Tras
reconsiderarlo durante meses, Ricardo y yo decimos en febrero matricularnos en
el polideportivo de nuestra ciudad. Desde el verano pasado me acomplejaban mis
brazos de murciélago. Y Ricardo juraba y perjuraba que él, acérrimo amante del sofing, la videoconsola, el fútbol y la
Fórmula 1 televisados, sólo necesitaba mantener el tono muscular.
A parte de
las consabidas agujetas y flatulencia de las primeras sesiones de
entrenamiento con toda clase de aparatos
de musculación, la cinta de correr y la bicicleta, me sentía animada y llena de
vitalidad. Sin embargo, Ricardo rayaba la euforia y, bajo mi punto de vista, la
enfermedad de la vigorexia. Porque a las dos semanas de inscribirnos, pasaba
más tiempo en el gimnasio que en casa.
Aquella
repentina fiebre de Ricardo por el deporte empezaba a preocuparme cuando una
tarde del mes de marzo lo sorprendí mirando embobado a Eva. Él estaba sentado
en el simulador de remo detrás de ella, que ejercitaba los glúteos. Eva, una
atractiva treintañera, iba ataviada con unas mallas cortas muy ajustadas y un
top deportivo de un llamativo color fucsia. Con el paso de los días me convencí
de que eran figuraciones mías. Así que me olvidé del tema concentrando toda mi
energía en lograr el objetivo de modelar y fortalecer mi cuerpo para lucirlo
sin complejos el próximo verano.
Un sábado por
la mañana de principios de abril saliendo del supermercado del barrio nos
topamos con Eva. Ricardo palideció y se quedó mudo. Por un momento sus ojos se
cruzaron, inquietos y evasivos. Yo la saludé con desdén y frialdad. Ella
respondió sofocada extraviando la mirada en las bolsas blancas con el logotipo
colorido del supermercado que yo llevaba.
Regresamos a
casa en silencio. Vaciamos las bolsas y colocamos la compra sin mirarnos ni dirigirnos una sola palabra, con el miedo agarrado
a las pupilas.
A la tarde
Ricardo quiso que saliéramos a dar un paseo. Cogimos el coche, dejamos atrás
Corbera de Llobregat y nos detuvimos en
l’Amunt a pocos pasos del monasterio de Sant Ponç. Un par de perros vociferaban
desde el interior del edificio en ruinas que hay enfrente del aparcamiento sin
asfaltar.
–Perdóname –dijo
al fin con voz trémula al llegar junto al decrépito almez relleno de mortero
que custodia la entrada de la vieja iglesia desde hace siglos.
No respondí. Un
hondo sentimiento de tristeza y resquemor me asfixiaba. Y sentí la urgencia de
evadirme, de esconderme, hacerme invisible. Y me puse a observar y palpar con
extrema delicadeza el grueso tronco remendado del almez como si fuese una
herida que aún sangrara.
–No me
creerás si te digo que nos hemos visto una sola vez –añadió con más aplomo.
Llevábamos un rato sentados sobre un par de piedras del recoleto pinar que se
alza frente a la explanada que hay detrás de la ermita. Yo permanecí callada
con la barbilla apoyada en las rodillas y abrazada a las piernas balanceando
levemente el cuerpo hacia delante y
hacia atrás. Mis ojos paseaban absortos por la pequeña alfombra de pinaza.
–Supongo que
tampoco servirá de nada si te confieso que estoy profundamente arrepentido. Y…y…
que te quiero mucho.
Hizo una
pausa. Lo miré de soslayo. Se tocaba cabizbajo la frente. Después echó hacia
atrás su escaso cabello sin dejar de mirar al suelo. Su mano se detuvo por un
momento en la coronilla. Y se rascó. Al realizar este gesto me sorprendió
descubrir el extraordinario volumen que habían adquirido sus bíceps.
–Porque te
quiero más que a mis zapatos viejos –declaró mientras arqueaba las cejas y
prestaba atención a sus náuticos de hacía no sé cuántas temporadas. Por su
expresión parecía que acabara de llegar a una evidencia científica irrefutable.
Levanté la
vista de inmediato hacia la bóveda de pinos componiendo una mueca de disgusto.
La alusión a sus zapatos viejos chirriaba en mis oídos igual que una repentina
interferencia en el dial de la radio. Y Pepe Da Rosa, sus chistes y canciones
de la década de los setenta y ochenta golpearon mi memoria. Especialmente el
monólogo dedicado a la veneración que sentía por sus viejos zapatos tras
comprarse y sufrir la tortura de unos zapatos nuevos.
–Eres la
horma de…–trató de proseguir Ricardo.
–Por Dios, no
me vengas ahora con que soy la horma de tus zapatos –estallé
sarcástica sin poder contener por más tiempo la humillación de verme relegada
al papel nada atractivo de un calzado de segunda mano.
–Me refería a
la horma de mi vida, la horma de mi pasado, de mi presente y, si tú quieres,
del futuro –aventuró Ricardo con la voz rota y los ojos enrojecidos–. Yo te
quiero y te seguiré queriendo. Ella sólo ha sido un antojo, uno de esos objetos
de deseo que a veces compramos compulsivamente en un centro comercial.
Productos inútiles a los que en dos días dejas de hacer caso y acabas almacenando
en el trastero de casa para tirarlos a la basura o regalarlos más tarde.
Esa era la
forma habitual de expresarse Ricardo, prosaica y práctica.
Nos
levantamos y de vuelta a la ermita, me detuve en la explanada a contemplar la montaña. Una imponente cadena de
triángulos verdes casi en penumbra me abrazaba desde lejos como las mudas
murallas de una vieja ciudad. Y sentí que me vaciaba por dentro. Que un viento
suave calmaba la llama de mi furia, la calentura de celos, la sed de venganza.
Que la tristeza infinita y el orgullo herido se acallaban. Entonces pude verme a
mí misma como una mujer vulnerable con miedo a perder a la persona que más quería en la vida. Una
mujer que amaba y temía por encima de todo. Una oleada de lágrimas me sacudió
en ese instante. Cual dique traté de dominarlas. Aunque en vano.
Seguí
caminando hasta el aparcamiento intuyendo tras una cortina de lágrimas y de
oscuridad el paisaje difuminado de la sierra, los olivares, los campos
abandonados, la iglesia milenaria.
Arrancamos el
coche bajo una tromba de ladridos apenas amortiguados por el runrún del viejo
motor. Al alejarnos, la sombra gigante de la montaña se fue achicando. E
inesperadamente se abrió entre nosotros una brecha de luz que fue creciendo a
medida que llegábamos a la población de Corbera para poco después apagarse. Y
el cielo se tatuó de estrellas. Y una luna no sé si creciente o menguante nos
siguió de cerca. Muy de cerca.
Relato publicado también en la revista eye2magazine.com
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