jueves, 28 de julio de 2016

El muro de los lamentos




Cada día una docena de alumnos de secundaria almorzaba en un banco del parque que había detrás del instituto. Una mañana uno de los chicos, Nacho, rogó silencio de pronto mientras se acercaba entre curioso y enigmático a una vieja casa deshabitada de dos plantas. Sus ventanas y puertas estaban enrejadas y tapiadas, de cuyo balcón, igualmente cegado por una capa de mortero, colgaba un gastado letrero casi inteligible escrito a mano que decía En venta.  Al llegar junto a una de las dos ventanas de la primera planta arrimó un oído a la pared. Rosa y Miquel se aproximan y lo imitan. Y tras unos segundos de profundo silencio y no conseguir oír nada, Miquel proclamó histriónico y divertido:
-¡Uy, qué miedo, un hombre-lobo aullando!
-Debe ser que estamos sordos como tapias, espetó con sorna casi de inmediato Carles.
El grupo se  ríe a excepción de Nacho que vuelve a suplicar silencio uniendo las manos delante de su barbilla y mirando hacia ellos.
-Vamos, Nacho, cuéntanos que oyes, le animó poco después María.
-Se escuchan los lamentos de un hombre que pide auxilio con un hilo de voz. Parece muy cansado  o que está ya moribundo.
Sus compañeros lo miraron entre temerosos e incrédulos antes de dirigirse de nuevo a las aulas. Pero Nacho permaneció en el parque unos minutos más recorriendo y golpeando la desconchada fachada de hormigón. Y comprobó que a las súplicas del hombre se superponían los maullidos breves y tristes de un gato. Su mirada subió hasta la segunda planta y se posó pensativa en  el tejado mohoso cubierto con las florecillas amarillas del diente de león.
Día tras día, durante una semana, Nacho sintió aquel continuo y sordo sufrimiento hasta que una mañana se apagó de pronto. Nadie más logró oírlo, quizás por esa razón no se atrevió a avisar a la policía. Ni siquiera en ese instante en que comprendió muy apenado qué había sucedido dentro de aquella especie de cárcel. Tampoco fue capaz de presentarse aquella tarde, después del instituto, en la academia de música donde sus profesores siempre habían elogiado su extrema sensibilidad  y  percepción auditiva.
Al comenzar el segundo curso siguió siendo objeto de mofa por parte de sus compañeros. Un día ante una nueva  provocación de Joan, acertó a defenderse  con una frase lapidaria:
-La verdad acaba viendo la luz- y a continuación añadió mirando a todos como hechizado- si no ya veréis de aquí a seis meses cuando uno de vosotros se cruce con la muerte.
Joan no pudiendo contenerse por más tiempo, saltó como disparado por un resorte sobre Nacho estampándolo cual muñeco de trapo contra una pared de la calle. Aquello fue toda una declaración pública de guerra contra Nacho a la que se sumaría el resto del grupo.
El descolorido cartel de En venta desapareció un día de la casa abandonada y su aspecto se fue remozando poco a poco ante las idas y venidas de los alumnos.  En el tiempo que duró la reforma Nacho albergó en secreto el temor de que los obreros descubrieran el cuerpo inerte de aquel moribundo  y su gato cuyos lamentos oyó a lo largo de una semana y que lo perseguían aún en forma de pesadillas. Se sucedieron los meses y finalizaron las obras pero no trascendió pista ni noticia algunas sobre ningún finado ni desaparecido.
Por abril corrió pronto la horrible noticia: Joan había sido arrollado por un tren de largo recorrido a su paso por su pequeña ciudad natal. Nadie en clase se atrevió a verbalizarlo aunque en su fuero interno no les cabía la mínima duda que Nacho era, si no el autor, el responsable de aquella espantosa muerte prematura.
A mediados de mayo el balcón y ventanas de la casa se colorearon de súbito de flores primaverales. Las persianas se subían y bajaban. Tras orearse la vivienda, las ventanas se entornaban. De vez en cuando se podía ver a una chica regando las petunias colgantes, secar el exceso de agua que caía en el balcón.
Los ojos de Nacho escrutaban la casa y a sus inquilinos, una pareja joven y su bebé, con una ciega obsesión no exenta de temor cada vez que pasaba por allí o se quedaba a almorzar en el parque guardando la distancia con sus compañeros. Le intrigaba especialmente saber si entre la familia habría también un gato.
Para quienes lo conocían bien,  Nacho había cambiado mucho.  Ahora era solitario y retraído y hasta huraño. Vivía obcecado y torturado por el insoportable peso de la muerte de Joan y de aquel hombre agonizante al que no se atrevió a socorrer. En los últimos meses visitaba con regularidad a un psiquiatra, pero no volvió a ser el mismo. A decir verdad, continuaba oyendo voces que nadie más podía oír pese a la medicación prescrita (y que él no tomaba porque nunca dudó de su salud mental).
Despedían el curso los estudiantes con desigual satisfacción y calificaciones, cuando la televisión pública se hizo eco del siniestro final que había tenido Martí Puig la semana precedente. Mientras su familia pasaba unos días en casa de sus suegros, el hombre, de 30 años, fue asaltado en su domicilio por unos ladrones que, después de atarlo a un sillón y robarle, le asestaron tres puñaladas que lo sumieron en una lenta agonía. Junto al cuerpo se halló el gato de sus vecinos,  también muerto porque la puerta del patio cerrada le impidió regresar. No hubo testigos. Nadie oyó nada a través del doble acristalamiento y los muros aislantes de la vivienda asaltada. 
-La casa está situada detrás de un instituto de enseñanza secundaria -oyó Nacho informar al periodista. 
El chico se echó las manos a la frente y lanzando dos alaridos pudo, al fin liberado,  llorar las muertes de Joan y Martí Puig.


El sueño de Ona




Con tan sólo veinte años de edad la fama de Ona ya había traspasado las estrechas fronteras de la comarca que la había visto nacer y crecer. A los ocho años tuvo el primer sueño que le reveló el paradero de su prima desaparecida unos días antes, a la que había estado muy unida. No es que el espíritu de los muertos desaparecidos hablaran con Ona. Se comunicaban únicamente con imágenes del lugar y el estado en que se hallaban, como si tras la muerte fueran capaces de hacerse selfis  y remitírselos directamente al subconsciente de Ona.
A principios de un caluroso mes de julio, una mujer venida del otro extremo del país vestida de llanto y cansancio tocó la puerta de la casa de la clarividente. Hacía dos meses que su hijo de once años no había regresado después de marcharse al colegio una mañana. La policía no lo había encontrado ni había logrado reunir ninguna pista fiable hasta el momento. Ona ofreció a la mujer alojamiento en su casa aquella noche mientras ella invocaba en sueños al hijo desaparecido.
De muy mañana la vidente se despertó sobresaltada y bañada en sudor. Inmersa aún en la oscuridad de su habitación, las imágenes oníricas que conservaba en el recuerdo bailoteaban en su mente entre brumas confusas y entrecortadas como garabatos ininteligibles. Los sueños aparecían velados igual que los negativos de un carrete fotográfico incompleto y en mal estado.
La segunda noche distinguió con claridad a un niño moreno en el fondo fangoso de una laguna, que llevaba sujeta al cuello una gruesa cadena. Ona quiso acompañar a la desolada madre a buscar el cuerpo de su hijo. Su  intuición y nuevos sueños la guiaron finalmente hasta un lago situado a un centenar de quilómetros del domicilio de la residencia habitual de la  familia Rueda Blasco.
Los padres del niño fletaron una barca y remaron hacia donde Ona les iba indicando.  La muchacha se mostraba esa mañana especialmente inquieta y temerosa, mirando de continuo en todas direcciones. De camino al lugar exacto, la embarcación de cuatro plazas se ladeó por un momento tras chocar contra un neumático que sobresalía apenas de la superficie. Y en el breve vaivén Ona cayó al agua. Empezó a agitar con desesperación brazos y piernas y a suplicar auxilio. Y al acercarse el hombre e ir a cogerla de una mano, Ona se hundió en el profundo sumidero de sus aguas oscuras. El padre del niño se zambulló en el agua de inmediato y fue a su rescate. Durante la segunda de las diez inmersiones que llegó a realizar, salió a la superficie el vestido blanco de Ona, encadenando a su alrededor círculos de diferentes tamaños. La prenda resplandecía bajo la luz del sol con un intenso color blanco níveo e inmaculado.
La joven murió ahogada como había vaticinado en un sueño la noche precedente pero hasta el día de hoy la policía científica sólo ha podido rescatar e identificar el cuerpo sin vida del niño y esclarecer las circunstancias de su muerte. El joven y un amigo en lugar de ir al colegio decidieron pasar la mañana de su desaparición en la cercana finca del padre de su amigo. Animado por éste, el niño quiso lidiar una vaquilla sin control sanitario de la que recibió una cornada mortal en el pecho. Al avisar al padre que había muerto, éste trasladó al lago el cuerpo del niño y lo arrojó al agua atándole al cuello la cadena del perro que vigilaba su finca.
En cuanto a Ona hay gente que asegura que nunca murió. Nadie ha vuelto a verla pero desde que se hundió en el lecho de lodo aquella mañana, familiares, amigos y amantes de desaparecidos se acercan a la orilla del lago a llorarlos. Y cuentan que basta que caiga una sola lágrima de las derramadas en el estanque donde yace el alma de Ona para que esa misma noche sueñen con su ser querido y les revele su paradero para que vayan a buscarlo y puedan al fin  enterrarlo en paz.


martes, 21 de junio de 2016

Lo sublime


Toni aún soñaba con ser algún día poeta. Componer poemas al estilo de los escritores del siglo de Oro, como Lope de Vega o Góngora. Captar y retener para siempre en un soneto el bello cantar y el aleteo de una avecilla, versificar el delicado perfume de su amada. Lograr en invierno el milagro de despertar la primavera con sus flores vistosas, sus pájaros y mariposas revoloteando. Espantar, e incluso desterrar definitivamente, la melancolía evocando la imagen siempre perenne de árboles en flor mirándose en el agua clara de un riachuelo en una mañana fresca y soleada. Transmitir al lector lo sublime, conseguir hacerle olvidar lo cotidiano y tedioso de la vida moderna.
Hacía quince años que su trabajo de vendedor en unos grandes almacenes consumía gran parte de su existencia. Y el descanso de las largas jornadas le robaba muchas horas de su tiempo de ocio. Pero su vida interior, ese espacio invisible y acorazado donde seguía siendo libre, sabía que nada ni nadie se la podrían arrebatar.
Tras haberse licenciado en filología clásica, un primo suyo lo colocó con veinticuatro años en el centro comercial. Dos años más tarde, se casaría con su novia del instituto, María José. Ahora casi rozando la cuarentena, continuaba siendo un hombre de amores y costumbres estables aunque de espíritu inquieto. Se diría que su mente era una fragua de ideas y sueños incesante como si imaginar constituyera el motor de su existencia o su vida misma. Era una fuerza ciega y dominante, en cualquier caso superior a los dictámenes de su propia voluntad.
Los hijos nunca llegaron y su día a día junto a María José se le antojaba anodino. Pero esa mañana de mayo se sentía agradecido a la vida. Una vida que palpitaba dentro de su ser tan pródiga, generosa y exultante como la primavera que acababa de ver la luz. Nada más levantarse llamó a su empresa para comunicarle que se encontraba indispuesto y que volvería al trabajo en unos días.
Ni siquiera de joven fue lo que se dice un hombre de acción. Sin embargo, ese miércoles preparó un poco de comida, cogió una hamaca, una toalla y una libreta y bolígrafo y se montó en su Citroën.
Recorrió cientos de quilómetros en dirección a Girona, se desvió por un camino de tierra y se detuvo a la sombra de una haya. Bajó al río cargando con todos los bártulos y acampó sobre la aún fresca y húmeda hierba. Todo estaba en silencio, sumido en una serena calma. Se estiró en la hamaca y se puso a contemplar satisfecho el inmenso cielo azul despejado de nubes y de los tachones de humo que dejan sobre él el paso de aviones. Y poco a poco sus párpados se cerraron.
Al despertar de pronto sus ojos de color verde oliva escrutaron nerviosos la hilera de hayas que bordeaba la orilla. Sentía la presencia acechante de alguien que permanecía oculto tras la barrera de troncos. Sin atreverse a mover, estudió de arriba abajo cada uno de los árboles, escudriñó sus pies cubiertos de hierba y camomila acariciados por una sutil brisa. Buscó y buscó en vano sin dejar de sentir sobre él el lastre helador de aquellos ojos invisibles y amenazantes.
Observaba expectante y temeroso entre las ramas más altas cuando experimentó de repente una punzada en el brazo y vio moverse rápidamente algo oscuro y pequeño que tras saltar en uno de los reposabrazos de su tumbona desapareció sin dejar rastro. Se tocó el brazo. Le dolía igual que una picadura de avispa. Contrariado se lo miró y vio que de la pequeña herida brotaba un hilo de sangre. Se levantó y se la cubrió con tierra húmeda, y al ir a sentarse, el brazo se le entumeció y, poco después, se quedó inmovilizado. No quiso perder la calma, enturbiar el remanso de paz que se había propuesto vivir ese día junto al río. De súbito el manso silencio se manchó de ladridos y de lo que parecía el galope sostenido de una caballería alejándose. Toni empezó a palidecer, su frente transpiraba un sudor frío al advertir que además del brazo se le paralizaban el cuello, la otra extremidad superior, y finalmente el tronco y las piernas. Le fue imposible girar la cabeza cuando presintió que alguien o algo se acercaba por detrás de la hamaca. Hizo un esfuerzo denodado por ver u oír algo. Lo que fuera, una presencia, una sombra tal vez. Pero sólo halló oscuridad, una negrura voraz que engulló también su conciencia.
Al volver en sí, por un momento miró a su alrededor. Se sentía desorientado. La idílica estampa del río y su verde ribera se habían evaporado del paisaje. Se encontraba solo en un lugar ignoto, desconocido. A lo lejos el horizonte perfilaba la sólida y formidable estructura de un castillo y sus murallas asomándose sobre un discreto otero en cuya atalaya ondeaba una bandera de color verde. Desde aquella distancia Toni no pudo discernir si portaría algún escudo real o nobiliario. No hizo ningún gesto por miedo a que sus miembros no le respondieran. Oteó de nuevo la fortificación tratando de hacer memoria y ponerle un nombre que finalmente no acertó a encontrar.
Toni se hallaba en el margen de un camino que conducía hasta el castillo. No queriendo incorporarse todavía, sus ojos viraron por los cuatro puntos cardinales, y más tarde, de abajo arriba. Aunque se había prohibido así mismo hacerlo, su miraba por fin se detuvo sobre la herida que se había hecho en el brazo. Y mientras la inspeccionaba con preocupación dio un respingo al percibir de pronto la voz de una mujer que apoyaba una mano sobre su hombro. No supo que lo sorprendió más, comprobar que su miembro había recuperado la sensibilidad o la inquietante aparición de aquella anciana de pelo cano, revuelto y cubierto de agujas de pino. Observó que era enana, de caderas prominentes. Una mujer singular, pintoresca sin duda. A quien menos se hubiera esperado encontrar en ese instante en que andaba más perdido que nunca.
La anciana se inclinó hacia él y le acercó a los labios una vasija rudimentaria de forma cóncava y de textura leñosa. Toni sorbió el líquido sin hacer preguntas. Estaba muy confuso. No comprendía qué estaba sucediendo. Segundos después sintió que los ojos le pesaban de nuevo y que la figura de la mujer se iba desvaneciendo al igual que su voluntad por permanecer despierto.
No supo cuánto tiempo habría dormido cuando un estremecimiento recorrió su espalda. Sentía mucho frío, la humedad le calaba los huesos. Comenzó a tiritar. Sus párpados se abrieron pero no consiguió distinguir nada que no fuera una densa oscuridad y vacío. Una suerte de terror se adueñó de sí. Se mostraba cada vez más aturdido, embotado. Intentó pensar en vano. Al sonido del castañeteo de sus dientes se añadió poco después el de unos pasos acercándose despacio, muy despacio como si se arrastraran con mucha dificultad. Unas pisadas que se detuvieron al cruzarse con él. Sintió un golpe seco, como si  algo le cayera encima. Se estremeció y encogió todo su cuerpo al oír el impacto pero inexplicablemente nada logró alcanzarlo. Luego escuchó unos gemidos y una respiración entrecortada muy próxima que pronto se convirtió en una lluvia incesante de sollozos desesperados, tristísimos. La mujer, porque quien lloraba sin duda era una joven, lanzó inesperadamente un alarido desgarrador al mismo tiempo que algo volvía a impactar por encima de la cabeza de Toni sin llegar a tocarlo como si hubiera chocado contra un cristal. Al llanto de la joven, se fueron acoplando las pisadas de una muchedumbre, murmullos y conversaciones cada vez más abigarradas y próximas. Únicamente lloraba aquella primera mujer. Algunos de los presentes dondequiera que estuviera Toni reían incluso.
Transcurrieron horas tal vez, quizás las veinticuatros horas de todo un día y las voces se apagaron  a excepción del llanto de la mujer, que no se había movido de su lado sin que Toni pudiera verla ni rozarla siquiera. Sin embargo, tenía el pálpito de que la conocía. Ansiaba contemplarla, reconocerla. Poder consolarla, amarla. Luchó obstinado porque sucediera el milagro de poder abrir de nuevo los ojos, articular los dedos de las manos, escapar de aquel estado de inmovilidad, de aquella profunda oscuridad, sólo soportable por la compañía de aquella mujer desconsolada y fiel. Tras horas de infructuosos intentos, sus manos adquirieron de súbito el don del movimiento, las falanges de sus dedos se flexionaban y se extendían de nuevo. Sus pupilas volvieron a ser capaces de captar la luz. Una luz tan radiante como aquella última mañana de mayo que se coló por el balcón de su casa y más tarde vislumbraría en el río. Y la caja de cristal en la que yacía proyectó sin obstáculo los rayos solares que se filtraban a través de los ventanales de la gran sala ostentosamente decorada, que luego supo que se trataba de una capilla.  Y también pudo contemplar por fin el bello rostro anegado de lágrimas de la joven mujer y el ramo de flores que había depositado sobre el ataúd. Sin duda la conocía. Era María José, su mujer, que lucía los ropajes suntuosos y ademanes refinados de una princesa. Arrobado de pronto por un inmenso amor hacia ella, le brotaron de los ojos lágrimas emocionadas y la llamó por su nombre a través del cristal que los separaba. Pero no respondía. Probó una vez más llamando con los nudillos. Pero en lugar de socorrerle, la joven le dio la espalda y se dirigió lenta y cabizbaja hacia el otro extremo de la sala. Toni golpeó el ataúd con más fuerza e insistencia mientras gritaba el nombre de María José. En el instante en que la mujer franqueó la puerta y ésta se cerraba tras ella, el hombre se quedó sin aire. Se revolvió con furia dentro de su caja. Pero por un momento se detuvo. Le pareció haber escuchado al fin, a lo lejos, a María José. Su voz era cada vez más clara. Sonaba en sus oídos como un dulce mantra. Como el más bello poema de amor de Quevedo. Sin embargo, de pronto se esfumó todo, la sala, la urna de cristal y María José y se impuso la machacona monotonía musical de su teléfono móvil. Toni lo descolgó absolutamente desorientado. Se trataba de su jefe. Quería saber por qué no se había presentado ese día en su puesto de trabajo. Toni logró balbucear que ya había llamado dando el aviso. Sin embargo, nadie de la oficina dijo haberlo recibido. Tras colgar, se encontró de pronto con su rostro reflejado en el espejo de su habitación. Sin duda, tenía muy mal aspecto. La palidez de un enfermo. Se tocó la frente. Parecía que tenía fiebre.  Miró a su alrededor pensativo, con cierta inquietud. Y lo segundo que se encontró esa mañana fue la bandeja en su mesilla con el desayuno que le preparaba a diario María José. Sonrió al pensar en ella. En cómo se había dado cuenta de lo mucho que la amaba. Pero a diferencia de otros días esa mañana había un sobre apoyado sobre la taza de su café con leche. Olió el sobre antes de abrirlo. El perfume que desprendía volvió a evocarle la mujer de su vida, María José.
“Cariño, me marcho. Lo nuestro ha llegado a su fin. Te deseo todo lo mejor.
María José, decía la escueta nota.
El papel se le cayó de la mano mientras su mirada corría en dirección al armario. Había dos puertas abiertas y advirtió que su interior estaba vacío. Cerró los ojos, se derrumbó sobre la cama y por unos minutos ahogó en lágrimas sus sueños.



jueves, 25 de junio de 2015

Y el deseo se hizo carne

Yo era de esa clase de niñas soñadoras que recolectaban conchas en verano y bailaban a escondidas en el patio de casa. De aquellas niñas que en la alborada de su adolescencia emulaban a las Mamachicho. De esas chicas que descubren un día que su vecino la espía. Que me espía no sólo cuando bailo en el patio de mi casa de verano. Si no también mientras camino por el paseo marítimo, me siento a tomar un refresco en algún chiringuito, me bronceo y baño en la playa o me pierdo de noche por algún pueblo cercano que celebra sus fiestas patronales. Pero lejos de violentarme el control remoto que Marcelo parecía ejercer sobre mí yo me mostraba segura y extrañamente coqueta.
Ahora soy de esas mujeres entrada en los cuarenta, divorciada, con dos hijos, que conserva en naftalina un puñado de sueños y algunas conchas viejas en la casa familiar de la costa andaluza que atestiguan un tiempo pasado feliz. Es agosto y nuestro taxi se detiene en ese punto exacto de mi memoria infantil. Al salir me faltan manos. Portar un par de maletas y bregar al mismo tiempo con Isma y Marta, de 7 y 5 años, bajo un sol de justicia supera el límite de mi aguante. Me detengo unos segundos a mitad de camino para coger aire cuando de pronto cae sobre mí el peso acuciante, protector de unos ojos conocidos. Me resisto a levantar la mirada. Tal vez la imaginación, el recuerdo o quién sabe el cansancio, el hartazgo del presente han vuelto a activar el reflejo automático aprendido hace tantos años.
Supe que se trataba de Marcelo un par de días más tarde cuando coincidimos en las fiestas del pueblo vecino. Surgió de súbito entre el gentío, las casetas de pinchos morunos, la neblina y el estruendo de las tracas de pólvora. Lo miré muy sorprendida y algo sofocada. Nos saludamos e intercambiamos a gritos unas palabras. Logro entender que se ha separado y que sus hijos viven con su ex mujer. Han pasado veintiocho años desde el último verano que nos vimos. A los catorce años se enroló en sucesivas campañas estivales de excavaciones arqueológicas, al principio terrestres y luego submarinas.
Hablamos tan cerca que puedo sentir el hálito caliente de sus palabras, su olor a cerveza, el cosquilleo de sus vibraciones en mi oído. Su proximidad empieza a resultarme excitante y peligrosa. Por un momento el leve contacto de su vello con mi brazo hace que salten chispas de mi piel. Aparto el brazo rápidamente abrumada por el deseo contradictorio de dejarme seducir y de escapar al mismo tiempo. Doy un paso atrás y me cruzo con sus ojos. Unos ojos negros aún más profundos bajo la luz de la luna y la humareda de la pólvora. Una mirada que me llama a voces, que me tienta, me cautiva. No puede ser, me digo, me repito a mí misma y me despido torpe, abruptamente. Tropiezo con la gente mientras busco con ansiedad a mi prima para que me lleve de vuelta a casa.
La mañana del martes salgo a correr por la playa. De regreso por la avenida principal Los Pinos su mirada gitana se desploma sobre mí desde lo alto como el rayo más luminoso y fulminante de la mañana. Miro con disimulo y lo localizo reclinado sobre la barandilla azul de la casa de sus padres en la misma postura que lo recordaba cuando me espiaba bailando. Sabe que le observo porque de pronto se inclina un poco más acodándose en la baranda y silba mientras enfilo cansada la calle Cruces, abro y cierro el pestillo de la verja de casa.
Nuestros caminos confluyen la mañana siguiente por la pineda que conduce al paseo marítimo. Corremos un rato en paralelo, acompasados sin decirnos nada. Mi respiración se acelera y siento flato pero continúo corriendo. Al llegar a la playa me refresco la cara en una ducha y me seco con el borde sudado de la camiseta. Me suelto la coleta. Balanceo el pelo de un lado a otro, aliviada, liberada. Los ojos de Marcelo se clavan en mi camiseta empapada y luego se cuelan por el escote. Me cruzo de brazos un tanto ruborizada mientras nuestros pasos horadan la arena. A estas horas la playa está prácticamente desierta de bañistas.
Al llegar a la orilla nos descalzamos y seguimos caminando dejándonos sorprender por el frío batir de las olas. Esquivamos poco después entre risas los hilos transparentes de un par de cañas de pescar separadas apenas un metro y medio la una de la otra. Habríamos recorrido un quilómetro cuando arribamos al final de la playa, donde el agua se recoge en el recodo íntimo de una cala. Marcelo corre de pronto jovial y espontáneo como el niño que un día conocí. Se detiene frente a la roca grande amurallada de la caleta, se agacha y palpa la piedra por debajo del agua buscando probablemente mejillones entre sus oquedades. Sin levantarse, me dice alegre y lacónico:
-¿Te acuerdas?
Por unos instantes nuestros ojos destellan al recobrar la ilusión de cuando éramos niños y adolescentes y veníamos a coger mejillones y cuantos tesoros enterrara la arena, arrastrara el mar a la orilla o anidara en la roca. Claro que me acordaba Eran pedazos de mí que aún vivían en la memoria. De aquellas expediciones marinas conservaba además tres conchas y un guijarro blanco perforado que me había regalado Marcelo el último verano. Una piedra que se deshacía como el polvo por las hendiduras del tiempo. Por la larga espera.
Arrastrada por su entusiasmo y la evocación de aquellos lejanos días compartidos me acerqué y me uní a él en la tarea de hallar moluscos. Apenas había y los que encontramos eran minúsculos, benjamines. El turismo masivo y la pesca furtiva de las últimas décadas provocaban esos efectos dañinos sobre el ecosistema. Exhalé un suspiro de desilusión y añoranza. Viendo Marcelo que la tristeza nublaba por un momento la expresión de mi cara, añadió:
-El mundo cambia. La vida es devenir. El tiempo fluye pero siempre queda algo de su paso, su huella indeleble. Queda el cauce de nuestra memoria que vuelve a llenar el río de agua, guijarros y truchas, de juncos su orilla y de ninfas y seres imaginarios su fondo.
Aparté la mirada por temor a que vislumbrara en ella la tonta fantasía, la ridícula nostalgia que abrigaba desde la adolescencia de llegar a querernos algún día. Porque Marcelo estaba en lo cierto: hay parte del pasado y de los sueños que no mueren jamás. Que incluso pueden ser tan poderosos y reales o más que el presente. Yo, coleccionista de caracolas, me reconocí enseguida en esa bella y turbadora imagen de buceadora de tiempos y sueños.
Mi incomodidad porque pudiera descubrir mi secreto me apremió de pronto a dar media vuelta y desandar el camino recorrido. No habría dado más de un par de pasos cuando me incliné a recoger de la arena una concha moteada. Y me detuve a inspeccionarla con aire admirativo de espaldas a Marcelo. De súbito todo mi cuerpo se estremeció al sentir el contacto de sus manos frías y húmedas sobre mis hombros desnudos y ardientes. Los acarició durante unos segundos sin prisas, con suavidad. Yo me quedé inexplicablemente petrificada como si la amalgama de arena, agua y salitre hubiera fundido mis pies en una peana invisible. El aliento cálido y subyugante de Marcelo erizaba la piel de mi nuca, cuello, espalda al mismo tiempo que la brisa marina revolvía mi cabello y lo salpicaba de gotas de agua.
No sé cómo de repente me giró igual que una peonza y, cediendo al peso del deseo, caímos en la arena, abrazados, uno encima del otro. Nuestros labios se encontraron y besaron sensuales, perezosos, sin urgencia. Sentía su pecho palpitar sobre mí, el frenesí de la pasión anunciándose, el hormigueo rugoso de la arena crujiendo en mi espalda. Sin dejar de explorar mi boca, Marcelo me acarició el brazo y luego quiso entrelazar su mano a la mía. Pero yo seguía inexpugnable con el puño cerrado aferrando la concha que había encontrado, protegiendo mi tesoro. Con amorosa y paciente constancia logró que abriera cada uno de mis cinco dedos. Y arrebatándome el caparazón del bivalvo lo arrojó de pronto al mar.
Contrariada desvié la mirada por unos segundos hacia el horizonte azul esquivando la boca ávida de Marcelo. Pero él deslizó su lengua suave y húmeda por mi cuello venciendo mi resistencia una vez más. Ahora quería fundirme en sus labios, sus brazos, su cintura con la vehemencia, la furia de un caballo salvaje liberado tras un largo cautiverio. Mis labios se deleitaron en su frente, sus mejillas, sus párpados entrecerrados. Y luego recorrieron su mentón recién rasurado, su vigoroso y ancho cuello con sabor a mar. Me perdí durante un rato en el nacimiento de su pecho terso, sin apenas vello y más bien corpulento. Mi boca, mis ojos, mis manos ansían continuar explorando, sentir cada milímetro del cauce de su cuerpo. Adentrarse por primera vez en su selva virgen, el jardín prohibido de Marcelo como si el paraíso, la única felicidad posible en ese instante, se concentrara en su cuerpo. Beber de su boca, mordisquear el lóbulo de su oreja, tierno y sensible, dibujar con la lengua el delicado redondel de su ombligo. Descubrir un lunar justo encima constituye para mí en esos instantes una fuente inagotable de placeres insospechados, de dulzura y sensualidad innombrables. Sus brazos de pronto me acogen firmes y amorosos y me dejo acurrucar en el regazo de su pecho. Mi piel respira su aliento cálido y ubicuo como la brisa marina. Mis manos se deslizan por el hueco de su cintura y se hunden en la profundidad de sus nalgas que semejan rocas cubiertas de algas suaves sumergidas en el fondo del mar.
A la curiosidad y necesidad de conocer a Marcelo, le siguió el imperioso deseo de unirme a él en carne y en espíritu. Me apreté contra él. Quería sentirlo tan cerca como mi propia piel. Romper las últimas fronteras que separaban nuestros cuerpos. La frontera de nuestra epidermis para que su piel fuera mi piel. Que su hálito se confundiera con mi hálito, que mi boca exhalara sus gemidos. Pero antes de que el deseo extinguiera la última pavesa que alumbraba mi razón y dejarme arrastrar hacia la más absoluta de las locuras, mi mente garabateó una rápida composición de lugar y situación. Estábamos en la playa a la vista de los primeros bañistas del día, muchos de ellos acompañados de menores. Marcelo captando al momento mi repentina conciencia de vergüenza me alzó inesperadamente en brazos. Yo hundí mi rostro en su torso sabiendo de antemano adónde me llevaba. Su respirar ya de por sí agitado resollaba en mi oído mientras se alejaba de la playa y su hipnótico murmullo. Empecé a cubrirle de besos cuando ascendía, como yo había anticipado, por el cerro. Besos por la piel delicada de su cuello, besos en su hombro, su tórax pétreo y erizado por el sobreesfuerzo y la excitación. Besos, un océano de besos en su boca exhausta pero insaciable y jugosa.
Una vez en lo alto del cerro, recorrió con dificultad los últimos cincuenta metros. Después agachándose se dispuso a entrar conmigo en brazos en la cueva que de niños nos servía de refugio y lugar de juego. Por mucho cuidado y atención que puso en el empeño, mi pie izquierdo rozó la pared rasposa de la roca. Me quejé riendo y él tambaleante e hilarante estuvo a punto de dejarme caer de bruces.
Me recuesta sobre la tierra batida y me besa mirándome a los ojos bajo la tenue e íntima luz que se cuela por la recoleta gruta. Sus besos son tranquilos, sensuales, exploradores, intensos. Yo me impregno poco a poco de sus labios, de la textura suave y húmeda de su piel, su sabor, su olor a sudor y mar salada. Me recreo en su labio inferior, viajo de una comisura a otra, sintiendo el calor, el fuego de toda la superficie de su piel entregada, inflamada por el deseo y el amor. Las yemas de mis dedos delinean el contorno de su boca exuberante, recorren tranquilas cada una de las líneas verticales que la franquean, rastrean con deleite todos los caminos que confluyen en su boca, esa fuente y sumidero inagotable de placer y regocijo. Y luego lo beso con extrema dulzura asiéndolo por el mentón, acercándolo un poco más hacia mí. Acoto y sello el perfil de su boca, sus labios, los caminos trazados, recién aprendidos por mis dedos. Rozo su perilla y un estremecimiento me incita, me apremia a besarlo con más ímpetu, imperativamente.
Lo miro durante un instante sobrexcitada, enfebrecida por su contacto tan próximo, por mi sed desbocada, por el deseo quemando en sus ojos. Y él sin dejar de mirarme, se desprende de su camiseta, la dobla y solícito y amoroso me la coloca como almohada. Se reclina y siento su olor sobre mí, su torso resplandeciente, sudoroso y bello mientras se acomoda en mi cadera, en la cavidad de mi vientre. Lo abrazo y le acaricio la espalda, el hueco bien definido y firme de su cintura. Mis manos después se dirigen decididas hacia las suaves y sólidas mesetas de sus nalgas y masajean su redondez. Noto cómo su deseo va creciendo bajo mi abdomen. Me muestro confiada, libre para amarle sin ataduras, sin tapujos. Porque este encuentro y los tres sucesivos que tendríamos para mí son mucho más que meros escarceos. Marcelo transciende lo meramente físico. Es carne y espíritu.
Marcelo residía en Alicante y viajaba mucho por España y el extranjero impartiendo conferencias sobre arqueología submarina. Precisamente el sábado siguiente partía para Gijón. Una lástima porque aparte del placer que compartimos, sabía que de un modo u otro había amado a ese hombre desde el día, ya lejano, que lo sorprendí espiándome. Desde aquella tarde que nos despedimos me acompañaría la sospecha de que los sueños, en caso de materializarse, sólo se cumplen una vez. Que el deseo se hace carne y espíritu una vez en la vida. Porque en medio de las promesas románticas que declaramos al viento y al oleaje, tuve el pálpito de que tardaríamos muchos años en volvernos a ver de nuevo. Pero supe que nunca olvidaría lo que vivimos juntos aquel verano, que la voluntad de mi memoria se rebelaría contra las leyes inexorables del tiempo, ese tiempo que al devenir pasado se proclama olvidadizo, se rebela siempre fugitivo, huero como el interior de mis conchas y esas piedras que se empeñan en deshacerse y desaparecer un día definitivamente.

lunes, 16 de marzo de 2015

Por el amor de un músico



Mientras espero en la cola de una de las máquinas expendedoras de billetes de la estación de Sants, en Barcelona, recibo la inesperada llamada de mi amiga Rebeca. Al colgar el móvil, hurgo con impaciencia en el bolso hasta que tanteo y extraigo el monedero.  Ya llega mi turno y no quiero perder el último tren. Cuento las monedas cuando alguien llama mi atención. Un chico me pide esbozando una sonrisa amplia y radiante cincuenta céntimos. La calderilla que lleva no alcanza para comprar un billete sencillo y la máquina le ha rechazado dos veces la tarjeta de crédito. No puedo dejar de mirarlo. Es alto, delgado y fibrado y, aun no siendo agraciado, su sonrisa por genuina y envolvente ejerce en mí un extraño magnetismo. El traje negro le cuadra perfectamente en la cruz de los hombros, el talle y estatura. Su aspecto es impecable y distinguido. En el suelo, tocando ligeramente su pierna izquierda, hay una maleta de ruedas también oscura. Y lleva colgada en bandolera lo que parece una guitarra enfundada.
Rebusco en mi monedero. Y al fin, le entrego triunfante los cincuenta céntimos. Sonriéndome de nuevo, promete devolvérmelos en cuanto pueda. Insisto que no es necesario. Mientras hablo me observa callado, circunspecto durante un rato. Y luego asegura con expresión admirativa que el timbre de mi voz es muy musical y hermoso. Le agradezco el halago con modestia. Introduzco el dinero en la ranura, recojo mi título de transporte y me encamino a la vía número trece. Él se ofrece a acompañarme. Acelero el paso. Llevo tanta prisa que valido el billete sin haberme despedido. Desde el otro lado de la barrera, Daniel me pide mi número de teléfono abriendo la funda de su móvil. Se lo dicto precipitadamente en la distancia mientras anuncian por megafonía la arribada de mi convoy. 
Dos días después vuelvo a tener noticias de él. “Por fin he reunido los cincuenta céntimos. He tenido que pedir un préstamo a mi madre. Perdona la demora. Espero que no me cobres intereses”, se excusa medio en broma desde el otro lado del teléfono. Me río de su ocurrencia y añado un comentario pretendidamente gracioso. “Oye, ¿sabes que tu voz suena más increíble por teléfono?”, me dice de pronto. Trabajo en un comedor escolar  a tiempo parcial en Barcelona, estudio interpretación desde hace un par de años y, siempre que me dejan, participo sin demasiada fortuna en castings de anuncios y películas. Por tanto, entrenar y cuidar las cuerdas vocales es uno de mis objetivos prioritarios.
Quedamos en Barcelona, a la puerta de McDonald’s de Plaza Cataluña, junto al Fnac, a las once de la noche. Una hora intempestiva pero a Daniel le es imposible llegar más pronto. Se retrasa media hora y acepto sus disculpas. Durante el encuentro ríe con frecuencia y yo también. Su risa es peligrosamente contagiosa, además de cautivadora. Y mientras fluye el humor entre los dos, él busca mis ojos. Yo trato de esquivarlos. Tengo miedo de enamorarme. Hace seis meses que rompí con mi ex.
Mis esfuerzos resultan inútiles. Mis hormonas están a flor de piel. Con los labios untados con el sabor frío y aromático de los frutos del bosque del helado que he tomado como postre, acerco mi cara a la suya para besarlo. Cierro los párpados suave y sensualmente, deseándolo, esperando recibir su boca. Y ante mi gesto de decepción y sorpresa, Daniel me responde con una nueva sonrisa tranquilizadora. Como siempre, fascinante, irresistible.
Al subir al bus nocturno, me roza la mano y vuelve a sustituir el beso de despedida por la consabida inclinación oblicua de la comisura de sus labios. Una expresión de felicidad que brilla en su rostro, sus ojos, su tez. Antes de tomar asiento noto un vacío que identifico con añoranza. Tengo ganas de verlo y besarlo.
Sueño con él esa noche, o más bien por la mañana. Me despierto con un sudor frío recorriéndome el cuerpo y con su vago recuerdo alejándose de mi mente.
Nos citamos la segunda vez en Arco de Triunfo también a las once de la noche. Desconozco por qué ha elegido precisamente esa zona. Pero tampoco me interesa demasiado averiguarlo. El lugar me resultaba indiferente. Sólo quiero estar con él.
Un hombre tal vez beodo me dirige, tambaleante y con la lengua trabándosele, un improperio ininteligible que me resulta muy desagradable. Siento miedo aguardando sola sentada a aquellas horas en uno de los bancos de piedra más próximo al monumento romano. Es otoño, un martes no festivo, sin luna aunque la mayoría de farolas que bordean a uno y a otro lado el paseo permanecen iluminadas. Me parece una noche embrujada. Apenas pasa gente y, aún menos especímenes con apariencia normal. Daniel comparece diez minutos tarde. Suspiro aliviada al verlo llegar con su porte noble y elegante indumentaria.
Me coge la mano y la besa tan levemente que apenas la roza con sus labios carnosos. Y anunciándome alegre que su madre se encuentra en un viaje organizado por el Imserso, me propone una velada romántica con música y baile en su casa. Invitación que acepto al momento. Entonces comprendo por qué hemos quedado en Arco de Triunfo.
Tras caminar un cuarto de hora, nos detenemos en una vieja portería pero bien conservada salvo por el ascensor que no funciona. Subimos a pie hasta la tercera planta, pasando por el entresuelo. Es un piso de techos altos con moldura totalmente reformado. Salón con suelo de parqué color miel. Un lugar muy acogedor y cálido. Sin embargo, estoy nerviosa. Siento que quizás me he precipitado adentrándome en su territorio en este segundo encuentro.
Me ofrece una cerveza fría. Manipula la mini cadena y la música de Bryan Adams hace de pronto más íntima la sala. Identifico la banda sonora del largometraje Robin Hood. A mi madre le encanta. Me sorprenden los gustos musicales de Daniel siendo tan joven. Pero me agrada lo que oigo. Muchísimo en realidad. Estoy excitada, entonada, diría que un punto o dos desinhibida, ignoro si por el efecto del alcohol, la música, por Daniel o por todo junto. Me da por reír de repente. Me cuesta controlarme. Cambio las carcajadas por una sonrisa fija, imperturbable, mostrando los dientes manchados de carmín rosa cuando, agarrándome por la cintura a media luz, me conduce al centro del salón, que se convierte en una improvisada pista de baile.
La tarima cruje mientras nuestro instinto y cuerpos danzan tan pegados que parecen querer fundirse, hacerse uno. Sus manos bajan y trepan de mis caderas a la cintura alternativamente. Mi piel arde, se derrite dentro de la estrechez elástica de mi vestido negro. También percibo el calor de su piel, de su aliento quemándome el cuello. Parece que interpreta correctamente las señales que emite mi temperatura corporal porque deja de abrazarme y sus dedos gatean por encima de mi cintura y se detienen a acariciar mis senos. La ropa me ahoga. Necesito liberar el fuego que aprisiona mi pecho. Y entonces, Daniel empieza a descorrer poco a poco la cremallera frontal del vestido. Cómo ansío sus besos, sus caricias, el contacto sedoso de su piel ardiente.
Sus manos diestras encienden en mí una pasión irrefrenable, incontenible. Quiero, necesito más. Giro y levanto el cuello buscando su boca con ansiedad.  No resisto más. Me urge probar, comerme su boca, fundirme dentro de ella. Pero él girándose a su vez, rechaza mis labios, mi lengua. Experimento confusión, desasosiego. No acierto a entender nada. No salgo de mi estupor. Durante unos segundos lo observo enmudecida, atónita, sin atreverme a pedirle explicaciones.
Estampándome un súbito y sonoro beso en la otra mejilla, desaparece tras la puerta de color cerezo de una habitación. Regresa con una guitarra, probablemente la misma que le vi el día de la estación. Apaga el aparato de música. Se sienta en una silla blanca de piel e interpreta la melodía de una canción de Sting. Yo permanezco en pie, rodeándole el hombro. Su manejo del instrumento es proverbial. Las notas cobran vida. Vibran de sentimiento y vida. Lo contemplo embelesada, rendida. Sigo deseándolo. Creo que me he enamorado sin remisión. Siento la tentación de volver a besarlo. De intentarlo de nuevo. Refreno mi impulso a tiempo. No quiero que me responda con otro desaire.
Al acabar la pieza aplaudo exaltada. Por mis ojos asoman lágrimas. Le confieso con sincero entusiasmo que nunca antes he oído acordes tan cristalinos y bellos, tan semejantes a la voz humana. Al timbre femenino, en realidad. Sonriendo Daniel tensa una cuerda y la suelta dejándola vibrar con sus tonos agudos. Mis dedos corren a tocar las cuerdas blancas perladas de la guitarra. Su tacto es muy suave y recuerda a la membrana  o a la piel de un animal. Él molesto retira mi mano inesperadamente. “Suena tan bien porque sus cuerdas están vivas”, asegura circunspecto. Abro mucho los ojos y, nuevamente, no atino a decir nada.
Luego adoptando una expresión más relajada y fascinante, sonrisa incluida, me propone que le cante una canción. Que desea deleitarse con mi bonita voz. Yo, estando acostumbrada a la improvisación y flexibilidad que me exige mi carrera de actriz en ciernes, no me extraña demasiado su petición y accedo encantada a cumplir su deseo. Elijo para la ocasión el tema Stop, de la cantante de los años ochenta, Sam Brown, intuyendo que siente especial debilidad por la música de aquella época que no corresponde con nuestra generación. Voy a arrancar a cantar, cuando con un gesto, me indica que espere un momento. Baja la cabeza y pulsa las cuerdas de su guitarra muy concentrado y de veras encantador. Los acordes corresponden a la melodía de Stop.  Entonces ya sí me dispongo a entonar una versión muy personal de la canción.
Daniel alza la vista de tanto en tanto sin perder la concentración ni el ritmo en ningún momento. Me estudia unos segundos complacido con lo que oye y luego vuelve a bajar los ojos. En tres ocasiones veo que los cierra y se estremece de emoción. Qué sensibilidad  y don tiene para la música. Yo, por mi parte, no recuerdo haber interpretado con tanto sentimiento y entrega como canté Stop aquella madrugada. Al terminar, yo continúo pegada a su lado acariciándole el hombro amorosa y solícitamente. No recibo aplausos ni sonoras ovaciones. Sólo sé que entonces, y sólo entonces, pegó  su nariz a la mía y, por fin, ladeando la cabeza ligeramente, me besó, derramando su humedad y carnosidad sobre mis labios anhelantes. Quiero repetir pero él, dirigiendo su boca a mi oído, me susurra excitado “cómo me gusta tu voz, me la comería ahora mismo”. Yo sonrío dichosa paseando voluptuosa mi cara por la suya hasta alcanzar de nuevo su concavidad bucal entreabierta. El segundo beso es mucho más largo. La lengua  brota de su garganta y se prolonga hacia mi boca y después al paladar. Un apéndice flexible, extenso y ancho, ávido de deseo. Al tocar la campanilla con la punta de su lengua, siento que me asfixio, que no puedo respirar. Intento protestar pero de pronto de un mordisco me arranca la lengua. Aprovechando que me quejo y revuelvo de dolor, me lleva en brazos a su habitación. Me ata a la cama y, obligándome a abrir la boca, me extirpa las dos cuerdas vocales inferiores (los pliegues o músculos elásticos responsables de la producción de sonidos al efectuar la vibración) valiéndose de una especie de tenazas de acero. Quiero gritar y de mi boca salen borbotones de sangre y pena. Mucha pena y dolor.
 
 
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

miércoles, 4 de marzo de 2015

Las caras del amor






Querido Amor (sí, querido más que odiado).
Me decido hoy a escribirte para decirte, para repetirme a mí misma en realidad, que en los asuntos del corazón nada es tan difícil pero tampoco tan sencillo como parece o queremos creer. Durante años te he reprochado que te rendiste muy pronto, que fuiste un cobarde abandonando el barco mientras yo me dejaba la piel remando con ciego denuedo, sin rumbo certero ni fuerzas ya, conduciéndome sola sin saberlo hacia un naufragio inminente. Pero ahora sé que lo poco o mucho que hiciste fue todo lo que pudiste hacer. Que el amor es la víctima propiciatoria de los males y locura que aqueja a nuestro mundo cotidiano, el chivo expiatorio de cuanto nos rodea y sucede.
No, no pretendo censurarte de nuevo. Sabes que eres grande y poderoso. Lo eres todo pero también muy vulnerable. Estás indefenso, sientes pavor, lo sé. El miedo no te deja crecer. Tus complejos te atenazan en tu crisálida. Esperamos lo mejor de ti, que nunca nos falles pero cuando la ilusión de felicidad se desvanece y se instala en nuestra alcoba la insatisfacción y la sinrazón, renegamos pronto de tus bondades.
He meditado largamente buscando el verdadero sentido del Amor, en mayúsculas, su entidad y las formas que adopta. Y he reflexionado sobre todo en la capacidad, interés y recursos personales (emocionales, racionales y hasta materiales) que ponen el hombre y la mujer al servicio del (buen) Amor a lo largo de una relación. Finalmente he llegado a la conclusión que, salvo casos excepcionales, el Amor se asocia al amor físico vehiculado a través básicamente de los archilaureados conceptos de pasión y enamoramiento. Lo que yo llamo tu cara visible.  Amar es, en gran medida, una corazonada, un arrebato, el secuestro, la sublimación de los sentidos, buscada o no pero casi siempre deseada. El Amor se opone, así, a la razón y al ejercicio de la voluntad, la disciplina y el esfuerzo. Quizás se deba a este motivo que cuando nuestra mente racional disecciona fríamente a nuestro amante, antaño casi perfecto, sus innumerables pequeños defectos nos resulten insufribles. Su retraimiento frente a la locuacidad de los primeros encuentros. La previsible monotonía conyugal frente al desenfreno del principio. Llegados a este punto de no retorno es comprensible que lo interpretemos como señal de que el amor está muerto y optemos por liberarnos de su yugo. O por ignorarlo. A golpe de enfados, reproches, malentendidos, silencios, distanciamiento, incubamos insatisfacción, desconfianza e indiferencia. Borramos la huella de viejas declaraciones de amor, apisonamos las últimas flores del Edén. Firmamos nuestra renuncia.
Mucho se discute si es el corazón o la mente quien gobierna o debería llevar las riendas de nuestra vida como si pudiéramos cercenarnos a voluntad y retozar decapitados o sin corazón por el mundo o la alcoba. Cada emoción, ya sea de alegría o tristeza, desencadena en nosotros una reacción. De nuestra capacidad de discernimiento y aprendizaje dependerá de cómo nos conduzcamos y lleguemos a un buen o mal puerto después.
Cuando antes me refería a los recursos económicos que estaríamos dispuestos a invertir en ti, no aludía tanto a los regalos con que se agasajan los amantes durante las mieles del enamoramiento como al dispendio destinado a organizar encuentros imaginativos y participar en terapias individuales y de pareja con el fin de sanar y alimentar a ese niño tan desconocido, asustadizo y susceptible que es el amor.  ¿Por qué nos sacrificamos en el ámbito profesional con el propósito de conseguir un empleo o un ascenso y no en desentrañar y mejorar nuestro acervo sentimental? ¿Por qué esa dicotomía entre lo íntimo y lo social, el ser y el trabajar?
Queremos seguir siendo los amos y señores de nuestra vida pero soltamos rápidamente el timón cuando nos enamoramos. ¡Qué mejor capitán que tú, Amor,  para conducirnos hacia el puerto de la felicidad y estabilidad conyugales a través de un mar imprevisible de emociones! Una abigarrada miríada de emociones que tantas veces se han cruzado en nuestro camino y que aún hoy nos cuesta distinguir y nombrar con certeza, sin pudor. En el momento que tus flechas atraviesan nuestra voluntad se inicia el disparatado periplo del amor que, sin embargo, parece empeñado en discurrir cíclicamente como las estaciones del año. O como un enfermo bipolar crónico. La pasión se libera y arrastra a los amantes hacia una tórrida playa caribeña para más tarde, meses, años, encallar en el hielo de la desilusión, los reproches, el retraimiento. Un mundo inhóspito rodeado de profundos icebergs que no es más que el espejo de sinsabores de dos almas desconectadas, heridas que no han aprendido a comunicarse y unir sus fuerzas, su corazón, su mente para dirigir su relación.  
Mucho se habla que la propia naturaleza promiscua del hombre y la mujer es la responsable de tantas separaciones y divorcios. Que la iglesia y la moral nos ha abocado a vivir durante siglos en una monogamia impuesta. Nuestra sociedad prescribe  que cada cual debe actuar según los dictados de su corazón y deseos advirtiendo (o tranquilizándonos) al mismo tiempo que el amor es un viaje de ida y vuelta. Un pájaro libre al que la rutina derriba y la ilusión levanta en cualquier momento. Nuevos amores nos brindarán mil y una oportunidades de renacer, como el ave fénix, de nuestras cenizas. O del hielo. Una vez más nos convertiremos en esos seres irresistibles, encantadores, dotados con los atributos de Adonis o Afrodita. Y entonces todo volverá a ser posible. Te pediremos de nuevo la Luna y un poco más para tratar de resarcirnos de la suma de agravios y tormentos padecidos en tu nombre. Creeremos haber hallado al hombre perfecto, el padre ideal que buscábamos. A esa mujer fiel, a esa futura madre amantísima mientras nos arda el pecho y el amor nos ilumine con su original fulgor. Aplacarás, Amor, el dolor de antiguas desilusiones, te domesticarás, te enmascararás tras ese nuevo rostro, ese cuerpo al que prodigamos las caricias que negamos un día, no hace mucho, a otros, a otras. El amor como un intercambio de mercaderías de ilusiones de usar y tirar. Una noria, una ruleta que gira sin fin. El amor como cama donde se curan casi todos los males hasta que éste enferma y cae en brazos de otro santo o santa. Del santo amor. En demasiadas plazas toreamos a diario como para tener también que salir a lidiar contigo, Amor, con nuestras relaciones, nuestra desidia. Tamaño disparate. Te desprenderías de tu irresistible halo de misterio. Dejarías de constituir el motor interior que impulsa a millones de personas a volver a empezar de nuevo. Se extinguiría uno de los raros misterios que nos regala aún la vida. Un presente del que, afortunadamente, disfrutamos cada vez con más frecuencia. ¡Menudo currículum vítae lograríamos atesorar si viviéramos cien años! Devendríamos expertos en amarnos y desamarnos. Y seguiríamos dando lustre a la cara visible de Eros,  mientras, su lado oscuro permanecería eclipsado, sepultado en un inframundo creciente de icebergs.   
 

sábado, 21 de febrero de 2015

Te quiero más que a unos zapatos viejos



 

Tras reconsiderarlo durante meses, Ricardo y yo decimos en febrero matricularnos en el polideportivo de nuestra ciudad. Desde el verano pasado me acomplejaban mis brazos de murciélago. Y Ricardo juraba y perjuraba que él, acérrimo amante del sofing, la videoconsola, el fútbol y la Fórmula 1 televisados, sólo necesitaba mantener el tono muscular.
A parte de las consabidas agujetas y flatulencia de las primeras sesiones de entrenamiento  con toda clase de aparatos de musculación, la cinta de correr y la bicicleta, me sentía animada y llena de vitalidad. Sin embargo, Ricardo rayaba la euforia y, bajo mi punto de vista, la enfermedad de la vigorexia. Porque a las dos semanas de inscribirnos, pasaba más tiempo en el gimnasio  que en casa.
Aquella repentina fiebre de Ricardo por el deporte empezaba a preocuparme cuando una tarde del mes de marzo lo sorprendí mirando embobado a Eva. Él estaba sentado en el simulador de remo detrás de ella, que ejercitaba los glúteos. Eva, una atractiva treintañera, iba ataviada con unas mallas cortas muy ajustadas y un top deportivo de un llamativo color fucsia. Con el paso de los días me convencí de que eran figuraciones mías. Así que me olvidé del tema concentrando toda mi energía en lograr el objetivo de modelar y fortalecer mi cuerpo para lucirlo sin complejos el próximo verano.
Un sábado por la mañana de principios de abril saliendo del supermercado del barrio nos topamos con Eva. Ricardo palideció y se quedó mudo. Por un momento sus ojos se cruzaron, inquietos y evasivos. Yo la saludé con desdén y frialdad. Ella respondió sofocada extraviando la mirada en las bolsas blancas con el logotipo colorido del supermercado que yo llevaba.
Regresamos a casa en silencio. Vaciamos las bolsas y colocamos la compra sin mirarnos  ni dirigirnos una sola palabra, con el miedo agarrado a las pupilas.
A la tarde Ricardo quiso que saliéramos a dar un paseo. Cogimos el coche, dejamos atrás Corbera de Llobregat y nos detuvimos  en l’Amunt a pocos pasos del monasterio de Sant Ponç. Un par de perros vociferaban desde el interior del edificio en ruinas que hay enfrente del aparcamiento sin asfaltar.
–Perdóname –dijo al fin con voz trémula al llegar junto al decrépito almez relleno de mortero que custodia la entrada de la vieja iglesia desde hace siglos.
No respondí. Un hondo sentimiento de tristeza y resquemor me asfixiaba. Y sentí la urgencia de evadirme, de esconderme, hacerme invisible. Y me puse a observar y palpar con extrema delicadeza el grueso tronco remendado del almez como si fuese una herida que aún sangrara.
–No me creerás si te digo que nos hemos visto una sola vez –añadió con más aplomo. Llevábamos un rato sentados sobre un par de piedras del recoleto pinar que se alza frente a la explanada que hay detrás de la ermita. Yo permanecí callada con la barbilla apoyada en las rodillas y abrazada a las piernas balanceando levemente el cuerpo  hacia delante y hacia atrás. Mis ojos paseaban absortos por la pequeña alfombra de pinaza.
–Supongo que tampoco servirá de nada si te confieso que estoy profundamente arrepentido. Y…y… que te quiero mucho.
Hizo una pausa. Lo miré de soslayo. Se tocaba cabizbajo la frente. Después echó hacia atrás su escaso cabello sin dejar de mirar al suelo. Su mano se detuvo por un momento en la coronilla. Y se rascó. Al realizar este gesto me sorprendió descubrir el extraordinario volumen que habían adquirido sus bíceps.
–Porque te quiero más que a mis zapatos viejos –declaró mientras arqueaba las cejas y prestaba atención a sus náuticos de hacía no sé cuántas temporadas. Por su expresión parecía que acabara de llegar a una evidencia científica irrefutable.
Levanté la vista de inmediato hacia la bóveda de pinos componiendo una mueca de disgusto. La alusión a sus zapatos viejos chirriaba en mis oídos igual que una repentina interferencia en el dial de la radio. Y Pepe Da Rosa, sus chistes y canciones de la década de los setenta y ochenta golpearon mi memoria. Especialmente el monólogo dedicado a la veneración que sentía por sus viejos zapatos tras comprarse y sufrir la tortura de unos zapatos nuevos.          
–Eres la horma de…–trató de proseguir Ricardo.
–Por Dios, no me vengas ahora con que soy la horma de tus zapatos –estallé sarcástica sin poder contener por más tiempo la humillación de verme relegada al papel nada atractivo de un calzado de segunda mano.
–Me refería a la horma de mi vida, la horma de mi pasado, de mi presente y, si tú quieres, del futuro –aventuró Ricardo con la voz rota y los ojos enrojecidos–. Yo te quiero y te seguiré queriendo. Ella sólo ha sido un antojo, uno de esos objetos de deseo que a veces compramos compulsivamente en un centro comercial. Productos inútiles a los que en dos días dejas de hacer caso y acabas almacenando en el trastero de casa para tirarlos a la basura o regalarlos más tarde.                                    
Esa era la forma habitual de expresarse Ricardo, prosaica y práctica.
Nos levantamos y de vuelta a la ermita, me detuve en la explanada a contemplar la montaña. Una imponente cadena de triángulos verdes casi en penumbra me abrazaba desde lejos como las mudas murallas de una vieja ciudad. Y sentí que me vaciaba por dentro. Que un viento suave calmaba la llama de mi furia, la calentura de celos, la sed de venganza. Que la tristeza infinita y el orgullo herido se acallaban. Entonces pude verme a mí misma como una mujer vulnerable con miedo a perder  a la persona que más quería en la vida. Una mujer que amaba y temía por encima de todo. Una oleada de lágrimas me sacudió en ese instante. Cual dique traté de dominarlas. Aunque en vano.
Seguí caminando hasta el aparcamiento intuyendo tras una cortina de lágrimas y de oscuridad el paisaje difuminado de la sierra, los olivares, los campos abandonados, la iglesia milenaria.
Arrancamos el coche bajo una tromba de ladridos apenas amortiguados por el runrún del viejo motor. Al alejarnos, la sombra gigante de la montaña se fue achicando. E inesperadamente se abrió entre nosotros una brecha de luz que fue creciendo a medida que llegábamos a la población de Corbera para poco después apagarse. Y el cielo se tatuó de estrellas. Y una luna no sé si creciente o menguante nos siguió de cerca. Muy de cerca.

Relato publicado también en la revista eye2magazine.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 
El príncipe feliz