los guantes y antes de ponerme las gafas que me daban una visión
caleidoscópica similar a la que tienen los insectos y, en definitiva, tapar la
única zona de mi cuerpo descubierta, miré entre emocionada y nostálgica a mi
padre. Quería acompañarme y compartir mi misma suerte, fuera la que fuera, pero
era del todo imposible. Su cara reflejaba desasosiego. El miedo de perderme
también a mí.
Estuve
tentada de prometerle que regresaría con mamá. Pero me mordí la lengua
parapetada tras mi armadura nanotecnológica. Luego lo abracé con ímpetu. Quería
transmitirle seguridad y confianza. Y, por fin, encajándome las gafas
protectoras y colocando las palmas de las manos sobre la pantalla de la máquina
del tiempo, le di la orden de que pulsara el Enter.
Al
oír el clic del botón me vino el pensamiento fugaz de que estaba a punto de
vivir mi propia eutanasia asistida por Paul. Fugaz porque los acontecimientos
se precipitaron de tal modo que borraron de mi mente cualquier pensamiento o
emoción que no fuera mi particular travesía al futuro.
Aunque
llevaba lentes y tenía los ojos cerrados, noté enseguida los haces de luz azul
pasando rápidamente hasta una docena de veces por debajo de mis manos
enguantadas. Casi simultáneamente experimenté una sucesión de chispazos de
corriente eléctrica de bajo voltaje que recorrían y convulsionaban levemente mi
cuerpo, desde las manos a los pies, de los pies a la cabeza. Lo último que sentí
fue vértigo, un espasmo en el vientre y náuseas como si realmente hubiera sido
impulsada y me hallara viajando a la velocidad de aquella luz que proyectaba la
pantalla de la computadora.
Tenía
la impresión de que, efectivamente, estaba entrando en otra dimensión de la
realidad, si no directamente en el túnel de la muerte. Yo, mujer escéptica donde
las haya, tuve de repente la urgente necesidad de creer en la vida después de
la muerte. ¿Aventurarse a viajar al mañana no equivalía en cierto modo a
adentrarse en el reino de los cielos? ¿A caso el futuro como tal no es un
tiempo inexistente, inaprensible? ¿Tomaría forma y realidad el futuro para mí?
¿Y sería un tiempo reversible?
Al
abrir de nuevo los ojos, me costó reconocer el laboratorio. Estaba aturdida,
mareada. La migraña comprimía mi cráneo. Tardé unos minutos en acostumbrarme a
aquella extraña visión caleidoscópica. Consulté el microordenador. Disponía tan
sólo de un cuarto de hora para hallar a mi madre y regresar al presente. Inspeccioné
con ansiedad la habitación. Conservaba en apariencia el mismo aspecto y orden
del día anterior.
Al
cabo de unos instantes detecté un movimiento junto a la puerta. Me acerqué
cautelosa. Y desde aquellas lentes de insecto se me apareció de improviso la
imagen más bella y deseada del mundo: la de mi madre multiplicada por diez, por
una veintena de veces. Extendí una mano titubeante hacia ella y mis dedos
traspasaron su cuerpo desnudo rozando la pared aséptica del laboratorio. Mis
sospechas no tardaron en confirmarse: Claire era un ente virtual proyectado a
través de la invisible pantalla del aire.
“¡¿Quién
eres?!”, gritó temerosa no reconociéndome.
Tras
identificarme, abrió los brazos y trató en vano de estrecharme contra su ser
etéreo. Le di instrucciones rápidas y precisas con el fin de salir del futuro
lo antes posible. Ella obedeció de inmediato quedándose inmóvil con las
extremidades ligeramente separadas del tronco mientras yo iba radiando el
perímetro de su cuerpo con ayuda de los guantes inteligentes. Al acabar pulsé
el botón rojo del reloj orientando la palma de mi mano hacia la aureola de luz que
había dibujado
Cerramos
los ojos y contuvimos la respiración. Pero después de un minuto de tensa espera
no se produjo ningún cambio. Empezaba a desmoralizarme. Miré a mi alrededor
desesperada buscando una salida. Pero no podía pensar. Sentía una claustrofobia
anticipada de lo que iba a ser nuestro destino, sin duda más próximo y terrible
de lo que jamás hubiéramos querido imaginar. Claire me animó a que probara de
nuevo. Esta vez apreté la tecla con todas mis fuerzas manteniéndola pulsada durante
unos segundos.
Y
después de experimentar un estremecimiento apenas perceptible, regresamos, por
fin, al presente y Claire adoptó casi al instante la apariencia humana y
juventud de antaño.
Al
vernos aparecer, Paul se reunió con nosotras y nos fundimos en un intenso y
largo abrazo mientras llorábamos y reíamos de pura felicidad. En esos momentos
sentí por primera vez en mi vida que los milagros existían.
Como
había previsto, Adèle y mi madre, habían diseñado una máquina que transformaba
el ADN de seres vivos en unidades de información expresadas en bytes ante la
imposibilidad de copiar y reproducir fielmente el genoma y células de
organismos complejos. Adèle habría fallecido a consecuencia de un cortocircuito
originado por un fallo en el sistema informático justo después de que Claire
quedara atrapada en un futuro virtual, afortunadamente reversible. Un lugar que
ahora se me antojaba inhóspito y muy diferente del mañana amable e idílico con
el que todos estos años había necesitado soñar. Tal vez porque la dimensión de
la realidad donde penetramos mi madre y yo no coincidía exactamente con el
futuro o la limitada percepción que tiene la especie humana del tiempo y su
devenir. O quizás tan sólo nos habíamos quedado a las puertas del futuro.
Aún
era demasiado prematuro para aventurarlo, pero no descartaba la posibilidad de
seguir investigando hasta desentrañar las claves científicas que permitieran
viajar al futuro sin necesidad de armaduras nanotecnológicas y vivir en él, y
no en su antesala, por muy lejano que fuera (¿O es que existía más de un futuro
viable?). O en su defecto, hallar la fuente de la eterna juventud y el don de
la invisibilidad.
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El príncipe feliz